Si hubiéramos sabido que todas las derrotas eran necesarias para terminar cortando la racha contra Brasil en el Maracaná, quizás no la hubiéramos pasado tan mal. Escribe Santiago Núñez.

Si alguien me hubiera dicho en el lapso de los últimos 7 años que, en el mismo arco en el que Gonzalo Higuaín no pudo meterle un empeine pleno al cuero de la pelota de su vida, un ángel divino iba a hacer llover una pelota por encima de nuestros sueños, quizás no hubiera llorado pensando que mi vida habría sido diferente.

Si hubiera existido un ser que me diga que, en el mismo pedazo de césped en el que Lionel Messi había dejado un zurco de tan rápido que corrió con la pelota en sus pies, Rodrigo De Paul iba a construir un pase tan mágico como milimétrico para que nuestra vida deje de estar contaminada por un millón de maldiciones, el tenor de angustia habría sido tal vez más leve.

Si una voz me susurraba, en el momento en el que Rodrigo Palacio tiraba una pelota al costado de nuestro destino, que en esa misma zona Cristian “Cuti” Romero y Nicolás Otamendi iban a poner un muro que no iba a dejar que ninguna historia de tristeza llegue al arco de Emiliano “Dibu” Martínez, distintos momentos de repaso monolítico de una misma jugada no habrían sido efectuados o, en caso de que sí, habrían tenido un tenor más leve de llanto.

Si hubiera sido debidamente informado de que, en el andarivel derecho de Pablo Zabaleta, Gonzalo Montiel iba a ponerse a frenar al viento y que nada ni nadie por más que juegue en el PSG, en el Real Madrid, o en el Santos de Pelé iba a pasar por encima de él, mi vida habría tenido seguramente alguna sonrisa más.

Si en una charla informal o formal hubiera adquirido el conocimiento de que, casi en el mismo lugar en el que Messi desvió un remate diez centímetros al lado del arco, el mismo Messi iba a volver a errar un gol pisándola y resbalándose, pero que no iba a pasar nada porque nuestro destino era vencer, habría tenido menos viajes obligados a la nostálgica arena del “¿qué hubiera pasado si?”

Si ese 13 de Julio del 2014 hubiera sabido que casi 7 años después íbamos a dar la vuelta en el Maracaná, seguramente habría sido más feliz. Pero no hubiera entendido nunca que la alegría no es sinónimo de levantar trofeos, sino el complejo encanto de nunca hay que dejar de luchar. Ahora que somos felices lo entiendo mejor.

Santiago Núñez

Twitter: @santinunez

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