A 44 años del inicio de la guerra de Malvinas, un ex futbolista de Independiente, convocado para ser soldado en Malvinas y dueño de la panadería La Reina, nos cuenta su historia.
Omar José Bertrand es panadero y tiene 62 años, nacido en Capital, número 539 del sorteo para hacer el servicio militar en Buenos Aires. En ese momento era jugador de fútbol en Independiente de Avellaneda, club que trató de acomodarlo para que su colimba sea más llevadera. Su papá, Omar Evaristo Bertrand, panadero de oficio e hincha fanático de Independiente, le enseñó a su primogénito sobre sus dos profesiones: la mejor crema pastelera del país y la formación de las finales del Rojo en las Libertadores del 64, 65, 72 y 73.
Hicieron un arreglo para que Omar fuera todos los días a Campo de Mayo, firmara el presente y se retirara a entrenar. Un día, a principios de marzo del 82, fue a hacer el trámite diario y le dijeron: “Espere acá”. Sus compañeros estaban formados y veía que todos corrían para acá y para allá. Vio cómo un oficial le dijo al otro: ‘¿Y este qué hace acá? No, denle el uniforme’, y no salió más. Así comenzaron sus 18 meses de colimba en el año 1982.
Ahora Omar está sentado en la cocina de su casa y se levanta a sacar la pava del fuego, que ya está chillando. Ceba el primer mate y lo escupe en la pileta de la cocina mientras se acomoda los anteojos en la cara, y empieza a despertar aquellas vivencias en Campo de Mayo, como si todos los días fueran un 2 de abril.
“Me pusieron la ropa, me formé con los demás muchachos y había muchos chicos que lloraban. Y bueno viste, uno ve que lloran algunos, tenés 18 años y pensas ‘qué boludo este, está llorando’. Y no. Al final eran los más vivos, los que sabían que era una guerra. Nosotros con 18 años no nos dábamos cuenta, no estábamos preparados. La cabeza de cada uno era diferente. Siempre me acuerdo porque algunos decían ‘no llorés’. Esa mañana fue terrible, porque después entras a pensar dónde van, quiénes van, te empiezan a preparar… y si. Fue una experiencia que… ese día no se olvida más”, cuenta mientras vuelve a sentarse en la mesa.
Ese día, el Capitán en su discurso dijo: “Hoy es un día histórico. Pensar que muchos militares no tuvieron la oportunidad que tienen ustedes… tienen la oportunidad, en millones de años, de defender la patria. Estamos en guerra”, cuenta Omar, eufórico, agitando las manos para todos lados, casi burlándose. “Claro, él se pensaba que era un sueño. Nosotros nada que ver; queríamos irnos”.

Argentina-Inglaterra: un partido interminable
En Argentina todo está atravesado por el fútbol. En el medio de la última dictadura cívico militar ganamos el primer Mundial con los desaparecidos en la ex Esma escuchando los goles que gritaban en la cancha de River mientras ellos permanecían en la clandestinidad a manos del Estado. Años más tarde, en 1982, los jóvenes argentinos comenzaban a prepararse para defender el suelo de su patria ante el ataque inglés. Con 17, 18, 20 años aprendieron a disparar, a correr como nunca, a obedecer como nadie y a abandonar la vida que querían construir porque tal vez su vida se iría en ello.
La dictadura en manos de Galtieri en aquel momento mandó a ciudadanos sin preparación alguna a cargar con la responsabilidad de ganar un conflicto armado en una isla que no conocían, sin abrigo para las bajas temperaturas, sin comida ni abastecimiento para sobrevivir y con dos escarbadientes para defenderse. En la vereda de enfrente, un ejército comandado por Margaret Thatcher, totalmente preparado y dispuesto a desterrarlos para quedarse con lo que no les era propio.
En el servicio, el día empezaba a la mañana tempranísimo. Antes de las 6 ya estaban levantados, formados, esperando el primer rayo de sol. Se izaba la bandera y empezaban a trabajar. Les enseñaron a disparar con armas de fuego, a pelear, a esconderse, pero sabían que no eran los primeros a los que iban a llamar para la guerra. Llegaba una lista todos los días y los que aparecían, se iban. “Un parto era. Sabés lo que es levantarte, estar jodiendo, te preguntan ‘¿Fuiste?’, ‘No, no fui’. Hay alguno que siempre va y volvía y te decía ‘¡Che! ¡Estás vos! ¡Estás en la lista!’. Todos llorando… Venían los milicos y te decían ‘Bueno, agarrá tus cosas’, ¿qué cosas? ¡Un casco, un fusil, una toalla chiquita y mové! ¿Qué cosas? No te armás una valija para ir a la guerra. Y esos no volvieron nunca más…”, cuenta Bertrand.
Al día de hoy, sus compañeros se siguen juntando una vez al año. La primera vez fueron 60, luego 50, después 40. Muchos murieron, muchos se mataron y, a medida que pasa el tiempo, son cada vez menos. Cuando se reúnen, además de contar anécdotas, también hablan de la actualidad de la causa y del proyecto de una jubilación para Veteranos de la guerra.

Así llegaron hasta el Mundial de 1986, con la democracia recomponiéndose y la revancha de la guerra jugándose en el Estadio Azteca de México. Diego Armando Maradona le puso nombre y apellido a la victoria de Argentina ante Inglaterra, primero convirtiendo un gol con la mano y luego sacándolos a bailar por toda la cancha. Superados por la picardía del astro argentino, los ingleses se fueron de ese evento deportivo con el mismo asco que les daba a los veteranos de Malvinas escuchar que a aquel suelo por el que muchos perdieron la vida ahora lo llaman “Falklands”. Esa copa del mundo le puso una curita a la cicatriz gigante de años de un pueblo desangrado por defender su soberanía y su honor.
36 años de sequía más tarde, en la previa a un Mundial que parecía ser la última oportunidad para todos, la canción que los hinchas le armaron a los jugadores para alentarlos desde la otra punta del planisferio recordaba con énfasis: “En Argentina nací, tierra de Diego y Lionel; de los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”.
Si quieren venir, no vengan
Los primeros días de marzo de 1982 le llegó la carta, todavía con 17 años: ‘Se solicita que Omar Bertrand se presente al servicio militar’. Habló con el club y le dieron los permisos para firmar el presente, pero no pudo hacerlo. “Yo iba, daba el presente y me iba a entrenar a Independiente. Ese día fui, di el presente y no aparecí más. A los tres, cuatro meses, ¡cuatro meses! me encontró mi papá. No te olvides que no había celular, nadie te daba información, nada”.
Los padres de Omar recorrieron todos los alrededores de Campo de Mayo buscando a su hijo, que un día fue a entrenar y no volvió más. Eran panaderos, oficio que luego le enseñaron y del cual vive, así que al mediodía, cuando cerraba la panadería, agarraban el auto y salían a recorrer los barrios del conurbano con la esperanza de encontrarlo. También llevaban a su hija más chica, Karina, de seis años. Cuando pasaban las horas y no aparecía, volvían a trabajar y, al otro día, comenzaban la misma rutina de nuevo. Así pasaron cuatro meses hasta que se les ocurrió ir a la fábrica de tanques de Boulogne. Estacionaron el auto y comenzaron a caminar al lado de una larga fila de soldados formados. Omar los vio, pero no podía hacer ni decir nada, porque estaba formado, así que le guiñó el ojo a su pequeña hermana con la ilusión de que lo reconociera. Cuando pasaron, escuchó a lo lejos cómo la niña chillaba de alegría: ‘¡Aquel soldadito, allá! ¡Me cerró el ojo!’. Su familia lo había encontrado.

“Cuando me encuentra mi papá después me iba a ver, y hablábamos desde una ventanita que había en una pared que tenía cuatro metros de alto. Yo dentro del Campo, no podía salir, y el pelado del otro lado”, recuerda el ex futbolista mientras el vapor del agua sale de la yerba.
— Quedate tranquilo, gordo. Hoy volteamos tres aviones, cuatro barcos… — su papá le contaba desde el otro lado de la pared lo que escuchaba en la radio.
— No, pa, no le creas
— ¡Pero no!
— Bueno, bueno, pela. Quedate tranquilo.
Omar sabía que a su familia le mentían.
— ¿Vos estás bien? ¿Te falta algo?
“Mi papá estaba entusiasmado porque escuchaba en radio Rivadavia que íbamos a ganar la guerra. Se vivió de dos maneras: los que estaban adentro, y los que estaban afuera. A la gente le mentían con todo: donaciones, llevamos esto y qué sé yo, y los que estábamos adentro sabíamos todo. ¡La nafta se robaban! ¡La nafta! Nos hacían ir a Viejo Bueno, en Bernal, llenábamos un camión cisterna y siempre a alguno le tocaba llenar todos los coches de los tipos: los famosos falcones verdes”. El agua del mate comienza a entibiarse.
Hoy es otro 2 de abril y en toda la Argentina aparece un eco de memoria. A veces la vida es curiosa. Mientras vamos camino a un Mundial, aperecen algunos voceros queriendo disminuir el impacto político de darle o no la mano a Trump, que quiere llevar al mundo a una guerra por sus intereses, u otros que se esfuerzan en separar permanentemente el fútbol de la política. Vaya paradoja: hubo un tiempo en este país en el que los futbolistas fueron obligados a resignar su carrera deportiva por ir a defender el suelo de esta patria. Dejaron en un archipiélago del Atlántico Sur sus rodillas sanas, sus sueños, sus compañeros, y muchos de ellos sus vidas. Incluso a algunos, como Omar, les frustraron el sueño en el servicio sin haber pisado Malvinas. Hoy aquellos que soñaban con ser el próximo Bochini son los responsables de llenar un horno de barro con facturas en Roca y Las Heras, en un rincón de Tandil.
Con el correr de los años, el padre de Omar Bertrand, número 539 del sorteo para hacer el servicio militar, padeció demencia senil hasta que falleció. El hombre podía confundir el nombre de sus nietos y no recordar dónde estaba ni por qué, pero seguía recordando de memoria la formación del Independiente campeón de la Libertadores. Así le va a pasar a su hijo con las islas Malvinas, y nos tiene que atravesar a todos: por todos aquellos que perdieron su vida en esa batalla tenemos prohibido olvidar que fueron, son y serán argentinas.
Agustina Coto
Instagram: @aguscoto_
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