El Cazador, capítulo 20: la espera

“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“¡Cheeee, Rodríííííguez! ¡Mirá que ya sabemos dónde vivís, la concha de tu madre! ¡Nos cagás el campeonato y te prendemos fuego la casa, malparido hijo de puta!”

Hincha de Midland, Midland 2 – Ferrocarril San Martín 2 (2008)

  El diluvio se había transformado en una triste garúa, pero las calles del barrio estaban inundadas de cordón a cordón. Valentín, que después del llanto no había vuelto a abrir la boca, estacionó la Kangoo en la puerta de la casa de Totó y a los pocos minutos ya estaba de vuelta con un bolso atado con sogas y otro más chico, en el que había ropa.

-Ahora llamo a Ceci y le digo que se quede con las nenas todo el finde, tranquilo –le comenté, otra vez en marcha.

-Se va a enojar.

-Y sí, boludo.

-Ttt… La puta que me parió. Disculpame, loco.

-Dale, cerrá los cantos y vamos. Entrá por la Juan de Garay que en esta fija que está la vieja Muliero en la vereda.

  Volvió a llorar. Poco y en silencio.

  Con la Kangoo en el garaje, entramos a la casa por el fondo. Prendí una sola luz, saqué un resto de tinto de la heladera y me acerqué a la mesa de la cocina. 

-¿Vos creés que nos van a venir a buscar? Che, marmota. Dejá de llorar, dale.

  Le arrimé un vaso pero lo rechazó con un gesto. Comencé a tomar. Apagábamos un cigarro y prendíamos otro. Terminé la botella en silencio. Valentín seguía llorando con la mirada perdida.

-Che. ¡Eu, Valentín! Dale, muñeco, ya pasó.

-¿Qué pasó? Nos van a venir a poner.

  Me acomodé en la silla. Habíamos invertido los roles y ahora me tocaba relativizar el asunto, aportar la cuota de inconsciencia, guapear porque sí con todo en contra.   

-¿Quién? Hay que ver qué pasa, porque este se recagó hasta las patas, ¿o vos te pensás que va a salir a cacarear así porque sí? Por ahí se queda muzza, cierra el papo. ¿O no?

  Ni me escuchaba. Tenía una mano sosteniéndose la cabeza y la otra apoyada cerca del cenicero. Parecía agotado.   

-Decí algo, la reputa que te parió.

  No me contestó. Llamé al bar y le pedí a Marito que me alcanzara los teléfonos.

-¿Ahora?

-No, mañana a la tarde. Dale, venite para acá en un remís –corté–. Este Marito me vuelve loco… Che, Val. Hablá, dale, boludo, dejate de hinchar los huevos que parecés el Coronel Kurtz con esa cara.

-No me jodas, Manuel. ¿Dónde me acuesto?

-¿Eh? ¿Te vas a acostar ahora?

  Me miró rogando misericordia y silencio, como si estuviera parado en el fondo de una caverna desolada y oscura.

-Bueno, vení, vamos que te acomodo en la pieza de las nenas.

  Puse un disco de Moby y me dediqué la siguiente hora a desactivar los quilombos que tenía. Hablé con Camila para que se encargara del bar y con Cecilia para que hiciera lo mismo con las nenas. Recibí unas veinte, veinticinco puteadas entre las dos.

  En el grupo de los pibes estaban preocupados por la suspensión del primer partido de la segunda rueda del campeonato. Con semejante lluvia, la postergación del Ferrocarril – Atlas era cuestión de horas. Fabricio, por un lado, y Juan, por otro, habían preguntado por nosotros.

  “¿Alguien sabe algo de Fantasmín?” escribió Fabricio, a las cinco y media de la tarde. “Ni idea” respondieron el Gordo y el Mosca. “Manu? Qué onda, está con vos? Sabés si irá mañana?” preguntó Juan una hora después. “No va a ir, no lo conocés” se metió Fabricio. “Pará, Fabri” respondió el Gordo. “Che, y con Matías qué hacemos? Me escribió hoy temprano haciéndose el otro para ver si viene con nosotros. Igual con esta lluvia no sé si se juega eh” comentó el Mosca. “Te.escribió. el.turrón ese.cabeza? Miralo.vos.vuelve.el.perro arrepentido” observó el Gordo, que por culpa de sus dedos como morcillas ponía un punto donde quería poner un espacio. “Que vuelva. Nos hace falta” sentenció Juan. “Pero vos vas a venir igual? Mirá que esto no se juega ni ahí, quedate un día más porque vas a volver antes al pedo. Llueve mal, acá en La Olla estamos nadando entre la mierda” le escribió el Mosca. “Che, llamé a Totó. Fantasmín se fue a lo de Manu” avisó Fabricio. “Olvidate esos dos andan en alguna. Le mandé al Santo y ni bola, no está en línea desde las seis y algo” puso el Mosca, y luego agregó: “Estás ahí, Santopietro? Respondé vigilante”.

-¿Pero cómo desde las seis y algo? ¿Cómo?

  Me llevé las manos a la cara.

  Camila. Camila me había revisado el teléfono.

-No… No, no, boludo, no me la contés, la concha de tu madre.  

  Arranqué rumbo a la pieza, con una buena excusa para sacarlo de la cama. 

-Valentín.

  Le prendí la luz. Estaba acostado en la cama de Guada, la más grande, y reaccionó como un Drácula heroinómano.  

-Valentín. Camila me revisó el celular, estoy hasta las pelotas.

-¿Qué? ¿Por qué?

-¿Cómo por qué, sos pelotudo? Me ando mensajeando con varias, y ayer la colgué por una coloradita divina y chau, se habrá enterado de todo.

-¿Vos eras el que andaba con Camila?

-Sí, boludo, obvio que era yo. Encima quería hacer las cosas bien, me venía portando joya, joya venía… Pero ahora la recontra cagué.

-Jodete –dijo, y se volvió a dar vuelta, pegando la nariz contra la pared.

-Vamos al comedor, vení, haceme el aguante.  

  Insistí durante cinco minutos. Ni siquiera me hablaba.

-Pero… Andá a la concha de tu madre. Y además como si hubieras ido solo… Mirá que yo viví lo mismo que vos, eh, fantasma del orto.  

  A la madrugada todo seguía igual. Yo sentado en el comedor con la cabeza inflada como una piñata de sangre, pensando en el auto que nos había seguido, en lo que había sido de Matías, en Thiago Solís, en el Toti Gauna, en los fierros a los que cada tanto les echaba una relojeada, atento a cada mínimo ruido proveniente de la calle, y Valentín acostado en la pieza de mis nenas. A la una me llamó el Gordo Leandro y me hizo dar un salto en la silla. Estaba aterrado pero tenía que disimular. 

-Panza.

-¿Valentín está con vos?

-¿Qué?

-Si Valentín está con vos. Apareció muerto Matías, me acaban de avisar. ¡¿Valentín está con vos?!

-¡Sí, boludo! Está acá, está acá. 

-¿Está bien? ¿Están bien? Quédense ahí que ya estamos yendo, nos juntamos en lo de Totó. Corto y le aviso a Fabricio.

  Miré el teléfono como si fuera un artefacto de una lejana y desconocida civilización. Lo apoyé contra la mesa.

-¡Valentín! ¡Vení! Vení ya, vení que se pudrió todo.

  Apareció en el marco de la puerta. Estaba desfigurado de tristeza, de pánico, de dolor.

-Mataron a Matías.

-¿A qué Matías?

-Mataron a Matías, boludo.

  Sonó el timbre del portero eléctrico, zumbando en el aire como si fuera un cable de los que transportan veinte mil voltios.

  Nos miramos como dos rubias en una escena de Screem 4. Pestañeamos una, dos, tres veces. Nos miramos como dos panteras que olfatean un jeep repleto de millonarios aburridos.

  Se llevó un dedo índice a la boca, se agachó y furtivamente se acercó a su bolso. Sacó un 38 y lo cargó con serenidad. Giró el mismo dedo como si fuera una ruedita, dándome a entender que atendiera. Me acerqué al portero y cuando me di vuelta ya no estaba. 

-¿Sí?    

-¿Santo? Soy yo, el Equi.

  Valentín apareció detrás del sillón del living. Movía el dedo índice como un parabrisas.

-No, no. Que toque –susurró.

-¿Eh?

-Que toque, la concha de tu madre. Decile que no nos movemos de acá.

-Ah, Equi. ¿Qué pasa?

-Me pidió Fabricio que venga a ver si estaban, tenemos que ir a lo de Totó. ¿Valentín está con vos?

-Sí, está acá. Pero andá yendo, después vamos.

-Pero me dijeron que los saque sí o sí

-Te dije andá yendo, loco. Recién hablé con el Gordo.

-¿Ah, hablaste? ¿Cuándo?

-Recién. Andá que ahí vamos, estamos con dos cachorras.

-¿Qué?

  Corté.

-Este es un pelotudo –le susurré a Valentín, parado al lado mío.

-Santo… ¿Cómo que murió Matías? ¿Lo matamos nosotros, Santo?

-No, no, pará, pará, calmate.

-No, cómo que me calme… ¿Cómo querés que me calme?

-Calmate calmándote, la concha de tu madre. Así calmate. Sentate ahí. Sentate ahí y esperemos.

  Llamé al Gordo Leandro pero me dio ocupado.

-¿A quién llamás?

-A la comisaría para ver si ya se enteraron que fuimos nosotros –respondí, intentando nuevamente con el teléfono y viendo que Valentín se quedaba pálido. Estaba sensible a un nivel imposible de describir, como si se resquebrajaba por dentro ante cada palabra–. Gordo.

-Cabeza. ¿Todo bien? Ya pasé a buscar al Mosca, estamos yendo a buscar a Fabricio… ¿Ya pasó el Equi?

-Sí, vino pero lo saqué cagando. Valentín está re cagado, chabón, no nos vamos a mover de acá.

-No, ¿pero cómo?

-¿Y cómo va a ser, boludo? Tiene caca en los calzoncillos, lo mandé a ducharse. ¿Qué se sabe de Matías? ¿Qué pasó?

-¿Qué se sabe? Lo recagaron a tiros, boludo, apareció tirado en una zanja con cuatro corchazos en la cabeza, todo cagado a palos.  

-¿Estás seguro?

-Nos acaba de avisar el Chelo, que lo llamó Quique Vera. Apareció en Lourdes. El Chelo llamó a Juan, lo acaba de poner en el grupo, estamos yendo a lo de Totó porque no sabemos qué carajo hacer.

-Bueno, bueno, hablá despacio. Pasame con el Mosca.

-Te paso.

  Tapé el micrófono del teléfono.

-Cuatro balazos, Valentín. ¿Viste que no lo matamos nosotros?

-Manu –temblequeó el Mosca.

-Ah. ¿Qué hacés, Hernancito? Escuchame una cosa y escuchá bien, eh. Nosotros dos nos vamos a quedar acá en mi casa. Valentín está recontra cagado en las patas porque no sabe si lo van a venir a buscar a él. Dato que tengan, me llamás a mí. Y si preguntan por él, no está, se fue a Bariloche hoy a la mañana. ¿Me escuchaste? No sabemos si fue por el club o por qué poronga, por ahí fue un choreo, pero por las dudas Valentín no está. Ahora cuando lo veas avisale al pelotudito del Equi, lo mismo. Que no está. No digás Bariloche, vos decí que no está y punto.

-Fabricio – me comunicó Valentín sin hablar, apenas moviendo los labios.

-Y a Fabricio lo mismo, Mosca, que no empiece a boquear y que cierre el orto bien cerrado.

-Está bien, está bien.

  Valentín se alejó, todavía con el 38 en la mano, y se derrumbó en el sofá.

-Bueno, te dejo. Si veo que está todo bien, me acerco. Pero yo tampoco estoy. Chau, Mosca, chau. ¿Qué? Sí, sí, rezate un Pésame y encomendate a San Lachagar –corté–. Este boludo del Mosca está más cagado que nosotros. Necesitamos que Juan esté acá ya mismo. Ya tiene que venir.

  Era el teléfono otra vez.

-Juan. ¡Es Juan, boludo!

  En un minuto me indicó lo que debía hacer.

-¿Clarito, Manuel?

-Estamos, estamos. Vos vení tranquilo –corté, todavía cabeceando como un perrito a pilas. Me di cuenta de que necesitaba un buen trago de whisky–. Juan está saliendo. Che, Valentín. Juan está saliendo. Me dijo que no te muevas de acá por las dudas, que cerremos todo con llave, traba y que dejemos todas las luces prendidas. Dejá de llorar, dejá de llorar de una vez, boludo. Nos van a venir a romper el orto y vos llorando como un nene.

  El llanto se hizo ataque de angustia. Y el ataque de angustia se hizo ataque de pánico.

  Del Valentín que le había quemado una pierna a Matías, había festejado a carcajadas que seguía vivo y había reaccionado como una fiera cuando escuchó el timbre, no quedaba nada. Absolutamente nada.

  Era un enfermo que temblaba ligeramente y no manifestaba un mínimo rastro de humanidad. Era como un animal.

  Un suave combinado de pastillas lo tumbaron en uno de los sillones. Con una palangana con agua tibia y jabón le limpié la cara, el pelo y las manos. Por último, entre arcadas y con los ojos vidriosos por el asco, le saqué la ropa manchada de sangre, de barro y de mierda, y la llevé al lavadero.

  A las cuatro de la madrugada, agotado como nunca me había sentido en mi vida y con los ojos inyectados en sangre, borracho, paranoico y asustado, me quedé dormido junto a él. Soñé con el velorio de mi papá y de Lara, mi hermanita de siete años. Soñé con Matías, con Marito y con el Viejo Bustos. Soñé que el Viejo Bustos nos descubría y nos acribillaba en un descampado. Me desperté con un alarido. Valentín, despatarrado a mi lado, ni se enteró. Ya era de día.

  A las nueve de la mañana tocaron el timbre. Eran Juan y el Gordo Leandro. Antes de abrirles, escondí los tres fierros en mi pieza y llevé a Valentín a la pieza de las nenas.  

-Me armo unos cafés, cabeza –fue lo primero que dijo el Gordo, pasando a mi lado rumbo a la cocina. Parecía feliz de tener a su amigo nuevamente a su lado.

-Armate, Gordo, dale tranquilo.

  Juan, serio, inmutable y de pocas palabras, caminó a mi lado con lentitud.

-Siéntense, muchachos.

-Pará que yo antes me tengo que echar un cago –avisó el Gordo, señalándome el baño con timidez.

-Uy, Gordo, la concha de tu hermana. Me vas a desintegrar el inodoro con esas pompas.

-Pero si

-Pasá, pasá que después voy y compro otro.

  Juan se apoyó en la mesada, cerca de la hornalla prendida, y cruzó los brazos como el DT de un equipo que va barranca abajo.

-¿Se quedaron despiertos toda la noche?

-Hasta las cuatro, cinco. ¿Vos viniste bien?

  Cabeceó.

-¿Qué decís de todo esto, Manuel?

-¿Qué digo? ¿Yo? ¿Y qué querés que diga, Juan? No sé.

-¿Ni idea?

-Ni la más puta idea.

  Se enderezó. Buscó tres tazas, la lata de café y el azúcar. Tiró un chorrito de agua en cada taza y comenzó a batir.

-¿Muy nervioso, Valentín?

  Tragué saliva. Me mordí los labios hasta sentir que se me ponían blancos.

-Muy. Demasiado.

-¿Dijo algo?

-¿Algo como qué?

-Algo. ¿Dijo si tiene miedo, si se vuelve a Bariloche, si somos unos pelotudos? Vos lo conocés.

-No, no dijo nada. Pero está asustado, Juan. Se va a ir en unos días, y ahora olvidate… No sale de acá.

-No, que no salga –sacó la pava del fuego y comenzó a llenar las tazas–. Yo, ni yo ni nadie, bah, no tengo idea si esto tiene relación con el club. La verdad es esa. Pero nos mataron a dos pibes en un mes. El cuatro fue lo de Dardo y ahora esto. Tomá. ¿Cuántas de azúcar?

-Gracias. Yo le pongo, pasame.  

-Lo mejor, por las dudas… –habló, alcanzándome el azúcar, y recién retomó cuando terminé de revolver el café– Es que Valentín se vuelva a Bariloche hasta que se aclare todo. Igual él ya en unos días se volvía, pero si se quiere ir ya, mejor para todos.

-¿Vos decís?

-Hoy ya hablé con Chelo y con el Bebi. Me esperan a las once en la sede. Nos vamos a sentar los tres y ahí vamos a ver cómo sigue. Y algo entre líneas me van a decir. No sé quién, no sé qué. No sé, no sé, Manuel, te soy sincero. Pero si nos dicen algo entre líneas nos vamos a tener que abrir. ¿Vos cómo la ves?

  Me concentré en el café.

-Yo no veo nada a esta altura. Nada de nada. Por ahí fueron dos choreos al azar, por ahí no. Pero si te sentás con ellos dejame ir a mí. Quiero estar presente.

-No, imposible. Esto puede terminar a las piñas, Manuel. Si yo veo que uno de los dos está metido, y lo deja entrever, lo primero que hago es decirles que la Agrupación se corre de las elecciones y se corre del club. Nos iremos y fundaremos una Sociedad de Fomento por ahí. Pero lo segundo que hago es meterle un viaje en la boca al que haya sido. Es eso y se acabó la historia.

-¿Y si fue un choreo?

  Se refregó un ojo con un dedo. Parecía agotado. 

-Casi imposible. No nos mintamos más, loco. Cuatro corchazos para robar una billetera y un telefonito son una barbaridad. Y además apareció en Lourdes. 

-¿En Lourdes?  

-Y él laburaba en Bouchard.

-Ah, en Bouchard.

  Juan apoyó su taza en la mesa y se sentó. Dio un par de sorbos, acarició la pantalla de su teléfono y me miró. Yo tenía los ojos puestos en una mancha de la cortina del living, lo más lejos posible de los suyos.

-Veníamos a ver que Valen esté bien. Que no salga, Manuel. Y cuando se despierte decile que me llame –liquidó el café con dos sorbos más y se puso de pie.

-¿Ya se van?

-Hablamos con Román. Estamos yendo a verlo a él, de ahí a la sede y de ahí veremos. El cuerpo está en la morgue, en teoría la autopsia la tienen a las cinco, seis de la tarde. Y el velorio no sé… No sé, no sé, boludo… Te diría que no vayas, que te preocupes solo por contener al loco. Te entiendo si querés ir un rato, vengo yo y te cubro así cumplís.

-No, no –me apuré–. El único que lo sabe calmar a este boludo soy yo.

-Ya sé, por eso te dije lo de ayer a la madrugada. Hay que cuidarlo, viste que es frágil y se pincha, él se mete para adentro.  

-Sí, se cae en picada.

-Él se mete para adentro, carbura solo, y por ahí recién aparece cinco años después.

-Olvidate… Este hace la gran Cazador y el año que viene lo tenemos que ir a visitar al Tíbet.   

-Por eso. Por eso, Manuel. Vos llevalo tranqui, no le hables del tema… Y que no se persiga que en una de esas hoy antes del mediodía ya estamos dando un paso al costado y chau Furgón para siempre.

  El Flaco Leandro salió del baño y Juan lo interceptó en el pasillo.

-Vamos, Lea.

-¿Ya? ¿Y el café?

-Qué onda, Gordo, me dejaste quince kilos de mierda en el baño.

-Paramos en la YPF y te comprás uno –le respondió Juan, sin dejar de caminar hacia la puerta–. Vení cerrate, Manuel. 

  El Gordo me tiró un lujurioso beso y cerró de un portazo.

-Estamos hasta la verga –murmuré, ya solo, con el fantasma en la pieza–. Hasta la pichila.

  Me deslicé hasta la pieza y saqué la 22 de abajo de la cama. La puse en un recoveco de la silla, a tiro de la mano derecha, y volví al living, a seguir esperando. 

Lucas Bauzá

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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