Malvinas y el mundial 86. Maradona y la reivindicación silenciosa de los veteranos. Fue la mano de dios. Burruchaga y la clase 62. Y cómo cada día, el recuerdo de los soldados y el reclamo de soberanía. Escribe Juan Stanisci.

Jorge Burruchaga vio la guerra de cerca. Cuando Argentina desembarcó en Malvinas, él hacía el servicio militar en el Regimiento de Patricios, en Palermo. Como Sergio Batista, Néstor Clausen, Oscar Ruggeri, Héctor Enrique y Carlos Tapia, Burruchaga es categoría 62. La de los pibes de Malvinas que jamás debemos olvidar. Al Checho y al Negro Enrique los salvó el número bajo, a los otros el fútbol. Sus clubes intercedieron para que evitaran la colimba o les dieran tareas simples. “El fútbol me salvó porque iba, firmaba y estaba a disposición si llegado el caso faltase gente para ir al Sur”, le contó Burruchaga a Gustavio Dejtiar y Oscar Barnade en una nota en 2018.

A la selección del 86 y a los veteranos de Malvinas los une una generación. Diego no fue categoría 62 por solo dos años. A todos los integrantes de ese plantel se les habrá pasado por la cabeza que ellos podrían haber terminado en las islas, que esos pibes no eran solo compatriotas sino que podrían haber sido ellos mismos. “Por eso cuando nos toca Inglaterra, sentí que estábamos jugando por algo más importante”, le dijo El Chino Tapia a Andrés Burgo en el libro El Partido. Las posturas del plantel varían según los futbolistas y los recuerdos, pero la mayoría sostiene que, aunque antes del partido hayan preferido el silencio, por dentro el recuerdo encendía. “Teníamos unas ganas importantes de ganarles, de pisotearlos. El recuerdo de Malvinas estaba presente”, recordó Giusti con Andrés Burgo en el mismo libro.

Los periodistas y los medios de comunicación comparaban el partido con la guerra. Cuenta Andrés Burgo que la concentración argentina comenzó a recibir telegramas de ex combatientes mandando fuerzas o pidiendo que dejaran todo. Después el partido hizo el resto, Maradona rompió con lo que cualquiera podría haber imaginado. Más importante que saber cuanto pesa la copa del mundo, es haber ayudado a curar —aunque sea un poco— heridas que parecían imposibles de sanar. Algunos ex combatientes lo reconocen en el libro de Burgo: “Ese partido para mí fue un psicólogo, una descarga emocional impresionante. Yo no lo viví solo como el triunfo de Argentina, sino también como el triunfo de la clase 62”, le contó Héctor Rebasti. Cientos de futbolistas han ganado mundiales, pocos han reivindicado en su botín a una generación de ex combatientes.

Fabián D’Aloisio —director de Revista Meta e integrante de la Peña 22 de junio—, dice que algún día habrá que investigar el lazo entre la malvinización de las canchas del fútbol argentino y los goles de Diego a los ingleses. A diferencia de la actualidad, Maradona no necesitó vender humo en la previa ni hacer gestos exagerados durante o después del partido. Se limitó a una reivindicación silenciosa, una gesta simbólica que hablara por si sola. Una obra sin un manual de instrucciones que nos diga como entenderla. Mejor que decir es hacer y lo que hizo Maradona rompió absolutamente todo, al punto de pedirle a los que vinieron que hicieran algo similar, cuando es prácticamente imposible.

Paolo Sorrentino, cineasta italiano ganador del Óscar, mete a Diego en sus películas cada vez que puede. Hay una en particular es maradoniana de pura sepa: È stata la mano di Dio. Fue la mano de Dios. En una escena, la familia del protagonista mira el partido contra Inglaterra en un balcón napolitano. El gol con la mano lo gritan como propio. Cuando descubren la supuesta ilegalidad, el abuelo, con todo el dramatismo italiano, se desborda como en una epifanía: “Con la mano. Dios, anotó con la mano. Ha vengado al gran pueblo argentino, oprimido por los innobles imperialistas en las Malvinas. Es un genio. Es un acto político. Una revolución. Los humilló —le dice a su nieto agarrándole la rodilla y mirándolo con ojos desbordados—, ¿Entendés? Los humilló”.

La película es de hace pocos años, se estrenó en 2021. Las narrativas sobre ese partido, sobre esos goles, son infinitas. Eternas. Como el dolor de los veteranos pero también como el reclamo por nuestra soberanía. Las Malvinas, Argentinas, en dominio ya inmortal.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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