Crónica del vergonzoso Brasil – Argentina y todo lo que vino después. El hombre de remera azul, la pechera de Messi, Nicolás Otamendi y Dani Alves. Escribe Juan Stanisci.

Esta historia podría empezar así: un desconocido entra armado al campo de juego y suspende el clásico entre Brasil y Argentina. Eso fue lo que ocurrió. Iban cinco minutos de partido cuando Marcos Acuña y Nicolás Otamendi se desentendieron de los reclamos al árbitro y corrieron hacia los bancos de suplentes. Un hombre de remera azul, con un manojo de papeles en el bolsillo trasero del pantalón, había entrado a la cancha.

El sheriff Galo

Zapatillas rojas y una remera de Mickey Mouse. De fondo un quincho de tejas rojas, una manguera, un pequeño cantero, una loma de pasto y una ligustrina tapando una reja. En primer plano Nicolás Otamendi, zapatillas rojas, remera de Mickey Mouse, una gorra al revés a lo Backstreet Boy y una escopeta doble caño de más de un metro de largo.

En enero de 2014 el Valencia compró a Otamendi al Porto. Juan Antonio Pizzi era el técnico tras dejar San Lorenzo después de ganar el Torneo Inicial. El DT argentino no lo iba a tener en cuenta. Apareció Atlético Mineiro y se lo llevó a préstamo por seis meses. El equipo galo venía de ser campeón de la Copa Libertadores de la mano de Tite y Ronaldinho.

Atlético Mineiro y Cruzeiro son los equipos más grandes del estado de Minas Gerais. El seis de abril de 2014 jugaron la ida de la final del Campeonato Mineiro. El partido terminó cero a cero. Otamendi la rompió. Dos días después apareció la foto con la escopeta. Los hinchas del Mineiro no dudaron. El sheriff galo, lo apodaron.

Siete años después, también en Brasil, pero ahora en San Pablo, Otamendi se para de frente al hombre de remera azul. Junto a Marcos Acuña intentan sacarlo de la cancha. Otamendi estira la mano y la apoya en el hombro del intruso. Su cerebro da la orden. El bícep y el trícep se tensionan. Aumentan la presión en el hombro del hombre de la remera azul. Lo empuja. El hombre responde sacándole la mano. Otamendi no lo sabe, pero el tipo está armado. Tres líneas se dibujan arrugadas en su remera, todas conducen al fierro que lleva entre el jean y el cuerpo. El sheriff galo se planta igual.

Todos o ninguno

Es sábado a la noche. Faltan menos de 24 horas para el clásico entre Brasil y Argentina. Gente de la AFA, la CBF (Confederación Brasileña de Fútbol) y la ANVISA (Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria) están reunidos. Los de la agencia gubernamental quieren conocer la situación de los jugadores argentinos que juegan en Inglaterra. En ningún momento se habla de deportación.

El hotel donde la selección argentina se aloja está rodeado de policías brasileños. El rumor empieza a correr. La CBF intenta que el partido se juegue. Saben que están bajo los protocolos de CONMEBOL y que FIFA no perdona las intromisiones de los estados en sus competencias.

Dentro de la delegación argentina intuyen que algo extraño se está cocinando. Los dirigentes recurren a sus colegas de CONMEBOL. El máximo ente sudamericano quiere que el partido se juegue. Si deportan a los cuatro futbolistas, los puntos serán para Argentina. Los futbolistas bajan un mensaje claro: todos o ninguno.

A pesar de los rumores el plantel argentino deja el hotel. Ya entrenaron en una cancha de Corinthians y reconocieron el estadio donde se jugaría el partido. Si las autoridades brasileñas quisieran evitar la circulación de los llegados del Reino Unido, podrían haberlo hecho antes. Los dirigentes tienen el ancho de espada en la mano: si no los dejan llegar a la cancha, los puntos serán argentinos.

Llegan. Se cambian. Hacen el calentamiento previo. Vuelven al vestuario. Forman en el túnel. Cantan el himno. Arranca el partido. Cuti Romero sale a cortar y levanta por el aire a Eder Militao. Di María agarra la pelota y se va para el arco. El árbitro cobra falta. Neymar intenta encarar. Se tira. Se levanta. Empuja a Romero. El árbitro cobra falta y se mete entre los futbolistas. Faltan segundos para que la bronca deje de ser entre ellos.

A Leandro Paredes le gusta cuando se pica. Si hay tumultos él está metido. Los futbolistas argentinos y brasileños se insultan, pero Paredes se aleja.

Los partidos con Tite y Scaloni en el banco de suplentes suelen parecer una partida de truco. De madrugada y con varias botellas vacías. Todo se charla, todo se discute. Por eso parecía normal que estuvieran quejándose desde el principio. Pero Tite y Scaloni no hablaban hacia adentro. Lo hacían para afuera.

Cuando el hombre de remera azul entró al campo de juego, el partido ya estaba detenido. En el banco de suplentes argentino había una gran cantidad de hombres de traje. Cada vez que los hombres de traje entran a una cancha de fútbol algo se rompe.

Al hombre de remera azul no se lo volvió a ver. Lionel Scaloni se interpuso entre Acuña y Otamendi. Lo fue sacando. Entraron más personas. Entre ellas dos con credencial de la AFA. No les hizo falta decir nada. Miraron a Scaloni. Uno levantó la mano derecha. La palma a la altura de la cabeza, con el pulgar hacia arriba. Como si barriera el aire la movió hacia la izquierda. “Vamos”, decía el gesto. Scaloni giró y empezó a llamar a sus dirigidos. Antes de los diez minutos el plantel argentino volvía a atravesar el túnel de ingreso, esta vez rumbo a los vestuarios.

Una pechera que dice foto

Un solo futbolista argentino volvió al campo de juego del Arena do Corinthians. La camiseta la habrá dejado revoleada en algún rincón del vestuario. En su lugar tiene puesta una pechera gris oscura. De frente un signo que podría ser un ocho invertido o un infinito de pie. Debajo del logo dice: FIFA world cup. Y más abajo: Qatar 2022. Y más abajo todavía: Qualifiers. En la espalda de la pechera hay una sola palabra: foto.

En una ronda están Tite, Scaloni, Neymar y un tipo con una pechera que dice foto. El tipo es Messi. Todavía tiene el pantalón con el que jugó cinco minutos, pero arriba de eso tiene una pechera. Discuten. Tite parece querer convencer a los argentinos. Aparece Juninho Paulista, el mánager de la de la selección brasileña. Discute con Messi. Lionel parece tener dos modos de vivir: tranquilo o sacado. Ahora está sacado.

Scaloni se hace cargo de la charla, aunque no hay mucha vuelta que darle. O juegan todos o no juega ninguno. Messi vuelve hacia el túnel. Se encuentra con un viejo conocido. El único futbolista brasileño que no está en el campo de juego es Daniel Alves da Silva. O simplemente Dani Alves. Charlan como si estuvieran en otro lado. Su capacidad para abstraerse de toda la escena es directamente proporcional a su talento con la pelota.

Pasan los minutos y a ellos se suman Leandro Paredes, Rodrigo De Paul, Nicolás Otamendi y Paulo Dybala. Es el cordobés el que se da cuenta. Primero se aleja y mira la espalda de Messi. Luego señala y sonríe. Parece decirle: “¿Qué haces con esa pechera, boludo?”.

Lionel se queda en cuero. Le traen la remera de entrenamiento y la que usó durante cinco minutos. Se la da a Dani Alves. El brasileño se aleja de su ex compañero. Lleva la camiseta argentina con el número 10 colgada de un hombro.

282 segundos

Brasil y Argentina no patearon al arco. Hubo una falta para cada equipo. El resto se llevó todos los flashes. Restan jugarse 85 minutos. O mejor ¿Restan jugarse 85 minutos?

La FIFA no emitió ningún comunicado. Es posible que, si se tratara de otro equipo, ya hubiera habido una sanción disciplinaria. Es sabido que al mayor ente del fútbol mundial no le gusta que le saquen el juguete. Funcionan como un estado paralelo y los gobiernos no pueden intervenir en sus competencias. Brasil lo hizo. La FIFA ya miró para otro lado cuando la AFA fue intervenida por el gobierno nacional en 2016. No sería extraño que vuelvan a hacerlo.

Casi dos meses esperando para ver la revancha de la final de la Copa América. El pecho inflado y la posibilidad de ganar en Brasil por primera vez en la historia de las eliminatorias. Y todo se hizo nada. En verdad, todo fueron doscientos ochenta y dos segundos.

Juan Stanisci

Twitter: @juanstanisci

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