El 22 de mayo pasado se cumplieron 30 años de La Batalla de Macul en referencia al partido jugado en el Estadio Monumental de Santiago entre Colo Colo y el Boca del Maestro Tabárez por la vuelta de las semifinales de la Copa Libertadores 1991 que terminó con el xeneixe eliminado y un escándalo luego del silbatazo final. Escribe Federico Abbiati.

Aludiendo al gran Eduardo Sacheri, lo raro empezó “antes”, mucho antes. En 1978 de no ser por la mediación papal, las tropas de Augusto Pinochet Ugarte hubieran masacrado cualquier oposición bélica argentina, en el litigio entre sendos países trasandinos por el Canal de Beagle. Pinochet de aquel lado de la cordillera de los Andes, Videla de éste. Dos genocidas y un ser nunca más oportuno por su carisma propio más que por su pertenencia institucional: Karol Wojtyla.

Pasó Malvinas, con el régimen pinochetista apoyando “in fact” a Margaret Thatcher. El gol de D1EG0 a los ingleses en México. En 1989, camino a Italia ´90, sancionaban al representativo nacional chileno, mandándolo a hacer de local en Mendoza vs. Venezuela. Una sanción digna de canallas, teniendo por segura la hostilidad que recibiría la delegación roja durante toda su estadía en tierra cuyana. Havelange y don Julio ya coincidían en Zúrich desde el año anterior.

Así llegamos a Mayo de 1991, llaves semifinales de Copa Libertadores de América. Colo Colo y Boca Juniors por un lado, Olimpia y Atlético Nacional de Medellín por el otro. Inmediatamente finalizado el partido de ida en Buenos Aires, desde la delegación alba se alzaron voces denunciando la incandescente temperatura del agua en el cambiador visitante, lo que los obligó a abandonar el Camilo Cichero a medio asear. En cuanto al fútbol propiamente dicho, Boca se había adelantado en la serie gracias al tanto del eterno Alfredo Graciani.

Exactamente seis días más tarde, la noche del miércoles 22 de Mayo de 1991 y ya en el Monumental David Arellano de Santiago, más de una década de “cuestiones de Estado” erosionaron definitivamente dentro del rectángulo de juego. Si los dirigidos por el croata Mirko Jozić no la habían pasado bien en su expedición a la Boca, en Santiago la retribución de hospitalidades no se hizo esperar. Desde la amenaza de bomba en la concentración del equipo argentina hasta el “show psicodélico de flashes”, ya dentro del terreno de juego.

Al cabo de los primeros 45 minutos, el Xeneize había logrado mantener su valla en cero, a pesar del constante peligro que Navarro Montoya bien se las había arreglado para conjurar. Acomodando bien las piezas de cara al complemento, las posibilidades de arribar a la final eran reales.

No obstante, a los 19 minutos de reanudado el juego la zaga boquense venció sus resistencias y Raúl Martínez puso el 1-0 para el Cacique. Dos minutos más tarde, a los 21, el argentino Marcelo Barticciotto aportó el segundo para la causa chilena. Colo Colo daba vuelta la serie y por segunda vez en su historia se metía en la serie final de una Libertadores.

Ya en el recibimiento a los jugadores blancos, al salir a la cancha para jugar el encuentro, se había notado un apoyo más estruendoso de lo común. No parecía un simple asunto de Colo Colo ganar esa llave o quedar en el camino, era una cuestión de la nación chilena toda.

Esta sensación se desnudó por completo a partir del primer gol de Martínez: una cantidad sospechosa de gente ubicada apenas fuera de los límites del campo, entre la cual destacaba un excesivo número de “reporteros gráficos”. A los 29 minutos, un inusual cabezazo de Latorre ponía la serie 1-2 y llevaba la definición a la siempre dramática tanda de penales. Pero, a ocho minutos del final Raúl Martínez aportaba su segundo tanto personal y metía definitivamente a los albinegros en la definición. Un poco por limitaciones propias, mucho por una atmósfera irritante, Boca estaba prácticamente condenado a esperar el pitazo final del brasileño Renato Marsiglia.

Silbatazo consumado, lo que sería recordado bajo el nombre de Batalla de Macul es historia popularmente conocida: batahola generalizada, represión de los carabineros con tarascones de sus canes incluidos, aquellos “trabajadores de prensa” reboleando sus cámaras al mejor estilo Patoruzú. Sangre, bastante sangre. Algunos profetas sugirieron que ese final era el que se había procurado el propio Boca Juniors más de un mes atrás, cuando desvergonzadamente había renunciado a vencer de local a Oriente Petrolero, para así dejar fuera de carrera al River de Daniel Passarella. ¿Quién sabe?

El único profeta en esa bárbara noche santiagueña fue un uruguayo, graduado como profesor de enseñanza primaria o, simplemente, MAESTRO. Oscar Washington Tabárez, DT del Club Atlético Boca Juniors, quien con el rostro impactado y con apósitos para contener la sangre, vociferó – ya en zona de vestuarios- para la televisión chilena: “Esta es la máxima cobardía… Ustedes tienen que erradicar estas cosas, la agresión de ese señor del cuerpo técnico que luego huyó (…) (NdR: Marcelo Oyarzún, PF de Colo Colo, señalado como el responsable de precipitar al jugador boquense Antonio Apud hacia la fosa del estadio). Eso es una vergüenza para el fútbol chileno; no el partido, que lo ganaron bien…”.

Federico Abbiati

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