Ayer volvió Pase al pie, el Newsletter de Lástima a nadie, maestro. Cómo algunos lectores nos dijeron que no lo pudieron recibir, lo subimos a la página. Esperamos solucionar los problemas para la semana que viene. Y ya que están pueden suscribirse al final de la nota.

Hubo un tiempo que fue hermoso. Había caminatas multitudinarias que combinaban el paso con el ritmo sonoro de una letra cantada. Las personas coordinaban estrofas con latidos y desplegaban sus brazos con holgura y comodidad en el aire. 

Hubo un tiempo que fue hermoso, en el que una peregrinación colectiva sembraba sonrisas mientras que, por encima de los árboles, aparecía una mole de cemento delante del horizonte. 

Hubo un tiempo que fue hermoso. 

Hablando de horizonte, como dice en su nota Juan Stanisci, a veces el sol se pone naranja y empieza a bajar. Lo desarrolla en su texto “El ocaso de los ídolos”, en el que problematiza sobre el hecho de que Messi y Cristiano ya no estén en la Champions. Y si hablamos de ídolos, esta semana en Lástima a Nadie pueden leer sobre varios. Recomendamos pegarle una mirada a “Los Caminos de Garrafa”, de Sergio Cherco Smietniansky que habla sobre el gran José Luis Sánchez o a “El Ángel de la Bicicleta”, de Lucas Jiménez, si quieren saber más sobre el “Trinche” Carlovich. El mismo autor nos dejó un gran recuerdo del gran Carlos Salvador Bilardo en la semana en la que cumplió años, en “Narigón del Siglo”. También pueden indagar en el mejor jugador centroamericano de la Historia, en la nota “Mágico González y la despedida del Cádiz”, de Marzo Marsullo.

Hubo un tiempo que fue hermoso, en el que la calle, la que cada uno quiera, se convertía en el camino alfombrado hacia el paraíso. Ese en el que por 90 minutos uno simplemente canta y mira de frente su destino, sin pensar en otra cosa, pudiendo olvidar por un rato los problemas troncales y específicos de la vida cotidiana. 

Lógicamente, aquel lecho de rosas tiene sus espinas. En general, los obstáculos siempre son esas personas grandotas con disfraz de tortuga que hacen esperar. “Los brazos arriba ehh”, viene seguido del “plaf, plaf, plaf” del cacheo. La psiquis de la persona que espera no es exactamente igual a la que camina. Podría ser resumida en la siguiente frase: “Vamos ehhh, abran la puerta, cuidado que hay “craturas”. Hoy ganamos ehhh. “Policia, policia, que amargado se te ve. Esta tardeeee, tenemos que ganaaaaar, vamos”. Y así entonando las estrofas de la pasión inexplicable de aquel que ve pausado su sueño semanal e impostergable de llegar al otro lado. 

Si hablamos de eso no podemos pasar por alto la nota “Fue un sueño” porque, como dice Lucas Giménez, “lo posible se agotó”. Una de las cosas que uno podría imaginar es un payaso que sale a la cancha y defiende a su gente, como escribió Ariel Feller en “El distinto” o incluso uno puede llegar a un leve nivel de locura de comparar a un enganche zurdo con una banda musical inglesa, como hace Santiago Nuñez en “Sepa usted que Álvaro es más grande que los Beatles”. Y si uno quiere pasar también por una lectura de pensamientos nocturnos que pasan a un lado oscuro, puede darse una vuelta por “Menem: de los sueños a las pesadillas” de Farid Barquet Climent.

Cuando uno llega al último obstáculo, llamado por algunos analistas clásicos “el molinete”, se abre la trama final. En general la posta última tiene múltiples posibilidades.Uno puede poner un cartón en un agujerito, estilo subte noventista Metrovías dixit. En algunos epicentros tecnológicos, sin embargo, ya se apoya una tarjeta en un radar en modo Siglo XXI. 

Pero no son pocos los lugares los que mantienen una tradición tan romántica como disruptiva: La posta final tiene un o una especialista en mover sucesivamente sus dos manos (una para un lado y la otra para el otro) en posición pseudo vertical para dejar en la parte superior del cartón una pequeña pero lúcida cicatriz. “La entrada cortada” que permite que nadie vuelva a entrar con dicha credencial es la evidencia, hoy, de canchas inauditas invisibilizadas por los medios de comunicación hegemónicos. Casi poético.

Y hablando de ese género literario, si quieren leer sobre uno que pateó atajó tantas pelotas como versos escribió, pueden indagar en “Américo Tesoriere: el hombre que fue un barrio”. Uno fue un pueblo pero esta semana también hablamos de otro que es una cancha y lo pueden leer en «Pablo Comelli: el hombre que fue todo y hoy es estadio». Y, hablando de géneros, no se pierdan la gran novela “El Cazador”, que ya llegó al capítulo 23.

Hay un instante (uno solo) que se da en esa puerta que tiene número o letra. Es el momento en el que el guardia final decide romper el cartón, o en el que el molinete muestra la luz verde. Ese sentimiento imposible de cambiar que nos dice internamente “ya pasé-estoy acá” implica una entrada lúcida y contundente a otra dimensión, a un túnel que por escalera te lleva al viento más hermoso. Al aire que no por contaminado con papeles y bengalas deja de estar puro. Porque esa es la pureza para vos y para los miles y miles que están ahí, al lado tuyo.

Cuando uno llega al fondo, al lugar en el que decide quedarse, comienza a mimetizarse con la atmósfera y hacer parte de una coreografía divina. Los equipos salen y se ubican como piezas en el tablero (si quieren leer sobre el famoso deporte mental, pueden indagar en “Ajedrez y Ciencia: pasiones mezcladas” de Diego Huertas). El corazón late más o menos con normalidad hasta que el silbato divino y diabólico suena, y empieza a tener un ritmo inimaginable. La vida dentro de nuestra vida está por comenzar. Todo lo demás es, como siempre, nada.

El resultado importa pero acá no es la cuestión. Los partidos tienen un sinfín de sensaciones con dificultades para categorizar. Pero hay un momento en el que más allá de todo, siempre está bien. No encuentra uno un mejor lugar para estar en el mundo que en su segunda casa cuando el sol del domingo empieza a irse por la línea del horizonte. No hay. No existe.

Esta semana la pandemia del Covid-19 cumplió un año. También fue el aniversario de la última vez que la mayoría de nosotros vio al alba del séptimo día despedirse en un estadio. Desde ese día esperamos (sin saber hasta cuándo) poder mirar el sol del próximo domingo en nuestro lugar favorito del mundo. 

Hubo un tiempo que fue hermoso.

Buen finde de mate

Santiago Núñez

Twitter: @SantiNunez

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