“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“Te tengo que sacar porque te van a romper. Sacate los botines porque ya está, Valentín, y no me rompás las pelotas porque no vas a entrar.”

Fito Vargas, Ferrocarril San Martín 2 – Atlético Almafuerte 1 (2006)

  Jazmín me contestó unos días después, escueta e impersonal como una escribana. Nos veríamos en un bar de Almafuerte Hollywood al otro día de su regreso, y me pidió que no le escribiera –que la dejara tranquila– hasta ese sábado, condición que cumplí con enojo, como si fuera un castigo inmerecido.

  Ya que me había citado a las cinco, tenía el tiempo justo para ir a ver la final por el segundo ascenso a la Primera C, volver a casa para bañarme y salir rumbo a la verdadera final. La tarde estaba hermosa, ya hacía una semana que la temperatura no bajaba de los veinte grados y lo que me pasaba con el Furgón era más fuerte que yo. Quería estar ahí, acompañando al equipo.

  Solo, sin los colores del club, llegué al Andén con el partido recién comenzado y me acomodé en el córner más cercano al buffet. La cancha estaba caldeada, hasta la manija; calculé dos mil personas y un quilombo al final, fuera cual fuera el resultado. Vi optimismo en la gente, seguridad por el empate en cero de la ida, pero mucho nerviosismo en los jugadores. Demasiado. Y los de Argentino de Quilmes estaban con el desparpajo de los que se saben perdidos de antemano.

-Son peligrosos estos hijos de puta –le comenté al pibito que estaba pegado a mi hombro, pero no me contestó. Prendí un cigarro y pensé que me estaba volviendo viejo y pelotudo.

  A los 11 fue amonestado el volante derecho de Argentino de Quilmes por un patadón. A los 13 nuestro enganche remató de media distancia y desde las tribunas forzamos el primer ¡uh! de la tarde. A los 15 entró el grueso de la barra de Las Tunas. A los 22 hubo un choque de cabezas. A los 23 fue reemplazado Santiaguito Schellotto, y la falta de la figura tiñó la cancha de pesimismo. A los 31 el zaguero izquierdo del Mate metió una volea en el travesaño. A los 33 el mismo zaguero desbordó luego de un córner, mandó un centro al segundo palo y nuestro arquerito le atajó un doble mano al 9 de ellos. A los 42 partió un canto desde la popular que nos unió a todos: a Fabri y a Thiago Solís, al Santo y a Docabo, a Lozano y a mí. A los 44 me saludé con el Chino Suárez. A los 45 Juan Cruz Secchi apiló a tres por la derecha, tiró un centro atrás y no entró nadie para empujarla. A los 46 me dije que todavía estaba para robar un tiempo más, que si hubiera estado parado en el área habría aprovechado la jugada anterior. A los 47 fui a sentarme porque no soportaba estar de pie un minuto más y me dije que no, que no estaba para volver.

  Prendí un cigarro, después de haber dado la vuelta al buffet, y me senté en el piso. Por la izquierda me aparecerían los pibes, de frente Lozano y sus cortesanos, y por la derecha los barras. Me daba igual quién lo haría primero.

-Rodríguez –me saludó el dueño del circo, con un leve cabeceo, saliendo de la zona de vestuarios.  

-Chelo.

  Detrás de Lozano surgieron el Viejo Bustos, Cuco y Quique Vera. A mi izquierda aparecieron Fabri, Juan, el Gordo Leandro y Brizuelita.

-¿Qué onda, Fantasmín? No dijiste que venías.

-Me liberé hace un rato.

-Vamos a mear.

-Bueno, me quedo. ¿Manu?

-Allá con el Mosca y la banda, vinieron Angelito y unos pares más –me respondió el Gordo.

-Ahí voy.

  Me quedé sentado mientras terminaba el cigarro y cruzaba una mirada con el Viejo Bustos, que la iba de Clint Eastwood. Brizuelita me preguntó cómo había visto al equipo.

-Más o menos, Nico.

  A mi derecha aparecieron los de Las Tunas. Eran como cincuenta. También apareció Docabo, solo, apurado, volado e inquieto. Ni me vio. Alguien del buffet subió la música de los parlantes al palo. La zona se llenó tanto que lo único que veía eran zapatillas, zapatos, alpargatas, ojotas y borcegos. Junté un litro de saliva y lo solté con cuidado entre las bolas.  

A tu manera, descomplicado, en una bici que te lleve a todos lados… –cantó Shakira–. Un ballenato desesperado… –se sumó Carlos Vives–. ¡¡Una cartica que yo guardo donde te escribííííííí!! Que te sueño y que te quiero tanto, que hace rato está mi corazón latiendo por ti, latiendo por ti…

-Yo en vez de al Polaco lo hubiera puesto al Negro Gaitán. 

-No lo tengo visto, che –contesté, distraído, porque estaba pensando en lo lindo que había sido ser jugador de fútbol. Hubiera dado la vida por estar sano y dentro del vestuario, con la sangre en llamas, motivándome con la canción que sonaba por los parlantes para motivarte con la joda de la noche, una vez cumplida la tarea y el sueño de sacar campeones a dos mil tipos.

A mi manera, despelucado, en una bici que me lleve a todos lados…

  Una oleada de gente me apretó aun más contra la pared y recogí los pies con rapidez antes de que me pisaran. Y en el barullo, vi un shorcito blanco, un borroso número 9, unas piernas que se me perdieron de vista. Di un salto.

-¿Vamos?

-Pará, Brizuelita, pará.

  Era un torbellino. Acá el Viejo Bustos, allá caras conocidas con nombres desconocidos, por ahí el Bebi Solís y Docabo y el Dengue y Bebeto y el Gordo Yajirobe y el hermano del Comandante Figún y la mujer de Miguelo y el relator Juanchi y la madre de Locomotora Paredes y el Rata y Cuco.

-Eh, Cazador. Entrá vos.

-Podría ser, sí.

-Si todavía estás hecho un pibe.  

  Se me había perdido. O había visto mal. No eran muchos los que andaban de pantalón corto, pero tampoco eran pocos. Al llegar casi a la entrada de los vestuarios, custodiada por dos efectivos policiales, hice un paneo buscando ese short blanco. Ubiqué a un flaquito medio rubión, con la nuca rolinga, short blanco y remera negra con riñonera cruzada en el pecho. Estaba lejos pero no había otro. Comencé a perseguirlo. Brizuela venía atrás.

-¿Qué onda, che?

-Nada, nada –respondí, pero lo vi con otros ojos. El flaquito ya estaba doblando el córner y nosotros ni siquiera habíamos logrado atravesar el nudo del buffet.

-Che, picá y seguí a aquel –le dije al oído–. Corré, pasalo.

-¿A cuál?

-A aquel, tiene la casaca vieja de Miguelo y al rubio, pelito largo, remera negra. ¿Lo ves? –Brizuelita cabeceó–. Bueno, andá, pasalo, hacé como que te olvidaste algo y mirale el short. Decime si es del Furgón y tiene el nueve en rojo o amarillo.

-Dale.

-Dale, dale. Metele. Te espero acá.

  Brizuelita comenzó a escabullirse y en pocos segundos salió del embudo provocado por la mercadería humeante del Colorado Mazo. Tenso, pegué la espalda contra el alambrado y saqué un cigarro. Un encendedor prendido me apareció a la derecha.

-¿Qué cuenta el cazador de bultos?

  No le contesté. Saqué el encendedor de mi bolsillo y prendí un Chesterfield doblado como una banana.  

-Eh, no me vas a decir que estás ofendido todavía. Te quedó bien la caripela, medio largona pero bien –respondió, guardando el fuego.

  Intenté darme vuelta pero me frenó con una garra en el hombro.

-Que te garúe finito. Y guarda, porque estás en la mira: así como pita el referí, das media vuelta y te metés en tu casa.

  Apoyé la frente en el alambrado. Intenté ubicar a Brizuelita y lo encontré a la altura de la mitad de la cancha, regresando con la información que necesitaba. En todo el mundo había un solo short blanco del Ferrocarril con el 9 en rojo, marca Dana, y era el que yo le había regalado a Dardo cuando todavía era un chico. Miré el campo de juego.

  El Dengue y Bebeto estaban en el área de allá. Habían entrado para volver a atar el trapo de Las Tunas que se había desprendido del alambrado después de recibir un pelotazo. El Dengue tenía un short blanco y Bebeto un jean oscuro y rasgado. Me dejé el cigarro colgado en la boca y seguí mirándolos. Estaban en el círculo central. 

-Valentín.

-Eu.

-No tiene número el pantalón que me dijiste. ¿Qué, era tuyo?

-No, no… Gracias igual.

  El Dengue tenía un short blanco con el 9 rojo. Estaban entrando al área de acá. 

-Fantasmín –me habló mi hermano, ya de regreso del baño–. ¿Vamos?

-No, me voy.

  Hice un par de pasos en dirección a la reja que nos separaba de los vestuarios. El árbitro pitó el final del descanso. Alguien abrió el acceso. De ahí salieron el Dengue y Bebeto hablando entre ellos. Ninguno me vio. Yo sí los vi. Al Dengue vi. Los ojos achinados debajo de la visera, el pelo largo y negro, la mirada atrevida. El Dengue siempre había tenido una mirada atrevida, pendenciera.

-Valentín, vení con nosotros –me habló Juan, muy cerca, y al verme la cara se asustó–. ¿Qué pasa, boludo? ¿Todo bien?

-Todo bien –le respondí, ido, mientras intentaba asentarme en el nuevo esquema del mundo: el Dengue. Ahora vivía para el Dengue–. Me voy, me pone nervioso verlo acá.

  Me alejé con dificultad, en dirección contraria a la multitud, y recién alcancé a desprenderme de los demás cuerpos al final de la pared exterior de los vestuarios. Escuché el aullido final de Miguelo para motivar a los suyos y se me erizó la piel. La banda de Las Tunas emprendía el regreso a la popular, ya pertrechados con el escabio renovado. Caminé detrás de ellos, puteando entre dientes al Zurdo Daniel y a todos los demás, atándome las manos y la boca para no lanzar un grito y comenzar a guerrear contra los cien.

  Llegué a casa, puse la pava en el fuego y me apoyé contra la mesada a esperar que se calentara el agua. Antes de mover un dedo, tenía que confirmar con Jazmín la ausencia del short en la casa de Dardo. Alguien golpeó las manos en la puerta.

  Ezequiel Cóceres. Pantalón de gabardina, buzo oscuro y cambio de look, con una tupida y cuidada barba marrón. Volvió a aplaudir y gritó mi nombre.

-¿Qué pasa? –le pregunté, abriendo la puerta.

-Necesito hablar con vos.

-¿Ahora? ¿De qué?

  Miró a sus costados y sonrió con suficiencia.

-De la vida. Del Ferrocarril. Dejame pasar, por favor.

-De la vida… –murmuré. 

  ¿Y si ese hijo de puta venía a matarme? ¿Y si ese hijo de re mil puta había hecho lo mismo con Dardo? Llegar sin anunciarse, entrar y luego, no sabía cómo, hacer entrar a un par de barras como el Dengue. Dos meses atrás se había comido un cachetazo del Gordo Leandro, había sido echado como una rata, ¿y ahora venía a hablar conmigo de la vida, del Furgón, justo cuando se estaba jugando el segundo ascenso y todo el barrio estaba en la cancha? Ya no eran preguntas inquietantes. Era una certeza rotunda. Y él seguía ahí. 

-La concha de tu madre, Ezequiel.    

-Dale, pajero, aflojá.

  Cerré la puerta, comido por el pánico. Había dejado el fierro en lo del Santo y la carabina sin mis huellas debía estar apilada en el laboratorio de algún químico de la Bonaerense. No tenía cómo defenderme. Corrí a cerrar la puerta del fondo mientras llamaba por teléfono a Fabricio. Nada raro en el patio: Mal Llevado estaba echado al sol, tan tranquilo como ajeno a mi suerte. Volví a la entrada, ahora intentando hablar con el Santo. Nada. Me asomé por la mirilla. Ezequiel seguía esperándome en la vereda con el teléfono en la mano. Marqué el número de Jazmín.

-Hola.

-Jaz. Escuchame bien, por favor.

-¿Eh? ¿Qué pasó?

-Escuchame. Está Equi en la puerta de casa, estoy solo. No pasa nada, igual, pero por las dudas acordate que está Equi Cóceres.

-Ya sé quién es Equi. ¿Qué tiene que ver, no vas a venir?

-Sí, voy a ir. Pero te digo por las dudas eso. No sé qué onda este pibe, no sé, quiere pasar.

-¿Y? Estoy ocupada ahora, Valentín.

-Bueno, bueno. Otra cosa: decile a Fabri, o al Santo, decile a los dos…

-¿Qué te pasa, por qué hablás así?

-Deciles esto.

-Deciles vos.

-¡Vos deciles esto, pendeja! Anotá, acordate: short blanco, número rojo. El Den –no llegué a finalizar, porque me cortó–. ¡La reputa madre que te parió, pendeja pelotuda!

 Giré sobre mi eje como un trompo, enajenado, sin saber en qué dirección arrancar. Respiré. Fui a la cocina, agarré una cuchilla y me prendí un cigarro. Salí al patio delantero dejando ver que estaba armado. Ezequiel se puso pálido.

-¿Qué hacés?

-Entrá. ¿No querías entrar? Entrá, vení –lo invité, mientras abría la puerta de la reja. 

-Estás re loco. Vas a tener que ir a un psicólogo, me parece.

-Seguramente. ¿Pasás?

  Nos miramos. Tenía una franja de transpiración encima de los labios, los hombros contraídos y las manos alteradas, como si no supiera dónde ubicarlas.

-Paso –aceptó. Lo seguí, luego de cerrar ambas puertas con llave, y prendí una sola luz. Le indiqué que se sentara en el sillón y apoyara las manos sobre los muslos.

-Mirá que ya les avisé a tres personas que viniste –le aclaré, mientras me ubicaba frente a él, a unos tres metros y cerca de la puerta. 

  Sonrió. Intentó llevarse la mano a la cara pero le señalé con un ademán de la cuchilla que se quedara quieto.

-Viendo tu persecuta ya no tengo dudas. Si las tenía, ya no las tengo.

  Apagué el cigarro.

-Dejá el tono cancherito porque te voy a recagar a trompadas. Te voy a recagar a trompadas, Ezequiel.

-Perdón. ¿Puedo fumar?

-No, no podés fumar. Decime lo que tengas para decir y andate.

-Dejame fumar, no seas mambeado. No vengo a hacerte nada.

-Hablá y fumá, dale. Pero hablá, empezá a hablar que ya me tengo que ir.

  Sacó un Lucky Strike que me pareció muy tentador, por culpa de Don Draper, y dejó el atado sobre el apoyabrazos. Me estiré y le robé uno, con la cuchilla colocada a tiro del cuello.

-¿Y la ceniza?

-Al piso, la ceniza.

-Estoy nervioso, no sé bien cómo arrancar. Te juro que te tengo miedo ahora que te veo así.

-Por algo será.

-No, Valentín. Creo que mejor me voy.

-No, no, no, la concha de tu madre. ¿Ahora que te dije que les avisé a tres personas que estabas acá, te querés ir? No, ahora te quedás.

-Calmate –me rogó.

  Sentí que el ojo derecho me estaba a punto de explotar como un petardo.

-¡Hablááá! ¿Cómo te pensaste que te iba a recibir? ¡¿Eh?! Ahora te quedás y decime algo serio porque te mato acá, loco, te bajo acá nomás.

-Bueno, bueno. Pará… Está bien. Dame diez segundos que me sereno y arranco…

  Cabeceé. Prendí el Lucky.

-Vine para que no me mates. Para evitar eso. Para hablar, para convencerte de que yo no tengo nada que ver con nada. Te lo juro por mis viejos, Valentín, que yo estoy con ustedes desde el primer día. Soy una buena persona, loco, te juro que no te entiendo por qué no me creés. Pero no importa. Hoy me vas a creer. Decime qué no te cierra y yo te lo explico. ¿Qué no te cierra de mí?

-No me cierra para qué viniste.

-Ya te dije. Vine para que no me mates o me hagas algo malo. ¿Dónde apago el pucho?

-Tiralo al piso. ¿Quién te dijo que yo te quiero matar?

  Sonrió nervioso y miró la cuchilla.

-Te lo dije el primer día que hablamos, allá en el bar de Santopietro. Vos sos capaz de cualquier cosa, pusiste cara de boludo y nunca estás en ningún lado, pero volviste a ver qué había pasado con Dardito. Te lo dije por Matías, por Matías Paz… Estás re perseguido porque vos mataste a Paz. Y también lo fuiste a matar a Ignacio Driscoll. Por eso vengo: porque vos estás seguro que yo estuve metido en lo de Dardito, y tenía miedo. Tengo miedo. Pero nada que ver, te juro que nada que ver. Y cuando vi lo que pasó con Ignacio, que entre nosotros era un terrible cagador y se merecía lo que le hiciste, dije o lo voy a buscar o me va a venir a buscar él. Digo él por vos. Y Driscoll tuvo que ver, yo no.

-Nunca en mi vida vi personalmente a Ignacio Driscoll.

-Estás mintiendo.  

-No.

-Dejame que te lo explique todo desde mi óptica, creo que va a ser más fácil. ¿Está bien?

-No sé qué querés explicar.

-Yo me fui de acá muy caliente. Muy caliente. Soy bueno, quedado, pero tengo mis reacciones, mi orgullo. Y no me cabió un carajo lo que me hicieron. Y fue por tu culpa. ¿Sabés qué? Estaba seguro que te iban a matar. Seguro que ibas a ir a buscar al Chelo, o a Docabo, y que te la iban a poner por imbécil. Pero ya está, no importa, traté de olvidarme, de seguir con la mía. Hasta que vi lo de Ignacio. Y ahí me animé a verte, porque pensé, o dije, este nos mata a todos. A todos, incluido yo.

-¿Y por qué lo maté a Driscoll, a ver?

-Porque estaba metido, Valentín. Tenía la ordenanza de extensión del microcentro a punto de ser convalidada por la provincia. Hagamos de cuenta que no lo sabés, hagamos de cuenta eso, dale, pero es más que obvio que ya lo sabés.

-Te aseguro que no –le respondí, sin mentirle–. Te juro por mi vieja que no sé nada de esa ordenanza.

  Se tiró hacia atrás y me miró atentamente, con otros ojos, como si recién me hubiera reconocido.

-¿Vos no sabés nada de la ordenanza que habilita a construir en los terrenos del club?

-No. Y ni siquiera sé qué poronga es una ordenanza.

-Y, pero…

-¿Pero qué?

-Entonces no… –recalculó, llevándose una mano a la barba.

-¿No qué?

-No… Yo estoy seguro en un noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento que a Ignacio lo mataste vos. O ustedes, mejor dicho. Entonces, o sos un actorazo y te estás haciendo el boludo con esto de la ordenanza, o no sé, no sé… Fueron y lo mataron porque sí, porque sospechaban de algo… No sé. Doy mi vida porque me lo expliques.

-¿Cuando decís “ustedes”, por quién lo decís? No te sonrías más así, loco, dejá de hacerte el canchero porque estoy muy caliente y sabés que te quiero cagar a trompadas.

-Disculpame. Pero sos muy obvio, loco. Ustedes son el Mosca, tu hermano, Santopietro y vos. Dale, no soy boludo.

-¿A vos te mandó Silva?

-No, qué Silva. ¿Silva el de Seguridad? No, para nada… El Mosca subió una foto de esa noche y estaban los cuatro. Y yo fui a lo del Mosca un par de veces, conozco dónde vive.

-El Mosca no subió ninguna foto.

-Sí que subió. Tengo una captura de pantalla y todo.

  Tenía razón. Dejó el teléfono sobre la mesa, lo vi y me encontré con una selfie que el Mosca se había sacado de manera furtiva en el galpón, sin que nos diéramos cuenta. Estábamos los cuatro, unas horas antes del quilombo. “ATR con los bro” decía la leyenda que acompañaba la imagen. Devolví el teléfono a la mesa.

-Lo que sí, no sé cómo lo hicieron ni quién fue. Para mí fuiste vos. Pero estuvieron los cuatro. Y te creo lo de la ordenanza, eh, te creo que no sabías nada. Pero de algo te tuviste que haber enterado, algo de Ignacio Driscoll, porque no se explica… Es eso o que se mandaron un piletazo descomunal. Descomunal.

-Me desasnás con la famosa ordenanza –le pedí–. Sigo en bolas, eh, vos te hacés ahí el no sé qué, el Hermanos y Detectives, y yo todavía no te entiendo un porongo y tampoco sé a qué verga viniste a mi casa.

-La famosa ordenanza… Tengo los datos precisos en el teléfono –explicó con suavidad, y con la misma energía lo señaló.

-Agarralo, sí. Ojo, eh.

-Gracias. Esto es más o menos así… Todo lo averigüé estas semanas, apenas después de lo de Ignacio. Apenas después, esa misma noche. Bancame que acá está.

  Desde el Andén nos llegó el ruido de varias detonaciones.

-Arrancó la goma, me parece que perdimos –comenté.

-Puede ser. Por lo que vi, estábamos para perderlo.

-¿Estuviste en el Andén?

-Acá lo tengo: el decreto ley es el 8192 de la provincia de Buenos Aires, es bastante viejo, y la ordenanza original es la… la… 448/79, que habilitó el Código de Zonificación Preventivo. Esto es así, dejame que te explico: en el centro de Almafuerte, plaza y aledaños, se definió una zona de microcentro, técnicamente se la denomina así, que comprende un polígono de dieciocho manzanas. En esas manzanas está permitido construir torres de más de veinte pisos… Hasta cuarenta y cinco. Eso es así desde los milicos, se le llama Código de Zonificación Preventivo, y significa que si querés armar una torre de cincuenta pisos acá mismo, en este terreno, o diez cuadras para el lado de Lamarque, no podés, nadie puede, porque está fuera de ese polígono que hace al microcentro del distrito. ¿Me seguís hasta acá?

-Sí.

-Bueno. ¿Qué es lo que hizo Ignacio, o el bloque mayoritario del Concejo pero avalado por Ignacio y el mismo Mateo Casares? O mejor dicho, o mejor dicho: ¿cómo extendés la zona de microcentro de Almafuerte, este polígono de dieciocho manzanas? Primero tenés que sacar una ordenanza municipal, primero eso, y recién después tiene que ser aprobada por la provincia de Buenos Aires. El municipio es un ente autárquico, es cierto, lo que significa que puede tomar decisiones y dictar normas por sí mismo. Pero eso siempre y cuando estas normas se encuadren dentro de la normativa superior, es decir la provincia, en este caso Buenos Aires. Ahora sí: ¿qué hizo Ignacio, el bloque del PRO? En febrero sacó la ordenanza municipal de extensión de la zona de microcentro justo hasta acá, hasta la estación del tren. Eso incluye la cancha. Corriendo ocho cuadras la zona, ya no habría problemas para la construcción de las torres.

-¿Y ahora que murió él?

-Y ahora no sé, esa es la pregunta del millón. La realidad es que tenés que estar muy aceitado con La Plata para que se extiendan esas zonas y poder construir, tené en cuenta que estamos a un par de kilómetros de Campo de Mayo y ahí hay pistas, ahora lo de Flybondi en El Palomar, que te pasan aviones cada cinco minutos… Ignacio a alguien tenía en La Plata, uno con la botonera, porque si no es al pedo sacar esa ordenanza, con todo el rosqueo que implica, sabiendo que la gobernación te la va a rebotar.

-¿Pero eso ya está aprobado por la provincia?

-No. Está trabado en La Plata hace meses. Y sin él no sé, ni idea si era el que estaba personalmente encargado de eso o tenía uno haciéndole lobby, posta que no lo sé.

-¿Alguien como Sánchez Morando?

-No lo sé, pero podría ser.

-¿Y entonces ni idea de nada?

-Sí, sí. Esto es claro. La habilitación puede salir en el dos mil treinta o mañana. También depende de Milman, del viejo de la inmobiliaria. Él toda la vida luchó para que se extendiera la zona de construcción de torres y, de hecho, porque estuve averiguando, él mismo consiguió y movió lo suyo para la primera extensión del dos mil cuatro, que de ocho manzanas pasó a dieciocho.

-Bueno, no está definido. El viejo está complicado.

-No pasa nada con Milman, no vas a creerte que se la van a complicar mucho… Hay que ver. Todo depende del intermediario entre el municipio y la provincia, de quién es ese intermediario y qué puede llegar a conseguir sin Ignacio vivo y con las elecciones de acá tan disputadas. Si era él mismo el encargado de negociar, Ignacio digo, lo veo jodido porque esto es al contado: vos sacame la habilitación y yo te pongo la viva. Ahora, si la punta era otra, estamos complicados, porque el trabajo de Ignacio ya está hecho. La ordenanza ya se aprobó, partió para La Plata y en el municipio nadie dijo nada.

-¿Cuándo fue esto? ¿Febrero?

-En realidad, primeros días de marzo. Casi tres meses pasaron.

-¿Y vos me decís que Lozano no tiene nada que ver con esta jugada, me decís acá, en la cara, que Lozano no se dio cuenta?

-Lozano pudo haber recibido su sobre, por supuesto, te firmaría acá que algo picoteó, porque en el Concejo no le levanta la mano a una movida del PRO si no es por menos de cuarenta, cincuenta lucas, o mucho más si son cosas más grosas.

-¿Esta no es grosa?

-Esta es grosa. Cien, doscientas lucas pudo haber sacado. Además, no es ningún boludo y sabe que si decís extensión de microcentro estás diciendo Inmobiliaria Milman. 

-¿Y por qué no se lo preguntás, si ahora laburan todos para él?

-Le voy a preguntar, ningún problema. Pero dejame que te aclare esto: no sé si se está dando cuenta, o si se dio cuenta y le chupó un huevo, y nos cagó, pero sinceramente no sé si vio que al ampliar el polígono quedaban incluidos los terrenos del Andén. No sé y no pongo las manos en el fuego por él, eh. Para nada. Solo es una lectura de su modo de actuar políticamente. Doscientas lucas, trescientas, lo pudieron haber nublado.

-Perfecto. Digamos que te la tomo, que te creo.

-Pará, Valentín. Tomame algo más, que fue por lo que me forrearon la última vez: yo les dije que esto es política, que las traiciones están a la orden del día… ¿Sí o no?

-Sí.

-Oka. La barra del Zurdo Daniel se partió en dos, una parte se quedó con Lozano y la otra se fue y acaba de volver con lo de Alberto Fernández. Ahora se están todos mirando de reojo.

-¿Quiénes se abrieron?

-Bebeto, el Dengue y el Mocoso. Pero ya volvieron. Y Docabo, que vos lo ves como un lozanista de la primera hora, está jugando solo. Le da igual si la emboca Trujillo, Lozano o se queda el PRO. Y le da igual porque él ya tiene asegurado su silloncito en el Concejo.

-Mirá, yo

-La pelea de fondo es PJ contra La Cámpora, y no solo acá: en cada municipio de la provincia. Y al Armenio Mouratian le conviene que no gane el PRO, pero a su vez le conviene que Lozano o el pibe Trujillo, si ganan, no lo hagan por mucho. Porque ahí él mismo podría perder influencia. Por eso le conviene algo a medias y por eso partió todos los barrios en dos. En síntesis: un quilombo que tiene su explicación. ¿O no viste lo que era la popular?

-¿Qué popular? No fui a la cancha.

-Venís de ahí. Ya sé que no me vas a hacer nada, creo que por fin me creés.

-¿Vos me seguiste?

-Pará, pensá un poco: te hubiera denunciado. Yo ya sé que fuiste vos, pero a pesar de eso estoy acá. Y no te voy a denunciar.

-Yo no maté a nadie. Te estoy escuchando por educación.

-Estoy de tu lado.

-Vos me seguiste.

-Un par de días. ¡Pará! –gritó, al ver que me había puesto de pie–. ¡Pará, chabón! Lo único que quería confirmar era que no me estabas siguiendo a mí. Y no.

-No, la reputa madre. No te estaba siguiendo.

-No me odies, chabón, dale… Aflojá, yo me tragué el orgullo para venir a verte.

-¿Me seguiste cuánto tiempo, la concha tuya?

-Ayer. Y hoy, en la cancha. ¿Por qué te fuiste tan de golpe?

-Te contesto el día que le preguntes al Chelo por qué votó esa ordenanza.

-Bueno. Te tomo la palabra.

  Se hizo un silencio de algunos segundos.

-¿Algo más?

-Eh… Sí. Lo primero ojalá que haya quedado claro: vine a explicarte que no tengo nada que ver, que no me hagas nada.

-Está bien, dale. No te voy a hacer nada –le respondí, dejando la cuchilla el piso para demostrarle que iba en serio.  

-Lo segundo es esto, lo mismo que te dije la última vez: hay que hablar con Chelo para que embarre todo en el Concejo Deliberante. Es el momento, es ahora o nunca, mañana puede ser tarde. Por favor te lo pido. El lunes por ahí se levantan con ganas de trabajar allá en La Plata, le ponen el gancho a la habilitación, y cagamos.

-Dejame que lo piense.

-No. Ya hay que ir a ver a Chelo. Hoy, mañana. Igual lo voy a hacer.

-¿Y entonces para qué me preguntás?

-Y bueno… No tengo la más remota idea de cómo te enterás de lo que pasa, pero no quiero que el lunes, el martes, qué sé yo, la semana que viene, pero no quiero que por ahí de pedo te enteres que estuve hablando con el Chelo por algo relacionado con el club. Todo blanqueado.

-Hablalo, dale. Flasheás que soy James Bond y nada que ver, a todo te estoy diciendo que sí porque ni idea de lo que habl

-Y me gustaría que hablés con los pibes.

-¿Qué?

-Que les digas que te equivocaste conmigo. Vos y Santopietro también. Los dos. Pídanme perdón.

-Bueno, perdón.

-No, no. Hablá con ellos y me piden disculpas en una reunión.

-Ni en pedo, chabón. ¿Me vas a decir que aquella reunión en el restorán se dio así de pedo?

-Te juro por mis viejos que sí.

-Sos raro, chabón, eh. Disculpas públicas.

-Yo no dije disculpas públicas.

-Bueno, es la misma garcha.

-Además, esto sí es lo último y me voy. Vengo a salvarte la vida.

-¿Vos?

-Si me decís que hacés lo tuyo, te cuento lo que sé. Hacé lo que te pedí. Me piden perdón y listo, dejen que vuelva a la Agrupación, me re cagaron la vida y no les hice nada.

-Contame, dale.

-No.

-Bueno. Te pido perdón, sinceramente… Perdón, Equi. Soy un imbécil y me equivoqué con vos. Hoy hablo con los pibes, está todo bien.

-Me recibiste con un cuchillo y terminamos así. Qué loco, ¿no?

-Muy loco, sí. Contame, dale, que me tengo que ir.

-Guardate un tiempo. Bien guardado. Primero porque hay una guerra en el peronismo y están todos calzados. Todos. Si mañana te da la loca y salís a buscar al último orejón del tarro de Las Tunas, te va a estar esperando calzado.

-¿Eso me estaría salvando la vida?

-No. Lo otro es que la gente más power del municipio está con custodia encubierta de la Federal. No se te ocurra ir ni siquiera a seguirlos porque te la van a poner.

  Como si estuviera experimentando una epifanía, me di cuenta de una milésima de segundo a la otra que no haría nada más, que ya había llegado demasiado lejos y que lo único que restaba era emprender la vuelta a la calma perdida. Me había equivocado con Ezequiel, pero también con el Santo, con Jazmín, con el resto de los pibes, con muchos hinchas e incluso con el Furgón mismo.

  Jazmín me venía pidiendo a los gritos, pero sin decirlo, que me abriera y dejara todo atrás. Y yo me había dado cuenta en el último minuto, en la encrucijada, en una posición límite que no me permitiría dar marcha atrás. Tenía que cerrar el tema ahí mismo, mentir por última vez para negar lo que había hecho y pasarle la pelota a Ezequiel para que trabara la venta del Andén en el Concejo Deliberante. 

-Loco… Yo no se la quiero dar a nadie, no voy a ir a buscar a nadie, no voy a hacer nada. Nunca lo hice. Gracias, igual, y te repito las disculpas. De corazón te lo digo. Ahora le mando un audio a Fabri y le digo que está todo bien.

-Bueno, pero tampoco me quiero exceder. Ya está, que quedé acá, entre nosotros.   

-No, perá, que creo que ahí vino.

  Me puse de pie y abrí la puerta. Juan lo estaba ayudando a Totó a bajar del auto.

-Vamos, Equi, vení –lo llamé, encaminándome hacia la reja–. ¿Qué onda, primo?

-Valen. Alto bondi, boludo. Perdíamos tres a cero a los veinticinco y se pudrió todo, lo cagaron a piedrazos al referí, cualquier cosa.

-No voy más a ver a esos perros –juró Totó, pasando a mi lado para entrar a mi casa y topándose con Equi, que salía–. Hola, nene.

-Hola, abuelo.

-Abuelo, las pelotas.

  Juan se quedó con la boca abierta al ver al muñeco que salía de la casa.  

-Está todo bien, Juan –le expliqué lo inexplicable–. Están metidos en un problemón, eh. Pero me parece que se puede arreglar.   

-Hola, Juan.

-Ezequiel.

-Bueno, loco, yo me tengo que rajar –indiqué, arriándolos a la vereda con una mano en cada hombro–. Pero posta, está todo bien con Equi, creo que con el Santo nos mandamos alta cagada.

-¿Eh? ¿Qué dice este pelotudo? –le preguntó mi primo a Ezequiel.

-Chau, muchachos. Hablen, así se aclara todo –finalicé, cerrando la reja a pesar de la oposición que intentó, tarde, mi primo Juan.

-Che, pelotudo –me volvió a putear, pero ya le estaba dando la espalda y aceleraba rumbo a la casa–. ¿Qué hace? –le preguntó a Ezequiel.

  Cerré la puerta.

-Flaco, ¿qué hace la cuchilla acá? Fumaste en el piso también… Qué tipo desagradable, la puta madre.

  Miré la escena de Totó con la cuchilla como si acabara de aterrizar de otro planeta. Estaba agotado, confundido, pero extrañamente aliviado, como si todo hubiera sido una fuertísima pesadilla que acababa de llegar a su fin.

-Nada, viejo, ¿qué sé yo cómo llegó ahí? Habrás sido vos.

-Yo qué, infeliz.

  Me sentaría con Jazmín y le propondría mudarnos a Bariloche. Basta de locuras, de cuchillas, de paranoias, de venganzas, de la Federal, de la Bonaerense, basta de Almafuerte. Eso. Basta de Almafuerte. Se podían ir todos a las recalcadas conchas de sus madres.  

-Entro a bañarme, viejito.

  El temblor en el ojo derecho había desaparecido. No lo podía creer. Me acerqué al espejo del baño para confirmarlo. Cerré los ojos con fuerza, los abrí y volví a encontrarme en el espejo: vi a un desconocido con la cara gastada, amarillenta y ojerosa.

  Era Jazmín o era el caos, la destrucción, la soledad y un balazo en la frente que me venía buscando y que de continuar por el mismo camino de los últimos meses llegaría más temprano que tarde. Mientras me bañaba para ir a decirle que me había decidido por ella, pensé que tenía la misma sensación que cuando decidí el retiro del fútbol: quería dejar de ser El Cazador para volver a ser Valentín.

  Quería calma, silencio y olvido.       

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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