A 20 años de su fallecimiento, un repaso sobre la vida y obra de José Luis Sánchez a través de los barrios que lo vieron cruzar: Laferrere, Gerli, Banfield. Cómo hacerse querer en pocos años. Cómo identificar a muchos ídolos del ascenso para trascender por todos. Cómo volverse inmortal. Nota incluida en nuestro último libro «Crónicas de amor, locura y muerte». Escribe Lucas Jiménez.
José Luis Sánchez pasa a toda velocidad por la avenida Luro, en Laferrere, arriba de su moto. La ciudad más grande del partido de La Matanza tiene su peatonal y centro comercial en esa calle, que cruza la plaza que le da nombre a la ciudad y se mete en los barrios. Garrafa le da la espalda a las vías del tren Belgrano Sur. El vecindario lo ve pasar por última vez. Al dar la vuelta para llegar a su casa cae en el asfalto y se golpea la cabeza contra el cantero de su domicilio, a pocas cuadras de la cancha del Deportivo, adonde había vuelto a retirarse. Las crónicas periodísticas dirán que estaba haciendo wheelie con la moto, que quiso pararla sobre la rueda trasera y murió en su ley. Todos los vecinos que corrieron a tratar de ayudarlo saben que su defecto fue también su virtud: la velocidad. Cómo hacerse querer en pocos años. Cómo volverse inmortal. Para su barrio y para el resto de los barrios que lo vieron cruzar.

Un espectro en la Plaza de Laferrere
“Voy a caminar por Laferrere, soy un espectro.
Y entre la gente paso sin sentir.
Salgo a buscarte por la Luro y por Cordero”
Espectro – Agua Loca
Garrafa nació el 26 de mayo de 1975. Se crió en Villa La Jabonera de La Tablada, un barrio de emergencia construido en un baldío atrás de la fábrica de Jabón Federal. Su primer potrero estaba en las calles bordeadas por las paredes de la fábrica. En los 80 se hacían torneos relámpago en los campitos de La Jabonera, donde iban equipos de distintos barrios cercanos. A los 13 años, en 1988, se mudó a Laferrere, al barrio Villa Adriana. En la década del 80 la ciudad sufrió una explosión demográfica por fuera del centro comercial. Hay una tesina de grado de la UBA Sociales de Ailín Kesser que analiza muy bien la construcción de la identidad de Laferrere a partir de la creación del territorio: “Los terrenos cercanos a la estación de trenes, mayoritariamente deshabitados, comenzaron a ser ocupados a un ritmo vertiginoso, y con ellos nacieron los nuevos barrios”.
Garrafa heredó el apodo de su padre Don Raymundo, que trabajaba como repartidor de gas comprimido en la zona de los distintos kilómetros de la ruta 3 de La Matanza (Lafe queda en el Km 26). Él lo acompañaba en el reparto. «Si no hubiera sido futbolista, habría sido garrafero como mi padre», decía siempre. Las garrafas eran muy necesarias porque en muchos barrios, al igual que ahora, no llegaba la red de gas natural.
“Entre la Ruta 21 y el Arroyo Don Mario, cuanto más lejos de la Ruta, más difícil se hace el acceso a la red de agua potable, al gas natural y a los demás servicios públicos. Cada uno de estos nuevos barrios desarrolló una identidad propia, a la vez que se integró, desde ese posicionamiento particular, a la identidad local. El Deportivo Laferrere jugó un rol fundamental en este proceso: ofreció un lugar de disputa para las identidades periféricas, al mismo tiempo que permitió consolidar un colectivo más amplio, el ser laferrerense, como un nosotros inclusivo que aglutinó a todas las identidades periféricas frente a los rivales externos”, analiza Kesser en su investigación. El principal apodo del club y de los hinchas es “El Villero”. Los barrios al frente levantando su identidad.
Cuando vivía en Tablada, Garrafa jugaba en Racing, pero cuando se mudó a Lafe le quedaba muy lejos y dejó de ir. A los 15 se probó en el club de la ciudad y quedó. Sus hermanos mellizos, Fabián y Adolfo, eran mayores que él y jugaban campeonatos por plata en los potreros de Laferrere. No lo querían llevar, pero él se mandaba igual. Siempre decía que no jugó tanto en el potrero porque ya de chico entrenaba en el club Laferrere para llegar a primera y lo cuidaban. Trataba de ir a ver, pero sin llevarse la ropa para no tentarse. Una vez ni ese recurso alcanzó y entró a jugar descalzo. Le hicieron un penal y la mandó a guardar.
En las inferiores de Laferrere jugaba de 9. Hasta que se rompió la rodilla y estuvo 8 meses parado. Antes de la lesión era rápido, después de que se operó quedó muy lento. Le dolía, jugaba con miedo, no era el mismo. Ahí se reinventó creando al Dios del Potrero. Era fuerte físicamente de cuando era centrodelantero, imposible de tumbar, no era un flaquito habilidoso. Absorbió todos los partidos vistos y jugados en el potrero, y se los mostró a todos los hinchas del fútbol del ascenso. Su principal lema era que la gambeta tiene que ser corta, porque en el potrero, donde la pelota pica como quiere, hay que tenerla cerca.
Debutó en un clásico contra Almirante Brown en 1993 jugando de lateral izquierdo porque faltó el 3. Tenía 19 años. Tiró un enganche dentro del área y no le gustó a los compañeros. Al año siguiente en otra edición del clásico de La Matanza, jugado en Lafe, estuvo Diego Armando Maradona viendo el partido desde el techo del vestuario. Se sacaron una foto que forma parte de la historia de nuestro fútbol entre dos ídolos de barro y de barrio. José Luis era un hincha/jugador del Deportivo Laferrere. Una vez le pegó a un rival antes de empezar un partido contra Cambaceres porque en el calentamiento de la tribuna le gritaban que le pegara a alguno. Los hinchas lo festejaron más que un gol.

Cuando ya no jugaba en el club, igual iba a la cancha si no le coincidía con partido o concentración. Garrafa es Lafe, embajador deportivo y cultural de la ciudad. Simboliza tanto a su barrio como los remises 0.50. Antes de la existencia de los Uber, eran unos Ford Falcon con número que se metían en los barrios y te llevaban a la estación por 50 centavos como si fuesen un bondi.
La canción “Espectro”, de la banda de rock Agua Loca de Laferrere, homenajea a los héroes del barrio describiendo la ciudad. Funciona para Garrafa y para el cantante Jorge “El Pelado” Carpio, un referente del movimiento Under que falleció en 2014: “Te busqué creyendo verte en cada esquina. Desde Once Corazones, Cancha E´Gloria y la liga. Por los arroyos, por las villas, por los transas te busqué. En los 0,50 y por las vías. Desde el Río Matanza hasta el fondo el 26. Desde la cancha del Deportivo hasta tus tías. Desde Cobo a Marconi, desde Riglos a Tres Cruces. Desde el Barrio La Juanita hasta Las Cinco Esquinas. Soy un espectro en la plaza de Laferrere. Soy para siempre el fantasma del 26″.
José Luis Sánchez fue el ídolo que el barrio le prestó a otros barrios. Garrafa, para el resto del mundo. El Gordo, para los cercanos que lo han visto comerse cinco chorizos en un asado. En su barrio es El Loco desde la vez que antes de un penal lo vieron correr para patear con la zurda y hacerlo con la derecha. El apodo suena fuerte cada vez que juega Lafe y la banda canta “vamos a ganar, pal Loco Garrafa, pa los que no están”.
El corazón al sur
La geografía de mi barrio llevo en mí,
Será por eso que del todo no me fui:
La esquina, el almacén, el piberío…
Lo reconozco… son algo mío…
El corazón al sur – Eladia Blázquez
Pocas veces los jugadores de potrero llegan a Primera. Cuando lo hacen, quedan para siempre en el corazón de la gente. Garrafa hoy es tribuna y tatuaje en Laferrere, Gerli y Banfield. Fue el amor en tiempos del cólera, el héroe barrial del Conurbano Bonaerense en los 90 y principios de 2000. Cuando el país se caía a pedazos llevaba alegrías en forma de gambetas. Era un jugador paga ticket, justifica viaje, aliviador de rutinas. Nos mueve el escudo de nuestro club, pero nos motorizan las personas. Cuando aparecen esas únicas e irrepetibles nos movemos motorizados para ser testigos de la historia. Estamos acostumbrados a ver los acontecimientos en el cuadrado del televisor y cuando nos toca de cerca, se convierte en suceso que en contadas ocasiones alcanza el status de leyenda. Cuando eso pasa, todo cobra sentido. El fútbol, la pelota rodando en las calles de tierra, los buzos en el piso haciendo de arco, los paredones que ven crecer a los Garrafa.

Su primer ciclo en Laferrere duró cuatro años. Coincidió con el peor momento institucional del club, en sus últimos años en el Nacional B y con el primer descenso de su historia en el 95. Era un club que se estaba fundiendo poco a poco hasta terminar en la quiebra. Él siguió jugando en Lafe hasta que ya no hubo manera de sostenerlo económicamente. Llegó a jugar un reducido para ascender a la B Nacional. El rival sería su futuro club: El Porvenir.
El técnico del equipo de Gerli era el ex árbitro Ricardo Calabria. En el partido de ida de la serie con Lafe, Garrafa no jugó y El Porve ganó 2-0. José Luis le dijo: “La revancha te la gano yo y te voy a hacer un gol cuando saquemos del medio”. Cumplió, la primera jugada del partido gambeteó a tres jugadores y le hicieron falta al borde del área. De tiro libre puso el 1-0. Lafe metió dos goles más, pero El Porve hizo uno y pasó por ventaja deportiva. Al final se dieron un abrazo y el técnico le dijo que la temporada siguiente iba a jugar para él. Garrafa fue la frutilla del postre de un gran equipo que tenía grandes jugadores como Adrián González, Iván Delfino y Rubén Forestello.
El Yagui Forestello era de Isidro Casanova. Se hizo amigo de Garrafa porque iban a Gerli en auto los cuatro jugadores que eran de La Matanza: Antonio Almirón de González Catán, Miguel Coronel y Garrafa de Laferrere. Atrás de la casa de José había una cancha de bochas y él jugaba con los jubilados mañana y tarde por plata. Cuando lo pasaban a buscar, estaba ahí haciendo enojar a los viejos. “Era un personaje. Era un nene José. Hacía parar un muerto. Te volvía loco. Te cargaba todo el día. A mí me hacía re contra calentar. Yo era demasiado correcto y él tenía todo lo otro. Aliviaba muchas cosas que en el fútbol van sucediendo”, contó Forestello en la película El Garrafa. Un documental dirigido por Sergio Mercurio, con el gran divulgador de la causa garrafesca Sergio “Cherco” Smietniansky como productor ejecutivo.
A los rivales también los volvía locos. Preguntaba nombres y detalles para hacerlos enojar mientras él jugaba y se divertía. El lateral/volante Adrián González, ex compañero en Banfield y El Porve, contó en Somos Futboleros (Deportv) que le llamaba la atención de Garrafa cómo en los partidos “le salía esa furia de jugador de potrero, de querer ganar siempre, de llevarse la pelota al córner y aguantar las patadas. Normalmente al jugador habilidoso no le gusta que le peguen. Él se hacía pegar y eso es llamativo. Se desvivía por el fútbol, por tener la pelota en los pies. Esa pasión de él hacia la pelota dio hacia afuera las muestras de un jugador apasionado, aguerrido a pesar de ser super habilidoso. Eso creo que al hincha es lo que más le gusta». Alejandro Fantino, en Mar del Fondo (TyC Sports), le preguntó cuál era la jugada que más disfrutaba y Garrafa respondió: “me encanta cubrirla en la esquina y dar pases gol”.
El Porve logró ascender a la B Nacional en 1998. Sánchez dejó goles históricos, como uno de taco en la línea, y anécdotas inolvidables. En la ida de la final contra Armenio no pudo jugar porque estaba lesionado: distensión de ligamento de la rodilla. Antes de la final de vuelta, se comió dos choripanes a la pomarola en Pompeya en el viaje a Gerli. Cuando llegó, Calabria le dijo que no lo podía poner porque se podía agravar la lesión y Garrafa se puso a llorar, lo que sensibilizó al DT, y lo puso algunos minutos para que lo ovacionaran. Dio la vuelta olímpica con la de Lafe abajo, “con la camiseta del club que soy hincha”. Le había metido un gol de penal esa temporada. Era especialista desde los 12 pasos, curtido en los campeonatos de penales de La Matanza. Daba un saltito en forma de pausa sin frenar la carrera antes de patear. Miraba al arquero hasta último momento y se la tocaba al otro lado.
En la B Nacional luchó para llevar a El Porvenir a Primera y lograron un meritorio quinto puesto en la zona Metropolitana. Pero cayeron en el Reducido contra Juventud Antoniana de Salta, que sería finalista. Venían de eliminar a Banfield. Fue 2-2 en Banfield y 1-0 en Gerli. En el torneo hubo un 2-0 del Porve a Banfield donde Garrafa la rompió, le sirvió el segundo gol a Miguel Coronel. El primero lo había hecho el Yagui Forestello. Los hinchas que los putearon en el 99 serían los próximos fieles del Dios del Potrero y su amigo de Casanova.

Antes del reencuentro se fue a Bella Vista de Uruguay, con la ilusión de que iba a jugar la Libertadores de 2000. Pero solo duró cinco meses. Cuando le daban los lunes libre volvía a Lafe para ver a su papá, que tenía cáncer de pulmón. Apenas se enteró de que la enfermedad estaba avanzada, se quedó en casa y no volvió más a Uruguay. Se levantaba a las 5 de la madrugada para vender garrafas, también hacía pozos de baño para mantener la economía familiar. Pero la principal razón de su vuelta fue sentimental.
“Mi papá sufrió mucho, fueron meses duros. Cuando me enteré dije ‘no juego más’. No quería saber nada, sólo estar al lado de él. Estuvo un mes en casa y después lo internaron. En el hospital no había comodidades, pero dormíamos en el piso de la sala para cuidarlo. Quise disfrutarlo hasta el final y esas imágenes no me las olvido nunca más. Largué el fútbol por casi diez meses, pero más allá de que mi viejo se haya ido, me queda para toda la vida la tranquilidad de haber estado con él hasta el último minuto”, contó en El Gráfico.
Mientras transitaba ese duro momento, lo llamaron de Ferro para jugar en Primera División. El conjunto de Caballito estaba casi descendido y afrontaba el torneo con muchos pibes. Ganar partidos y cobrar el sueldo eran milagros que ocurrían cada tanto. Garrafa no estaba con ánimo para jugar y el contexto del club no ayudaba. También pensaba que era mejor pelear por algo en la B Nacional siendo titular que comer banco en Primera.
Al poco tiempo llegó el llamado del técnico de Banfield, Cachín Blanco, para que se sumara al Taladro. Lo esperaba su amigo Forestello en el plantel. El periodista Leonardo Peluso, oriundo de Laferrere y amigo de Sánchez, cuenta en una nota en Página 12 que Garrafa le anunció “en Banfield la rompo y voy a ser ídolo”. Se quedó corto. Terminaría teniendo una estatua, una platea y hasta la plaza detrás del estadio con su nombre. Mariano, un vecino del club que el Gato Leeb adoptó y lo metió en el vestuario para que sea uno más, todavía recuerda: “El primer día que vino al predio apareció con un Fiat Uno tuneado, entró a los gomazos y lo vienen a buscar los de seguridad diciendo ´quién es este loco´. Garrafa no tenía otro día después de hoy”.
El mundial de Garrafa
Puedo hacerte mil banderas
Puedo hablar de fantasía
Pero estaría tan lejos de explicar lo que es
La llave – Callejeros
Llegó al Taladro después de estar parado ocho meses. Cachín Blanco, que confió en él, duró ocho fechas. Lo reemplazó Mané Ponce. Toda la temporada jugó para el campeonato mundial. Debutó como local contra Chicago. Fue el partido que cerró la segunda fecha, entre los dos equipos que terminaron ascendiendo. Banfield arrancó perdiendo 1-0. Hasta que empezó el show de Garrafa y dio vuelta el partido en el segundo tiempo con seis goles. Sánchez dio una asistencia de las clásicas de él: de frente al arquero, la tocó a un costado para que definiera un compañero. También metió un gol de penal y señaló al cielo para dedicárselo al padre. En la nota post partido dijo que por eso había dejado de jugar.

“Los de Chicago pensaron que los estaba cargando. Festejé el gol adentro del arco mirando al cielo, justo delante de la hinchada de ellos. Me sacaron amarilla, pero solamente yo sabía que en ese momento estaba festejando el gol con mi papá”, contó en El Gráfico. Todo el torneo festejó los goles con una remera blanca con la foto de su viejo tocando un acordeón, signo de sus orígenes familiares chaqueños a puro chamamé.
Banfield empezó y terminó la temporada jugando con Quilmes. Sin Garrafa perdió 3-0 la primera fecha, con él ganó 6-3 el global de la final: participó en 5 goles (1 tanto y 4 asistencias). El Taladro jugaba con dos 9 (Gato Leeb y Forestello) de características similares, que se repartían las zonas del área esperando el pase. En la ida Garrafa aguantó la marca de dos jugadores y le sirvió el 1-0 al Gato. El segundo fue del Yagui tras centro del 10.
No le podían sacar la pelota cuando la cubría, a él no le molestaban las patadas de frente sino las de espalda, decía que eran de mala leche. La final con Quilmes hizo lo que quiso, desparramando rivales y al arquero dentro del área. Muchas veces como divertimento y sin hacer el gol. En la vuelta su amigo Adrián “El Loco” González le dijo que liquide el partido y no joda más. Garrafa se enojó y le respondió: “Cerrá el orto, anda para atrás, vos recuperala y dámela a mí”. Lo que hizo en el 4-2: se la bajó a Forestello para que definiera. Se abrazaron en el festejo en una foto icónica de ascenso y amistad con la popular de Quilmes de fondo.

La figura del Cervecero, Adrián “Máquina” Giampietri, en una entrevista en El Loco y el Cuerdo (AZZ) dijo que sabían que eran mejor equipo que Banfield, pero “ellos tenían a Garrafa y Lucchetti”, con esas puntas en el campo eran demasiada jerarquía para la categoría. El Máquina se rompió los ligamentos en la vuelta en una jugada tratando de sacarle la pelota a Garrafa que la aguantaba de espaldas. Giampietri metió el 2-2 que le puso suspenso a la serie con los ligamentos rotos. Ya sin él en cancha, fue un recital garrafesco. En el torneo hubo un gol a All Boys de un saque de arco del Laucha para Garrafa, la pelota picó al borde del área, el 10 aguantó la marca para usar el pique como un pase y fue a buscarla para pincharla por arriba del arquero. Volvió señalando al Laucha. Ese día también metió un gol olímpico.
Como pasó en el ascenso con El Porve, el Gordo también regaló anécdotas inolvidables. En la vuelta con Chicago, el micro de Banfield dejó a Forestello y a Garrafa en una estación de servicio en General Paz, donde José había dejado su auto para volver a Lafe. Garrafa le dijo al Yagui de tomar una Coca. Forestello estaba identificado con Almirante. Pasaba gente de Chicago que salía de la cancha y los metieron a trompadas al shop de la estación. Mientras cobraba el gordo gritaba “yo soy de Lafe”. Les robaron los bolsos y los salvó la policía, que los sacó de la paliza. Eran dos contra veinticinco. “José llevaba a Laferrere en el alma, en ese momento no quedó otra que pelearnos”, contó el Yagui en la película de Garrafa, que se estrenó en Abril de 2012 en el estadio de Banfield, ante 4 mil hinchas, luego se proyectó en el de Laferrere, y el de El Porvenir.
El punto máximo de cine de la temporada fue contra el Instituto del Tata Martino. El equipo cordobés había arrasado en la zona Interior y jugó la semifinal contra Banfield, el segundo de la Metropolitana. La ida, en el estadio Florencio Sola, La Gloria se fue al entretiempo ganando 2-0. Pintaba para goleada. A puro corazón, el Taladro lo empató. En la vuelta en Alta Córdoba, se cortó la luz en el momento que Instituto estaba por patear un penal. Cuando volvió, Miliki Jiménez lo erró.
A los 37 del segundo tiempo hubo penal para Banfield con el partido 1-1. Todo el estadio silbaba para aportarle música a la danza garrafesca, curtida en los campitos de Laferrere. Dio su saltito clásico, pateó a la izquierda, el arquero se tiró a la derecha y ni salió en la foto. 2-1 y festejo inmortal. Lo levantó el Japo Santa Cruz y él movía los brazos en el aire bailando y mirando a la gente de La Gloria. Después lo vio venir a Forestello y lo abrazó desde arriba, casi como un dios. Lo que quedó del partido se guardó la pelota y no se jugó más.

Este final de temporada de película pudo no haber ocurrido. A fines de 2000, Banfield ya era el Banfield de Garrafa Sánchez. En su inventiva de potrero vivía la ilusión de ascender a primera, pero de sus piernas dependía poder para pagar los sueldos adeudados. Estaba casi hecho su pase a un equipo de Corea, que quería potenciar su liga en la previa del mundial.
La última fecha antes al receso no jugó porque lo habían echado contra Ferro, el equipo descendido que le había ofrecido sacarse las ganas de jugar en primera a principios de año.
La 10 quedó vacante. Nadie la quería agarrar en el vestuario. Entonces apareció la inconsciencia juvenil de Damián “Cebolla” Giménez, lateral izquierdo de las inferiores, que vio una oportunidad única en su vida de vestir el dorsal más lindo de todos. Garrafa vio el partido en la tribuna con los dirigentes. Cuando terminó, fue al vestuario a buscar lo que es suyo. En esa época, la única posibilidad de llevarte indumentaria era en la última fecha, porque durante el torneo se reutilizaba para los partidos siguientes.
–Pendejo, dame la camiseta que tengo que hacer un regalo.
–Pará, Garrafa, ¿cuándo voy a volver a jugar con la 10? No tengo nada para llevarme.
–Dámela, que esta es la mía.
Para José Luis Sánchez la 10 era como la pelota, no la quería soltar por miedo a qué no se la devolvieran. Juntos formaban su armadura que hoy está en las pieles, sedas de seda. Puedo hacerte mil banderas, puedo hablar de fantasía. Garrafa habló con el utilero a ver si había dos número 10 y le dijo que no. El tironeo siguió, pero el Cebolla no largó la camiseta Diadora con la 10, que aún conserva. Garrafa lo puteó en todos los colores. Le dijo que tenía que viajar a Corea, pero ya se iban a cruzar algún día. El encuentro fue rápido porque José Luis no pasó la revisión médica y volvió a Banfield después de las vacaciones.
El primer día de pretemporada el Cebolla sentía detrás suyo la voz de Garrafa: “Vos, pendejo, no me diste la camiseta. Yo no me olvido. Cuando termine el entrenamiento te voy a cagar a piñas”. Así toda la práctica. Cuando terminó, Garrafa le dijo: “Te espero afuera, vení al auto”. Cebolla estaba resignado a que se iba a tener que pelear con la figura del equipo. “Cuando vamos al auto, me dice: ‘tomá, esto es para vos’ y me da una remera igual a una que él tenía y yo siempre le decía que me gustaba”, recuerda Giménez.
Además Garrafa le dijo: “Te quiero pedir disculpas. Menos mal que no me diste la camiseta porque a la persona que se la iba a regalar terminó siendo un forro”. El Cebolla se emociona al recordar ese gesto de Garrafa “que describe lo que era: calentón, rabioso, te podía decir cualquier barbaridad cuando se enojaba o te hacía cualquier maldad. Pero enseguida mostraba la gran persona que era. Son gestos que no me olvido nunca más”.

Caído el pase de Garrafa a Corea, los dirigentes fueron sinceros con los jugadores. No había plata y se podían ir si querían. Pero era un grupo de futbolistas obreros que se quedó a pelear por el ascenso con el 10 como abanderado de los humildes. Un Loco que les hizo creer que se podía. Vivía repitiendo que “Garrafita no pierde las finales”, ya sea en el Centenario de Quilmes o jugando al truco contra los integrantes del programa Mar de Fondo.
Había un mito popular del ascenso sobre un amistoso entre El Porvenir y la Selección Argentina de Passarella antes de Francia 98 con un baile de Garrafa, que llevó a Gallardo y Simeone a preguntar “¿quién es este este viejo?”. Tenía 23 años, pero ya no tenía pelo. Por eso después de ganar la final en Quilmes, el mediodía del 20 de mayo de 2001, a un año del mundial de Corea-Japón, el Dios del Potrero volvió a Banfield a festejar con su gente. Que lo levantó en andas para la vuelta olímpica mientras le cantaba “para Garrafa, la Selección”. A los pocos días fue a ver a River un partido por Libertadores. Quería conocer a Andrés D’Alessandro. Cuando el Cabezón lo tuvo enfrente, se invirtieron los roles. Le dijo: “Te vi todo el ascenso. Casi que me pongo un póster tuyo en la pieza. Sos mi ídolo”.
Garrafa no se va
No se va, el loco no se va
Gritan la villa y el barrio sur rezando por un milagro más
No se va, Garrafa no se va
Dios precisaba un Diez – Martín Alvarado
Garrafa Sánchez jugó cuatro años en Primera División con Banfield. La primera temporada lo salvó de jugar la promoción con un gol de tiro libre contra Independiente. La tercera, por la misma vía, metió el gol contra Central en el partido que se festejaba el ingreso a las copas internacionales. “Mi viejo me decía ‘¿cuándo vas a jugar en primera?, y ahora me está mirando de arriba. Eso me duele un poco”, le dedicó llorando la clasificación al padre. Se dio el gusto de jugar algún partido de Sudamericana y Libertadores. Los dirigentes lo dejaron libre a mediados de 2005, cuando él quería seguir. Venía de una operación de pubalgia en 2004 y una fisura en un hueso de la cadera que le fueron quitando continuidad. Le dio bronca no poder despedirse de la gente en la cancha. Algunos hinchas soñaban con un partido homenaje cuando se retirara en el Florencio Sola, jugando contra Laferrere.
Tuvo que adelantar su regreso al club de sus amores, donde soñaba con retirarse a los 35 años. Tenía 31 y llegó a un equipo que estaba en la B Metropolitana. El primer entrenamiento le empezó a preguntar a todos cuánto calzaban. A la semana cayó con una bolsa llena de zapatillas y botines nuevos para todos sus compañeros y los pibes de la cuarta que entrenaban con primera. También, los invitaba seguido a todos a la casa a comer asados. En agosto del 2005 volvió a ponerse la camiseta verde y blanca de Lafe. Ese día su equipo perdió 1 a 0 con Temperley de visitante. Entró en el segundo tiempo y mostró destellos de su potrero. También mostró su faceta de gordo calentón y lo expulsaron por protestar.
Cuando llegó a Banfield le habían dicho dos cosas: “No te hagas expulsar y ojo con las motos”. Lo primero no lo pudo cumplir. Lo segundo lo hizo cuando nació su hija Bárbara, en 2000, y necesitaba un auto. No ocultaba que más adelante iba a volver a tener una moto. Le encantaban. Por más que esa pasión le había frenado la chance de su vida. En el 96, con Laferrere jugaron un amistoso contra el Boca de Bilardo en el Sindicato de Empleados de Comercio en Ezeiza. Como la fecha siguiente el Xeneize ganó, el Narigón por cábala pidió jugar de nuevo con Lafe. Garrafa se destacó y le ofrecieron empezar a entrenar con ellos.

“El tema es que no tenía con qué ir hasta allá, porque no hay colectivos. Me mandaba con mi moto, una CBR 600. Un día, por la autopista, pasé por al lado de la camioneta de Pumpido, que llevaba a Bilardo. Me vieron y como había una cláusula que les prohibía a los jugadores andar en moto, al día siguiente me dijeron que no fuera más. Yo sabía que no podía andar en moto, pero, ¿iba a ir a dedo? Por eso digo que no me arrepiento”, contó Sánchez. Trataba de llegar temprano para que no lo vieran, pero el día que cruzó al cuerpo técnico de Boca iba a ciento y pico por la Richieri porque estaba llegando tarde.
Bilardo daba otra versión de los hechos: «Esa anécdota que cuentan de que yo no lo quise en Boca es cierta, pero no como lo narra la mayoría. Yo soy amigo de Rubén Costoya, que en ese momento era presidente de Laferrere. Él me propuso disputar un amistoso con Boca porque quería que viera a un jugador que era un fenómeno. Lo hicimos y realmente me gustó como jugaba Garrafa. Pero llegó y se fue del lugar en una moto impresionante. Por eso fui y le dije al presidente: ‘Mirá, la verdad es que este muchacho es muy bueno, pero en Boca no puedo meter más gente. Igual, lo mejor que podés hacer es recomendarle que deje la moto».
Garrafa manejaba motos desde los 15 años y también desde esa edad estaba de novio con Alicia, con quien tuvo a Barbie, y que en enero de 2006 estaba embarazada de Nico. A quien José Luis no llegó a conocer. Tuvo un accidente con la moto en su Laferrere querido, en la puerta de su casa que le había comprado a José Argerich, uno de los primeros técnicos que tuvo en Lafe y a quien quería como un padre. Después de estar unos días con muerte cerebral en una clínica en Moreno, falleció el 8 de enero a los 31 años. Cuando estuvo internado antes de morir, Bilardo se acercó al hospital a verlo, en un gesto muy valorado por la familia.
En la película de Garrafa, la mamá, Antonia, cuenta que le decía “Josecito me contaron que vos andás muy fuerte en la moto”. Él le respondía: “Ma, cuando te llega la hora, cuando dios dice basta. Así esté en la vereda, viene un coche, te atropella y te mata. Cada uno tenemos nuestro destino marcado, de la muerte no hay que tener miedo”. El periodista de ESPN, Jorge Barril, que relató la campaña de Banfield, describió en Deportv la manera de vivir que tenía: “Él no sacrificaba juntarse con amigos, hacer un asado con la familia, salir a hacer locuras con la moto. Él priorizaba eso. Era un bohemio del fútbol, Garrafa”. Su hermano de la vida, Forestello, cree que “vivió como quiso, a su máxima velocidad”. Antonio Almirón, que iba en ese auto matancero hasta Gerli, siempre se acuerda de él: “Para mí no falleció, yo parece que lo voy a encontrar en Laferrere, muchas veces miro por la estación porque lo cruzaba ahí”.
El velatorio fue en la sede social de Laferrere, donde además de familiares y amigos, acudió gente de los tres equipos donde jugó. Hinchas de Lafe cambiaron camisetas con los del Porve, como si hubiese finalizado un partido. La Copa Garrafa Sánchez que unirá tres barrios por la eternidad. A uno de Banfield que tenía la negra Diadora con la 10 del ascenso en cancha de Quilmes, se le acercó uno de Lafe y se la quiso comprar, le mostraba que tenía la plata para convencerlo que le entregue esa reliquia.
Cuando ya estaban por llevarse el cajón para el entierro, surgió en el momento la idea de abrir el estadio y darle el último adiós ahí. La gente de Lafe se juntó en la cancha a despedir a uno de los suyos bajo el rayo de sol de enero. En el césped, un grupo cargó el cajón y dio la conmovedora vuelta olímpica que no pudo hacer en vida. La madre iba al lado repartiendo besos a la tribuna. La gente se colgó de los alambrados para alcanzar el cielo. Adonde no llega el cuerpo, llegan los gritos que se hicieron canto multiplicado con una sentencia: «El Loco no se va, el Loco no se va».

*
La primera fecha después de su muerte, Banfield debuta como local contra Racing. El Cholo Simeone, en sus últimos meses como futbolista, aplaude desde el banco después del minuto de silencio, recordando aquel amistoso con la Selección con los ojos vidriosos. Hasta los hinchas de Racing aplauden. Los jugadores de Banfield salieron con una remera negra que decía “Garrafa nunca te olvidaremos”. Había muchas banderas para recordarlo: “Mil gracias Garrafa por tantas alegrías. Por siempre estarás en nuestros corazones” y “La pelota llora se fue la magia”. Cuando murió el cantante de cumbia El Noba, en su barrio Florencio Varela, también por un accidente con la moto, su colega La Joaqui dijo: “Siento que la magia abandonó el mundo”. Las calles no olvidan a los que representan a su barrio.
Los hinchas de Banfield, como los de Lafe, canalizaron el dolor a través del canto: “Garrafa Sánchez no te olvido nunca más” y “Vamo Banfield ponga huevo, que el Garrafa alienta desde el cielo”. El Taladro ganó con dos goles de su 10 Jesús Datolo, uno de tiro libre para volver a creer en los milagros. Había una bandera que decía “Gracias dios por haberme dejado verte con botines”. Ya había alguien nuevo al que rezarle. Al Dios del Potrero.
Lucas Jiménez
Twitter: @lucasjimenez88
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