Ariel Arnaldo Ortega cumple cincuenta años. A fuerza de goles y una sonrisa inolvidable, logró lo que pocos: trascender la camiseta de su club para ser querido y respetado por todos los hinchas y todas las hinchas. Escribe Juan Stanisci.
Ariel Arnaldo cumple cincuenta años. De pibe se vino de Jujuy al cemento porteño con la boca llena de silencios y la diestra cargada de amagues y gambetas. Nunca defensor alguno osó adivinar si iba para adentro o para afuera. Los amagues del burrito venían de unos quiebres de cintura que parecía tener vida propia. A fuerza de goles y una sonrisa inolvidable, logró lo que pocos: trascender la camiseta de su club para ser querido y respetado por todos los hinchas y todas las hinchas.
En Francia llenó de caños a todas las piernas inglesas. En Italia demostró que la belleza no es exclusiva del cine y la ropa, que también los goles pueden tenerla. En Turquía sintió la pena honda del desarraigo y habrá cantado como Atahualpa: «cuando se abandona el pago, y se empieza a repechar. Tira el caballo adelante y el alma tira pa atrás».
Nunca dejó de ser un pibe de barrio y como tal, sufrió las mismas penas y los mismos problemas que cualquier hijo de vecino.
Entonces creyó que era más importante hacerle caso a su corazón que a la fría letra de un contrato y se volvió al pago. Como en su casa no lo recibieron, cambió al Río de la Plata por el Paraná y devolvió gritos y sonrisas a un Parque de la Independencia que hacía rato que las había perdido. Una tarde consideró que para volver a casa tenía que llamarles la atención: así que fue, le hizo un gol al club de sus amores y lo festejó recordándoles que hay cosas que no se pueden comprar, pero que hay otras en las que no se debe escatimar.
Volvió a Núñez para ser campeón. Tuvo tardes imposibles, con goles llenos de lluvia y lágrimas llenas de goles. Se cayó y se levantó. Cuando empezó a ver que su carrera atardecía, se llevó su fútbol a Mendoza, Floresta y el Bajo Belgrano. Fue ahí, en el otro Núñez, el de Defensores de Belgrano dónde dijo basta. Desde esa tarde el fútbol es un poquito más triste y las gambetas una figurita cada vez más difícil.
Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci
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