El cazador, capítulo 4: el regreso

Dardo, fanático del Ferrocarril San Martín, aparece asesinado en su casa. Su ídolo, Valentín “El Cazador” Rodríguez, decide regresar al barrio donde fue héroe y villano para investigar el crimen y saldar viejas cuentas. Cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá.

“Así que para hacerla cortita y resumir, muchachos… O nos arremangamos para tirar del carro todos juntos y luchamos por algo que todos queremos, o seguimos por este camino, comiendo mierda como todos los años y dejando pasar la oportunidad de darle una alegría a la gente que paga la entrada y que nos viene a ver para que la hagamos feliz, para que se sientan contentos de pertenecer a este club.”

Oscar Paracucchi, pretemporada de verano (2007)

  Cuando las últimas nervaduras de Buenos Aires comenzaron a aparecer como puntitos naranjas en la noche, lo que venía imaginando durante el vuelo comenzó a desvanecerse con la velocidad de un rayo.

  La metrópolis, raquítica y barrosa en los márgenes, a la buena de los dioses evangelistas que bajaban de Brasil, terminaba en aldeas primitivas donde el Estado apenas si llegaba con un destacamento escolar y algunos faroles rotos a balazos; iba ganando en musculatura a medida que profundizabas en ella y los puntitos se hacían puntos, líneas, manchones naranjas –algún patrullero, fortificaciones más sólidas, punteros e instituciones de otro tenor; muchos puntitos naranjas agrupados en torno a un botón antipánico por si todo lo otro fallaba–; si entrabas desde el sur, como era mi caso, a esa precaria tierra de los nadies la sucedía un cordón industrial en descomposición, el cementerio a cielo abierto de un país herido de muerte en los años setenta y ejecutado de un tiro en la nuca en los noventa, y luego sí, luego se dejaba ver el corazón de la ciudad para hacerte entender que ahí no era joda, que ahí no había lugar para los héroes ni segundas oportunidades. Fallar en Buenos Aires,  equivalía a morir en vida. O a morir, simplemente, si en la disputa por las migajas que había en danza te tocaba pisar la mina equivocada.

  Con una tenue sonrisa, irónico y avergonzado por lo que había soñado que podía llegar a hacer apenas pisara Aeroparque, pensé que era como el emperador Julio César al entrar a los pueblos, pero al revés: “Veni, vidi y me quedé bien en el molde”.

  Abajo, con un baqueteado Ford Fiesta estacionado en la Costanera, me esperaba Oscar Paracucchi, el flaco Cucho, veterano arquero del Furgón en el ascenso a la C del 2007, de día DT de la Cuarta del Deportivo Hernandarias y de noche chofer de Uber.

-Al perro mandalo atrás. ¿Es bueno o hijo de puta?

-Tremendo turro, Mal Llevado. Pero no se va a mover, tranqui.

-¿Cuánto te cobraron por traerlo?

-Me arruinaron. Saqué pasaje de un día para el otro.

-Me imagino… -comentó, con medio cuerpo adentro del auto– Si querés fumarte un puchito dale ahora que no me gusta que fumes al lado mío.

-Dale, flaco. Gracias.

-“Gracias” no. ¿Cuándo vas a dejar esa mierda?

  El flaco volvió con termo y mate y comenzó a cebar.

-Mirá qué servicio, Cazador.

  Tenía el pelo canoso y abundante, cara de dormido, una camisa a cuadros abierta y arrugada. Eran las 4 de la madrugada y ya hacía más de veinte grados, lo que presagiaba un día infernal. A nuestras espaldas, desde el río de la Plata venía una brisa bastante agradable que daba ganas de quedarse ahí haciendo huevo hasta que llegara el amanecer. Tomé dos mates, apuré el cigarro y nos subimos al auto. Un par de pescadores se dieron vuelta y saludaron a Cucho a la distancia, y este los correspondió con dos bocinazos.

-El gordo es del Doque, nos cagamos de risa cuando me dijo que me veía cara conocida.

-¿Hace mucho que estabas esperando?

-Quince minutos. Vine a traer a unos boludos a Retiro y ya me quedé.

 Cuando dejamos atrás el Monumental ya estábamos al día con los temas familiares. No nos habíamos visto en mi visita anterior porque él en esos días había estado en Mar del Tuyú con la mujer y uno de sus nietos. Hombre del fútbol desde hacía cuarenta años, sus vacaciones iban del 15 de diciembre al 3 o 4 de enero.

-¿El Violeta? –le pregunté por el Deportivo.

-Desastre. Si entran veinte pesos al club, la barra de los Cardozo se queda con quince. Qué podés esperar.

-¿Así nomás? ¿Y la gente nueva, che?

-La gente nueva –repitió, socarrón–. Sí, quisieron poner orden los primeros días, ¿pero cómo hacés? Si vas a plantarte a una reunión de la comisión y a la vuelta tenés un Cardozo fumándose un pucho en la vereda de tu casa. No, no: duraron quince minutos y tuvieron que cerrar el orto como todos.

-Otra no queda.

-Y no, una lástima porque estos parecía que iban a ir al frente. Yo igual los entiendo, eh, porque la verdad que quedás atado de pies y manos… En el último año se desconchó todo con estos personajes. Los contratos ahora los cierran ellos, Caza, te citan ahí en la Shell de la rotonda y piden tanto para firmar. Por eso tampoco sube ni pelea campeonatos, y tampoco los va a pelear el día de mañana. Porque a la barra no le conviene.

  A nuestra derecha, apareció la cancha de Platense. En la General Paz no había nadie y calculé que llegaríamos a Almafuerte a eso de las 5.

-Pero es más

-Más guita pero más controles. En la Metro no hay tanto control de la AFA y los pocos representantes que hay son medio lope, muchos jugadores son pibitos que están cagados de hambre y agarran las diez quince lucas. Ya en la B Nacional por ahí te tenés que sentar a negociar con abogados o con otras barras, con sindicalistas… Se complica un poco más jugar por izquierda, no es fácil a ese nivel, vos sabés cómo es. Hoy cualquier matungo de la B Nacional está en las cincuenta sesenta lucas mensuales.  

-¿Y cuánto muerden estos Cardozo?

-Y… Si el club dice que paga cuarenta, el jugador cobra la mitad. Como te digo, va a la Shell, deja veinte arriba de la mesa y les firma el recibo por cuarenta. Y con pibes de diez, veinte lucas, no peleás campeonatos en la B Metro. Hoy en el Albo, en Colegiales, hay algunos muchachos cobrando cien lucas limpias. Y ni siquiera estamos hablando de estar al día, eh, los nuestros juegan por el puchero.

-¿Y abajo, flaco? ¿También la pudrieron? –pregunté, algo sorprendido por cómo había cambiado el panorama del prestigioso Deportivo Hernandarias. Lo de la barra arreglando los contratos era impensado un tiempo atrás.

-En inferiores la papa es la cuota social. No, cambió mucho, nada que ver a como era antes. Hoy cada pibito paga quinientos por mes, porque ahora en la mayoría de clubes los obligan a hacerse socios del club. Treinta pibes por seis categorías son noventa lucas. Noventa lucas en AFA y noventa en Liga. Así que estamos hablando de ciento ochenta mil pesos por mes, más treinta o cuarenta de las Infantiles que pagan un bono. Ponele que sean doscientas lucas por mes en total.

-Buena guita.

-Qué te parece. Encima al coordinador lo pusieron ellos, es un cuatro de copas que no pateó una pelota en su vida y fue bien clarito: de Quinta a Novena se fichan pibes que paguen la cuota, no importa que jueguen bien o mal. Entonces el único filtro serio lo tengo que hacer yo, así que de sacar buenos jugadores ni hablemos. Ponele que de sesenta pibes que suben por año yo me quedaré con cuatro o cinco, y a los demás los tengo que salir a buscar, no me queda otra. Y el resto chau, los tengo que dejar libres porque sinceramente no están ni para jugar a las bolitas.

-Están peor que nosotros, Cucho.

-Pero por la mierda. Cambiale la yerba al mate.

  Cucho hizo silencio para concentrarse en la curva que había en el empalme con la Panamericana, también semidesierta. Una formación fugaz del Belgrano pasó traqueteando por encima de nosotros.    

-Qué triste lo que contás. Pobres los pibitos, ¿no?

-¿Y por qué te creés que me quiero rajar? Si llegan a ganar los de tu hermano voy a armar un proyecto abajo de la concha de su madre.

  Cucho acomodó el Fiesta en el segundo carril. 

-¿Te fueron a hablar, Cucho? –pregunté, pasándole el mate y ya corriendo por la autopista a ciento treinta kilómetros por hora.

-Sí. El hijo del diariero, Balmaceda chico. Me dijo que te iba a tantear para encabezar la lista.

-¿Qué le dijiste?

-Que estaba en pedo, qué le voy a decir. Pobre pibe.

-Lo saqué cagando. ¿A vos qué te ofrecieron?

-En principio agarrar la Primera, pero le dije que estando Miguelo ni me hablara de la posibilidad. Así que la idea sería coordinar las inferiores. Cuando me enteré que lo mataron me llamó tu hermano, me dijo que la propuesta seguía en pie y que nos reuníamos en estos días. “Pero sí, pibe”, le dije, en este momento es lo de menos.

-Qué tema, Miguelo ¿no? Porque querés que le vaya bien pero a la vez estando Lozano o el forrito de Cuco no sabés qué es mejor, que gane o que pierda.

-Y no, no sabés por quién hinchar. Si Miguelo lo asciende, a Lozano del club no lo sacás.

-¿Lo ves a Miguelo ascendiendo? ¿Viste al equipo?

-Mirá, en principio dejó la pala así que debe estar más lúcido. Y lo hace jugar bien al equipo, eh, con extremos y enganche. Y en el medio también, también porque junta todos chicos de buen pie. No, bien, la verdad que sí. De local lo vi todas las fechas, va tercero pero hay que ver ahora en la segunda rueda.

-Sí, algo sabía que venía bien… Mirá a Miguelo… Así que dejó la pala el vago.

-Colgó la Mastercard, así parece.

  En un vestuario nunca hay dos grupos. Siempre hay tres: A y B, que suelen estar enfrentados, y los que están en el medio para equilibrar. En el plantel de la 2006/2007 que ascendió a la Primera C, Miguelo Díaz, un eléctrico enganche que había hecho inferiores en Independiente y quedó libre en Reserva porque la joda lo pudo, encabezaba uno de los grupos con el Negro Ramírez, un zaguero izquierdo que no jugaba por la plata, que le sobraba gracias a los corralones de su viejo, sino por amor al fútbol. También amaba la noche, el Negro, y financiaba de miércoles a domingo la movida para los suyos, la mayoría chicos de inferiores ya asentados en Primera, sin muchas esperanzas de despegar hacia divisiones superiores que les permitieran vivir del fútbol y atraídos como moscas por el aura de Miguelo y la billetera del Negro. El otro grupo era el del Comandante Figún, volante derecho, capitán del equipo y prócer del Furgón desde el 1999, que pretendía mayor seriedad y profesionalismo; Iván Gutiérrez, un 4 sorete que tenía alma de buchón y trabajaba de guardiacárcel en José León Suárez; y el Nene Lebois, volante central y capitán de mi división en inferiores, un turrito ambicioso y trepador que quería subir de división para subir de clase social, y así poder cambiar de auto, de novia, de amistades, de barrio, de continente.

  La disputa era clara y en el medio estábamos el Rusito Casá, el luego interventor Cuco González, el Perro Weber, yo mismo como uno más de los pibitos que de vez en cuando aparecíamos en el banco o entrábamos unos minutos, todos hambrientos de gloria, lo más lejos posible del Nene Lebois y del buchón de Gutiérrez, y conscientes de que no podíamos dar un milímetro de ventaja, de que un trago de Frizze o una hamburguesa nos perjudicaría el estado físico, y aunque admirábamos a Miguelo no podíamos dejar de verlo como si fuera el mismísimo Mefistófeles. La cúpula de nuestro grupo la formaban el Mudo Díaz, un callado wing izquierdo que jugaba como carrilero, el paraguayo Ferrari, otra tapia que no decía ni “a” y acompañaba en la zaga al Negro Ramírez, y los arqueros. Todos nosotros, pibes, tímidos y arqueros, estábamos cobijados bajo las alas del flaco Cucho, de casi cuarenta años y con una larga carrera en la Primera C custodiando el arco del Deportivo Hernandarias.

  A ese buen equipo, al que siempre le faltaba algo para ascender, en febrero de 2007 le pasaron dos cosas que determinarían su salto de calidad: la llegada del Chino Suárez, un volante central que había quedado libre en la Quinta de River y que jugaba a otro deporte llamado fútbol, y una charla grupal cuyo único orador fue el flaco Cucho.

-Yo pintaba para ser Bochini, Cuchito. Pero sabés que no me arrepiento. Acá soy más feliz que siendo el 10 del Rojo  –comentó Cucho, recordando las legendarias salidas de Miguelo Díaz cuando se ponía efusivo en las caravanas pospartido.

-Qué pedos que nos agarrábamos con esos muchachos. Y era así, eh, el chabón era feliz ahí, bien cantina con nosotros… 

-Una banda hermosa. Otra época, hoy te agarran escabiando en la puerta de la cancha después de un partido y te escrachan en Facebook, los hijos de puta.

  La crudeza del discurso del flaco Cucho nos había unido como grupo afuera de la cancha; la fina zurda del Chino Suárez, como equipo adentro. El Flaco Cucho al arco; Gutiérrez, Ferrari, Ramírez y Spadafone o Casá; Comandante Figún, Dubois, el Chino Suárez, Mudo Díaz; Miguelo como mediapunta; y arriba el Toro Ardusso o yo. En el banco, con un chupetín en la boca y chomba blanca, Fito Vargas.

-Equipazo, Cucho.

-Flor de equipo, sí. El chinito Suárez, Miguelo, el paraguayo… Éramos campeones o campeones. 

  En ese campeonato primero nos matábamos en la cancha y después en la gira, que arrancaba en la puerta del club con birra y la música que sonaba en los parlantes del 206 plateado del Negro Ramírez, y terminaba en los boliches de la calle Eva Perón. Ese había sido el pacto propuesto por Cucho y aceptado por todos sin un pero: una sola caravana, con todo el grupo presente, apenas finalizados los partidos. Miguestófeles, pícaro y cuando los pija estaban lejos, la llamaba “La Vuelta Le Mans 24 horas”, aunque a veces sus festejos duraban 48 y hasta 72 horas consecutivas sin pegar un ojo.

-Qué linda banda…

-Sí, Linda Banda… Escuchame, ¿por qué no te venís al Andén, si ya en unos días arranca la segunda rueda? Vamos, vemos el partido tomando unos verdes, dejás que te vean los viejos de la platea, te sacás una fotito con los pendejos… Y si te llegás a mudar, después vemos. Tiempo nos sobra, ¿o no?

-Puede ser, sí. Vamos. A la primera fecha vamos.

-Al pelo. Mirá que se le puede ganar al Chelo, no te creas que el gordo es la gran cosa. Siempre y cuando no ascienda, la barrita de tu hermano tiene chances.

-Mafioso hijo de puta.

-¿Mafioso? Mafia la que tenemos nosotros en el Violeta. Tampoco está tan mal.

-¿Vas a defender a Lozano, flaco?

-No, defenderlo no. Pero a lo que voy es que en el Andén la manija la siguen teniendo los dirigentes todavía. El Bebi, Chelo, Cuquito González…

-Y… ¿Pero Docabo, el Toti Gauna?

-Son incomparables, ¿o querés que te siga contando las andanzas de los Cardozo? No… Por las bolas son dos cosas distintas. Cuando se murió el viejo Rulli y quedó el hueco en la popu, los Cardozo usaron ametralladoras, a-me-tralla-doras para correr a la banda de Las Víboras. No… Mirá: ya en Atlético tenés quinientas lucas mensuales por derechos de tele.

-Ya vas sumando como un palo por mes. 

-¿Y cuál fue el último quilombo de guita grande en el Furgón? Tu pase.

-Ajá.

-Y no pasó la gran cosa. Te comiste un ñoqui y la cosa murió ahí. Te llegabas a trancar así con los Cardozo y te aseguro que te metían un escopetazo en la tapa de la rodilla.

-Sí, Lozano me puso un chumbo arriba de la mesa, también.

-Pero el Chelo ladra, no muerde.

-Para mí es terrible hijo de puta, flaco. ¿Y sabés qué? –agregué, algo ofendido por las palabras del flaco– Quiero ver si no tuvo algo que ver con lo que le pasó a Dardito.

-¿Eh? Estás en pedo vos.

-Sí, estoy en pedo.

-¿De verdad me decís?

¿Por qué no?

-Porque ni en pedo. ¿En qué lo puede joder el pendejo ese, boludo? No seas fantasioso.

-¿Vos no lo ves capaz?

-¿Al Chelo Lozano? Pongo las manos en el fuego que no tuvo nada que ver. ¿De qué le sirve matar a un pibe del club? Si está fundido, no hay un peso partido por la mitad.

-Sí, no hay un peso pero porque Cuco se los chupa como una aspiradora. Anda en un Onix cero kilómetro, cuando estábamos nosotros iba a entrenar en una bicicleta que estaba hecha concha.

-Pero estamos hablando de monedas… Llegado el caso, el Chelo buscará otra plataforma para hacerse ver, si él es político. Jamás le haría algo al pibe. Jamás. Y menos teniendo todas las de ganar en la elección, menos que menos. Mirá, con todo lo que te conté de los Cardozo todavía no hay un fiambre. ¿Y lo va a haber en el Ferrocarril?

-Para mí es terrible mafioso, Cucho.

-Será un mafioso en otros ámbitos, no te discuto que es un peroncho bravo… Para salir de Las Tunas y llegar a concejal algo de mafia habrá aplicado. Pero en el club es uno más, Valentín. Sí, se pasó de pícaro un par de veces, habrá matoneado a algún pendejo que otro, pero yo tuve mil charlas con él y me corto las bolas que jamás se zarparía con gente del club. Y menos si son pibitos como el Balma chico.

  Ya habíamos llegado a la bajada de la 202. En quince minutos más estaría en la casa de mi abuelo.

-Ya estamos, Valentín.

  Vista desde abajo, al ras, Almafuerte parecía menos amenazante que desde el cielo; allá arriba, era un ladrillo más de la inexpugnable Buenos Aires.

  Vacía, callada, oscura, Almafuerte te invitaba a jugártela para desafiar el statu quo. Pero esa facilidad que presentaba no era más que un espejismo, un 4 tirado en primera, un ladino “entre” para que uno se lanzara a la aventura y terminara topándose con la artillería pesada que venía detrás. Para mover la aguja ahí, detrás de esa aparente vulnerabilidad había un ejército de sotas anónimas que por un papel de merca y un par de billetes mataban a la madre, y para llegar a un reyezuelo barrial como Lozano o a un ancho falso con el culo cagado como el Bebi, primero había que saltear en segunda al 7 bravo, al 7 azul, una fuerza al servicio de los anchos de verdad, la pequeña oligarquía que dominaba al municipio con globos amarillos en una mano y garrotazos en la otra. 

  De pico, como venía hasta el momento, no pasaría de la primera mano. En pocas horas, apenas despertara y la mesa se llenara de señas, de naipes marcados, de fierros sobre la mesa por si alguno quería pasarse de vivo, de jugadores luchando a cara de perro por cada poroto, Almafuerte me iba a sepultar con toda su mierda.

-Acá está bien, flaco.

  Nos despedimos con un abrazo y la promesa de reencontrarnos en unos días. Después de pagar el viaje, bajé con el bolso, abrí el portón de la casa y solté a Mal Llevado, que enseguida picó para el patio del fondo. Totó, mi abuelo, no seguiría durmiendo mucho tiempo más.

  Me senté junto a la parrilla, en la mesa de hierro que había en la galería lateral, puse los pies en uno de los bancos que la rodeaban y prendí un abollado Chesterfield. En el este, para el lado del río de la Plata, algunas pinceladas horizontales, rojas y amarillas, comenzaban a agrietar suavemente la sólida capa oscura que cubría el cielo. Eran un buen presagio esos colores, o eso quise creer.

-Bueno, ya estamos acá, chabón –murmuré, en el sprint final del cigarro, escuchando el roce de las pantuflas del viejo Totó contra el piso de su cocina.

-¿Quién anda ahí, che? –preguntó, asomado por una hendija de la ventana.

-Soy yo, boludo. Valentín.

-Ah, ¿sos vos, traidor?

  Lancé una carcajada.

-Sí, viejo pija muerta.

-Casi te cago un cuetazo, boludo. Vení, pasá y poné la pava que me voy a sacar el pijama. ¿Trajiste facturas por lo menos? 

Lucas Bauzá

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

El próximo martes estará disponible el quinto capítulo.

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