Vuelven a casa arrastrando sus tesoros

Crónica de un día agitado. De La Boca a Chacarita y de Chacarita a La Boca. De Villa Española a Maradona. De Bigote López a Carlos Tévez. Del Indio Solari a Juan Román Riquelme. Escribe Juan Stanisci.

Siendo las siete de la mañana de un sábado, nadie en su sano juicio puede estar despierto. Me faltan unas dos horas para abrir los ojos y preparar el mate. Seguramente Román ya debe estar despierto con el termo bajo el brazo cual futbolista con botinero entrando al estadio. Terminaría la noche expresando sus sensaciones en una bombilla. Riquelme no sonríe casi nunca. En su nuevo rol de Vicepresidente encargado del fútbol, su forma de festejar es tomar mate mirando el horizonte como quien ya sabe lo que va a pasar.

Por suerte, en algún lugar muy cercano de la galaxia, queda gente que no está en su sano juicio y que es capaz de juntarse a las siete de la mañana para tomar un colectivo escolar desde Montevideo hasta Buenos Aires para escuchar a la banda del Indio Solari: Los fundamentalistas del aire acondicionado.

El colectivo escolar es como cualquier otro colectivo escolar. Lo que lo hace diferente es lo que trae adentro. Usted dirá que corno tienen que ver un grupo de uruguayos locos, los Fundamentalistas del aire acondicionado y Boca. Y yo le diré que si me aguanta un par de caracteres más, se lo voy a explicar con la mayor claridad que me sea posible. Le contaba que adentro de ese ómnibus escolar vienen surcando las rutas uruguayas: Bigote López, famoso en los últimos días por una cláusula en su contrato; El Focu, protagonista estelar de otra crónica, en aquel caso sobre el Villa Española; y Agustín Lucas, ex futbolista y escritor, que si bien no aparecerá físicamente en el transcurso del día, será importante para la noche.

Hacía varias semanas que veníamos planeando con El Focu encontrarnos el sábado que vinieran a ver a Los fundamentalistas. El problema empezó cuando, por cuestiones de calendario y diferencia de puntos entre Boca y River, el partido que debía jugarse el domingo se pasó para el sábado. El mismo sábado venían los pibes de Villa Española, Diego a la Bombonera y se definía el campeonato entre Boca y River. La cosa se puso en modo película de suspenso cuando, al mediodía, el Focu dejó de contestar.

Vivir a dos cuadras de La Bombonera es una ventaja si el día del partido uno no se piensa mover del barrio. Porque cuando tenés que venir desde otro barrio, cerca del horario del partido todo lo que pueda salir mal, seguramente lo hará. Ni hablar si uno tiene que salir y volver, en un lapso de tres horas cerca de un partido en el que se puede salir campeón con un tal Diego Maradona en la cancha. El Focu volvió a aparecer a las 16:30 horas, diciendo que ya estaban llegando a Chacarita y que fuera para allá. Hice cálculos y, con suerte iba a llegar a las 18. El partido arrancaba a las 21, el homenaje a Diego a las 20:30. Si quería llegar al homenaje tenía que estar una hora con el Bigote, el Focu y todos los muchachos y pegar la vuelta. La clave del encuentro también pasaba por un cambio de camisetas que nos debíamos con el Focu.

La Boca tiene cientos de patrulleros, camiones blindados anti disturbios y no se cuántos y cuántas policías. Las calles están llenas y todavía faltan cuatro horas para el partido. Micros larga distancia, banderas en los balcones de las casas y los conventillos. Además las paredes amanecieron empapeladas con fotos de Román y Diego en distintas etapas. Las personas se pueden pelear, pero para la hinchada Diego y Román, un solo corazón. Antes de subir al 152 pienso qué, lo más probable, es que a la noche se me haga tarde y no me dejen entrar.

152. Subte línea B. Estación Tronador. Bienvenidos a tierra santa ricotera, aunque sea por un fin de semana. En la esquina frente a la estación de servicio, nuestro amo está jugando al esclavo. Una cuadra más, el solo de Willy Crook en motorpsico suena cada día mejor. Espero que el Focu me diga la dirección exacta pero no contesta. Me voy metiendo por entre las cortadas, buscando Estomba y Balboa (que según el Focu eran: Estopa y la de Rocky).

Las callecitas de atrás del Malvinas Argentinas tienen ese, qué se yo ¿viste? La vía, los callejones sin salida, las fábricas dormidas por ser sábado. El ambiente ricotero ameniza la búsqueda, nada puede andar mal cuando se está entre ricoteras y ricoteros esperando a que arranque el recital. El clima siempre es el mismo: Todo sigue igual de bien.

A todo esto, habían pasado las 18. En dos horas y media tenía que estar de nuevo en La Boca y todavía no había señales del Focu, del Bigote ni de las remeras que venían de Villa Española. Yo seguía dando vueltas por Chacarita con una bolsa de Carrefour con dos camisetas de Boca y un short de Banfield, las rupias con las que se efectuaría la transacción futbolera con el Focu.

Esperando sentado en la esquina, como si fuera una canción de 2 minutos, escucho un vozarrón que dice mi nombre. Miro para la esquina. Es el Focu. A los gritos nos saludamos, abrazamos. Vamos con el Bigote, me dice.

En la esquina de Heredia y Del Campo cuelga un trapo del Villa. Bienvenidos a tierra ricotera y auriroja. Las Delicias de Nancy es un local de comidas caseras que se ve desbordado de uruguayos. Piden que todo lo que se consume se abone en el momento. No quieren poner música fuerte por miedo a que pase algo.  

El Bigote sonríe mientras los otros uruguayos y uruguayas que trajeron en el micro, van, vienen, reparten entradas e intercambian vasos de cerveza. Le quiero dar las camisetas al Focu, pero me dice que espere porque el se olvidó las remeras en el ómnibus. Llama al colectivo y le pasan una dirección para ir a buscarlas. Me quedo con Bigote, Diego y otros pibes más. Son casi las 19.

El Focu vuelve después de un rato diciendo que no encuentra el micro. Me muestra el celular. Está en Núñez el micro. Se va a tomar un taxi, no se quiere ir sin darme las dos remeras de Villa Española, una con la cara de Canario y otra con la de Obdulio y un short para Lucas. Antes de que se vaya le doy las que le traje, primero el Short de Banfield, después una camiseta de boca con la 27 de Calleri y por último la que usaba Diego en el 81. Sonríe como un niño a las doce de la noche un veinticuatro de diciembre. Cuando está por subir al taxi le digo, quédate siempre con el GPS abierto así no te pasea por toda la ciudad. Se va gritando con su vozarrón mientras el auto arranca.

A Bigote lo gastan. Al parecer quisieron entrevistarlo de ESPN, TyC Sports y varios medios gráficos. Él no quiere saber nada, vino a pasar un día en paz no a ser el payaso del periodismo deportivo argentino. Me pregunta cuales fueron las primeras medidas del macrismo. Les cuento y dicen que es lo mismo que está haciendo Lacalle Pou en sus primeras semanas. Las chelas aparecen y desaparecen de la mesa.

Son las 19:15 y el Focu vuelve con las camisetas y una sonrisa de oreja a oreja. Ahora sí terminamos el intercambio. Quisiera quedarme pero tengo que correr hasta la Boca. En menos de una hora Diego estará pisando por primera vez en más de veinte años la Bombonera por un partido oficial.

Las calles de Chacarita están inundadas de acordes ricoteros. Todos los autos tienen el baúl abierto y la música a todo lo que da. Lo mismo los kioscos y las casas. Estación Tronador. Subte línea B. Son las 19:50.

Llego a Alem a tomar el 152, la fila es larga, lo más probable es que se esté desviando por 9 de Julio hasta que arranque el partido. Busco un taxi. Ninguno quiere ir para La Boca. Faltan veinte minutos para que Diego entre a la Bombonera.

Consigo uno. Vamos hasta donde lleguemos me dice. “Y sí claro”, pienso yo, “cuando lleguemos se acaba el viaje”. El chiste me sale caro, a la altura del Parque Lezama no se pude avanzar. Me bajo y camino apurado. Paso por un Kiosco, Diego ya está adentro de la cancha con Brindisi y Perotti, los campeones del 81. Tengo que pasar por casa a dejar las remeras.

Agarro el carnet y me mando. Ya no hay nadie en la calle. No voy a poder, pienso. Por suerte me suelo equivocar. Los controles pasan y no hay señales de puertas cerradas. Entro a la primera bandeja, debajo de la 12, en la punta que da contra las plateas.

No me termino de acomodar que ya sale Gimnasia del túnel. La cancha se viene abajo. Entra el autito de porquería de la empresa de transporte llevando la pelota. Arrancan los partidos, en La Boca y en Tucumán.

Boca empieza bien, los primeros quince minutos son quizá los mejores de este año. Hasta que en un rincón de alguna tribuna arranca un murmullo que va creciendo. La gente se mira. Es gol de Atlético de Tucumán. Cuando todos estamos convencidos de que no hay error, entonces se grita definitivamente gol. Wanchope sale del banco pidiendo calma. Tévez y Buffarini preguntan que pasó. El gol de Atlético puso nervioso a Boca, nunca más volvería a dominar.

El primer tiempo pasó con más angustia que gloria. Cero a cero. Me encuentro con Carla en un puesto de hamburguesa, ella había salido tarde de trabajar. Así como si nada me dice que River va empatando, yo no sabía.

Empiezan los segundos tiempos. Así River es campeón. Gimnasia está mucho mejor que en la primera etapa. Andrada tapa una pelota increíble para cualquiera menos para Andrada. Los nervios ya son insoportables. Salvio erra un gol increíble, Andrada y Buffarini se tiran al piso como si el partido hubiera terminado con Boca en el segundo puesto.

En eso recibe Fabbra por el medio. Juega para Villa que le devuelve la pared. Fabbra da el pase el medio pero le falta fuerza. Wanchope se tira al piso para impulsarla y dársela a Tévez. Tévez controla y saca un bombazo. Tapa Broun, pero la pelota entra reventando el techo del arco y la bombonera por igual. Perotti y Brindisi vivieron una avalancha similar el día del gol a Ferro en el metropolitano del 81. Un grito de gol largo, sostenido, como un trueno que cae cerca. La gente se cae, se abraza, llora y se vuelve a caer.

Faltan veinte minutos. Al lado mío hay una chica que hace un rato no para de llorar ni de morderse los dedos. Se va a morir pienso. Espero que no. No aguanto más y descargo la aplicación de Relatores para escuchar los últimos diez minutos en Tucumán.

Nunca pensé que los minutos pudieran durar tanto. Sumado a mí falta de costumbre para escuchar el partido por radio, cada avance de River parecía gol. Faltan cinco minutos dice Víctor Hugo. La gente me pregunta cuánto falta, cómo va.

Son cerca de las 23. Falta un minuto para que termine el partido en La Boca y la cancha vuelve a explotar. Como un hormiguero recién pisado la gente se mueve sin tener control del cuerpo. Los gordos que hace un rato puteaban a un plateista por gritar un gol que no fue, lloran abrazados entre sí. La piba de al lado mío descarga agua como si fueran los saltos del Iguazú. Tévez mira para todos lados sin entender. Terminó River le gritan, pero no escucha. Ahora sí, termina el partido y la fiesta explota. Otra vez abrazos y más abrazos, gargantas quebradas y felices, llantos y más llantos.

Mientras las tribunas saltan y los futbolistas tocan bombos, el hombre de la sonrisa inolvidable observa. Observa sonriente como no puede ser de otra manera. Al igual que Román, prefiere no ser parte de los festejos. Como tutores que han llevado a un grupo de pibes y pibas a un parque de diversiones y ahora dejan que disfruten mientras ellos charlan. Es una linda redención para Miguel Ángel Russo, el hombre de la sonrisa inolvidable, que once años antes se había ido por la puerta de atrás, después de perder una final contra el Milán y ser campeón de América seis meses antes.

La fiesta en el barrio se prolonga hasta altas horas de la madrugada. Yo siempre recomiendo no ir al obelisco, los verdaderos festejos están en las esquinas, en las casas y en las pizzerías. Señoras de casi noventa años esperan hasta las dos de la madrugada que pase el micro con los jugadores. Un camión de contra mano y lleno de gente en su cúpula corta Aristóbulo del Valle rodeado de más gente que festeja. Suenan otra vez los redondos. La Boca está feliz. Román volvió a casa arrastrando sus tesoros a la luz de la luna.

Juan Stanisci

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