El milagro del diez

En octubre de 1994 Diego Maradona viajó a Laferrere a ver un clásico con Almirante Brown, se sacó una foto con Garrafa Sánchez y quiso comerse una hamburguesa en la estación de tren. Escribe Juan Stanisci.

–  Viejo ¿vos me querés decir a dónde carajo lo vamos a meter?

El tipo aminora la marcha para agarrar la subida a la Autopista. No lo pensó. Tampoco le importa demasiado. Espera hasta acomodarse en uno de los carriles, como si estuviera pensando la respuesta.

– La verdad, no lo pensé. No lo quiero quemar. Vamos de a poco. Si viene ahí vemos dónde lo metemos.

El pibe no se conforma con la respuesta. Se acomoda en el asiento del acompañante y mira por la ventanilla. Trata de imaginarlo entrando en el estadio de Lafe, pero no puede.

– Pero viejo, escuchame. Vamos a quedar como el culo. No lo podemos sentar en la platea, nos va a mandar a la mierda. A la popular olvidate. No lo vamos a llevar hasta allá para dejarlo adentro del vestuario.

El tipo vuelve a tomarse un tiempo para responder. Esta vez es la bajada de la autopista. AL CENTRO dice el cartel. Mete el rebaje y mira al acompañante.

– Qué se yo. Lo subimos al techo del vestuario y ya está.

– ¿Y vos me querés decir como mierda lo vamos a subir al techo del vestuario?

– ¡No se loco! Ya se nos va a ocurrir. Ahora concentrémonos en que venga. Vos sabés como es.

En realidad su hijo no sabe cómo es. Él sí. Lo vio en su mejor momento y en el peor. Del segundo, quedó una buena relación. Por eso aceptó ir ese sábado a ver a Laferrere.

– ¿Pero te dijo que sí, no? No estaremos viniendo al pedo.

Claro que le dijo que sí. Pero sabe que capaz en un momento te dice que sí y después se le van las ganas. Es así nomás, hace lo que tiene ganas en el momento. Se siente un poco boludo. Ir hasta un hotel del centro. Preguntar por él. Todo para llevarlo a la cancha de Laferrere en el clásico contra Almirante Brown. “¿Cómo no voy a ir, presi? Mañana venime a buscar y vamos”, le dijo por teléfono.

– ¿Vas a bajar o no?

La voz de su hijo lo trae sin escalas a la realidad. Está en el auto, estacionado frente a un hotel para ir a buscarlo.

– Si, ahí voy no me apures. Vos quedate acá.

– ¿Cómo que me quede acá?

– Sí, quedate acá en el auto. Así no piensa que lo vine a buscar con toda la popu de Lafe.

– Pero dale viejo, no jodás.

– Vos quedate, lo vas a ver todo el viaje. Haceme caso.

El pibe abre la puerta del acompañante para volver a subir al auto. El padre lo frena.

– Subite atrás

– ¿Cómo que atrás?

– ¿Sos boludo o hablo en chino? Dale, subite atrás.

El pibe se sube con pocas ganas al asiento de atrás, mientras el padre cruza la calle para entrar al hotel.

***

El recepcionista del hotel lo mira de abajo para arriba. Escuchó esa frase mil veces y hace solo tres horas que está en su puesto. “Vengo a ver a Diego”. Periodistas, curiosos, cualquiera pasa y se tira un lance. El encargado le dijo bien claro, “nada de andar jodiendo a Maradona por cualquier boludés”.

– El señor Maradona no quiere que lo molesten – contesta seco, como si le hubieran grabado la frase y el solo apretara un botón para que suene.

– Me imagino, pero decile que lo vino a buscar Rubén Costoya. El ya sabe.

– Disculpe señor, pero me parece que no me entiende. El señor Maradona no quiere que lo molesten – otra vez la frase grabada.

¿Será verdad? ¿Y si Diego se olvidó o se arrepintió y quiere estar tranquilo? Piensa el hombre. Juega otra carta.

– Bueno llamalo a Roberto Cruz, él va a saber.

– No sé de quién me habla señor.

El recepcionista está bien entrenado. Es una muralla entre la calle y el mito viviente. Él, ahí sentado en su escritorio, es el guardián de la calma del ídolo. Costoya respira profundo.

– Acá está alojado el plantel de Mandiyú de Corrientes. Mañana van a jugar con Ferrocarril Oeste. El técnico se llama Diego Armando Maradona. Dirige al club porque el presidente lo contrató. ¿Sabés como se llama el presidente? Roberto Cruz. Haceme el favor de buscarlo, no tengo toda la tarde.

Mientras el recepcionista abre la boca para volver a darle play a la respuesta de manual que tiene ensayada, Diego entra al lobby del hotel. Tiene lentes de sol puestos, una remera con el viejo logo de adiddas enorme y unos jeans. Está hablando por celular con Claudia cuando lo ve a Costoya hablando con el recepcionista.

– ¡Presi! – le grita – pará bruja que acá me vino a buscar Rubén. Me voy a ver a Laferre con él. Después te llamo.

Costoya mira al recepcionista como para decirle algo. Cualquier cosa que remarque que no le estaba mintiendo. Pero Diego viene hacia él. Le da un abrazo y encara para puerta.

– Vamos presi que se hace tarde.

***

Mientras se suben al auto, Costoya trata de mirar a su hijo y con la mirada decirle “viste gil que acá está”, pero su hijo está en otra. Diego Armando Maradona el genio del fútbol mundial, se está subiendo al auto donde él está sentado. “Cuando se lo cuente a los pibes, se van a querer matar”, piensa. Arrancan. Destino: Estadio Ciudad de Laferrere, en Rodney y Magnasco.

Viajan los tres en silencio. El pibe tiene ganas de bajar la ventanilla y gritarle a los autos que van pasando a su lado que ahí adentro está Maradona. No es por jetonear, es la emoción que no sabe por dónde escapársele. Costoya padre no sabe que decirle. La última vez que se vieron fue en Dallas, cuatro meses antes. Diego había sido separado del plantel de la selección argentina por el doping positivo. Si había un tema para romper el hielo, seguro no era ese.

Diego estaba en ese auto viajando a ver Laferrere porque sintió, cuando le dio el doping, que Costoya fue uno de los pocos dirigentes que lo bancó. La mayoría se dio vuelta con Grondona e hizo de cuenta que no lo conocía. Ruben Costoya no.

– ¿Y presi? ¿Qué me dice de la propuesta que le hice?

¿La propuesta? ¿Qué propuesta? Trata de recordar Costoya. Busca ganar tiempo.

– Diego, dejate de joder y tuteame.

– A ustedes los dirigentes yo no los tuteo. No es con usted, presi. Los jugadores somos todos iguales, a ellos los tuteo. A ustedes no.

– Dale Diego, dejate de joder.

En el asiento de atrás, el hijo de Costoya no lo puede creer. Su viejo acaba de decirle “dejate de joder” a Maradona.

– No se haga el dolobu presi. ¿Le parece que sea el manager de Laferrere? Podemos traer jugadores. Estuve pensando que el Bichi Borghi puede andar. Y Walter Perazzo. Si los llamo vienen corriendo. Por los técnicos no se haga problema. Yo hablo con ellos también.

– Diego vos sabes que en el club no hay plata para pagarte.

Diego se tira para atrás como para alejarse, buscando un espacio que no hay dentro del auto. Lo tutea por inercia.

– ¿Pero vos sos boludo, viejo? Mirá si yo voy a querer cobrar. Lo hago de corazón, porque vos te portaste bien conmigo.

Costoya quisiera abrir la puerta y tirarse del auto.

– De verdad, presi. Se lo juro por Dalma y Gianinna. Imagínese a Laferrere en primera.

Costoya hace el esfuerzo pero no puede imaginarse a Boca o River yendo a jugar a Rodney y Magnasco. La guita que habría que poner en cabinas y palcos. Grondona capaz tira un centro, pero después quién la devuelve.

– Vos sabés Diego que es un tema jugar en primera. Hay que poner mucha guita.

– Pero qué mucha guita. Pibe – le dice Diego al hijo de Costoya girando en el asiento – Pibe, a vos te hablo.

El hijo de Costoya también se quiere tirar del auto. Maradona le está hablando a él.

– Pibe, imaginate a Lafe yendo a jugar a La Bombonera. ¿No te gustaría verlo en primera? ¿Qué me decís?

El hijo de Costoya no contesta.

– ¿Y a este que le pasa? ¿Estás bien pibe?

– Sí, Diego estoy bien. Estaba tratando de imaginarme – trata de salir del paso el pibe.

Ya salieron de la Autopista Ricchieri. Están agarrando Avenida Rojo. Ahora sí es momento de pensar a dónde van a meter a Diego.

– Escuchame Diego, a la vuelta hablamos el tema manager.

– No me cambie de tema presi – lo interrumpe Diego.

– Nono, escuchame a la vuelta lo hablamos pero quedate tranquilo que lo hacemos. Ahora nosotros vamos a llegar y te metemos por atrás de la cancha. Debe estar hasta las bolas porque en un rato arranca el partido y si entramos por adelante se va a armar un quilombo bárbaro.

Costoya no había contado que Diego iba a ir a la cancha. Lo sabían pocos. No lo quería quemar. Le salió bien, estaba entrando por entre las casas bajas de Magnasco con Diego arriba del auto. El tema venía ahora. Primero entrar a la cancha. El pibe tenía razón ¿Dónde meterlo para que vea el partido tranquilo?

***

Entraron por atrás. Un pasillo angosto llevaba a los dos vestuarios y a las plateas. De a poco se empezó a correr la bola. “Che parece que vino Diego”, se codeaba la gente en la platea. El rumor fue llegando a la popular local primero, después a la visitante. Diego Maradona estaba en el estadio para ver el clásico entre Laferrere y Almirante Brown.

En el vestuario visitante, el Chulo Rivoira se preparaba para dar la charla técnica cuando uno de sus ayudantes le confirmó al oído lo que ya todos sabían. “¿Lo trajeron ellos?”, preguntó. “Parece que vino con Costoya”, le contestaron. “¡A ver muchachos!”, empezó de la nada la charla técnica, “estos trajeron a Diego. Van a estar todos queriendo sacarse fotos. Vamos a arruinarles la fiesta.”

Del otro lado hacían fila para sacarse una foto. Vestidos para salir a jugar, los futbolistas de Laferrere iban pasando frente a la cámara que los enfocaba junto a Diego. Uno de los últimos era un juvenil con la número 11 que había debutado el año anterior. Ya pintaba para crack.

– ¿Vos sos el Garrafa, no? – preguntó Diego, ante la incredulidad del juvenil.

Costoya le había hablado de ese volante que la rompía desde las inferiores. Hincha del club, le decían así porque su papá era repartidor de garrafas. Un año antes había jugado su primer partido, también contra Almirante Brown. Esa tarde jugó de lateral por izquierda. En una de las primeras jugadas, le tiraron un pelotazo a la espalda. “No hagas pelotudeces que esto es un clásico”, le habían avisado sus compañeros. El delantero contrario lo vino a apretar. El joven Garrafa le tiró un caño y salió jugando.

– Tira un caño y dedicameló – le dice Diego al joven Garrafa.

– Olvidate Diego, te voy a dedicar un caño y un gol – se agranda el garrafa.

– Vení Diego que te armamos un palquito – lo llama Costoya.

– Jugá tranquilo, nos vemos después del partido – se despidió Maradona.

Bordearon los vestuarios y Diego se encontró con una escalera de albañil. Costoya lo miró esperando una puteada. Diego no se inmutó, se agarró de la escalera y empezó a subir. Cuando llegó al techo, sucedió lo que nadie esperaba. Las dos hinchadas empezaron a cantar juntas. “¡Maradooo! ¡Maradooo!”, cantaban al unísono los de Brown y los de Laferrere. Al improvisado palco se sumaron dos jugadores: Walter Perazzo, que jugaría en Lafe y Darío Siviski.

***

El primer tiempo fue como lo pensó el Chulo Rivoira. Los jugadores de Laferrere sintieron el golpe de haber estado con Maradona. Su presencia, en vez de potenciarlos, los distrajo. A los treinta minutos Almirante Brown ganaba 2 a 0. El que peor la pasaba era Binzugna, el arquero de Laferrere. Los defensores tampoco podían agarrar a Chiaverano, uno de los delanteros de la fragata.

En el entretiempo Diego bajó del techo y se metió en el vestuario. Dio la charla técnica, más buscando lo anímico que lo técnico o lo táctico. Lemme y Domenech, los técnicos de Laferrere, conocidos de Diego, lo dejaron hacer. Quizás el fuego de Maradona pudiera encender a los jugadores.

Pero no hubo caso. El segundo tiempo también fue de Almirante. Bien ordenado, esperando el error de Laferrere que con el correr de los minutos iba siendo cada vez más nervios y menos fútbol. A los 35 del segundo tiempo Chiaverano puso el tercero. Ya era la figura de la cancha. Para colmo el crack del equipo, ese que Diego había reconocido, se fue expulsado a los 37 minutos. A Garrafa le ganó el hincha y se fue antes de tiempo por agredir a un rival.

La hinchada visitante era toda fiesta. Estaban goleando en la cancha de Laferrere y ante la mirada de Diego Maradona. Cuando faltaban pocos minutos, Costoya se acercó a donde estaba Diego.

– ¡Diego! ¿Vamos antes de que se complique la salida? – le gritó desde abajo.

Diego lo miró. No necesitó decirle nada. El presidente entendió que Diego no se iba hasta que el partido no terminara.

***

Con el pitazo final, Diego se agarró de la escalera y fue bajando de a poco. Pasó por el vestuario y se llevó una camiseta. El pasillo que llevaba a la cancha estaba lleno de policías. Decían que era para cuidarlo, pero todos querían una foto o aunque sea haber tocado a Maradona.

Encararon para donde habían dejado el auto. Los mismos tres. Diego y Costoya padre e hijo. Iban en silencio. La historia no había podido ser completa. Se subieron y agarraron para el lado de la estación.

– Presi, pare acá que me quiero comer una hamburguesa. Estoy cagado de hambre.

– ¿Estás loco Diego? Si paramos acá no te saco más.

Estaban en el semáforo frente a la estación de Laferrere. Todavía no había llegado McDonald’s. Un sábado a la tarde en ese localcito reunía casi la misma cantidad de gente que el clásico que se acababa de jugar.

– No seas botón, presi. Pará que me muero de hambre.

– Diego, llegamos rápido. No podemos parar acá.

No hubo caso, arrancaron para el hotel. Hacía cuatro meses que Diego había sido suspendido por consumo de efedrina en el Mundial de Estados Unidos. Quizás Diego quiso bajar y juntarse con esa gente que lo había llorado como un hijo, como un hermano o como un padre. Como Obdulio Varela en Río de Janeiro después de ganarle a Brasil, andando por los bares y bebiendo con los brasileños que lloraban por haber perdido la copa justamente contra él. Diego necesitaba de esa multitud, como esa multitud lo había necesitado a él.

– No quiero que pienses mal, Diego. Las puertas de Lafe están siempre abiertas para vos.

Le dijo Costoya sin mirarlo. Iba enfocado en los autos que le pasaban a los costados por la Avenida General Paz.

– ¿Qué cosa, presi? Yo soy el Director Deportivo de Laferrere. Eso no se discute.

– Es una locura, Diego, tenerte en el club.

Diego miraba por la ventana mientras se mordía el borde de una uña. Al día siguiente su equipo, Mandiyú, tenía que jugar con Ferro. Carlos Fren lo estaría puteando en todos los idiomas. “Que se cague Fren, si al final yo ni puedo entrar a la cancha”, pensaba Diego. Recordaba que el fin de semana anterior había visto el partido desde la tribuna por no tener el título para dirigir.

– Gracias Presi. Una cagada que perdimos. – le dijo a Costoya bajándose del auto.

– No te hagás drama, Diego. Mañana ganan con Mandiyú y la próxima que venís ganamos también. Dejale un saludo a Roberto.

– Al Cruz ese lo vamos a matar si no pone la guita. A los pibes les debe.

– Ya va a pagar, vos sabés como es Roberto.

Esto último Diego no lo escuchó. Ya había pegado un portazo y estaba cruzando la calle. Entró tan rápido que nadie lo reconoció. Fue como si todo hubiera sido un sueño de Costoya. Otra vez ahí, frente al hotel y Diego que pasó como un fantasma en la tarde del sábado porteño.

Lo que pocos vieron fue el gualicho que Diego dejó en Magnasco y Rodney. Ante la mirada de miles de hinchas de Laferrere y Almirante Brown. Sin siquiera él darse cuenta, el 10 dejó un regalo para la hinchada de Lafe y la historia del fútbol argentino. El pibe ese que había debutado de lateral izquierdo. Que esa tarde había hecho la banda con la número 11. No tardaría en sacarle un número a la camiseta y usar la 10. Después de la visita de Maradona a Laferrere, Garrafa iría perdiendo pelo y velocidad. Para transformarse en uno de los enganches más icónicos y queridos de la historia del fútbol argentino.

Juan Stanisci

Muchas gracias a Gustavo Díaz, historiador de Deportivo Laferrere. Sin su aporte este cuento no hubiera sido posible.

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