Lorenzo Insigne fue una de las figuras de la última Eurocopa. Su sangre es napolitana y maradoniana. A Diego lo lleva en el corazón y tatuado en el muslo izquierdo. Escribe Juan Stanisci.

En la inmensa soledad del Estadio San Paolo vacío, Lorenzo Insigne camina por la pista de atletismo. Lleva un ramo de flores que mide casi la mitad de su tamaño. Rodeado por algunos fotógrafos que siguen su carrera contra el olvido, Insigne va a paso firme. Su destino final vive en su muslo izquierdo y en una imagen desplegada en las Curvas A y B. Lorenzo Insigne es uno y es mil. Cientos de miles. Es todos los napolitanos y todas las napolitanas que por la pandemia no pudieron ir al entonces Estadio San Paolo esa noche del 30 de noviembre de 2020.

Sobre un gran telón negro, en letras blancas, se alcanza a leer: “Sul campo di nuvole, palleggia una stella. Angeli festosi intonano a coro. Come in vita, piú di prima, il tuo nome scuote il cielo” (Sobre el campo de nubes, pelotea una estrella. Los ángeles de fiesta cantan a coro. Como en vida, más que antes, tu nombre sacude el cielo). El telón cae y queda al descubierto la cara de Diego, mientras un grupo de encapuchados rodea el mural con bengalas rojas. El humo sacraliza el mural. Estamos en el barrio de Frattamaggiore, a 10 kilómetros hacia el norte del centro de Nápoles. Estamos en el lugar de nacimiento de Lorenzo Insigne.

Il Magnifico, como lo apodan, nació menos de tres meses después del último partido de Diego en Napoli. Fue uno de esos scugnizzos (pibes quilomberos) a los que Maradona quería alegrar cuando llegó a la ciudad de San Genaro. Cuando todavía no era un adolescente su padre fue despedido de la fábrica de zapatos donde trabajaba. Una tarde llegó a la casa y anunció con la firmeza con la que hoy gambetea defensores que iba a dejar el colegio. “Entonces vas a tener que trabajar”, le respondió la madre. Todas las mañanas iba con su primo al Mercado de Frattamaggiore y pasaba la jornada como vendedor ambulante. Por las tardes entrenaba, más de una vez se quedó dormido en el vestuario y el entrenador tenía que ir a despertarlo.

Insigne creció a la sombra de los años dorados maradonianos. El Napoli tras la ida de Diego no volvió a ser el mismo, pero el recuerdo seguía vivo en los VHS que los padres mostraban a sus hijos con sus jugadas. Se fue a probar lejos de su tierra, precisamente al Torino y al Inter. Siempre lo rechazaban por lo mismo: su baja estatura. El error de los técnicos que no lo aceptaban solo podía significar una cosa: su futuro no podía estar lejos de Nápoles.

Deambulaba de club en club y de rechazo en rechazo. El último “hasta luego” lo escuchó en el Olimpia Sant Alpino. Fue a probarse al Olimpia Grumese y volvió a recibir la misma devolución: “volvé cuando crezcas”. La sangre napolitana comenzó a hervirle. El joven Insigne armó un cassino (quilombo en napolitano) y el club decidió ficharlo. No duraría mucho. A los 15 años el Grumese organizó una jornada para que sus jugadores sean vistos por ojeadores del Napoli. El petiso, o Nano como lo apodaban sus amigos, los deslumbró. Lo compraron por 1500 euros.

Pasó las categorías inferiores como una estrella fugaz. A los 19 años debutó en el primer equipo. Pero el club quería darlo a préstamo para que ganara experiencia. Giuseppe Pavoni fue a ver el partido entre las reservas del Napoli y la Lazio con la esperanza de poder llevarse algún joven a préstamo al Cavese de la Serie C. Quedó impactado por el joven gambeteador y le ofreció ir a jugar por seis meses. En el Cavese su técnico fue Paolo Stringara, quien después de un partido declaró que era uno de los mejores jugadores jóvenes del país.

Tras seis meses en el Cavese pasó al Foggia dirigido por el checo Zdenek Zeman, un técnico contracultural para la historia del fútbol italiano. En la década del 90 había alcanzado la fama tras ascender también al Foggia. Luego pasaría por la la Lazio y la Roma, donde declararía que no le gustaba “el abuso de fármacos” en el Calcio. “El fútbol tiene que salir de las farmacias”. La elite del fútbol italiano le saltó a la yugular y lograron borrarlo del mapa por unos años. Cuando agarró el Foggia se llevó con él al joven Insigne y le cambió la carrera. Sus equipos forman con un 4-3-3 donde solo los centrales defienden, suelen terminar como los máximos goleadores del torneo y como los más goleados. A Insigne lo corrió del medio al wing izquierdo, el mismo lugar donde brilló con Mancini en la reciente Eurocopa.

Luego de una gran campaña con el Foggia, Zeman se fue al Pescara. Insigne siguió sus pasos. 2000 personas recibieron al técnico checo en el puerto de Pescara, a orillas del mar Adriático. Zeman volvería a revolucionar el fútbol italiano. Junto con Insigne (20 goles en la temporada), dos jugadores con futuro de nazionale ascendieron al humilde Pescara: Marco Verratti y Ciro Immobile. Marcaron 20 goles más que la Juventus campeona de la Serie A.

Luego de dos temporadas a las órdenes del loco Zeman, Lorenzo volvió a casa. Su sueño siempre había sido jugar para el Napoli. Pero la cosa no sería fácil. Los tifosi napolitanos nunca lo fueron. Lo supo Diego. Lo sabe Insigne.

En un partido por la Europa League contra el Athletic Bilbao fue silbado cuando salió reemplazado ¿El motivo? No había hablado en napolitano durante la presentación del equipo unos días antes. Insigne caminó hacia el banco agarrándose la camiseta mientras miraba a la tribuna. “No lo merecen en Nápoles”, publicó su esposa Genoveffa Darone. Lorenzo en cambio conoce esas tribunas y los sentimientos que viven ahí. “Son silbidos de amor. Soy hijo de esta ciudad y esta ciudad espera mucho de mí. Somos muy orgullosos y queremos que los que nos representan hagan un buen trabajo”.

La oscilación entre amor y odio de los napolitanos puede enloquecer a más de uno. Es probable que Insigne haya ejercido esa misma presión cuando era un adolescente que iba al San Paolo. Aunque él debe ser quien más lo ha sufrido después de Diego, a quién lleva tatuado en su muslo izquierdo. Se grabó la cara del Pelusa festejando un gol del Napoli en diciembre del año pasado. No fue la primera vez que las tintas y Maradona se mezclaban en Insigne. En mayo de 2019 se lo vio cantando “La mano de Dios” de Rodrigo mientras le tatuaban la espalda.

En los últimos días se viralizó la teoría de que Diego había metido la mano para las consagraciones de Argentina e Italia. Es difícil creer que él hubiera hinchado por los italianos, aunque seguro hubiera elegido que perdiera Inglaterra. Lo que sí es más imaginable, es que Diego se hubiera alegrado por tres integrantes del plantel de Mancini: Immobile, Donnaruma y el propio Insigne. Los tres napolitanos. El trío llenó de Nápoles los festejos por la Eurocopa ganada. En los videos puede verse al plantel cantando una canción popular napolitana que dice “Ma quale dieta. Mi piacciono le polpette, mi piace la cotoletta. Ho mangiato alle quattro, ma ho ancora fame e sono le sette” (Pero qué dieta. Me gusta las albóndigas, me gustan los bifes. Comí a las cuatro, pero ahora tengo hambre y son las siete).

Iluminado o no por el Diego en esos quiebres de cintura que parecen salidos del sur del conurbano bonaerense, Insigne llevó la bandera maradoniana hasta el mismísimo Wembley. Esa que en la noche napolitana del 30 de noviembre del 2020 lo esperaba en las Curvas A y B del por entonces Estadio San Paolo. Lorenzo se acercó despacio, como quien no quiere apurar la despedida porque sabe que no habrá vuelta atrás. Dejó el ramo a los pies de una bandera celeste en donde se leía the King. Se persignó y giró para volver al vestuario. Pero volvió a darse vuelta. Miró la bandera, le tiró un beso y se golpeó el corazón. No había despedida. En Nápoles lo saben todos, pero es gente muy discreta y no dicen nada. Será mejor así.

Juan Stanisci

Twitter: @juanstanisci

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