“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“Solo un deforme mental como Rodríguez le pega al arco desde ahí creyendo que la puede embocar… Qué pedazo de Quasimodo, madre mía.”

Mario “Topo” Daniele, pretemporada de verano (2006)

  El cielo se veía negro y poderoso. La tormenta de febrero, cuando habíamos ido por Paz, había sido una llovizna pasajera comparada con lo que estaba lloviendo esa tarde. Toqué la bocina del 128 y esperé. Eran las tres y veinte. La Olla parecía un barrio fantasma.

  -Fabri, ¿vos lo ves a Valentín para hacer algo así? Se va a tener que acercar mucho, caen baldes de agua, bro.

-Se tendrá que acercar, qué sé yo. No me pongás nervioso.

-Pero si nosotros estamos nerviosos que estamos acá, ¿cómo hace él?

-¿No será corte como cuando jugaba? Nosotros estábamos nerviosos porque lo veíamos de afuera, pero adentro de la cancha estaban tranqui.

-¿Qué tranqui? Si la noche anterior le transpiraban las manos del cagazo, ¿no te acordás? Lo juega re alerta, bro. Mirá si se la manda, o le pasa algo, y va

-Y bueno, entonces que lo juegue alerta, Mosca. Dejá de romperme la pija de una vez. 

-Bocina. ¿Bocina?

-Es él.

-Sí, es él, boludo.  

-Cierren el orto los dos y alguien que le vaya a abrir.

  Me bajé del auto con un bolso en una mano y un cigarro en la otra. Caminé un par de pasos que alcanzaron para empaparme la cara. Los pibes estaban serios y nerviosos, guarecidos en la oscuridad del galpón, ubicado en el fondo del terreno. Yo tenía la mandíbula trabada por la presión que comenzaba a sentir. Una cosa era imaginarlo y otra cosa era vivirlo, estar en La Olla, ver a mis compañeros a los ojos.

-¿Y ahora qué onda? –preguntó Fabri.

  Me acomodé, duro por el frío, en la banqueta más cercana a la puerta. Cerca de los ojos, un músculo se me había tensado como un elástico y latía con autonomía propia. Saludé al Santo con un cabeceo, acomodado entre las penumbras del otro extremo.  

  En la parrilla había unas brasas moribundas y los chorizos que me correspondían a mí. Sobre un tablón húmedo y rústico que cumplía la función de una mesa había cuatro vasos, un cenicero lleno de colillas, una pila de diarios mojados y una jarra de vino con Coca por la mitad. En un rincón estaba la jaula de Verón, el conejo del Mosca, y pegado a la jaula el balde en el cual, si todo salía bien, quemaría mi ropa y mi culpa.

-Che, gato, ¿qué onda?

  Se me había hecho un nudo en la garganta que me impedía emitir el más mínimo sonido. Moví un hombro y miré el teléfono, sintiéndome ridículo. Me estaba sobrepasando la situación, la magnitud de mi rival, la escena que se había montado en ese roñoso y húmedo galpón. Afuera la lluvia golpeaba con fuerza sobre las chapas.

-Le comieron la lengua los ratones.

-Si no estás seguro no lo hagamos, chabón.

-Dejenló tranquilo y cierren el papo de una vez –los retó el Santo.

-De una. ¿Querés vino, Cazador?

  Cabeceé, recibí un vaso y lo vacié en dos tragos. Apagué el cigarro en el piso. Tomé aire para no quedarme sin palabras en mitad de mi explicación.  

-Si la lluvia sigue voy a salir más tarde, tipo siete, ocho.

-Está bien, lo que vos digas. ¿Pero se hace? Mirá que…

-Se hace, Fabri –contestó el Santo, mientras yo contemplaba el techo agujereado del galpón, casi al alcance de mi mano.

  Ambos asintieron levemente y se aflojaron un poco. El Santo me miró con complicidad.

-Bien ahí –aprobó el Mosca, alcanzándome más vino.

-Ponete unos temas, Moscardón –le pidió Fabri–. Poné a Los Totora.  

  Unos tragos después, solo, borracho y nervioso, empapado y temblando de frío en la oscuridad del monte y del río, estaba a metros del alambrado del Lamarque Club.

-La puta que te parió, Valentín.

-Bueno… ¿En cuánto decís que llega, Mosca?

-No sé. ¿Media hora? Un poco menos, por ahí, porque debe haber alto barro. Yo no sé si al final convenía tanto la lluvia. ¿Vos qué decís, Santopietro?

-Yo digo que cierren las nalgas de una vez, muchachos. Están insoportables.

-Aguantá, hombre de acero.

-Fabricio, ¿por qué no te callás, loco? De verdad te digo, necesito que hagás silencio hasta que pase todo.

-Bueno, loco, no te enojés.

-No, no es que me enojo. Quiero estar concentrado y ustedes son dos murgueros de baja estofa, muchachos. No saben estar callados una hora. Si están cagados sigan escabiando a ver si se les pasa.

-Vos estás cagado.

-Y más vale que estoy cagado, Hernancito. ¿Vos te pensás que es joda esto? Dejame escuchar la calle.  

  El reloj pulsera que había comprado para esa noche marcaba las ocho y veinticinco.

-La puta que te re mil parió, Valentín.

  Había salido de la casa del Mosca cuarenta minutos atrás, bajo una llovizna intermitente, mucho viento y el cielo iluminándose de blanco a cada instante por los relámpagos continuos que se habían producido durante todo el día. Los pocos metros que me separaban del río los había hecho al trote, con los sentidos electrificados, la cara cubierta por una capucha y la carabina enganchada en la espalda, dentro de una bolsa de arpillera. No me había cruzado con nadie y creía que nadie me había visto pasar. Bajé la barranca en un par de zancadas y llegué al margen del río putrefacto y agitado, que me pareció más crecido y cercano a la calle de lo que había imaginado. Comencé a caminar en el barro, paralelo al río y a la calle Río 1, y al llegar al final del barrio escalé la barranca y vi las últimas casas de La Olla, sin señales de vida más allá de algunas lamparitas amarillentas y débiles. Volví a bajar con el corazón latiéndome con locura.  

  Atravesé entre yuyos inmensos el portal de juncos y sauces y me quedé solo en la más perfecta oscuridad. Comenzó a llover torrencialmente en el momento en el que yo me metía en el sinuoso y turbio camino que me llevaría a Ignacio Driscoll, sin ver más allá de unos metros, guiándome por un alambrado que cercaba el campo separador de dos mundos completamente diferentes, La Olla y el Lamarque Club. Tenía las zapatillas transformadas en dos tortas de barro, mierda y basura, algo que no habíamos tenido en cuenta y que me prometí resolver una vez que llegara a las inmediaciones del club.

  Sin embargo, ya estaba ahí y todavía no lo había resuelto.    

  Volví a mirar la hora. Ocho y veintiséis de la noche. Prendí un cigarro. No estaba viendo las cosas con claridad y me asusté mucho, porque estaba borracho y audaz, lo que es otra forma de decir borracho y estúpido. Y cerca de la hazaña, pero lejos. Muy lejos.

  Sabía que aparecería entre las nueve y las nueve y cinco, que estaría solo y a menos de cien metros de donde estaba yo. Cerca.

  Pero todavía no me había asomado a ver el estacionamiento, ni había localizado su auto, ni había encontrado el agujero en el alambrado, ni había cargado la carabina, ni me había concentrado, ni un carajo. Lejos.

  Y enfrente tendría a Driscoll, a Ignacio Driscoll, la persona más poderosa del municipio. Muy lejos.

  Cuarenta minutos y menos de cien metros. Pero todavía muy lejos de la hazaña.

  -Bro, esto va a salir en la tele.

-En la tele, en los diarios, en todos lados.

-Se van a querer matar.

-Qué manera de hablar boludeces, viejo…

-Santo, ¿por qué no nos chupás bien la chota? ¡Basta, loco, te hacés el Maestro Tabárez acá con los pibes y no estamos haciendo nada!

-Sí, ¡acá el guacho tiene razón, loco! ¿A quién te comiste, Teniente Dan?

-¡¿A quién le decís Teniente, la concha de tu madre?! Escoria, pedazo de sorete. No ves que no sabés ni tomar, borracho de cuarta.     

  Bajo una nueva oleada de lluvia, acurrucado bajo unos troncos, fumé dos cigarros seguidos. Le saqué el barro a las zapatillas por cuarta vez en la noche, pensando cómo haría para escapar con semejante lastre. Miré la hora: ocho y cuarenta tres.

  Trepé la lomada con el río rugiendo a mis espaldas y llegué al alambrado. Era una miseria, tal como había dicho el Bola. Dejé la carabina a un costado y me agaché: estaba a unos cincuenta metros de los últimos autos, lejos de los reflectores que se encontraban en la entrada del estacionamiento, y que apenas alcanzaba a divisar.

  Cerré los ojos con fuerza, impactado por el escenario. El vino me había dado la cuota de coraje necesaria, reflexioné, porque estaba agachado al pie de un abismo en el que de ninguna manera me habría arrojado sin tanto alcohol picándome la sangre. Recordé a Ricky. También empezaba a pensar en los pibes, pero un aullido mental espantó esas imágenes y me obligó a concentrarme. Quería hacerlo lo más rápido posible.

  La tormenta se potenció tanto que no alcanzaba a secarme los ojos con el borde de la campera, igualmente empapada, que ya los tenía nuevamente rebalsados de agua. Un rayo encendió el cielo de Almafuerte, el cielo del mundo, y durante una fracción de tiempo que duró nada pero duró todo vi el escenario iluminado como si se hubieran prendido mil reflectores a la vez. Vi autos, vi pasto, vi agua, vi la construcción principal del club; vi cada detalle de cada elemento, pero me enfoqué en un pequeño auto gris plateado de tres puertas, el último de la fila. Ese iba a ser mi objetivo, lo único para lo que tenía ojos.

-Dale.   

  Crucé la carabina al otro lado del alambrado. Me moví unos metros, trepé un tronco inestable que había pegado a uno de los postes y de un salto me metí en el Lamarque Club. Miré el reloj y apreté un botoncito lateral: leí “20:53:14” en un fondo verde y gelatinoso. El tiempo se había acelerado de manera increíble. Diez minutos habían pasado en diez segundos.

  Ya de pie, supe que si Driscoll no aparecía, yo estaba dispuesto a meterme en el corazón del club, en la oficina que fuera, y acribillarlo a balazos.

  Agarré la carabina y troté entre los charcos que se habían formado en el pasto, casi al ras del piso, sin ver qué había más allá del pequeño auto gris con tres puertas.    

  -Tengo un mal presentimiento, loco. No, no, vamos a segundearlo. Parate que vamos.

-Pará, loco.

-Es mi hermano, Mosca.

-¡¿Adónde querés ir?! Dijo que lo aguantemos acá, loco, no empecés.

-No empiezo nada. Me voy yo solo, está todo bien, vos quedate.  

-Confiemos en él que ya lo hizo. Santo, decile vos.

-El Santo para ustedes dos no existe más.

-Mirá si sale algo mal, o aparece un boludo en el camino, o qué sé yo. ¡¡Ahí quiero estar!! Que se pudra pero conmigo ahí.

-Yo no me muevo de acá. Nos van a cagar a trompadas si sale algo mal. Santo, dale, disculpanos, loco. Pedile disculpas, Fabricio.

-¡¡¡Uh!!! ¡Uh, chabón!

-Calmate, Fabri.

-Noooo… ¡Uh, no, la concha de mi madre!

-Mejor. Mejor si se cortó, boludo. Mejor. ¿O no? Santo, ¡decí algo por favor, hermano!

-Sí, ¿no? Sí, chabón… Mejor, así para cortar para acá no lo ven.  

-¿Viste, boludo? Vamos a relajarnos. Ya está, ya casi son las nueve, ya está. Santo, ¿estamos bien si se cortó la luz, no? Santopietro…

-Sí, estamos bien. Pero a partir de ahora más que nunca, muchachos… Se los digo de manera educada, miren: hagan silencio, por favor.

-Está bien, vamos a callarnos. Mosca, vamos a hacerle caso de una vez que él sabe.    

  A mitad de camino, pensé que no eran cincuenta sino doscientos los metros que separaban el alambrado de los autos más cercanos. Aceleré el último tramo a pesar de que tenía los pies empapados e incómodos dentro de las zapatillas, y llegué a ocultarme detrás del auto gris plateado tres puertas que había elegido. Era un Gol Trend. No miré la hora porque me pareció que podía perder un tiempo vital: tenía que cargar la carabina con el manojo de seis cartuchos que llevaba en una bolsita, junto al encendedor y los pocos cigarrillos que me quedaban. Miré el atado con ganas, mientras colocaba los cartuchos, volví a guardar la bolsita en el bolsillo de la campera y me tiré contra la chapa del Trend para serenarme unos segundos. 

  Escuché voces. No una voz, ni un paso solitario rumbo a un Renault Logan que todavía no había divisado. Voces. Muchas voces. Dos, tres, cuatro voces.

  -No doy más de la tensión, boludo.

-No, imposible, imposible, bro, está para que me dé un infarto en cualquier momento. 

-Che, ¿tiramos el alcohol en el balde?

-Ya me preguntaste tres veces. Ya está, loco. El alcohol ya está, la llave está ahí, está todo en orden.

-Bueno, la concha de tu madre, hablame bien.

-Andá a la puta que te parió.

-Muchachos… Uno que vaya y deje el portón abierto por las dudas.

-Sí, Santo, ya.

-¿Por? ¿Por qué, Santo? ¿Qué viste?

-Porque siempre surgen imprevistos, Fabricio. Por nada en especial, pero es un segundo que te puede cambiar la ecuación…     

  Solté la carabina y me puse cuerpo a tierra para ver debajo de la carrocería del Gol Trend. Vi botines, tres pares de botines embarrados a distintas distancias, acercándose directo hacia mí. Por un momento tuve miedo de desmayarme. También se me ocurrió comenzar a correr hacia el río como un rastrero.  

-Corré, Pepo.

-Dale, apuren que los dejo –mandó una voz grave.

  Me agazapé y me metí debajo del Trend, acorralado como una rata.

-¡Justo ahora se larga, la concha de su madre!

-Estuvo lloviendo toda la noche, zapato –observó la misma voz grave del principio, más cercana que las demás, cuyo dueño tenía dos pantorrillas anchas como las de un elefante y dejaba un auto atrás del otro. El último de la fila era el Gol Trend, y más allá no había más que terreno despejado.  

  El Elefante se frenó a un metro de mí. Había un cincuenta y cincuenta de chances: subirían al auto debajo del cual me ocultaba yo o al de al lado, de color azul y marca que no alcanzaba a distinguir. Alguien destrabó una alarma a distancia y el auto azul hizo un chispazo de vida. Enterré la cara en el pasto.

  -Ya son las nueve, che. Las nueve en punto.

-Las nueve.

-Furgonero sentimiento de verdad que nunca nadie lo comprenderá… Yo te sigo en las buenas en las malas…

-La puta madre, che.    

-Vamos Furgonero te voy a alentar… La vida entera… Y desde el cielo te voy a seguir… Cuando me muera…

-Mosca, la puta que te parió.  

-Nunca me voy a separar de vos… Porque te quiero…

-Nunca me voy a separar de vos… Porque te quiero…

-Muchachos, por favor.

-Dale, Santogato, un aplausito con nosotros… Hay que dejar la vida y el corazón…

-Hay que dejar la vida y el corazón…

-Hay que poner huevo para ser campeón… Dale San Martííííín…

-Dale San Martííííín. 

-¡Ahí va, Santopietro, ahí va! ¡Que tenemos que ganar!

-¡Dale, gato, dale!

-Siempre voy a estaaaaaar… Nunca te voy a dejaaaaaar  

-¡Dale, putos, ahora canten que parecemos comeanguilas!  

-¡¡¡¡¡Vamos Furgonero te voy a alentaaaar…!!!!! ¡¡¡La vida enteraaaaaa!!! 

-¡¡¡Y desde el cielo te voy a seguiiiiir…!!! ¡¡¡Cuando me mueraaaaaa!!!

-¡¡¡Y desde el cielo te voy a seguiiiiir…!!! ¡¡¡Cuando me mueraaaaa!!!

-¡¡¡Y desde el cielo te voy a seguiiiir…!!! ¡¡¡Cuando me mueraaaaa!!!

-¡¡Nunca me voy a separar de vooooos… Porque te quieroooooo!!   

  Los otros dos rugbiers llegaron junto a su compañero. A uno de ellos le conocí la voz y me retorcí del frío y del miedo: Lucas Galeano, hijo del jefe de gabinete del municipio y octavo de la Primera del Lamarque Club. El nazi arruina pibes se subió adelante, acompañado por el Elefante, y el tercero, con la voz apagada, hizo lo mismo atrás.

  El Megane azul que pertenecía a Galeano se puso en marcha, y al prender las luces traseras iluminó de rojo la parte del estacionamiento que yo podía ver, todavía arrinconado e incómodo pero listo para moverme. Encontré el Logan de Driscoll, en diagonal frente a mí. Pero ya no me serviría de nada porque estaba decidido a salir corriendo lo más lejos posible de Lucas Galeano, que hizo marcha atrás con su auto mientras yo hacía lo propio para alejarme de la cola del Gol Trend y salir del ángulo de visión de ellos. Suspiré, porque tenía la respiración contenida desde hacía un minuto y porque recién ahí razoné que había pasado el peligro. Pero me duró nada, una fracción de segundo, porque sentí, percibí, intuí, o lo que fuera, como un animal, que algo no andaba bien.

  La ventanilla trasera derecha del Megane se bajó lentamente. Y el que iba sentado ahí dijo, con voz apagada:

-Sí, es un arma, boludo. Parece una escopeta.

  Miré a mi izquierda y vi la carabina tirada en el piso, mojándose con esa rara belleza que tienen los metales cuando se mojan, indiferente y silenciosa, como ausente, pero cargada y ya lista para escupir muerte, a unos pasos del auto debajo del cual me escondía, a unos pasos de la ventanilla baja del Megane, a unos pasos del Elefante, a unos pasos de Lucas Galeano, apenas una cuestión de elevarla del piso, apuntar y apretar el gatillo para que algo explote… Una botella, una persona o una ciudad de cien mil habitantes ubicada en el Noroeste del Gran Buenos Aires.

  -¡Tiros, Mosca!

-¡Son cuetazos, boludo!

-¡La puta que te parió!

-Son tiros, muchachos. Serenensé.  

-¿Eso viene del club, no, Mosca?

  -Agarrala –susurró el Elefante.

-Ni en pedo. Avisémosle a Horacio –respondió el de la voz apagada.

-¿Pero qué hace eso ahí?

-Dale, avisémosle –volvió a insistir el que venía atrás, y Lucas Galeano arrancó el auto con decisión, patinando levemente en el pasto mojado.

  Me arrastré como una lombriz y salí de mi ratonera tragando todo el aire que tenía alrededor, como si acabara de emerger casi ahogado de lo profundo del mar. Escuché el Megane frenándose a unos metros, treinta, cuarenta, que también podían ser diez o mil porque estaba mareado por los nervios. Me asomé, ya con la carabina en la mano, siempre oculto detrás del Gol Trend que me había salvado, y vi que algo partía y algo se acercaba. El Megane de Lucas Galeano partía. Y ese algo que se acercaba, caminando ligero y categórico, era un tipo.

  Me zambullí en el pasto para mirar su llegada al ras. Venía paralelo a los autos de la fila del Trend y sin botines.

-Horacito, soy Nacho Driscoll. Escuchame, venite al estacionamiento que parece que los pibes vieron algo, no sé si un arma tirada o qué. Ah, ¿ya te avisaron? Dale, por las dudas metele.

  Los pies se detuvieron frente al auto que estaba del otro lado del ya ausente Megane de Galeano. Dudaron, como dudé yo, entre aproximarse al peligro o alejarse lo más rápido posible de ahí. Yo tenía la frente pegada al paragolpes del Trend y esperaba algo, no sé qué.

  Los pies de Ignacio Driscoll cambiaron de dirección y apuntaron hacia su propio auto, acomodado en la fila de enfrente.

-Che, garca.

  Ya tenía el dedo en el gatillo, la culata asentada contra el hombro derecho y la mirada desencajada. Driscoll se dio vuelta y tiré. El cuello se le llenó de sangre. Alguien gritó a mi derecha, no sé si lejos, no sé si cerca, mientras el otro se sacudía como un muñeco. Volví a tirar. El colorado, porque efectivamente era colorado, y más flaco de lo que parecía en la televisión, puso una rodilla en el piso, luego puso la otra, recibió un tercer impacto y se balanceó hacia adelante y hacia atrás, quizás consciente de que caer sería una acción definitiva para él, y se terminó desplomando hacia su derecha mientras me buscaba con los ojos pero no me encontraba.

-¡Nacho! ¡Nacho!

  Una explosión que me anuló los oídos de manera automática, antes de que pudiera inferir que alguien me había disparado, me recordó dónde estaba: en una pesadilla, porque los pies no encontraban el piso para empezar a escapar, las piernas se habían transformado en un líquido indescifrable, las manos no encontraban ni los dedos ni la carabina, y la cabeza era un grito, un largo grito, que no significaba absolutamente nada de nada.  

  -¡¡Vamos, Mosca!! ¡Yo acá no me quedo, vamos a poner el pecho, guacho, vamos, dale, guacho, dale!! 

-¡¡¡Hijos de puta!!! ¡¡¡Quédense acá, hijos de re mil puta!!!

-¡Dale, Mosca!

-Manuel, ¡ya venimos, no lo puedo dejar solo!

-Noooo, quédense acá, ¡pendejos pelotudos! Pelotudos. Guachos y la puta madre que los parió a los dos. ¡Ay, Valentín, ay Val, ay Val y la puta madre que me parió! Decime que estás bien, la concha de tu madre.

  -¡Se muere!

-¡¡Negro de mierda!!

  Una bala me silbó a centímetros, o a metros, pero efectivamente silbó y le sacó chispas azules y rojas al alambrado que ya tenía casi entre mis manos. Esos cincuenta metros que según el Bola había entre el monte y los últimos autos del estacionamiento, y que a la ida me habían parecido doscientos, a la vuelta me parecieron veinte, porque los atravesé en segundos. Detrás mío venía un malón, y entre ellos uno en particular, rápido y silencioso como una pantera, al que no le importaban ni los tiros que provenían desde el estacionamiento, ni la carabina que tenía hirviendo en mis manos, ni la lluvia, ni el monte, ni el río, ni la oscuridad. Ese tipo me iba a correr hasta abajo de la cama y yo aceleré como solo aceleran las presas que se saben atrapadas.

  Hamaqué la carabina y la tiré con toda mi fuerza por sobre el alambrado, me quedé seguro de que había llegado al río e inmediatamente me olvidé de eso y me concentré en lo siguiente: saltar el alambrado, acción que hice como si tuviera la potencia que tenía a los diecisiete años. Cuatro, cinco, seis pasos desesperados, un pantallazo a mi derecha en el que vi muchas luces, mucha gente y una nueva detonación roja y feroz provenida desde un revólver que estaba lejos, como si estuviera en otra dimensión, y que no supe dónde terminó. En el séptimo paso, escuché y vi el alambrado estremeciéndose como si fuera de papel, miré hacia atrás y encontré a mi cazador de este lado de las cosas. Para él y para mí, no había ruidos ni oscuridad ni obstáculos: estábamos en silencio, iluminados por el brillo de odio que nos salía de los ojos y sabiendo que el choque era inevitable, porque jamás podría escaparme de él.

  Una sola vez, muy borrachos y muy tristes, habíamos hablado de “El Manotazo de Dios”, cuando le salvé la vida que Matías Paz no le arrancó por centímetros. Esa noche en el bar hablamos del tiempo, de cómo actuó el tiempo con él y como lo hizo conmigo. Para él, todo había transcurrido en cuestión de segundos. Diez, veinte segundos de cuetazos, humo y sordera; y después meses para recuperarse de semejante descarga de adrenalina, de miedo, de alegría, y todo lo que pudo haber sentido él. Para mí, en cambio, el enfrentamiento con Paz había durado años. Años de vida condensados en un rato siniestro.

  Cuando escuché el primer tiro, pero principalmente cuando escuché la primera sirena, que al minuto se habían multiplicado por diez, y a los cinco minutos por cincuenta, me acordé de esa charla con Valentín. La habíamos pasado muy mal, cada uno a su manera, pero todo había terminado bien. Eso era lo único que me repetía: que todo terminaría bien, que todo terminaría bien, que todo terminaría bien, no me importan las sirenas ni los tiros, no me importa el corte de luz, que todo terminaría bien, que todo terminaría bien, necesito verte para contarte cómo la viví yo y que me cuentes cómo la viviste vos, yo la pasé para el orto, hijo de puta, me cagué de miedo como nunca en mi vida, pensé que te habían recagado a tiros y que a estos dos pelotudos del Mosca y Fabricio también, se me escaparon los mamertos, ¿vos podés creer qué tipos hijos de puta?, nunca más con estos dos pelotudos pero nunca más nada de nada, hasta acá llegamos, el cagazo ese fue descomunal, fue tremendo, va a terminar todo bien, Santo, va a terminar todo bien, Santo, va a terminar todo bien, Santopietro y la concha de tu madre, no seas cagón y esperá.

  -¡Negrito del orto, vení! ¡¡Vení!!

  Rodeado de una oscuridad perfecta y absoluta, implacable, vi la piedra, la agarré y me di vuelta. Todavía estaba lejos, pero me había acortado una distancia que no duraría mucho más. Se la tiré con toda la fuerza que me quedaba, escuché el impacto y el aullido, y lo vi caer.

  Me di cuenta, mientras se me dibujaba una mueca de satisfacción que también era de espanto, que eso que tanto me había pesado en las piernas y en los brazos y en los hombros y en la cabeza era por haber estado poseído por el terror animal que sienten las presas que ven el final muy cerca. Retrocedí, trastabillé, grité, me hundí en el barro.    

  Sirenas. Muchas sirenas, aproximándose desde los cuatro puntos cardinales, desde todas las taquerías del universo, desde la tierra, desde el aire, desde el agua, desde el inframundo. La mayoría venían del inframundo. Y venían rápido.

  Empecé a correr. Con frenesí corrí. Y seguí corriendo.

  -Hola, Ceci. ¿Cómo andan, todo bien? Bueno, bueno, me alegro… Quería ver si puedo hablar cinco minutos con las nenas, che.  

  Por un segundo, creí que me había equivocado de camino y había encarado para el lado opuesto, alejándome de la casa del Mosca, porque no veía ni escuchaba absolutamente nada más que luces azules y ruidos de sirenas, dibujándose omnipresentes sobre mi cabeza, más allá de la barranca.    

  Hasta que comprendí lo que había pasado: se había cortado la luz y ya había dejado atrás la entrada al barrio de Río 1 y Panamá. Estaba en La Olla, al igual que la policía, y la falta de aire, de fuerza y de optimismo que tenía instantes atrás se revirtió de un segundo a otro.

-Un poquito más, la concha tu madre.

  A mi derecha se dibujaron dos fogonazos de linternas iluminando el río en línea horizontal, a unos centenares de pasos, y más arriba se veía un nido de sirenas azules. Los había dejado atrás por segundos. Pero todavía tenía que salir del margen del río, trepar la barranca y atravesar el barrio.

  Furtivo y arrebatado, sintiendo con ahogo que las luces de las descomunales linternas que barrían las calles me morderían los talones en cualquier momento, recién me acerqué al límite entre el monte y la calle cuando reconocí la esquina de Honduras. Tenía la ventaja de la oscuridad, de la distancia y de la cortina de agua que me separaba de la policía, pero podía escuchar los desagradables gritos de su primera vanguardia, parapetada a dos esquinas, y los inminentes refuerzos serpenteando desde la ruta, calle por calle, para cortar todas las vías de escape. Agazapado, miré sobre mi hombro y reconocí con nitidez el nido de patrulleros, algunas sombras recortándose en dirección a la esquina donde yo me encontraba y una camioneta frenando con espectacularidad a una cuadra. Una rebanada de luz que salió despedida arteramente desde ahí no me encontró en la mitad de Río 1 de casualidad, porque había decidido esperar un segundo de más antes de lanzarme a cruzar ese temible y último paso.

-¡¡Alto, policía!!

-Alto.

-¡Tirate al piso pendejo la concha de tu madre tirate al piso!

-Levantá las manos.

-¡¡Al otro, al otro, Antúnez!!

-Dale, pendejo, vos también tirate al piso. ¡¡Dale, dale, las manos en la nuca porque te quemo, negro!! Quieto, la concha de tu madre, quieto ahí.

  Río 1 había quedado atrás. Aceleré el paso, crucé de vereda y llegué a la manzana de la casa del Mosca. Ya estaba a la vuelta.

-¿Quién anda ahí? –preguntó una voz lúgubre desde el porche de una casa, provocando que se me paralizara el corazón y sacando las carcajadas de sus acompañantes.

-¡Eaa, amigo! ¡¿Te asustaste?!

  Flaqueé un par de pasos más, con un charco de mierda en los calzoncillos que no sabía cuándo se me había escapado, y cuando me animé mentalmente una vez más para dar los últimos pasos, porque ya estaba a la vuelta, me di cuenta que no llegaría. De ninguna manera llegaría.

  En Río 3, una cuadra más allá de Río 2, la calle del Mosca donde me debían estar esperando los pibes, apareció una camioneta de la policía con las luces apagadas que aceleró, encendió las luces y me tiñó el camino de azul. Seguí caminando porque no había manera de escapar de ahí.

  Caería solo y caería de pie. 

  Nos separaban cien metros. Menos de diez segundos.   

  Me vi pálido, ojeroso, débil, enfermo, embarrado, cansado, con los nervios destrozados, ya irreparables. Las piernas me dejaron de responder, el piso comenzó a temblar debajo mío y la lluvia siguió cayendo con la fidelidad de una novia amada, pero no podía hacer milagros porque estaba encerrado. Me acababa de morir en vida.  

  Lo único que quería era que me dejaran de perseguir porque me habían vuelto loco. Llegando a la esquina de Río 2 y Honduras, levanté la cabeza y vi las fauces y las muecas, vi el final, vi las caras de la muerte. También vi dos sombras en la esquina contraria, pegadas a una cortina metálica, listas para ponerle el pecho a las balas.

-Andá, Caza.  

  Caminé tres pasos ocultándome, llegué a la ochava y doblé. Ya corriendo como correría un resucitado, miré para atrás y los vi corriendo como correrían dos que vienen de matar a alguien muy importante. Escuché el chirrido de los frenos, ya a metros de la reja que separaba la casa del Mosca del resto del mundo.

-¡¡Alto, policía!!

-Alto.

-¡Tirate al piso pendejo la concha de tu madre tirate al piso!

-Levantá las manos.

-¡¡Al otro, al otro, Antúnez!!

-Dale, pendejo, vos también tirate al piso. ¡¡Dale, dale, las manos en la nuca porque te quemo, negro!! Quieto, la concha de tu madre, quieto ahí. 

  Vi la esquina iluminada por los faros de la camioneta, algunas sombras bailando una danza deforme y monstruosa y nada más. Puse un pie en el terreno del Mosca, después el otro y con la suavidad de un relojero moví la reja hasta acercarla contra el postigo.

-¡¡Antúnez!!

  Corrí la primera parte del terreno que me separaba del galpón y me oculté detrás de la casa del Mosca. Apoyé las manos en el baúl del 128, estacionado junto a la Kangoo del Santo. Miré el cielo y dejé que las gotas de lluvia barrieran con todas las marcas que se me habían acumulado en ese largo camino recorrido desde el estacionamiento del Lamarque Club.

-¿Paspado? –murmuró el Santo, asomado en el umbral del galpón–. ¿Sos vos?

-Sh… Sí, soy yo. Todo bien.

-¿Todo bien? Dejá de hacerte el lindo y vení a sacarte esa ropa que ya hay hasta un helicóptero.       

-Voy, boludo –le respondí, cayendo en la cuenta de lo que acababan de hacer Fabricio y el Mosca. Habían pasado, como máximo, veinte segundos–. Voy.

-Entrá a cambiarte que si no estaríamos escuchando los gritos desde acá. No pasó nada, dale, preocupate por vos. Vení.

-¿Qué hora es?

-Eh. Pará –dijo, con la cara iluminada por la pantalla de su teléfono–. Nueve y diez. Sacate eso, vení.

-¿Cómo nueve y diez?

-Nueve y diez, vení entrá de una vez, pelotudo. Vení.

-No puede ser, estuve corriendo una hora.

-Qué hora, vení acá si los cuetazos fueron recién. Vení acá.

-Voy. Pasame un cigarro.

-Te paso el atado pero entrá de una reputa vez.

-Voy, voy –respondí, pero había perdido el sentido de la ubicación y no sabía dónde quedaba el suelo y dónde el cielo y dónde los costados. 

-¡Ey! ¡Che! Vení, la concha de tu madre, vení acá.

                                                                                                                                                     Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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