“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada semana un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“¡Bien, pendejo! Último esfuerzo, dale, pelate el ojete”.

El Negro Ramírez, Ferrocarril San Martín 1 – Puerto Nuevo 0 (2006)

  Nos habían cagado con Docabo y nosotros entramos como unos giles. Armamos quilombo para impedir su cargo como vicepresidente, tal como ellos lo habían calculado, descontando que éramos una banda de mamertos. Porque a Lozano, Bustos y Cóceres, lo único que les importaba era el cargo de presidente y que aportáramos los trescientos y pico de votos que teníamos. No solo consiguieron lo que querían, sino mucho más: la vicepresidencia y dos cargos en la Subcomisión de Fútbol.

  Se los expliqué en el patio de la casa de Totó y detallé la visita de Cóceres, después de la cual no pude pegar un ojo. Estábamos en remera, haciendo correr el mate y las medialunas que arrimó Juan. Faltaban minutos para las ocho de la mañana.

-Nos acostó. El hijo de puta de Cóceres nos acostó –terminé, con la lengua pastosa y cansada, y la cabeza con el freno de mano puesto por una pastilla que tenía por las dudas, por si la manija me desbordaba.    

-¿Justo hoy tenés que hacer causa contra el Equi?

-Sí, Mosca. Justo hoy –respondí, con la pierna derecha apoyada en un banco y un cigarro en la mano.

-No nos alteremos al pedo –me pidió Juan–. Entendé que ya tendríamos que estar en la sede, tratá de decir las cosas claras porque no hay tiempo.

-Pero se los estoy diciendo, boludo. Hay que ir a romper todo. Lozano y Cóceres nos cagaron mal. ¿O son pelotudos que no lo ven? Les digo que quise salir y apareció el tumbero ese de la otra vez.

-¿Y qué te dijo?

-Que no hagan cagadas. Así. Deciles que no hagan cagadas porque ya está. Me admitió en la cara que…

-¿Pero al final que querías? ¿Ir vos de presidente?

-Cerrá las nalgas, Fabricio.

-Cerralo vos, la concha bien tuya. Te mandaste dos mil cagadas y te querés mandar una más, justo ahora. Querías ir de presidente, eso te pasa.

-Te estoy diciendo que me admitió que está con Lozano, forro. Lo que no sé es por qué pija vino ayer. Ahora por ahí van, y no está. Ahí está: van a ver que no está y se van a dar cuenta que yo tenía razón.    

  El Gordo carcajeó. Juan se mordió los labios y balanceó la cabeza.

-¿Viste, Juan? –ejemplificó Fabricio, señalándome–. ¿Viste que estamos perdiendo el tiempo?

-Tino –me habló Juan–: ya sabemos que Equi no va a estar. Viajaba hoy mismo, se va a Estados Unidos tres meses.

-¿A qué?

-A estudiar.

-¿Qué?

-Y qué sé yo, boludo.

-Este no escucha a nadie, ese es su problema. Se escucha a él, y lo único que importa es lo que le pase a él.

-Ahí vino el Santo.

-¿Ah, no escucho? ¿Y vos no ves, pelotudo, que queda Bustos de presidente? ¿No lo ves?

-Tres meses. Ya está hablado con el Chelo.

-Ah, está hablado con el Chelo… Menos mal.

-¿Qué onda los putetes?

  El Gordo Leandro levantó las cejas y me miró.

-Se levantó en el Van Nistelrooy de Las Pampas, Santo –habló Fabricio.   

-Qué mangas de forros que son.

-No, ¡vos, boludo! ¿O te olvidás que lo echamos de acá por tu culpa, que el Gordo lo acomodó? ¿Que nos ayudó con la venta de la sede?

-Mil cosas, boludo. Puso el cargo a disposición –lo defendió el Mosca.  

-Mentira, eso es mentira.

-Calmate, paspado.

-¡Adelante tuyo lo hizo!

-A ver… Lozano nos puso a Docabo exactamente para eso, para que saltemos como unos giles y no miremos lo importante. ¿No viste que nos cedió al toque a Docabo? Era obvio que lo iba a hacer, y era obvio que íbamos a saltar con ese chabón en la lista. Nos cagaron, encima en el teje y maneje nos sacaron dos votos y enchufaron al Viejo Bustos. Santo: decime que vos lo ves. 

-No nos cagó nadie –se metió Brizuelita.

-No entiendo de qué están hablando –me dijo el Santo, ubicado a mi derecha, enfrentado a los demás. 

-Lo que se habrán cagado de risa de nosotros no tiene nombre.

-¿Vamos, che? –preguntó Fabricio, ya de pie.

-¿A dónde? No, no se van. De acá no se van.

-Ojo que puede ser –se iluminó Juan–. Ojo. Así como lo presentás, tenés razón. Y te creo que el Equi vino a verte. Pero está tan manchado de mierda como nosotros, él se subió al Fox para ir a buscar al Dengue.

-¿Y eso qué demuestra? –le preguntó el Santo.

-Que es nuestro. Estuvo toda la campaña, todos los días, salvó el Andén.

-Ah, ¿al Andén lo salvó él? –le pregunté, casi vencido.

-Llegamos acá por él, sí.

-Es lo que quería, ¿no ven? Antes de salir hay que decirle que al Andén lo salvó él –opinó Fabricio.

-Si lo salvé yo, pelotudo. Con ustedes. Pero más que el pelotudo ese hice.

-Bueno, está bien. ¿Listo? ¿Era eso?

-Admití que el chabón es más groso que vos, chabón. Tampoco es la muerte de alguien.

-¿Qué estás queriendo decirme, Gordo?

-Eso mismo –dijo Fabricio–. Que le tenés envidia al chabón. Desde el día que lo conociste lo tenés montado en un huevo porque es más inteligente que vos y que todos nosotros juntos.

-No, de eso no hay dudas… Quedate tranquilo.

-Yo quiero ser un héroe… Que toda la gente se crea que tomo solo vino del peor –comenzó a tararear mi hermano, sacándole una sonrisa al Mosca que no sabía dónde esconder.

-Fabricio, vos querés ser un flor de pelotudo.

-Que soy un bolchevique, que no me importa el dinero y que me gusta mucho el rocanrol…

-La concha de tu madre.

-No traten de encontrarme, no salgo ya a ninguna parte, me gusta caminar por mi mansióóón…

-Vamos que llegamos tarde, andá a cambiarte –me pidió el Santo, algo afligido, y miró a mi hermano–. Cortala, Fabri. Dejá de romperle las bolas.   

-Yo no voy una chota.

-Dale, boludo –insistió Brizuelita.

-No, no voy una chota. ¿Qué “dale”?

-¿Qué hacés? –le preguntó Fabricio a Juan, con el teléfono en la mano.

-Lo estoy llamando al Equi así arreglamos esto.

-Pero no perdamos más tiempo con este boludo.

  Levanté la mano. Se los iba a explicar con calma, sin insultos, de buena manera. Pero tenía poca lucidez, mucho sueño y el espíritu guerrero anestesiado.  

-Están yendo a hacerlo ganar a Lozano. No lo hagan, boludo –fue lo mejor que les pude decir.

-No va a romper nadie.

-Votemos –propuso el Santo.  

-¿Votemos qué, Manu?

-Si rompemos o no –dije–. Si yo sé que cien, cien y pico de votos los aporto yo. Bueno, pongámoslo en…

-Esto es lo que quiere. Que se hable de sus cien votos.

-No hablo con imbéciles, Fabricio.

-Votemos, dale –concedió Juan.  

-¿Todos?

-Ya.

-Bueno… ¿Quién dice que vayamos ya mismo porque es tardísimo?

  Menos el Santo y yo, todos levantaron la mano.

-Ahora levante la mano el que piensa que son unos pajeros del orto –pedí, con los demás poniéndose de pie para irse.  

-Vamos, che. Siempre lo mismo este payaso –habló un pelotudo que no alcancé a reconocer.  

-Payaso el que se coge a tu hermana –me defendió el Santo.

-Cómo te gusta la chota de Lozano, Fabricio –dije, para pudrirla feo–. Se la venís mamando desde que tenés quince años, pedazo de boludo.

  Se frenaron a unos pasos. Estaban de espaldas, rumbo a la salida. Juan, Leandro, el Mosca, Brizuelita y mi hermano. Con el Santo nos habíamos quedado cerca de la mesa.

-¿Y vos? Para no cruzarte con el salame de Docabo sos capaz de inventar un complot de la CIA, ¡pajero! ¡Cagón de mierda!

  Siguieron caminando. Con el Santo empezamos a perseguirlos. Los alcanzamos en la vereda. 

-Andá, vigilante. La vas de presidente y te van a mandar a hacer panchos al buffet, mulo. ¡Gil de mierda!

  Juan abrió la puerta del auto y alcancé a escuchar que les pedía que no me contestaran.  

-¡Chau, vieja gloria! –me saludó Fabricio.

-Chupame la pija, la concha de tu madre, y después no vengas. No vengás, eh, cuando te cojan como siempre no vengás a pedirme ayuda, eh.  

-Entrá, paspado –me pidió el Santo, agarrándome una muñeca, con el auto de Juan ya prendido y a punto de llevarlos, y de llevarnos, al matadero. 

-¡Lo primero que hago es echarte de las inferiores por deforme!

-¿Qué te hacés el Angelici, gordo cuatro de copas? –se enojó el Santo.

-Un partido que pierdas, y afuera –saltó el Mosca, asomado por la ventanilla para hacer parejo el intercambio.

-¡Ahora conseguí a otro, la concha de tu madre! Porque Valentín no va a ningún lado.

-Si estuviera Dardo, sabés el quilombo que hacemos, ¿no? los prendemos fuego con todos adentro a esos hijos de puta –le dije al Santo, pero me escucharon todos.   

-¡Pero chupate una buena pija, cazador de paquetes! –me despidió Fabricio.

  Seguí puteando con ganas, hasta que perdí de vista el Fox de Juan.

-Che, boludo –me llamó la atención el Santo.

-¿Qué? –pregunté, pero no me hizo falta recibir la respuesta porque la vi.

  Mi hermana Rosario, mi sobrino Leíto y un remisero estaban parados en la vereda de enfrente, con dos valijas a un costado y los ojos entrecerrados por el sol que les daba de frente.

-¿Qué hacés, psiquiátrico? Ustedes dos no cambian más, eh.

-Hola, Ro –la saludé, sin saber si reír, llorar o saltar de alegría–. ¡Totó!

-Manuel –le habló al Santo, después de despedir al remisero–: jodeme que estos dos nabos siguen discutiendo por ese clubsucho.

-Como el primer día.

  Rosario agarró una de las valijas, empujó con suavidad a Leíto para que se animara a cruzar la calle y sonrió.

-¿No me vieron, negro? Estuve ahí desde que aparecieron a los gritos.

-No te vi, negra –le respondí, yendo a su encuentro–. ¡Totó!

-¡¿Qué, boludo?!

-¡Vení, viejo!

  Nos saludamos. Leíto estaba medio metro más alto que la última vez que lo había visto y tenía puesta la camiseta de Messi del Barcelona. Rosario tenía un perfume riquísimo, la mirada inquisidora de mi vieja y un echarpe gris que no pegaba con el clima tropical que estaba azotando a Buenos Aires.

-Estás muy cambiado, negro… Dejame verte bien, a ver.

-No me jodas, dale.

-¿Está cambiado o no, Manuel?

-No. Es el mismo boludo de siempre, Rosario.

  Agarré las dos valijas y miré a mi sobrino de pies a cabeza. Le rocé la camiseta con dos dedos para ver la calidad de la tela. 

-¿Vos no hablás, che?

-¿Qué va a hablar, pobrecito? Ya venía asustado, y ahora que los vio a los tíos, imaginate.

-¿Así que sos tímido?

-No, boludo –me respondió, entrando a la casa para saludar a Totó, que acababa de asomarse a la puerta.

-Nena… ¡¿Pero qué hacés acá, loca?! –escuché a Totó, emocionado y sonriente.  

-¡Viejo!

-¿Y este quién es? –preguntó por Leíto–. ¿Qué hacés, catalán de mierda?

-Buen día, abuelo –lo saludó, con una extrema formalidad sobre la cual tendríamos que trabajar. 

-Bisabuelo –corregí.

-No te hagás el vivo, infeliz, y andá a poner la pava –me echó Totó, y abrió sus flácidos y pálidos brazos para recibir el abrazo de Rosario.      

  Entré las valijas, acompañado por el Santo, y a los cinco minutos volvimos al patio para estar con mi hermana. Con la flamante 10 de Angelito Correa del Atlético de Madrid ya puesta, cebé el primer mate, me prendí un cigarro y me senté a escucharla, a mirarla, a disfrutarla. Hacía cuatro años que no podía hacerlo. Pero ella hacía cuatro años que no podía retarme. Y no perdió el tiempo. 

-Se siguen agarrando como dos pelotudos por ese club del orto. ¿Por qué no la cortan?

-Son insoportables, nena. La verdad… En cualquier momento los echo a la mierda.

-No la sigás, viejo, no seas garca vos también.

-¿No ven que lo ponen nervioso a Tomás?

-Fabricio lo pone nervioso –me defendí.

-La culpa es tuya –me señaló Rosario, como si los tres tuviéramos menos de diez años y nuestros viejos no estuvieran en casa–. Y Fabri te sigue a vos.

-¿Qué me va a seguir ese boludo? Al revés, no me hace caso.

-Hasta que volvió, estábamos de lo más bien –volvió a pincharme Totó.

-Viejo…  

-¿Ah, sí? ¿Ves lo que te digo, Valentín? Tomás está grande ya, no da que hagan estas cosas.

  Miré al viejo veleta, enojado por fuera pero divertido por dentro. A esa altura de la vida parecíamos gemelos.   

-Pero es la verdad, flaco. Que piña de acá, que reunión de allá, que vienen diez borrachos a hacer quilombo y después no juntan un porongo, me tiran cien colillas de cigarrillo al piso…

-Sos lo más garca que vi, viejo botonazo.

-Callate, que me dejaste al perro de mierda ese, que te vas veinte días, que venís, que Fulano nos cagó, que Mengano se quedó con aquello… Dejame de joder… El otro por lo menos tiene novia, pero vos…

-Viejo traidor, mirá que le voy a contar Fabricio que lo andás criticando. Ya te vamos a agarrar cagándote encima a vos. Y ahí llamala a esta, a ver si viene a limpiarte el culo todo arrugado que tenés.

-Me encanta porque se matan en la vereda delante de toda la cuadra pero después se enojan si alguien les toca al hermano. ¿O no, Manuel?

-Sí, Rosario. Ellos son así. 

-Y más vale. Ahora lo quiero ver a este viejo sorete en las fiestas, cuando no estés.

-Pero andate a cagar, por mí dejame solo que yo soy como el león de las sierras: vivo y muero en soledad.

-Vas a brindar con esta, Cafrune.

-Che, que está Leonardito y se va a asustar… Estamos jugando, no te asustés.

-No me asusto, má.

-Che, ¿y cómo es eso que no tenés novia? ¿No estabas con la hija del diariero vos?

-No.

-Lo dejó a la mierda.

-Uh…

-Pero no te duran nada las novias, Valentín.

-Cambiemos de tema, que se nos deprime.

-Chupame la verga, Santo.

-Che, la boca. En serio, que en casa puteamos poco y nada.

-Bueno, pero este tiene sangre Rodríguez y tiene que putear.

-Dejalos, má.

-Se nos está riendo o me parece a mí –lo apuró el Santo–. Más te vale que no nos critiques cuando vuelvas allá, con esos finolis de mierda, eh.

-Saqueadores hijos de puta.

-Valentín, dejá al chico tranquilo.

-Nos roban jugadores, mujeres, la guita de los peajes.

-Paspado: no me hagás calentar que le zarpo la casaca acá nomás, eh.

-Acá si no andás con la del Furgón te cabe, eh. Che, a vos te hablo.

  Leíto nos miró.

-¿Qué te pasa, boludo? Ahora les doy cincuenta euros y me lo compro yo a su club, y se los manejo desde allá.

  Nos recagamos de risa con la respuesta. La cosa iba queriendo.

-¡Aguantááá, cincuenta euros!

-Gallego de mierda, no te pasés de vivo.

-Chupale el ojo, viejo, por atrevido.

  Mi abuelo Totó tenía una costumbre cuando éramos chicos: chuparnos un ojo. A Juan, Fabricio, el Santo, que era como un cuarto nieto, y a mí, nos agarraba después de comer, no importaba si asado, fideos con pesto o sopa, y nos chupaba un ojo hasta que se nos llenara de lágrimas por el asco. Era un ritual ineludible, del cual su único bisnieto había zafado por la distancia. Hasta esa mañana, que con el Santo lo agarramos de las piernas, de los brazos, de los pelos, de los huevos, y se lo entregamos al viejo patriarca para que procediera.

-Mandale mecha, viejo –lo habilité.  

-Así no se viene a hacer el importante al Ferroviario porque tiene un par de euros de mierda –lo educó el Santo, cacheteándola una mejilla.  

-Vení, querido –lo invitó Totó–. Quietito ahí… Ahora vas a aprender que con nosotros no se jode. 

  La cita estaba pautada para el lunes 9 de diciembre a las once de la mañana. Me vestí con mis mejores ropas: Converse negras, bermuda rota y camiseta del Furgón tradicional, con bastones rojos y amarillos, y el 9 en la espalda. Agarré los cigarros, el fuego y la billetera.

-Salgo, viejo.

-Dale, hermanito. ¿Volvés a comer?

-No. Decile a Rosario que a la noche sí.

-Al pelo, le digo.

  Arranqué a patear, con la camiseta puesta en un hombro porque el calor era peor de lo que parecía. Una, dos, tres, cuatro, cinco cuadras.

  El Andén, paredón y después.

-Animal.

-Bola. Bola querido.

  Nos abrazamos junto al tambor, que humeaba bajo el sauce. Ya no tenía la Rural Falcon y tampoco las vigas para sentarse. Pero había vuelto a su lugar en el mundo. Y se le notaba.

-Qué hijo de puta, hoy me voy a escabiar como si fuera el último día.

-Mirá que invita la casa.

-Estás loco vos.

-No, ¿qué loco? Te digo que invita la casa, animal. Sentate ahí que ya te saco un chori.

-No, en un rato. Lo que sí, te manoteo una birra.

-Sacate dos. Te estaba esperando para arrancar.

  Me senté en un cajón, prendí un cigarro y lo miré. De fondo, con un telón celeste y radiante, se dibujaban las torres de edificios del centro de Almafuerte.

-Qué añito, eh.

-Ni me hablés, Bola.

-Bueno… Salud, hermano. Por muchos años más.

-Salud, Bola.

  Nos despedimos veinte latas después. Lo de Driscoll era un secreto que nos llevaríamos a la tumba. No lo hablamos, ni lo hablaríamos jamás. No hacía falta. Él y yo sabíamos que había sido necesario, y que yo había sido el cuerpo que ejecutó el plan de su cabeza.

  Sí hablamos de su vuelta al terreno a horas de que los que lo habían echado desalojaran la municipalidad, del triunfo de los pibes en las elecciones del Ferrocarril San Martín y del inminente regreso del peronismo al poder nacional. También hablamos de lo perdido, de lo único que no había vuelto ni daba señales de que lo haría: Jazmín. Cuando terminé de contárselo, mientras el sol caía del otro lado de las vías, decidí que era la hora de pegar la vuelta.  

  Comencé a caminar pegado al paredón del Andén. Doblé en la esquina. Arribeños al 1300 estaba desierta, toda para mí. Extendí un brazo con suavidad y acaricié el paredón. Había demasiados recuerdos ahí adentro. Lo mejor y lo peor de mi vida. Sangre, sudor y lágrimas mías estaban depositadas ahí adentro. Ríos de sangre, sudor y lágrimas. Y lo habíamos salvado. Con Dardo, con Fabri, con el Gordo Leandro, con Juan, con el Mosca, con Brizuelita y con el Santo. Seguí caminando así, sin separarme del Andén, acariciándolo como a un amigo que había vuelto de la muerte y todavía respiraba con dificultad, con los ojos entrecerrados, pero titilando vida, futuro, esperando por el regreso de las tardes gloriosas de antaño.

  Lo habíamos salvado con huevos y corazón, con muchos pelotazos y poco tiki tiki, apenas tirando alguna pared que otra. Lo habíamos salvado con la banda del Furgón, y entendí que eso era lo único que debía importarme. 

-Cómo te quiero, guacho –le confesé, en voz alta, antes de despegarme para ir al bar del Santo.

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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