El 13 de marzo de 1967 nació en Medellín Andrés Escobar, el capitán de la Selección Colombia de la época del poderío del capo narco Pablo Escobar. Lo iban a visitar a la cárcel de La Catedral. En nuestro último libro Crónicas de amor, locura y muerte contamos sus historias. Los dos Escobar murieron asesinados con meses de diferencia. Escribe Lucas Jiménez.
“Para que una fotografía continúe vigente en la historia debe hablar de esa tragedia recurrente, de esa constante de tiempo que vuelve a repetirse”.
La rebelión de los oficios inútiles – Daniel Ferreira, escritor colombiano
Pablo Escobar se crió en el barrio La Paz de una Medellín muy pobre de la década de 1960. Empezó su camino en la vida cultivando la bronca de ver cómo los ricos y poderosos no hacían nada por ellos. Cuando se metió en el narcotráfico, no olvidó nunca esa bronca inicial. Hacía ayudas comunitarias. Su pasión por el fútbol lo llevó a hacer una recorrida por las canchas de los barrios populares de Medellín para tomar nota de a cuáles les faltaba iluminación. Luego volvía para dar el puntapié inicial el día de la inauguración. Se retiraba del campo de juego rodeado de aplausos de los que estaban por estrenar la cancha iluminada. De las tribunas gritaban “Pablo, Pablo”. Él sonreía como un nene una vez que empezaba el partido, que se quedaba a ver al lado de la gente.
Los futbolistas de Colombia provenían de los estratos bajos. Pablo generó relación con algunos de conocerlos de las canchas que hizo en las comunas de Medellín. En el documental Los dos Escobar, de ESPN, el volante de la selección de Colombia de la década del 90, Leonel Álvarez, le destaca al capo narco “que era bueno que regalaran canchas y no que regalaran vicio”. Se hacían torneos en las nuevas canchas, que eran un refugio para la gente del barrio. Servían para escaparse por un rato de las carencias que tenían. El fútbol funcionaba como forma de reivindicación de los relegados de la sociedad.

En las calles del barrio Calasanz de Medellín empezó a jugar al fútbol Andrés Escobar. El deporte lo alejaba de la calle y lo acercaba a su sueño: jugar en Atlético Nacional. A los 19 años el entrenador Francisco “Pacho” Maturana lo vio entrenar en una práctica y le dijo “venga para acá que usted va a jugar”. A Nacional se lo vinculaba con Pablo Escobar, aunque era hincha de Independiente Medellín, la contra. Como los hermanos Rodríguez Orejuela del Cartel de Cali, que ponían plata en América, pero eran hinchas del Deportivo Cali, adonde no podían entrar porque era una asociación civil manejada por los socios.
El Nacional de fines de los 80 era una muestra de la diferencia entre los carteles. El de Medellín servía para pagarle bien a los nacionales y que se quedaran en el país. El de Cali, para comprar jugadores internacionales. Los de Cali vestían de traje y corbata y querían exhibir un costado empresarial. Los de Medellín se jactaban con orgullo de ser bandidos y nos les interesaba aparentar otra cosa.

En 1989 Atlético Nacional jugó la final de la Libertadores contra Olimpia. La vuelta se jugó en Medellín. La dirigió el árbitro argentino Juan Carlos Loustau, quien contó que la noche anterior al partido se le presentó alguien en el hotel, puso una valija en la mesa y sentenció «Colombia no puede perder más finales». La vigilancia se lo llevó y el hombre se fue gritando «o gana Nacional o se vuelven en ataúdes a casa».
La ida había sido 2-0 para el equipo paraguayo. La vuelta fue 2-0 para los locales. Andrés Escobar pateó el primer penal en la definición que los coronó campeones de la Libertadores. En las declaraciones en la cancha dijo que ganaron el título para Colombia, no solo para Atlético Nacional. Era la primera Libertadores de la historia para el país. Esa forma de liderar, dentro y fuera de la cancha, lo transformó en el capitán de la Selección.
Los jugadores fueron a la finca de Escobar, él les dio premios y camionetas por ganar la Libertadores. “Pablo estimaba mucho a Andrés, lo quería como un amigo. Quería que los jugadores estén bien, que no les falte nada”, contó Jhon Jairo Velásquez, más conocido como «Popeye», uno de los sicarios del Cartel de Medellín que tenía más relación con el capo narco.
Pacho Maturana pasó de Nacional a la Selección. Conocía mucho la situación del narcotráfico, que tocaba todos los ámbitos de la sociedad, incluido el fútbol. Había ido al mismo colegio que Pablo Escobar. Al principio detectó que la selección jugaba como vivía, con miedo. En el fútbol, el temor era hacia el rival. Entonces les quiso cambiar la cabeza con una idea: “que nos marquen a nosotros a ver qué pasa”. Les dio libertad a la imaginación para que la creatividad estuviera al servicio de la selección. El equipo de René Higuita, Faustino Asprilla y el Pibe Valderrama generó identificación con la gente. Eran una extensión de los deseos y las aspiraciones del pueblo.

El presidente del país, César Gaviria, viajaba con la selección por toda América durante las Eliminatorias para el Mundial 94. El seleccionado viajó a Argentina a buscar la clasificación contra el vigente bicampeón de América. Cuando llegaron al aeropuerto de Ezeiza, les gritaron narcotraficantes. Colombia ganó 5-0 en el Monumental y selló su boleto a Estados Unidos. Fueron recibidos como héroes en su país.
Bolillo Gómez, ayudante de campo de Maturana, declaró ante el Senado de la República: “Me quiero comprometer con el pueblo colombiano, con nuestra gran personalidad vamos a ser grandes embajadores en Estados Unidos, de la cual nuestro pueblo se va a sentir orgulloso”.
Ya le habían ganado dos veces a Argentina y una a Brasil. Incluso Pelé declaró que su favorito era Colombia para el mundial. El capitán Escobar no esquivaba lo que habían generado y declaraba: “Sabemos la responsabilidad que todos tenemos. Estamos preparándonos muy bien para una causa que es representar bien a nuestro país”. Antes del Mundial, fue la cara de muchas publicidades. En el documental de ESPN, Maturana recuerda que “Andrés quería que el fútbol sirviese para calmar tanta violencia y que se convirtiese el deporte en escuela de convivencia y valores. Entenderlo como un sitio de unidad. Era el capitán de la Selección Colombia. Era denominado por la prensa como el caballero de la cancha”.
El fútbol era un descanso en la guerra, incluso para Pablo Escobar. Era su pasión. Hubo momentos donde lo estaban por matar y él estaba escuchando un partido de fútbol. Cuando estaba escondido en Magdalena, tenía una radio chiquita para escuchar partidos. Una vez llamó a los gritos a Popeye, que era el único que lo acompañaba. Éste fue corriendo pensando que habían llegado las tropas y le sacó el seguro a la ametralladora que tenía. Cuando llegó se dio cuenta de que los gritos de Pablo eran para decirle que había metido un gol Colombia.
Mientras la Selección soñaba con ir a Estados Unidos, Pablo luchaba justamente por lo contrario. Pagaba coimas para que no se aprobara su extradición para ser juzgado en ese país. Una vez que la Asamblea Nacional Constituyente falló a su favor, se entregó para ser trasladado a la cárcel La Catedral, en las afueras de Medellín. Lo primero que pidió fue construir una cancha de fútbol. Jugaba partidos con invitados, incluso la Selección. María, la hermana de Andrés Escobar, cuenta en en Los dos Escobar que Andrés le dijo: “yo no quisiera ir pero hay que ir”.
Higuita fue captado por las cámaras en una visita a La Catedral. Eso le jugó en contra. Había una idea de cuidar la imagen de la selección y así se la dañaba. A René no le importaba el qué dirán y hasta dio declaraciones explicando las razones de su visita a Pablo: “Fue la persona que le colaboró a los pobres, hizo los barrios, colaboró en el fútbol iluminando las canchas. La persona que no le gusta a nadie era el de la guerra, el de las bombas. Al entregarse fue un alivio para la población. Era ir y darle las gracias personalmente. Era una obligación mía”.
En junio de 1993 el arquero fue a prisión acusado de intermediar en un secuestro, aunque se creía que le cobraban su amistad con Escobar. Higuita había mediado en la liberación de la hija de Luis Carlos Molina Yepes (un banquero cercano a Pablo Escobar, acusado de lavar dinero del Cartel de Medellín), que había sido secuestrada en venganza por una traición de Molina al capo. La mediación de Higuita fue considerada prohibida por la ley colombiana.

Por ese arresto no pudo atajar en el 5 a 0 contra Argentina ni en el Mundial, aunque había recuperado la libertad condicional a principios de 1994. Maturana declaró que la selección Colombia era muy distinta con Higuita, ya que él transmitía confianza, serenidad y su estilo de arquero-líbero era perfecto para el sistema defensivo de Colombia. El lugar del arco fue ocupado por Oscar Córdoba.
Maturana nunca culpó a sus jugadores por las visitas a Escobar. Ponía de ejemplo que si Don Vito Corleone le dijera que fuera a un restaurante, él iría. Pedía que pusieran el foco en los que los dejaron entrar. Pablo tenía arreglados a los guardias. Hasta le liberaron la zona una vez para matar a dos traficantes de droga en la propia cárcel. Cuando lo fueron a buscar para trasladarlo de La Catedral, ya se había fugado. Ahí las fuerzas armadas de Estados Unidos e Israel intercedieron en la búsqueda con el aval del gobierno colombiano.
Tom Cash, del control de drogas de Estados Unidos, dice en ESPN que “con Pablo Escobar la economía funcionaba. Los restaurantes y los bares estaban llenos. La demanda estadounidense del mágico polvo blanco representó una gran ayuda exterior para las finanzas colombianas”. Todo tenía un carácter lúdico; hasta la muerte por sobredosis del jugador de básquet Len Bias. Ahí Estados Unidos endureció su lucha contra las drogas y empezó a apuntar la mira contra Colombia. Pablo prefería morir en Colombia que estar preso en Estados Unidos. No quería la extradición y tenía las armas para dar la batalla contra la policía y el gobierno. Lo acusaban de narco terrorista por los atentados que realizaba.
Por otra parte, los asesinatos de los traficantes en el penal de La Catedral habían roto la relación de Escobar con los hermanos Castaño, Fidel y Carlos. Dos narcotraficantes que habían hecho trabajos con Pablo y el Cartel de Medellín, pero estaban molestos porque habían matado a dos de sus principales socios. Por temor a que el capo también los asesinara, decidieron colaborar como paramilitares con la creación de Los Pepes (Los Perseguidos por Pablo Escobar), que en conjunto con el grupo élite de la Policía Nacional armaron un bloque de búsqueda que logró localizarlo y darlo de baja.
“Me matan limón. Por los techos viene el bloque otra vez”, la canción de Los Redondos narra la escena final. Las personas que lo asesinaron, cuando vieron su cuerpo, gritaron por radio a sus superiores: “¡Viva Colombia! ¡Hemos matado a Pablo Escobar!”. Y se pusieron a bailar merengue para festejar.
Cuenta Popeye en el documental que, mientras los compañeros del Cartel de Medellín lo lloraban en las cárceles, los ricos festejaban en las estancias. Al entierro fueron los pobres a los que les había dado algo. Gente desbordada en las calles que la policía no podía contener. Abrieron el cajón y le tocaron la frente. Ante las cámaras de televisión una señora le gritó: “Pablo querido del alma, por qué te fuiste, nos vas a dejar solos, qué vamos a hacer allá en el barrio que nos regalaste”. Ya sonaba el cantito “se siente, se siente Pablo está presente”.
Había una bandera grande de la época de las inauguraciones de las canchas que decía: “La Juventud y los deportistas de los barrios Fidel Castro y Moravia agradecen a Pablo Escobar”. Era un barrio formado en la década del 50, al costado del río Medellín, hecho con casas montadas arriba del pantano. En 1982, Pablo visitó Moravia tras un incendio que había arrasado con todas las casillas de chapa y cartón. Fue a llevar colchones, ropa y alimentos pero se dio cuenta de que la gente ya no tenía hogar. Entonces se propuso sacarla de ahí y regalarle casas en otro barrio. Fueron más de 400 viviendas entregadas. Pablo llamó al lugar “Medellín sin tugurios”, que significa asentamientos precarios.
Tras su muerte en 1993, los vecinos rebautizaron al lugar como “Barrio Pablo Escobar”. Hoy viven unas 16 mil personas y tiene 4 mil casas. Recién en 2012 el Estado legalizó al barrio que fue construido sobre una colina, sin la autorización de las autoridades colombianas.

Una crónica del periodista Nahuel Gallotta en Clarín aporta el testimonio del jefe vecinal de ese momento, Wberney Zavala, al que le asignaron, al entrar al ejército, la tarea de sumarse al grupo que buscaba a Pablo. “Yo les aclaré a mis compañeros: ‘si lo encuentro, no podría dispararle’. Es que la vida de mi familia y la gente del basural era igual a vivir en Haití antes de la primera llegada de Pablo. Y desde la clandestinidad continuó enviando donaciones. El Estado logró, con su ausencia, que los narcos y los malos ocuparan su lugar. No es que nosotros queramos a los narcos. Queremos a Escobar por su obra social”, explicó en la nota de 2015.
Muerto el perro no se acabó la rabia. Lo que siguió fue la destrucción de sus propiedades y ataques contra la familia. Un límite cruzado en el ámbito criminal que se rige bajo el código de que a las casas personales solo va la policía. Los Pepes hacían el trabajo sucio que no podía la policía poniendo bombas y asesinando gente delante de los hijos. Medellín había quedado descontrolada. Como Pablo tenía controlado a los bandidos de la ciudad, sin él se creían jefes y dueños de las calles. En ese contexto, Colombia debía ir a jugar un mundial y estar a la altura de la ilusión que había generado.
La Selección perdió 3-1 contra Rumania, en el debut mundialista; el partido fue liquidado de contra con dos goles de Florin Răducioiu, delantero del Milan, que antes del mundial quería contratar a Andrés Escobar, entonces el primer jugador colombiano en recibir una oferta de ese equipo. La derrota generó una crisis psicológica. Tras el partido, al volante Luis Fernando “Chonto” Herrera le avisaron que uno de sus hermanos había muerto en un accidente de tráfico, lo que llevó al equipo mentalmente de nuevo a Colombia. Eso lo hizo recordar cuando días después del 5-0 a Argentina, secuestraron a su hijo, que finalmente pudo ser rescatado. La tragedia esperaba siempre en el banco de suplentes, como un compañero más.
Antes de jugar contra Estados Unidos el segundo partido, en la charla táctica, Maturana bajó llorando porque los habían amenazado: si jugaba Barrabas Gómez los mataban a todos. Pacho acató la amenaza contra su voluntad y, al sacarlo, el hermano del Bolillo decidió retirarse del fútbol a los 34 años. Conformaba el mediocentro junto a Leonel Álvarez y había sido titular desde el Mundial 90. Jugaba en Atlético Nacional y él cree que las amenazas vinieron de otras regiones del país que tenían jugadores en la selección y querían vender. Fue otro hecho más que desestabilizó al equipo que salió a jugar amenazado.
Ya le habían ganado amistosos a Estados Unidos en 1992 y 93. Pero con las piernas atadas, en el 94 no pudieron. A los 35 minutos del primer tiempo, Andrés Escobar quiso empezar un ataque con una buena salida del fondo, pero la perdieron rápido y agarraron a la defensa adelantada. Vino un centro desde la izquierda y el mismo Andrés quiso cerrar. En el área estaban dos colombianos contra un solo delantero estadounidense. El despeje agarró a contrapierna a Oscar Córdoba. Tras el gol en contra, Andrés se levantó solo del piso y se dio vuelta más solo todavía. Ahora todas las miradas estaban sobre él. “Mami, lo van a matar”, dijo su sobrino mirando la tele. “No, mi niño. Por eso no te matan en Colombia”, le respondió la hermana de Andrés. Pero sí en la Colombia del 94.
El partido siguió y Estados Unidos metió el segundo. Colombia descontó al final solo para la estadística. El último partido, con el equipo prácticamente eliminado (tenía una remota posibilidad) y Andrés de titular, le ganaron 2-0 a Suiza que venía de meterle cuatro a Rumania, que eliminaría a Argentina en octavos. Con la regla vigente de los mejores terceros, clasificaron todos los del grupo menos Colombia.

Andrés volvió muy golpeado de Estados Unidos. No quiso volver a ver el gol en contra. Ya en Colombia recibió el apoyo y el cariño de su gente y se relajó, se olvidó de las amenazas. Tenía 27 años y salió a la noche de Medellín a comer al restaurante El Indio, que después de la medianoche se hacía discoteca.
En una mesa del lugar estaban los hermanos Gallon, dos narcos que habían participado en la conformación de grupos paramilitares en el departamento de Antioquia, la provincia donde se encuentra Medellín. Cuando vieron a Andrés le gritaron: “felicitaciones por el golazo que anotaste”. Cuando salieron del lugar, ya en el estacionamiento, lo siguieron provocando y le tocaban la cola para que reaccionara. Andrés solo decía que no lo molestaran, que no había hecho el gol en contra a propósito. Se subió al auto dando por cerrada la noche. Pero para los Gallon la discusión seguía y mandaron a que su chofer le pegara seis tiros.
Meses antes, los hermanos habían participado en el asesinato de Pablo Escobar, tenían dinero y ego, mucho, por eso no aceptaron que alguien los desafíe contestando sus agresiones. La investigación decayó en su chofer como autor material del hecho y los Gallon quedaron libres por orden de la Fiscalía. El asesino salió por buena conducta en 2005. Hasta 2019, sus nombres siguieron apareciendo en noticias por participar de una red mundial de tráfico de cocaína.
Chicho Serna, jugador de la Selección y de Atlético Nacional en 1994, cuenta en el documental de ESPN que en la calle se decía que si Pablo Escobar hubiese estado vivo no hubiese pasado lo de Andrés. Los Pepes estuvieron detrás de las dos muertes. El capitán del seleccionado fue asesinado a las 2.30 de la madrugada del 2 de julio. El mismo día que empezaban los octavos de final del mundial de Estados Unidos.
El funeral fue en el Coliseo Cubierto Iván de Bedout, un microestadio de básquet ubicado dentro de la misma Unidad Deportiva donde se encuentra el estadio Atanasio Girardot, donde juegan de local los dos equipos de la ciudad. Fueron más de 120 mil personas. Entre ellas, el presidente de Colombia, César Gaviria, que leyó un discurso para darle el pésame a la familia.
Para Maturana a Andrés no lo mató el fútbol, lo mató la sociedad: “Queríamos recuperar la esquina. Una sociedad que no tenga códigos está destinada al fracaso. Resulta que esa esquina la perdimos”. Los jugadores empezaron a andar con custodia. Al arquero Oscar Córdoba le gritaban asesino en los estadios de Colombia. Chicho Serna, años después, reflexionó sobre la batalla perdida: “A través del fútbol siempre quisimos mostrar que no todo era violencia. Pero desafortunadamente el fútbol ahí demostraba que no podía estar por fuera de la violencia que se vivía”.
En la época de Escobar y Los Pepes, el índice de criminalidad de Colombia era el más alto del mundo. A fines de 1994 se endureció la lucha contra el narcotráfico. Había que eliminar la mancha que se había devorado al deporte. En junio de 1995 los hermanos Rodríguez Orejuela, del Cartel de Cali, fueron juzgados en los Estados Unidos y les dieron 30 años de prisión.

Varios años después de la muerte del defensor colombiano, se estableció el mundial de fútbol callejero llamado Copa Andrés Escobar. La idea nació del alemán Jürgen Griesbeck, que en el momento del asesinato estaba en Colombia ampliando sus estudios de sociología del deporte. Organizaba partidos entre pandillas, pero con la condición de que jugaran mujeres. La integración que consiguió fue notable. Ya en Berlín creó la fundación Street Football World, con la figura de la selección alemana Jürgen Klinsmann como cara visible.
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En el libro La rebelión de los oficios inútiles del escritor colombiano Daniel Ferreira, se cuenta una toma de tierras de unos campesinos liderados por una anciana. Gente que hace trabajos que no se consideran trabajos que se rebelan contra la injusticia, pero no pueden escapar de los ciclos de violencia reinantes en la sociedad.
“Lo que buscamos es cambiar el futuro”, le responde la protagonista a sus interrogadores militares.
Meses antes de la muerte de Pablo Escobar, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota lanzaron en Argentina el disco doble Lobo Suelto/Cordero atado. Después de un inicio instrumental, la primera canción es una declaración de amor a un ladrón (Rock para el negro Atila). “La nuestra es una generación que adoró siempre a los bandoleros. Antes que los poderosos, preferimos a los pícaros”, reconoció el Indio Solari en su autobiografía Recuerdos que mienten un poco.
Hace unos años, durante un show de la banda colombiana Tr3s de CoraZón en Argentina, el cantante le dijo al público que dejen de idolatrar al máximo terrorista de la historia de Colombia. Juan Pablo Escobar, único hijo de Pablo, cree que el máximo terrorista ha sido el Estado colombiano. “La narco cultura no la crea el pueblo sino los medios y los poderosos. Creer que a partir de la criminalidad se puede llegar al éxito. Escobar lleva tres décadas muerto, hoy es una creación mediática por la narco cultura”, reflexiona en una nota con el canal de Youtube de Pipe Muñoz, uno de los referentes de Los del Sur, la barra de Nacional de Medellín.
Pablo y Andrés no solo compartían el apellido Escobar. Tenían un punto de partida similar: un barrio popular de Medellín, en Colombia, donde el fútbol es más que un deporte, es una vía de escape. Ambos terminaron asesinados por meses de diferencia. Eligieron caminos diferentes y terminaron igual. Ni los tiros como capo narco ni los despejes como defensor central de la Selección pudieron contra el contexto: una bala representando la violencia reinante. Como dice la canción de Calle 13: “La bala no tiene sentimientos, como un secreto que no quieres escuchar”.
Lucas Jiménez
Twitter: @lucasjimenez88
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