Nota homenaje a 35 años de un título mundial que cambió para siempre al deporte argentino. Escribe Santiago Nuñez.

Durante dos horas conviven en el mismo lugar dos tiempos distintos. De la pantalla para acá es 22 de junio del 2021. Del otro lado de los monitores o las computadoras, la fecha es la misma, pero hay 35 años de retraso. Es 1986. Cientos o quizás miles escuchan a través de la web “Relatores” un partido por cuartos de final de una Copa del Mundo que se jugó más de tres décadas atrás. A las 16:09 gritan el mismo gol que gritaron cuando eran más jóvenes, o que nunca vieron en directo porque ni siquiera existían. Lo que significan Maradona, Bilardo y la selección del Mundial de México se resume en una escena cercana.

Un negocio llamado fútbol

El 25 de octubre de 1982 el presidente de Colombia, Belisario Betancur, le dijo al mundo entero que el sueño que el país cafetero tenía de organizar un Mundial de fútbol ya no existía. “Colombia 86” no sería más que un cartel olvidado. Siete meses después, México fue elegido por la FIFA por sobre Canadá y Estados Unidos y, como en 1970, organizaría la cita planetaria más grande del balompié.

La realización del certamen estuvo más que en duda dado que el 19 de noviembre de 1985, a solo 7 meses del evento, un fuertísimo terremoto (magnitud de 8,1) azotó a la capital azteca, dejando más de 10.000 muertos (algunas organizaciones sociales dicen que fueron mucho más), 250.000 personas sin hogar y 800 edificios derrumbados. Cierta presión popular contra el Mundial tomó forma, teniendo en cuenta que habría una enorme inversión en estadios e infraestructura deportiva mientras una parte de la población carecía de techo. A la FIFA y al gobierno, por supuesto, nada les importó.

Esa misma línea siguieron los dirigentes del fútbol a la hora de pensar un hecho muy menor pero significativo. Los partidos por presión televisiva (cuyo manejo estaba orientado según los horarios de Europa) tenían que jugarse al mediodía, lo que en México implica salir a la cancha con altísimas temperaturas. Varios jugadores y referentes de equipos (Jorge Valdano, en el caso argentino) salieron a quejarse sobre la situación y recibieron una respuesta no muy simpática: “Que se callen la boca y jueguen”. Claro, el autor de la frase era el mandamás de la FIFA, Joao Havelange, también conocido por definiciones como “yo vendo un negocio llamado fútbol”.

Desde lo estrictamente futbolístico se jugó un Mundial apasionante. Se disputaron 52 partidos que tuvieron 132 goles (2,54 por encuentro). El símbolo más grande de la tertulia fue el imponente Estadio Azteca, que ya había estado en los ojos de todos en el Mundial del 70. Su capacidad fue imponente, a tal punto que se dio la final más concurrida de la historia (114.600 espectadores).

Compitieron 24 selecciones, entre los que se encontraba equipos como la Francia de Platini, el Brasil de Sócrates, Zico y Careca, la España de Butragueño, la sorpresiva Bélgica, la Inglaterra de Gary Lineker, la Unión Soviética que sería subcampeona de Europa dos años después, la Alemania de Matthaus y Rummenigge. De todos los planteles nutridos, no obstante, hay uno que fue superior. Principalmente por su indiscutida estrella. Como dice Eduardo Galeano en su célebre El fútbol a sol y a sombra: “Este fue el Mundial de Maradona”. Y por ende de Argentina. O viceversa.

Llegamos primeros

Cuando Oscar Garré le preguntó a su familia si iba a acompañarlo al aeropuerto antes de viajar para la preparación al Mundial, la respuesta fue contundente: “No, andá, si putean, que te puteen a vos solo”.  Ese era el clima de época. La selección clasificó a la Copa del Mundo luego de un empate en los últimos minutos del partido final ante Perú, sin el cual se hubiera visto obligada a disputar un repechaje de cuatro equipos. A su vez, el andar previo a la Copa del Mundo no privaba de malas pasadas al equipo de Bilardo. En los amistosos previos al inicio del torneo, el equipo perdió con Francia, con Noruega, empató con Junior de Barranquilla y la selección de juveniles del América de México. Le costó incluso vencer al Grasshoppers suizo (lo hizo 1 a 0 en un mal partido).

A las críticas al cuerpo técnico por haber dejado fuera a astros del fútbol argentino (Ubaldo Matildo Fillol, por ejemplo), se le sumaba la mala suerte como factor incuestionable. El subcapitán, Daniel Passarella, días después de hacer una sesión de fotos con sombreros mexicanos con Maradona (el capitán), se intoxicó y no pudo salir a la cancha en ninguno de los partidos del Mundial. Lo que te quita, sin embargo, también te da: aquella desgracia sirvió para contener a la interna que tenía a ambos referentes en peleas sistemáticas por sus fuertes y egocéntricas personalidades. A su vez, el reemplazante del Kaiser, José Luis “Tata” Brown, hizo un gol clave en la final (único marcado por él en la selección).

Pero más allá de los malos resultados previos y las críticas, el equipo consiguió el pico de rendimiento en la Copa del Mundo. En 7 partidos convirtió 14 goles y solamente recibió 5. Tuvo, para arrancar, una primera ronda sólida, con dos victorias contundentes (Corea y Bulgaria) y un empate contra el campeón del mundo vigente (Italia). Terminó en el primer puesto del Grupo A.

Ganó luego con autoridad el “clásico rioplatense” contra Uruguay. Tuvo un partido de ensueño en la disputa contra Inglaterra. Se encontró por la confianza y el “envión” con una semifinal contundente ante Bélgica y jugó una final adorada contra Alemania.

Tuvo golpes duros. Una clasificación complicada. Una gira previa difícil. Encontraba muchas más críticas que otra cosa en la prensa local. Pero encontró en la solidez táctica de Carlos Salvador Bilardo y el brillante desempeño de Maradona dos pilares fundamentales para salir adelante. Por eso, cuando aterrizaron antes que nadie el 5 de mayo en México, una voz en la concentración del América en el DF dijo a los cuatro vientos: “Llegamos primeros, para irnos últimos”. Y no se equivocó.

Dos goles de córner

Enrique “Coti” Nosiglia atendió el teléfono. Lo que no se imaginó era que del otro lado estaba el presidente, y que iba a tener que explicarle que estaba con otros dirigentes radicales en un asado. “¿Ustedes no invitan?”, preguntó del otro lado Raúl Alfonsín. Por supuesto lo dejaron ir y el mandamás en 20 minutos estaba en la mesa.

Entre charlas informales, el primer mandatario miró al secretario de Deportes de la Nación, Rodolfo O ’Reilly, y le lanzó: “¿Cuándo lo echás a Bilardo?”. La frase impactó al funcionario, que no tuvo otra que intentar cumplir los deseos de su presidente. En la Rosada tenían miedo de ser perjudicados por el mal funcionamiento de la selección, aunque también se subieron al caballo exitista posterior y recibieron en Balcarce 50 a quien antes querían echar, con la copa en la mano. Reilly no pudo conseguir lo suyo, cuando desde Zúrich un tal Julio Grondona le dijo: “Michingo, dedicate al rugby que de esto no sabés nada”.

A tono con las críticas del gobierno se alineaba un sector importante de los medios de comunicación. A la acusación “Clarín era menottista”, alguna vez el periodista Horacio Pagani respondió que la frase debía invertirse: “En realidad, Menotti era clarinista”. Pero más allá de eso, lo que nadie niega es que el tándem del grupo de los Noble y el ex DT de Huracán despotricaban contra Bilardo, calificandolo de “antifútbol”. “La selección no jugó en Buenos Aires, en Mar del Plata, en Mendoza, en el país porque Bilardo le tiene miedo a la gente. La verdad es muy clara: a nadie le gusta la selección”, sentenciaba el hasta ese momento único técnico campeón del mundo.

Pero lo cierto es que Carlos Salvador tuvo un rol fundamental en la conformación de un equipo que terminó levantando la Copa. “Bilardo instaló un estilo que dio resultado. Liberó a Maradona y nos convirtió a todos los demás en tornillos muy ajustados que daban como resultado un buen funcionamiento colectivo”, dijo Jorge Valdano en el documental “La Historia detrás de la Copa”.

El técnico fue clave primero en instaurar un sistema de juego pionero en la última parte del torneo (después del partido con Uruguay). El “Doctor” (por su profesión de ginecólogo) puso en cancha una defensa de tres (un líbero y dos “stoppers”) porque “¿para qué marcar con cuatro atrás, si ningún rival ataca con más de dos delanteros?”. A su vez, instauró una clara línea de cinco mediocampistas, con dos “laterales-volantes” (Giusti y Olarticoechea), dos mediocampistas centrales (Batista y Enrique, los últimos tres partidos) y Burruchaga con más vocación ofensiva (alternando entre el medio y el ataque). Valdano sirvió con su movilidad para ser un delantero que no daba una referencia clara y Maradona quedaba con la libertad de desplegarse por todo el frente de ataque. Fue clave para cambiar a tiempo, cuando realizó el cambio de Enrique por Pedro Pasculli después del encuentro contra Uruguay, para incorporar a un jugador a la parte central del mediocampo.

Su virtud, además, estaba relacionada con la obsesión y el nivel de detalle. A veces, incluso, cercano a la locura. A Olarticoechea le explicó cómo tenía que jugar en la bajada de una autopista, pintando con un ladrillo la pared de una casa. En la previa del partido con Inglaterra, obligó a gente de su cuerpo técnico a comprar 38 camisetas azules porque las que tenían no estaban hechas de Aertex (como sí las titulares) y él consideraba que no tenían la ventilación correspondiente. El escudo y los dorsales se tuvieron que coser el día anterior al partido. Bilardo también imponía que los jugadores no salgan de su línea de juego ni siquiera para festejar un gol para no perder aire en la altura y el calor del DF, lo que explica que no haya ningún defensor en una foto de celebración de un tanto, a excepción de los convertidos por ellos mismos (Ruggeri y Brown).

A veces, estar en absolutamente todos los detalles lo llevó a él (que consideraba a Maradona un hijo propio y al día de hoy no sabe que falleció) a ponerse mal en situaciones insólitas. Después de la final del mundo, cuando acababa de inscribir su nombre en las páginas de gloria del deporte nacional y cuando todos festejaban el logro obtenido, Bilardo no fue a recibir la medalla y se encontraba en el vestuario, cabizbajo. Le preguntaron qué le pasaba. Respondió, sin dudarlo: “estoy triste porque nos hicieron dos goles de córner”.

Dios no salva a la reina

Fernando Signorini entró al cuarto y le guiñó el ojo a Pasculli antes de desplegar sus dotes actorales. Empezó a hablar. Entre sus palabras libradas al viento, se focalizó en un concepto. Ningún jugador se hacía cargo de ser el crack del Mundial. «Ni Platini ni Zico» tienen la personalidad para decirlo, expresó. Maradona, compañero de cuarto de Pasculli, bajó lo que estaba leyendo, enojado. Le empezó a gritar a su preparador físico, que le respondió a Diego que el problema era que se tenía que convencer. Al día siguiente en las portadas de los diarios estaba la frase de Maradona que decía “seré yo la figura del Mundial”, en la antesala del partido con Inglaterra. Signorini entendió al mirar la primera plana que el objetivo ya estaba cumplido. Lo hizo calentar a propósito. Y le salió muy bien.

Maradona fue más que la figura de la Argentina en el 86. Se configuró no solamente como el mejor jugador del mundo sino también como aquel que daba confianza y seguridad a sus compañeros, como el que enamoraba a la opinión pública internacional e intimidaba a todos los rivales. Sabía que diciendo antes de salir a la cancha frases como “dale, eh, que estos hijos de puta quizás nos mataron un vecino” previo al partido con Inglaterra iba a sacar el fuego sagrado de todos los suyos para ir a jugar con ajenos.

Llegó a la cita siendo una figura mundial pero no indiscutida. Incluso, hasta aquel momento el emblema celeste y blanco seguía siendo Passarella, capitán en 1978 y autor incuestionable de la clasificación argentina. Pero Maradona rápidamente encontró lo que empezaba a ser su escena inolvidable con un golazo ante Italia y una asistencia para el gol de Burruchaga ante Bulgaria. La parte final del Mundial lo condenó al estrellato.

Más allá de los dos goles a Bélgica y el pase gol fino antes del último grito ante Alemania, a Diego lo hizo prócer el encuentro por cuartos de final ante Inglaterra. En cuatro minutos (51’ y 55’) pasó de ser un talentoso futbolista a ser un mito eterno. Sintetizó el potrero del gen argentino en una actuación en la que combinó la astucia de usar una mano para convertir un gol con la belleza de una jugada indudable en la que seis ingleses quedaron en el camino. Sintetizó el honorable mérito de la brillantez con el no menos reconfortante valor de la picardía criolla.

Aquel partido estuvo atravesado por otros condimentos, lógicamente. La cuestión Malvinas, en primer lugar. También la “pica futbolera” incuestionable entre Argentina y Reino Unido nacida en la década 60 con el partido áspero del Mundial 66 y la dura final Intercontinental entre Manchester United y Estudiantes (en la que los primeros calificaron de “animals” -animales- a los segundos).

Pero aquella jornada ante Inglaterra y todo el Mundial fue de Diego, que entró al olimpo del “para siempre”. Como dijo el escritor Mario Benedetti, cuando opinó sobre el tema: «Aquel gol que le hizo Maradona a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios».

Vive

Es 27 de febrero del 2021. En la red social Twitter, un usuario da a conocer una foto inédita. En ella se ve en primer plano sin foco a un hombre alemán de camiseta verde. Pero lo que realmente importa está atrás: un pequeño genio de celeste y blanco con las manos levantadas y una sonrisa más grande que el Mundial que acaba de ganar.

La escena se viraliza con el título “primer segundo de campeón del mundo”. Y esa imagen demuestra que Maradona puede no hablar, no respirar y no caminar entre las personas mortales. Pero que igual vive.

Santiago Núñez

Twitter: @santinunez

Nota publicada originalmente en Prensa Obrera

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