“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“Ojo con el veterano que juega de dos, Caza, porque es tremendo mala leche y te va a salir a buscar”.

Francisco Perizzo, Atlas 3 – Ferrocarril San Martín 0 (2016)

  El lunes a la tarde, volviendo en el 128 de la última escuela, tuve miedo de encontrarme con Lozano en la puerta de casa y se me erizó el lomo como si fuera un gato. Pero no estaba. Al otro día me olvidé del tema. Di clases a la mañana, me dormí una siesta y a eso de las cinco, cagado de embole, arranqué para el bar del Santo.

-Uh, cayó piedra sin llover.

-¿Qué onda, Manu?

-Al re pedo –respondió, dibujando un bostezo de león, al tiempo que me pasaba un mate–. ¿El laburo?

-Tranqui. Che, el flaco de la vereda está leyendo uno de Walsh. Copado –traté de imponer la agenda.

-Ah, mirá vos… –me rechazó el tema, pasándose una mano por la cara para tapar otro bostezo y tanteando el aire con la otra para recibir el mate–. Ay, dios, qué japa que tengo.

-Yo metí alta siesta.

-Sí, se nota, la puta que te parió. Bueno, culpa mía por no haber estudiado.

-Si vos también te dormís todo, no llorés.

-Está Marito con anginas. Ayer y hoy me pasé todo el puto día acá. Y encima tocó una semana de pija, está especial para apolillar…

-Mal. Che, ¿alguna novedad del Furgón no, no? –pregunté, sin demasiado entusiasmo, recibiendo el segundo mate del Santo, magistral, espumoso y bien caliente.

-Nah. No sé si es bueno o malo que no haya novedades, pero el domingo fue terrible quilombo.  

-Sí. Todo es una locura, no solo lo del domingo… Y cada vez parece que venimos peor. 

-Y estamos más en pelotas que nunca.

-Además. Todo trabado, sin saber qué carajo están haciendo los demás.    

-Ahora hay que ver, para mí esto se corta acá y ellos harán la suya, pero dentro de un tiempo, un par de años te digo, por ahí volvemos a la platea. Y de la sede no nos vamos a ir, yo al básquet voy a seguir yendo.

-Y sí, Manu.  

-El bondi está en donde hay guita. Los de la sede no ven una moneda, así que ahí no va a haber historia.

-Y no.

  Pegamos una ronda de mates en silencio.

-Che –dijo de pronto, con un cigarro en la boca–. ¿Sale un ajedrez?

-Ni en pedo.

-Dale, garca.

-No, boludo.

-¿Un truquito?

-Tampoco, Santo, no rompás las bolas. Además –agregué, con una traviesa sonrisa, por el audio que le había mandado a Lozano–, además prefiero estar concentrado con la puerta, a ver si estoy jugando y me vuela un balazo arriba de la cabeza.

-Ah, te acordás. Qué viejo hijo de puta… Tac –recordó, haciendo un movimiento repentino con el dedo índice–. Hice así y lo tenía acá. No, Lozano no te va a mandar al Viejo.

-¿Fija que no, no? Ya fue, me habrá mandado a cagar y listo.

  Largó una carcajada.  

-¿Eh? ¿Estás loco? En donde te cruce, el Chelo te va a romper la ñata.

-Nah, boludo.

-¿Qué no? La chota que no.

-Mirá si me va a pegar. Nos acusó de todo y se va a hacer el exquisito ahora, Manu… No, la va a dejar así.

-No, no la va a dejar así. Para nada. Tampoco te digo que te va a ir a buscar a tu casa, pero si te ve caminando por la calle, te firmo acá que se tira del auto andando y te caga a trompadas. Yo que vos empiezo boxeo.

-Que me tire la goma, qué boxeo.

-Bué… Yo pensé que ya sabías lo que iba a pasar cuando le mandaste ese audio. Pero no, se ve que no…

-Y bueno, que venga. Me la voy a aguantar.

  Cabeceó un par de veces.

-Le metiste un par de ganchos a un gordito cuatro de copas y ahora sos Látigo Coggi… Sos tremendo, chabón.

-Callate, gil.

-Andá a boxeo, hacele caso a un boludo. O disfrazate como el viejo de la otra vez y salí a la calle así.  

-Pasame un mate, dale, y cerrá la felpuda.

  El jueves, cerca de las 8 de la noche, terminé un librito de José María Rosa con el que había pasado la tarde. Inquieto, miré el teléfono: Jazmín, ofendida desde el domingo porque la había dejado plantada, seguía sin contestarme los mensajes. Encaré para la cocina. Totó estaba con el programa de Víctor Hugo en C5N.

-Viejo.

-¿Y, flaco?

-Todo en orden.

-¿Qué vas a hacer de rico? –me preguntó, viéndome cerca de la heladera con un pedazo de salamín en la mano.

  Me agaché frente al enmohecido cajón de verduras.  

-¿Te va un guiso? –pregunté. 

-Dale. Quedaron unos fideos codito.

-Sí. Bueno, voy a comprar unas cebollas y un par de zanahorias.

-¿Le ponés chorizo colorado?

-Tendría que comprarlo.

-Y compralo, boludo. Tomá la plata. Y traeme un vino.

-Tengo, tengo. ¿Qué vino querés?

-Cualquiera. Un Michel.

-Dale.

  Con una campera rompevientos del Aleti que mi hermana me había traído de España y un gorrito de lana, salí a la calle con un cigarro en la boca, suficiente para atravesar acompañado las serenas y oscuras tres cuadras que me separaban de la despensa de la vieja Graciela. Ya de vuelta, con otro Chesterfield, me puse a pensar en lo que había leído un rato atrás acerca de la Guerra del Paraguay y la clase de la mañana siguiente; una buena manera de entrarles a los pibes del 6to, me dije, podía ser a través de las pinturas de Cándido López.  

-Eu, Cazador.

  Me di vuelta y vi venir de frente algo negro, algo rotundo, algo rápido. Me pegó en la ceja izquierda, muy cerca del pómulo en el que cuatro días atrás había recibido la trompada del Santo. Me salió gritar, ya en el piso, pero una mano ahogó el grito. Sentí que tenía la cara partida y que el cuerpo me pesaba mil kilos. Abrí el único ojo que podía y vi una figura muy cercana, agachada a mi lado. Tenía aliento a ginebra.

-Shh, Cazador, no grités porque estoy sensible del oído.

  El Viejo Bustos. Solo. Con su grotesco revólver apretado con firmeza en la mano derecha.

-¿Yo qué te dije?

  Otro culatazo, esta vez en la mandíbula, que me arrancó un par de dientes que quedaron bailando en mi boca como si fueran pedacitos de turrón vencido.

-¿No te dije que no te podías acercar al Chelo? ¿Te dije o no te dije?

-Basta, pará.

  Otro culatazo, entre ceja y ceja, muy bien pegado, que me mareó y me nubló la vista de sangre. En un segundo la sentí llegándome a la boca, fundiéndose con la que me salía de entre los dientes. Quería decirle que me dolía tanto la cara que si me pegaba una vez más, podía llegar a matarme, pero no me salían las palabras. Estaba a un paso de desmayarme.  

-Nunca más, ¿me escuchaste? Porque la próxima vez te vas a dar vuelta y te va a venir un plomo, no un garrotazo. Decime sí o no. Sí, señor Bustos. O no, señor Bustos.

  No podía. Balanceé la cabeza, con los ojos idos, sin poder focalizarlo. Sentí un tironcito en la mano donde llevaba la compra.

-¿Qué tenés, a ver? Unas verduras de mierda, queso rallado… ¿Esto es chorizo colorado? Un vinito berreta. Regio guiso te ibas a comer, pero me parece que no vas a poder tragar por varias semanas. Si no te molesta me lo llevo para la patrona, la verdad que está lindo para un guiso.   

  Creí escuchar un auto pasando por la calle.

-Que te garúe finito, Cazador.  

  Otro culatazo, esta vez en la nuca, que para mí tuvo el poder de un disparo. Se me apagó todo, y lo último que se me pasó por la cabeza fue que quizás había sido un disparo y que como ya estaba muerto no había podido distinguir el estruendo de la bala saliendo del bufoso. Eso me hizo sentir alivio, porque muerto o desmayado, ya todo había terminado y podía descansar tranquilo. 

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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