Es difícil saber por qué seremos recordados. Eric Cantona (campeón de la liga francesa, múltiple ganador de la Premier League, cuatro veces mejor futbolista del año, emblema del equipo que inauguró la era moderna del fútbol inglés) elige como el mejor momento de su carrera la agresión a un hincha. 

El hecho tuvo lugar el 25 de enero de 1995 en la cancha del Crystal Palace. Cantona dejaba el césped en medio del partido. Había sido justamente expulsado. Un hincha llamado Mathew Simmons bajó once gradas para insultarlo. Como en el final de Perdidos en Tokio nadie sabe exactamente qué le dijo. Lo cierto es que Cantona se frenó, volvió sobre sus pasos y le dio una patada en el medio del pecho.

En Historia de Isidoro Tadeo Cruz Borges dice que «cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es». En 1995 Cantona ya sabía que era un ser iracundo. Siendo joven le había dado una patada criminal a un rival que le valió una suspensión de tres meses, había dicho en televisión que su DT era “una bolsa de mierda” y le había tirado un pelotazo a un árbitro por lo que fue suspendido dos meses más. La ira era, sin dudas, uno de sus rasgos distintivos. Pero no el único. También tenía puntería.

Cuando los medios de comunicación decidieron prestar atención al agredido, descubrieron que Mathew Simmons era un militante neonazi. Pocos años antes había atacado con saña desmedida a un inmigrante mientras lo asaltaba. Unos años después, en 2006 Simmons reincidiría. Esta vez atacó al DT de su hijo. Obviamente, Cantona desconocía todo esto. La trascendencia del gesto nace de una mirada externa, un dispositivo de registro y un punto de vista.

En 1995, Steve Lindsel desconocía lo que es un meme. Esa noche era sólo una jornada laboral más dentro de la rutina de un fotógrafo deportivo. Simplemente quiso posicionarse desde un ángulo distinto al resto y se ubicó detrás del arco del Manchester. Desde ese lugar registró el momento exacto del impacto. En una época sin celulares, ni multicámaras su fotografía recorrió el mundo. Era el testimonio más preciso de la noticia del momento. Con el tiempo la imagen tomó vida propia. Se volvió remera, tatuaje y finalmente floreció como meme. Hoy en día hay imágenes de Cantona pateando a Elon Musk, a Trump y a Netanyahu. 

En 1929, René Magritte pintó una pipa prolijamente reconocible y debajo escribió: “Ceci n’est pas une pipe” (“Esto no es una pipa”). La obra se llamó La traición de las imágenes. No es un chiste raro francés, ni una provocación. Es una afirmación rigurosa: la imagen de una pipa no es una pipa. No se puede fumar. No se puede cargar tabaco. Es apenas una representación. 

Cantona, como jugador, tenía plena conciencia de estar representando un papel. Construyó un personaje arrogante que después de convertir goles extraordinarios no corría a celebrarlos. Simplemente se quedaba inmóvil, con el cuello erguido y la mirada altiva, dejando que el delirio estallara a su alrededor. El festejo resultaba más impactante que su talento. Cuando se retiró, siguió actuando. Participó en películas, se dedicó a la pintura y escribió poemas. Su búsqueda es la de un artista, quiere construir sentido. Por eso elige la patada.

En ese gesto hay más que una mera invitación a la violencia. Hay un símbolo. Y, al igual que las buenas metáforas, debe ser interpretado; no imitado. Su oportuno arrebato expuso que el fascismo se alimenta del anonimato. Que los eventos masivos, incluso convertidos en mercancía, pueden ser un campo de disputa simbólica. Que el registro de las imágenes nunca es un gesto inocuo. Y que las representaciones, como la rebeldía, son muy poderosas.

La patada sigue ahí, flotando en el aire. Mientras nosotros caemos.

Juan Boldini
Twitter: @juanboldini

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