Wenger y el Ballet de los Ramones

Mi viejo odiaba a Gambetita Latorre. Era el tipo de jugador que a él le encanta putear. Y digo le encanta, porque aún hoy sigue buscando este tipo de jugador para putearlo cada vez que agarra la pelota. En ese momento yo tendría cinco años y estaba tirado en la cama de mis viejos mirando un partido de Boca, tuvo que ser medio picante porque Boca jugaba de local y mi viejo no me había llevado a la cancha. Vale aclarar que vivíamos a dos cuadras de La Bombonera. Latorre metió un gol y a mí no me entraba en la cabeza. ¿Cómo el tipo que mi viejo puteaba durante todos los partidos iba a hacer un gol? Si era un perro, un amargo ¿cómo podía hacer goles? Cuando mi viejo volvió de la cancha ya lo estaba esperando en la vereda, quería preguntarle cómo podía ser que un perro como Latorre hiciera goles. No me acuerdo qué me contestó, seguro fue algo como, sigue siendo un amargo. Este es mi primer recuerdo como persona que mira fútbol, faltarían años para empezar a mirar algo más que goles. Y mucho más tiempo para entender que no todos los jugadores que mi viejo putea (aunque suele tener bastante puntería) son amargos o unos muertos.
En mi casa nunca se miró fútbol europeo, aunque por esos días no había muchas opciones: tenías la copa libertadores los días de semana, el de los viernes y el de los sábados por el campeonato local o esperar al domingo a la noche para ver fútbol de primera. Fútbol de primera no te dejaba ver como jugaba un equipo, como todos sabemos salvo de los cinco grandes, y a veces ni siquiera eso, de los partidos mostraban solo los goles. Y si bien los resúmenes de los cinco grandes eran bastante extendidos, tampoco podías terminar de entender cómo se movía un equipo en la cancha durante todo el partido. Si la jugada no terminaba en una llegada de gol clara, no la mostraban. Aclaro que nunca tuvimos decodificador.
En el 2003 por pasar a la secundaria empecé a ir al colegio a la mañana. Cada vez que llegaba veía Fox Sports y así fue como me enteré de la existencia del fútbol inglés, la única liga que daba Fox por esos años. Todavía era chico y faltaba para empezar a salir los viernes a la noche, así que los sábados me levantaba bastante temprano y fue solo cuestión de semanas para engancharme con los partidos ingleses de los sábados a la mañana. Era eso o mirar la Fórmula 1.
De no haber sido por TyC, el fútbol codificado y el neoliberalismo, probablemente mis comienzos como tipo-que-mira-fútbol, habrían empezado en nuestras canchas. De Boca podía ver un partido entero solo en la copa libertadores y ahí era ganar o perder, sufrir o festejar todo el partido. No me importaba mucho si el equipo jugaba bien. En realidad, no existía la idea de jugar bien. En esos partidos lo que me importaba eran los goles, alguna gambeta y más que nada los nombres propios: Riquelme, Tévez, Guillermo Barros Schelotto, Palermo, etc. Nunca un defensor. No sabía lo que era un carrilero, ni que función cumplía un doble cinco, menos que menos que un equipo podía jugar lindo. La belleza estaba reservada para las jugadas individuales, esas que repiten los noticieros hasta el hartazgo: un caño, una serie de gambetas, un amague. Algo bastante común en un pibe de once años. Hasta que un sábado cualquiera, apareció el Arsenal de Wenger. Y la cosa cambió. El primer jugador en cambiarme la mirada fue Patrick Vieira, un cinco de corte y distribución como nunca había visto.

El tipo tenía una elegancia para extirparle la pelota al contrario que parecía más un ballet que un negro con una pelota en los pies. Y ni hablar cuando tocaba, ahí se transformaba en el director de una orquesta que de ratos valseaba y de a ratos eran los Ramones. Está claro que estas cosas las pienso hoy, en ese momento ni sabía lo que era un vals, nunca había visto un ballet y menos escuchar a los Ramones. Vieira fue el primer jugador que sin gambetear y sin hacer goles me voló la cabeza. Pero si solo hubiera sido por Vieira, todo habría seguido más o menos igual, dentro del marco del fútbol como cosa individual. Ahí, en esos once tipos con solo dos ingleses, había un equipo. Y había algo más. Había estética. Porque cuando Vieira soltaba la pelota y se la daba redondita a Pires, éste también hacía magia y ni hablar si después de eso la agarraba Bergcamp. Estos tres junto con Gilberto Silva llevaban el fútbol a otra cosa. Emocionaban. Pero el fútbol a los once años, al fin y al cabo, es patear al arco, hacer goles y ganar. Y con tocar la pelota a los costados no hacemos nada. El Arsenal dormía al rival tocándole la pelota hasta el hartazgo, hasta que aparecían Ashley Cole, Ljunberg o Henry como puñales que atravesaban las defensas. Algo así como Ali bailando en el ring, cansando al rival hasta meterle el cross para noquearlo. Sin el bailecito no hay cross que entre y sin el cross el bailecito no sirve para nada.

Mi primer acercamiento a lo que hoy entiendo por poesía lo tuve viendo al Arsenal: belleza, contundencia, cambio de ritmo y solidez. Bergcamp, Silva, Vieira y Pires eran la estética, el pathos, la emoción a flor de piel en la pureza de lo bello. Ashley Cole, Henry y Ljunberg te atravesaban desde la violencia del cambio de ritmo y la desprolijidad; ellos eran los que pasaban de ese vaivén, ese amacar la pelota de banda a banda casi displicente, esa cadencia lenta, a un ataque vertical y contudente con el cuchillo entre las muelas. Y por último South Campbell, Kolo Touré y Lauren te partían al medio; si los primeros llevaban la batuta y los segundos eran los violines y los vientos, estos últimos tres serían los bombos esos gigantes de las orquestas, la fuerza que impulsa desde atrás de todos.
Como dije antes, a los once años la belleza no lo es todo, con suerte es algo. Y en el fútbol había que ganar. Ganar y salir campeón. Y el Arsenal ganaba. Salió campeón invicto bailando en todas las canchas. No sé qué hubiera pasado si mi ingreso al fútbol inglés se hubiera dado al año siguiente con el Chelsea de Mourinho. Probablemente hubiera tenido que esperar para emocionarme con once tipos y una pelota. O tal vez me hubiera enganchado igual, imposible saberlo. La cuestión es que seguí a ese Arsenal como si fuera mi equipo, al punto que hoy me pone contento que gane. Al punto que hace unos días, me dolió leer que Arsene Wenger, ese tipo con el pelo estático se aleje del Arsenal. La vejez no llega solo con las canas, es sentir el sabor dulzón de la nostalgia. Cuando uno empieza a sentir en el pecho los ecos de las cosas que lo emocionaron comprende mejor el paso del tiempo. Y el Arsenal para mí fue empezar a entender el fútbol. Aprender que detrás de esos veintidós tipos corriendo con una pelota, podía haber algo más. Y ese algo más es la belleza.
Juan Stanisci
Ilustración: Laura Thomson

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