Un zurdo de Lanús gambeteando en el Olimpo

Un hombre mira llorando la presentación del técnico de un equipo que no es el suyo. Una piba grita desaforada el cuarto gol de un equipo platense contra uno mendocino. Seiscientos hinchas se juntan en la sede del club a pedir por el técnico que acaba de renunciar. El técnico no se fue por malos resultados, sino por principios que solo él entiende. Maradona puede ser todo o simplemente Maradona según cómo se lo mire. Escribe Santiago Núñez.


Mateo Retegui agarra la pelota de espaldas al área y, como si estuviera escrito el final de las novelas que se escriben año a año desde hace 13 años, la pelota infla la red del lado izquierdo, pegado al palo. El Bosque y media ciudad de La Plata hacen silencio. La otra mitad de la ciudad de las diagonales seguramente grite desaforada, pero en ese instante en ese lugar nadie la escucha.


Ese gol de hace algunas semanas implicó el malestar estructural de algunos, pero la angustia de muchos de los que lo vimos. ¿Por qué sufrir el gol en contra de un equipo que no es el de uno? Hay muchas respuestas posibles.


En realidad, en la propia fisonomía y sistema de creencias, valores y significaciones culturales futboleras, siempre uno “hincha por el más débil”, cuando observa un partido de fútbol en el que no está sentimentalmente involucrado. Pero lo de aquel sábado en el clásico Gimnasia Estudiantes era otra cosa, y la diferencia tenía nombre, segundo nombre y apellido: Diego Armando Maradona.


El ahora ex técnico del Lobo deja una marca enorme cada vez que se mueve. Llega y hay una misa. Se va y hay una misa. Convierte cualquier ciudad en la Nápoles ochentosa, dispuesta a entretenerse de cada saludo, cada partido, cada baile, cada declaración. Maradona genera eso de estar pendiente de él todo el tiempo. Y si hay algo en lo que no fracasa es en lograrlo.



Una vez, dijo el maestro y nadie nunca lo comprobó pero tampoco se animó a rectificarlo, Maradona entró a una librería y preguntó si había un libros que le enseñara la gente a ser como él. La anécdota posiblemente no sea real (aunque con Diego nunca se sabe) pero implica la introducción de una metáfora perfecta para la vida de Maradona: la indefinición constante, la contradicción permanente, la dialéctica divina. Maradona pregunta posiblemente para nunca obtener una respuesta. Pero nunca hay que dejar de preguntar.



Diego Armando Maradona, oriundo de Lanús y ciudadano de miles y miles de ciudades en el mundo, es quizás uno de los fenómenos culturales más rimbombantes de todos los tiempos. Si alguien mira esta nota y leyó “culturales” observó correctamente. Maradona trasciende lo deportivo para convertirse en un fenómeno de carácter sociocultural, y esta dimensión no tiene el objetivo del academicismo berreta que escribe palabras difíciles para parecer inteligente e importante. Maradona oscila entre el amor, el odio, la pasión, la incomprensión, la sonrisa y el llanto con una rigurosa rapidez.


El Diego, como el dios más humano de todos, es reconocido como el espejo del éxito de aquellos que estamos condenados al fracaso en una sociedad de mierda, sin por eso estar alejados de los vicios creados por los que lo miran de reojo y le echan la culpa de todo.



Que genere amores y odios tan profundos sería el problema menor: la problematización del fenómeno Maradona escapa a la academia, a los estudios culturales, a los analistas del amor o a las configuraciones de liderazgo. Maradona es amado profundamente y odiado de forma sideral, con o sin argumentos racionales pero con una intensidad casi imposible de especificar.


Maradona es el hecho maldito de la burguesía hipócrita, aquella que busca despejar los vicios inexplicables de su condición de clase en enemigos anónimos, vistos como desclasados pijoteros que no tienen derecho a los males que ellos ejercen pero que también generan.


“Maradona es drogadicto”, como si los narcotraficantes no vivieran en barrios privados de Nordelta. “Maradona es un negro de mierda”, como si no fueran ellos los que generan pobreza. “Maradona es un maleducado”, como si ellos no avalaran la destrucción de la educación pública. Maradona es el “puchinbol” de una clase dominante que tiene como tabú el funcionamiento de una sociedad cuyos males deben explicarse por males desviados.


¿Qué hace tan grande a Maradona? Lejos de pensar que su idolatría se agota en el éxito deportivo, el Diez encarna la pelea que uno ni siquiera se imagina que quiere llegar a dar, es el espejo del éxito de aquellos que nunca llegaron. Maradona es el Sur de Italia ganándole a la Italia rica. Los pata-sucias sureños metiendo los pies en el barro del coliseo romano, el jardín de Bóboli en Florencia, o las galerías lujosas de Milán. Es la felicidad de madrugada de un pueblo que lucha en silencio por su memoria. Es un referente que se escandaliza por el oro del Vaticano o por el poder de la FIFA.


El Diez sería, así, como si un grupo de pintura de la calle Yerbal del barrio de Flores le ganar un concurso a Picasso. O como si una murga deleitara los oíos de la gente de traje del Teatro Colón. Es el único que en pleno Rosario puede ser homenajeado por Newells y por Central. El que hace que todo el mundo mire un clásico de La Plata aburridísimo esperando el milagro de una vez por todas para el lobo.



Maradona se va, y es solamente justo con el mismo. No con los miles y miles que lo siguen, no con sus jugadores, no con nosotros. Es casi como un ente de justicia cristiana que simplemente ofrece que las cosas son así y tampoco hay mucha vuelta. Como si un zurdo de Lanús pudiera adueñarse del Olimpo y dirigir nuestro amor por el fútbol desde allí.


Maradona es todo eso o solamente la persona que hace que el gol del pibe Retegui o su renuncia me ponga triste. No entiendo a Maradona, pero sí entiendo que el mundo no podría ser tal sin ese cúmulo de sensaciones que no se entienden.

Santiago Núñez

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