Patricio Rago, ex jugador de hockey profesional y librero, piensa un origen mítico para su deporte. «Y estoy seguro de que a partir de ese día, el ser humano siempre disfrutó de pegarle con un palo a cualquier cosa», dice. Fragmento del libro «Homo Ludens», publicado por Editorial Emecé.

Me gusta pensar que el hockey nace en los albores de la humanidad, en una escena parecida a la del principio de 2001 Odisea del espacio, en la que el homínido agarra el hueso y le da con fuerza contra el piso mientras suena la monumental apertura del Zaratustra de Strauss.

Y estoy seguro de que a partir de ese día, el ser humano siempre disfrutó de pegarle con un palo a cualquier cosa. Y sí, no hay nada más lindo y más terapéutico, la verdad, es muy liberador.

Se sabe que al hockey lo practicaron en Egipto, en Persia y en Etiopía, y también los griegos, los romanos, los aztecas y los mapuches.

En el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, hay un relieve griego del año 515 a. C. en el que se ve a seis jugadores de hockey, dos de ellos disputando la bocha. Las posturas de los jugadores —encorvados hacia adelante, con los brazos semiflexionados y las piernas abiertas— no son muy diferentes de las de ahora. Los palos son más parecidos a los que se usaron hasta los años ochenta, con la curva más larga. El juego se llamaba κερητίζειν, kerētízein, que viene de la palabra keras, que significa ‘cuerno’. Plutarco afirma que lo practicaba Isócrates, y Suetonio lo nombra en un libro perdido sobre los juegos de los griegos.

Me divierte imaginar a Epicuro y a Platón jugándose un partidito de hockey, como en aquel video de los Monty Python en el que filósofos de distintas épocas disputan un partido de fútbol.

Lo veo a Sócrates en el banco, con la túnica blanca, de un lado para el otro, nervioso, gritándole a Antístenes:

—¡Vení para acá, Antístenes! ¡La puta madre! ¡No lo sueltes a Demócrito! ¡Quedate pegado! ¡Que no la toque!

Y los clásicos: la Academia contra el Liceo —el famoso “viejos contra pendejos” que se juega en todos lados desde tiempos inmemoriales—, pero también los de Mileto contra los pitagóricos, los estoicos contra los cínicos, los cirenaicos contra los neoplatónicos. Unos partidos bien picantes.

Ponele que se le escapa la marca a Zenón y cuando Parménides le recrimina después del gol, Zenón le dice:

Iba a cerrar, pero justo me puse a pensar que antes de llegar hasta el borde del área, tenía que recorrer la mitad del trayecto, y antes de esa mitad, la mitad de la mitad, y así comprendí que el movimiento es una ilusión, y no me pude mover.

Las tesis de Gorgias de Leontini se me ocurre que podrían haber sido estas:

            1) el árbitro, igual que el ser, no existe;

            2) si existiese, no debería ser tenido en cuenta;

            3) si existiese y fuese tenido en cuenta, no debería ser puteado.

Y también algunas citas:

            “Nadie juega dos veces el mismo partido”. Heráclito.

            “Ganar es importante, pero más importante es la birra después del partido”. Aristipo.

Altos terceros tiempos se debían mandar. El simposio nació ahí, seguro. Vino en cantidad, carne de cordero, ostras, vieiras, queso Feta del mejor, aceitunas de olivos centenarios del tiempo de Homero, yogurt —infaltable y sensuales racimos de uvas deliciosas.

Cierro los ojos y los veo a los pitagóricos, sentados en las mesas largas del quincho de su club, calculando las probabilidades matemáticas de que el tiro de Fedro entrara desde donde le pegó. A los eléatas, cansados, derrotados, teorizando sobre si el partido realmente ocurrió o si fue todo un sueño. A Meliso de Samos discutiendo si la cancha debería ser infinita, a Anaxágoras diciéndole que se deje de romper las bolas.

Y a los hedonistas, en Cirene, armando tremendas fiestas. Asado, música, escabio. La gente bailando, chapando a pleno en la pista, menos los platónicos, que nunca arrancaban ni con las chicas ni con los chicos que los iban a ver: unos virgos.

Ir a jugar de visitante a Rodas, a Creta, a Samos, a Atenas en Atenas los árbitros te debían cobrar todas en contra, seguro que eran relocalistas los hijos de puta. Imagino el viaje en barco, todos haciéndose jodas, empujándose como unos nenes, cantando canciones:

¡Yo soy de Espartaaaaa, te vengo a veeeer, hoy noooooo podés perdeeeeer!

Me encanta.

Fragmento del libro Homo Ludens de Patricio Rago. Conseguilo acá.

Patricio Rago
Instagram: aristipolibros

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