El partido imposible, a 20 años de Boca – Real Madrid

Se cumplen dos décadas de la madrugada en que el sueño se hizo realidad en una fría noche de Tokio. Historias detrás de la Intercontinental que Boca le ganó a Real Madrid. Maradona, Palermo, Víctor Hugo, el buzo de Córdoba y los gritos de Barijho a Figo. Escribe Juan Stanisci.

“No es un sueño. Si usted es hincha de Boca y se despertó temprano, no está soñando. Boca está ganando 2 a 0”, dice el comentarista. La voz de Juan Pablo Varsky llega desde un lugar que podría ser el pasado o el futuro. O hasta otra galaxia. Decir Tokio es como decir otro planeta. En Argentina son las siete de la mañana y en el Estadio Nacional de Tokio es de noche. Varsky habla desde un espacio fuera del tiempo. Pero Boca le gana 2 a 0 al Real Madrid.

Martes 28 de noviembre del año 2000. La Ciudad de Buenos Aires amanecía nublada y con 20º de temperatura. Al Congreso de la Nación argentina ingresaba el proyecto de reforma previsional y el presupuesto para el año siguiente, dos pasos fundamentales para lo que luego sería el Blindaje Financiero del FMI y el Megacanje. Veintidós días antes, Chacho Álvarez el vicepresidente de la alianza entre el Frepaso y el radicalismo, había renunciado. En Estados Unidos las elecciones terminaban sin un claro ganador y con muchas sospechas sobre la transparencia del triunfo de Bush sobre Al Gore. Maradona todavía no había dicho “la pelota no se mancha”.  

El partido es transmitido por la extinta PSN (Panamerican Sports Network), en exclusiva por Cablevisión. La empresa del Grupo Clarín era socia de PSN en la televisación del fútbol argentino. PSN había sido lanzado el 15 de febrero de ese mismo año. Era poseedora de los derechos de la Copa Libertadores, el fútbol francés, italiano y portugués, la Fórmula 1 y los torneos de tenis de la ATP y la WTA. La empresa texana dejó de existir solo dos años más tarde.

Víctor Hugo Morales intentó burlar la televisación exclusiva de Cablevisión. En su noticiero matutino llamado “desayuno” en Canal 7 (hoy televisión pública), se mostraba una televisión donde se podía ver el partido. Millones de personas siguieron la final de esta manera: viendo un televisor dentro de su televisor. No fue gratis para Víctor Hugo. Años más tarde el Grupo Clarín ganó un juicio contra la productora del programa y contra Canal 7 por haber transmitido el partido.

En la lejana y gélida Tokio, Martín Palermo acaba de destrozar un récord que nadie conoce. Van seis minutos de partido y la pelota impactó solo dos veces contra su botín izquierdo. La primera en la cara interna. La segunda en el empeine. Las dos veces fue gol. Las dos primeras pelotas que tocó fueron gol. En ninguna necesitó controlar, definió directamente. Además de su tremenda eficacia, Martín no erró un pase en todo el primer tiempo. No es una exageración. Cada vez que bajó a asociarse con sus compañeros la entregó al pie o le hicieron falta.

En el mismo nivel jugó Marcelo Delgado. Con una velocidad supersónica, fue imparable cada vez que encaró o buscó la espalda de Geremi y Hierro. El Chelo fue parte fundamental de la gran polémica de las horas previas. Palermo, al enterarse que el Chelo sería titular en lugar de Barros Schelotto, se acercó a Bianchi para pedirle que Guillermo sea el que lo acompañe en ataque. Bianchi eligió a Delgado.

 El libro de reciente aparición Boca del mundo de Martín Souto, expone a través del relato de la mayoría de los protagonistas de aquel partido, la mala relación entre dos de los tres grupos que había en el plantel de Boca. Uno estaba formado por Riquelme, Basualdo, Delgado y Traverso, entre otros; el segundo por Palermo, Guillermo Barros Schelotto y Abbondanzieri; y el tercero por los colombianos Serna, Córdoba y Bermúdez.

Durante los días previos al partido la mala relación fue cada vez más evidente. Un roce en una práctica generó que la tensión estuviera a punto de estallar de manera constante. El silencio en el vestuario y el micro que los devolvía al hotel después del entrenamiento era total. A la mañana siguiente Carlos Bianchi decidió dar una charla para enfocar nuevamente a sus jugadores. Les habló sobre lo mucho que les había costado llegar hasta ahí, para terminar arruinar el momento ellos solos. Intentó calmar la lucha de egos que se estaba gestando. Y dejó una advertencia: “si algunos de ustedes no le llegan a dar la pelota a un compañero, yo personalmente me voy a encargar de que nunca más jueguen al fútbol en ningún lado”, dijo entre lágrimas de bronca en el vestuario de Tokio.

No fue la única advertencia previa al partido. La otra la hizo ya en el vestuario previo a la final, durante la charla técnica. “Tengamos cuidado con Roberto Carlos”, indicó. Bianchi no solía marcar muchas virtudes de los rivales. Para hablar del Real Madrid no eligió a Figo, tampoco a Raúl o a Guti. Roberto Carlos. El pelado, zurdo y petiso lateral izquierdo brasileño. Un tipo que parecía jugar en moto y tener un fusil en la pierna. Durante todo el primer tiempo Bataglia y El Negro Ibarra intentaron frenarlo pero no hubo caso. Un  minuto después del segundo gol de Palermo, reventó un derechazo en el travesaño. Cinco minutos después aprovechó un error de Ibarra y la clavó en el ángulo.

“¡Pesetero! ¡Traidor!”, del banco de Boca no solo salían palabras de aliento o indicaciones, algunas iban dirigidas al 10 rival. Luis Figo, considerado el mejor jugador de aquel año, había pasado del Barcelona al Real Madrid. La transferencia fue récord. El Real Madrid de Florentino Pérez había pagado 61 millones de euros por el portugués. A partir de su pase a la casa blanca, Figo fue tildado de pesetero y traidor por los hinchas del Barcelona. Cada vez que pasaba cerca del banco de Boca, los suplentes, más que nada Antonio Barijho, le gritaba esas mismas dos palabras.

El primer tiempo fue dominado por el Real Madrid en el juego. Roberto Carlos era un delantero más. Guti empezó a manejar la pelota. Figo buscaba su lugar yendo a la izquierda y volviendo a la derecha. Pero en ocasiones de gol estaban parejos. Además de los goles de Palermo, Boca tuvo una jugada maradoniana de Delgado que tapó Casillas y un tiro libre de Riquelme que mandó al lateral el arquero español. Del lado del Real Madrid, Roberto Carlos hizo el gol y reventó el travesaño. Raúl falló un cabezazo y definió una pelota de emboquillada que pasó a pocos metros del arco de Córdoba.

Para la segunda parte salieron a la cancha los mismos jugadores pero hubo un cambio. “En el sorteo de los uniformes, el árbitro no me permite atajar con el buzo amarillo con el que habíamos ganado la copa”, le contó Óscar Córdoba a Martín Souto. Atajó el primer tiempo con un buzo negro con una banda blanca y la parte de abajo gris. “En el entretiempo cuando entramos al vestuario, todos me decían ‘ponete el amarillo’”, recordó el ex arquero colombiano. “Entonces, retrasé mi salida hasta el último minuto. De esta manera cuando Óscar Ruíz estuviese en la mitad de cancha y ordenara la entrada, no iba a poder mandarme a cambiar el buzo.”

Durante el segundo tiempo a Boca le costó agarrar la pelota. Dos veces  terminó adentro del arco de Córdoba. Dos veces el lineman levantó el banderín y fue offside. Vicente Del Bosque el técnico del Real Madrid, mandó a la cancha a Savio un wing izquierdo brasileño con muy buena gambeta. Si bien sumaban delanteros, la entrada del atacante limitó las proyecciones de Roberto Carlos, la principal carta de ataque del primer tiempo. Al mismo tiempo, la figura de Ibarra venía creciendo desde la mitad del primer tiempo. “Es imposible pasar a este hombre en velocidad”, decía el comentarista de la televisión española sobre Ibarra. Por la otra banda estaba Matellán, el más cuestionado del once titular. Era marcador central pero esa noche jugó de lateral izquierdo. Le tocó marcar nada menos que a Figo. Y fue el mejor defensor de la cancha.

Palermo siguió impecable como en el primer tiempo. No hizo nada mal. Fue la figura del partido, no solo por los dos goles. Descargó, aguantó, presionó, generó errores en los limitados Hierro y Karanka. Hasta le puso un pase riquelmeano a Delgado que no alcanzó a cabecear por pocos centímetros.

Los minutos pasaban. Entró un cuarto delantero del Real Madrid, Fernando Morientes. Pero Boca pone el partido en un freezer. Cada contra parece más peligrosa que los ataques del equipo español. De a poco Riquelme empieza a poner la pelota debajo de la suela. Y con la pelota, al partido.

Un pelotazo de Córdoba termina en las manos de Casillas. El arquero español va a devolverla hacia la mitad de la cancha, cuando Óscar Ruíz se lleva el silbato a los labios y descarga todo el aire de sus pulmones en el pequeño artefacto. La final ha terminado. Boca es campeón del mundo.

Los festejos se desatan en Tokio y Buenos Aires. Los diez mil hinchas que, aprovechando la paridad entre el dólar y el peso, viajaron a Japón, deliran con los jugadores. Riquelme le pide la camiseta a Figo. Se la pidió expresamente su viejo. Fernando Hierro increpa al portugués, no quiere el cambio de casaca. Figo no le hace caso y se la saca esperando la de Román. En eso aparece Bianchi y abraza al 10 de Don Torcuato. Figo espera a un costado, estoico. Barijho busca al joven Iker Casillas y le pide el buzo. Delgado se lleva la de Karanka. Óscar Córdoba dijo años más tarde que no hubiera cambiado la camiseta por nada en el mundo, usó el mismo buzo en la final con Palmeiras en el Morumbí.

En Buenos Aires la gente abandona las casas y los bares y empiezan a ganar la calle. El obelisco observa miles de camisetas azules y amarillas acercarse como abrazándolo. Un año más tarde, el mismo monumento verá miles de personas. No estarán festejando sino diciéndole basta al ajuste del gobierno de la Alianza.

Aunque los y las hinchas de Boca viajaron de a miles hasta Japón, hubo uno que se quedó en Buenos Aires. Más precisamente en Segurola y La Habana. “No me dejan entrar a Japón porque consumí drogas, pero dejan entrar a los yanquis que les tiraron dos bombas atómicas”, fue la respuesta de Diego ante la negativa de la embajada japonesa. Pero Maradona estuvo presente en el Estadio Nacional de Tokio.

“Traje al mostro”, le dice José Basualdo a Sergio Gendler mientras se saca la camiseta de Boca. Cuando se supo que Diego no podría viajar, sonó el teléfono de Basualdo: era Claudia. “Me pide si podía llevar una camiseta con la imagen de Diego”. En la remera se ve a Diego de perfil y sonriente mostrando el tatuaje con la cara del Che Guevara. “Y le dije que sí ¡Más bien! Jugué todo el partido con esa camiseta abajo”. Diego quería ver a Boca campeón del mundo como pocas cosas. Cuando Basualdo mostró la remera lo llamaron de nuevo. “Diego y Claudia estaban reagradecidos”, recordó. Basualdo no estuvo solo, “Diego jugó conmigo”.

En Segurola y La Habana Diego salió al balcón agitando una bandera. Saltando y cantando como un nene que festeja el primer campeonato de su club. Después bajó y se subió a su auto. Lo esperaban, como siempre las cámaras. “Al Real Madrid lo van a ir a buscar mil personas para tirarles tomates.”

Juan Stanisci

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