El partido que tenía que ganar

Santiago Núñez hace un repaso de las victorias clave de Marcelo Gallardo, para redimirlo de las acusaciones de fracaso que se escucharon en la última semana

Una sonrisa que solía estar en esas situaciones no aparece. Los ojos no lloran. Podrían. Pero no lloran. Los medios lo esperan, buscan la declaración que saldrá del resentimiento para la página de la mitad del diario. Y será de la mitad porque la primera plana la tendrá otro. Él, como pocas veces pasó, no es campeón. Pero son las cosas difíciles y los momentos adversos los que ponen a prueba a los distintos. 

Los ojos se baten entre no romper el equilibrio corporal y la compostura y mostrar de manera deliberada la bronca y la tristeza. Durante toda la tertulia, gana la primera opción. 

Empieza el ida y vuelta de preguntas y respuestas, en la que él no quiere estar, pero no le queda otra. Un muchacho le pregunta si lo que acaba de pasar había sido un fracaso. A casi mil kilómetros de distancia, desde la otra vereda, le llegan dardos. “Se acabó la mentira” o “son gallinas”. Él solamente los felicita. A veces en pequeñas cosas se ven grandes diferencias.

En la televisión, en las redes sociales y en algunos periódicos lo critican, básicamente porque no tuvo su equipo la suficiente personalidad para “ganar el partido que tenía que ganar”. Como si eso nunca le hubiese pasado.

Como si en 2014, una noche primaveral de 27 de noviembre, no hubiera tenido que ganar un partido histórico, en el que su arquero atajó un penal antes de los 5 minutos y en el que eliminó a su rival de toda la vida por primera vez. O como si, pocos meses más tarde, no hubiera hecho lo mismo, pero en un certamen internacional de mayor peso. O como si en ese mismo torneo no hubiera tenido que jugar una final contra un 9 francés que venía del fútbol europeo y un peso de 19 años sin ganar la famosa “Copa Libertadores” (y triunfó).

O como si al año siguiente, luego de perder un Superclásico no hubiera ganado una final 4 a 3 para clasificar a una Copa Libertadores en la que, en cuartos de final, tuvo que revertir un 0-3 en la ida en un partido que terminó ganando nada menos que OCHO a cero. 

O como si, luego de 5 meses de malandra, no le hubiera ganado también (una vez más) a su clásico rival la primera final en la historia de su club, y eso no hubiera comenzado un camino que terminaría con otra final mucho más importante que esa, otra vez frente al enemigo histórico (otra vez más), nada más y nada menos que en el Santiago Bernabéu de Madrid. O como si no hubiera derrotado una vez más a su rival de visitante en las semifinales de la Copa Libertadores del año siguiente.

Como si no hubiera llegado a 15 finales y ganado 11 de esas quince. Como si no hubiera eliminado a su clásico rival 5 veces en 5 años. 

Tuvo cientos de “partidos que tenía que ganar” y los ganó. Y les devolvió la alegría a 17 millones de hinchas que no sin trayectoria anterior terminaron de entender (principalmente les más jóvenes) lo que es el amor cuando lo vieron a él. Esos que lo van a seguir alentando. Aunque gane. Aunque pierda. 

Ya es 6 de agosto del 2015, porque pasaron las 12 de la noche. Marcelo Daniel Gallardo habla con un micrófono a sus hinchas, y les dice “vamos por más”. Él sabe que triunfar no es fácil. Por eso sus dirigidos, después de ser campeones, tiene una remera con el lema “Se festeja. Se sufre. Se llora. Pero jamás se abandona”.

Santiago Núñez

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