El día del arquero

El equipo llega la vestuario, dispuesto a jugar una final para ascender pero algo falta. Se olvidaron a los dos arqueros en la concentración. Marcelo Calvente nos trae una historia insólita del ascenso de Lanús en diciembre del 76.


Luego de perder tres chances consecutivas en dos años y medio, Lanús resultó el ganador del torneo de ascenso de 1976. No obstante, ese título no lo habilitaba al segundo ascenso; para terminar con la mufa debía ganar además un torneo reducido, en el cual fue venciendo a Tigre 2-1; a Central Córdoba 5-1; a Los Andes 3-2, todos en cancha neutral. El cierre del reducido fue en un estadio de San Lorenzo colmado de bote a bote ante su principal perseguidor, Almirante Brown, con victoria clara del Grana desde el inicio, con gol de Epifanio de penal a los 2’, confirmada por el tanto de Clausi a los 30’ del complemento que desató la suspensión del cotejo por falta de garantías. Crosta; Zarate, Giachello, Canio y Ojeda; Crespo, -aunque esa tarde en su lugar jugó Ernesto Suárez- Lodico y Del Río; Epifanio, Nani y Clausi, la formación base de aquel once granate para el recuerdo, uno que teniendo en cuenta los diferentes contextos de una vertiginosa y cambiante vida institucional, por siempre deberá permanecer en la lista de los grandes elencos campeones de la historia del club Lanús.

Pero Lanús es Lanús porque siempre subyace una pequeña e increíble historia oculta en las entrañas de la gran historia. Durante los últimos cuarenta días de aquel torneo de 1976 que Lanús no podía perder, el plantel granate se mantuvo concentrado en Estancia Chica. En todo ese tiempo los jugadores no salieron a la calle y apenas podían recibir cada domingo la visita de sus familiares durante algunas horas. Una verdadera cuarentena en la que pese al largo encierro, o tal vez gracias a él, los integrantes del plantel consolidaron su amistad, buscando distracción en los juegos de cartas y otros entretenimientos compartidos. Noche por medio se preparaba un cuadrilátero delimitado por sogas, y rodeado por las sillas que ocupaban los privilegiados espectadores, los propios jugadores, algunos de los cuales tenían la misión de fallar en la pelea estelar de cada jornada entre el masajista Pocho Iturria y su ayudante, Pascualito, ambos con pasado de boxeador. Pocho había combatido con escasa suerte en el campo rentado, e incluso dos veces había enfrentado al gran Horacio Accavallo, aunque en ambas había perdido por knockout. La carrera de Pascualito había sido más modesta aún: no había podido superar la categoría de boxeador amateur. La cuestión es que los futbolistas, entusiasmados con el nuevo entretenimiento, se habían hecho traer un par de guantes de box, y en su condición de árbitro uno y de jueces otros, se confabulaban para que finalmente Pascualito se alce invariablemente con la victoria, más allá de toda justicia y merecimientos, cosa que sucedió en cada enfrentamiento. Al histriónico masajista lo volvían loco. Cuando advertían que estaba en condiciones propicias para golpear a su rival, independientemente del tiempo transcurrido, hacían sonar la improvisada campana. Y cuando la pelea al cabo de tres rounds llegaba a las tarjetas, las mismas reflejaban una abrumadora ventaja para el ayudante y Pascualito empezaba a los gritos. Esa era la principal distracción de un plantel que estaba a punto de obtener el tan ansiado ascenso.

Todo transcurrió de la mejor manera hasta que llegó el partido final. Fue la tarde del 18 de diciembre de 1976, y por circunstancias tan inexplicables como increíbles, Horacio Crosta y Pedro San Miguel, los dos arqueros del plantel, no subieron al micro que partió rumbo al estadio de San Lorenzo con sus compañeros. Los dirigentes de Lanús y el cuerpo técnico, tanto como el resto de los futbolistas, recién advirtieron la situación al llegar al viejo Gasómetro luego de un viaje con clima de fiesta, con cánticos y expectativas ante la gran definición que Lanús no podía perder, ya que era la cuarta chance consecutiva luego de tres duras derrotas, ante Estudiantes de Caseros en Atlanta en 1974, San Telmo en Huracán en 1975 y Almagro en el Gasómetro al terminar la primera rueda de ese mismo campeonato de 1976, gracias a la cual Platense había logrado un ascenso milagroso, tres finales perdidas que le impidieron volver a la divisional mayor. La cuestión es que de manera inexplicable se habían olvidado a los dos arqueros, quienes involuntariamente no formaron parte del nutrido grupo que viajó en el micro. En Avenida La Plata reinaba el nerviosismo y se evaluaba qué hacer ante semejante imponderable, en Estancia Chica el buffetero del predio de Gimnasia y Esgrima La Plata se ofrecía a llevar a los futbolistas olvidados desde Abasto hasta el cruce Varela, disculpándose por no alcanzarlos hasta la cancha por lo largo del viaje, ya que no tenía a quien dejar en su negocio.

Mientras tanto, en los vestuarios de la cancha de San Lorenzo reina una enorme confusión. A pocos minutos del inicio del partido y sin noticias de los dos guardavallas, se tomó una drástica decisión: Carlos Lodico, el hermano del capitán, que había acompañado al plantel estando fuera de competencia por una rebelde lesión en un tobillo, se viste con la ropa de arquero y se calza los guantes dispuesto a atajar, dado que de los jugadores de campo de Lanús era reconocido unánimemente como el que mejor se las rebuscaba bajo los tres palos. Imaginemos la inusual escena: Mientras el Gasómetro se iba llenado de espectadores para la gran final ante Almirante Brown por un lugar en primera, en las entrañas del estadio se desarrollaba un absurdo drama que iba a obligar al club a explicar lo inexplicable, y afrontar un partido de semejante relevancia con un marcador de punta de 1,74 de altura, para colmo lesionado, teniendo que defender el arco granate en una final, después de tres ascensos perdidos de manera consecutiva.

En Florencio Varela, a menos de una hora del pitazo inicial, los arqueros Crosta y San Miguel, al borde de la desesperación, intentan con nulo éxito parar a cada auto que pasa para rogarle que los lleve al estadio. Hasta que como pocas veces en la vida, esta vez la fortuna jugó para Lanús: uno de los automovilistas que interceptaron era el cuñado del consagrado Ángel Clemente Rojas, integrante del banco de suplentes Granate en ese histórico cotejo. El hombre, que justamente se dirigía al estadio a ver jugar a su pariente, los levantó sin poder creer lo que estaba sucediendo, pisando el acelerador y pasando semáforos en rojo llegó al Gasómetro. Los dos futbolistas ingresaron corriendo a los camarines cuando faltaban ocho minutos para el inicio del partido, alcanzaron a firmar la planilla y fueron parte del cotejo -que comenzó 15 minutos después de lo establecido- con el resultado conocido: victoria de Lanús por 2 a 0, vuelta olímpica y ascenso a primera. Insólita, inexplicable y casi desconocida situación. Cuesta imaginar las repercusiones que, con cualquier marcador final, hubiera tenido la noticia, que deliberadamente se ocultó, de dos ausencias de semejante relevancia.

El año 1976 para Lanús fue una primavera en medio del desastre que se avecinaba. Y lo fue en parte gracias al accionar de un presidente, Lorenzo D’Angelo, que utilizó su condición de diputado nacional para el fortalecimiento edilicio del club. Él había armado aquel gran equipo, pero después del golpe militar de marzo la dictadura le quitó los fueros, lo apartó de la vida pública y trató de encarcelarlo por enriquecimiento ilícito, como hicieron con casi todos los funcionarios del gobierno depuesto. Sin embargo no fue preso porque encontraron que nada tenía, que todo lo que había conseguido desde su banca había sido para su querido club Lanús. Principalmente la cesión definitiva mediante un decreto, con la firma de la Presidente de la Nación, del terreno de más de 107.000 m2 donde se erige el polideportivo -hoy un predio de un valor incalculable, que con total justicia lleva su nombre- logrado contra reloj y sin pagar un peso, casi al mismo tiempo en que el país entero empezaba su violento calvario a la pobreza.

Marcelo Calvente

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