Claudio Tamburrini era arquero de Almagro cuando lo secuestraron de su casa en Ciudadela. Al tiempo logró escapar del Centro Clandestino de Detención. Su vida es de película. De soñar con atajar en grandes clubes a tapar la pelota más difícil de su vida. Escribe Santiago Núñez.
Había soñado con usar esas manos para atajar en primera división, en un club grande o incluso en la selección argentina pero la vida tenía preparado otro destino. En ese momento no había guantes, ni buzo ni arco. Las manos estaban esposadas, porque todo no se pudo, y él se deslizaba con ellas hacia abajo en una soga improvisada, hecha de sábanas con un cuero que las ataba para que el pasamanos vertical no perdiera fuerza.
Si Ortega y Gasset dijo alguna vez “yo soy yo y mi circunstancia”, la vida del escapista no estaba en el contexto más propicio: como ser, era arquero, pero su valor relativo del momento era de un hombre que, en búsqueda de libertad, se fugaba de “su” centro clandestino de detención.
***
Claudio Tamburrini nació el 18 de noviembre de 1954, en Ciudadela, el mismo lugar en el que 23 años después se lo llevaron dos personas disfrazadas de civil. ¿Las razones? Dos. Por un lado, había una dictadura sangrienta dispuesta a aniquilar a diestra y siniestra a todo el activismo obrero y popular y más también. Por otro, él era un joven que, además de ser arquero de Almagro, militaba en la Federación Juvenil comunista y organizaba, en sus tiempos de secundaria, el centro de estudiantes del Nacional N° 13 Tomás Espora de la localidad de Liniers.
Durante su cautiverio en el centro clandestino Mansión Seré (Morón) solía darse el siguiente intercambio.
-¿Quién es el arquero de Almagro? – interrogaban los genocidas
-Yo
-Atajate esta.
La frase venía con golpes, humillaciones, torturas, obligaciones para que el cautivo quede desnudo en el piso mientras le arrojaban líquido y hasta lo barrían con una escoba como si fuera basura.

Todo hasta que Guillermo Fernández, compañero de sala, ideó un plan. Con un tornillo que se había desprendido de la estructura de la cama y que había ocultado durante un tiempo debajo de la almohada, logró abrir la ventana. Por primera vez en cuatro meses, Tamburrini sintió el aire fresco. Con el armado de unas sábanas lograron bajar, huir y esconderse en un garaje hasta que llegó el padre de otro de los compañeros fugitivos y lograron irse.
Claudio se exilió en Suecia, donde vive al día de hoy y se recibió en la carrera de Filosofía. En 2008 volvió al lugar de su secuestro, reconvertido en el centro deportivo Gorki Grana del Municipio de Morón, en un partido homenaje. Claudio atajó y, según cuentan los periodistas Ariel Scher, Guillermo Blanco y Jorge Búsico en el libro Deporte Nacional, le preguntaron cómo se sentía y respondió: “La memoria, invencible, sigue jugando”.
El ex arquero de Almagro nunca llegó a la selección ni a un equipo grande. En el documental El Arquero Inocente, recientemente estrenado por Ivan Kasanzew y su equipo de producción, Tamburrini dijo que el penal más importante de su vida, el que definía si su camino seguía o se moría, lo atajó. Las manos de Tamburrini son grandes.
***
Claudio Tamburrini está pegado a la radio. Su vida es temerosa, aunque más bella que el pasado reciente: hace tres meses se escapó del campo de concentración en el que lo secuestraron. Es una suerte de prófugo. Pero ahora solo escucha, nervioso, aunque su ansiedad va bajando a medida que llegan los goles de la selección argentina en la que siempre soñó jugar. Minuto 20, Kempes. 43, Tarantini. 48, Kempes. 50, Luque. 67. Houseman. 72. Luque. Argentina 6, Perú 0. La albiceleste es finalista del mundo luego de 48 años. Carnaval.
No sabremos nunca si Tamburrini lo pensó, pero el último partido del seleccionado contra Perú se había dado el 23 de marzo de ese año, la misma noche en la que Tamburrini empezó la fuga que terminaría el 24, segundo aniversario del golpe militar.

Cuando sus compañeros de casa llegan, con jolgorio, se preparan para ir al obelisco a festejar. Lo invitan a Claudio. Mejor dicho: lo instan a ir. A Tamburrini le agarran un sinfín de sensaciones que él mismo explica en una nota del portal Papelitos: “Temía toparme con alguno de mis captores. La probabilidad de tal encuentro en una megaciudad como Buenos Aires es ínfima. Pero el miedo no entiende razones. Ésta es sin embargo una situación diferente. No se trata sólo de mi temor. Me pregunto también si es correcto salir a la calle a celebrar un triunfo deportivo bajo un régimen dictatorial que mantiene secuestrados a miles de ciudadanos. Muchos lo harán por desconocimiento. Yo no tengo ese dudoso privilegio”.
Pero Claudio va igual. La multitud, feliz, lo va ablandando. Los miedos no terminan nunca, pero empiezan a mimetizarse con las caricias de la juntada. Tamburrini empieza a ser parte de algo más que sí mismo y su alma. Se termina de convencer que la historia es más justa que la vida cuando escucha la siguiente secuencia del pueblo argentino.
-¡Abajo la dictadura! -grita un corazón foráneo.
Y una voz responde: ¡Abajo! ¡Argentina! ¡Argentina!
Santiago Núñez
Twitter: @SantiNunez
Lástima a nadie, maestro necesita tu ayuda para seguir existiendo:
