“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada semana un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“No vi la vuelta de Diego a Boca en el 95. Pero al menos voy a ver la tuya al Furgón, que para mí es lo mismo… No estás para teñirte una franja amarilla en la cabeza, ¿no?”

Dardo Balmaceda, enero de 2016 

  Dardo, muerto. Matías Paz, muerto. Román Paz, preso. Tute Sánchez Morando, exiliado en Italia. Ignacio Driscoll, muerto. El Dengue, muerto. El Rata, muerto. Los Solís, corriendo serios riesgos de perder el club. Miguelo Díaz, trabajando en la B de Bolivia. La Agrupación “Unidos por el Furgón”, cerca de volver a manejar el fútbol. Guillermo Driscoll, proclamándose peronista de toda la vida y repartiendo su boleta junto a la de Alberto Fernández y Cristina para evitar lo inevitable. El Armenio Mouratian, a quince mil votos de entrar en la Cámara de Diputados de la nación. Lozano, viendo cómo todos se volvieron lozanistas de la noche a la mañana. Y yo, bien, tranquilo, ya sin la pastilla de la felicidad, enterándome de todo desde la computadora de la casa de Totó, tarareando “los muchachos lozanistas, todos unidos triunfaremos”.

-¿Volviste?

-Volvimos querrás decir.  

-Ah, ¿sos vivo, la concha de tu hermana? Andá a poner la pava, dale. Te la dejo pasar porque sos vos.

  Sonreí con toda la cara, ya con el cinturón de seguridad bien ajustado porque estábamos a punto de despegar: octubre se venía con todo. Y gracias a Mercedes, estaba en condiciones de transitarlo como se lo merecía ese súper mes: Boca y River se enfrentaban en semifinales de Libertadores el 1 y el 22; el 4 se estrenaba la quinta temporada de los Peaky Blinders; el 11, la película de Breaking Bad; el 13 y el 20, había debates presidenciales; y la frutilla del postre era el 27, con las elecciones presidenciales, provinciales y municipales. Desde una avioneta que volaba sobre el cielo despejado de Almafuerte anunciaban la tríada mágica: “Alberto, Axel y Marcelo”. Cebé el primer mate de la tarde y se lo pasé al Santo, que lo recibió después de haberse acomodado la pelota en la falda.   

-Alberto, Axel, Marcelo y Juan –enumeré, haciendo una escalera de cargos con la mano–. ¿Te imaginás?  

-Una pesadilla.  

-Tampoco es tan malo, boludo. Lo del PRO fue vergonzoso. Y así como quisieron hacer el negocio acá con el Andén, habrán hecho un montón.

-No sé, no sé. Y tampoco sé si va a ser Juan el que agarre el club, ver para creer –me contestó, devolviéndome el mate, y evitando hablar de la derrota política que se había comido en agosto.   

-Habrá que insistir. Juan es uno y Equi el otro, y cualquiera que proponga el gordo no tiene la capacidad de estos dos. Para mí que se corre a un costado, pone a un vice y al tesorero, y chau. Está para otra cosa ya.

-Lozano nos tiene bronca, paspado. A vos, te tiene bronca. ¿Te pensás que va a ser borrón y cuenta nueva como hicimos nosotros?

-Nosotros no hicimos borrón y cuenta nueva. Necesitamos que pierda el Bebi para salvar el club, nada más. ¿Es con Lozano? Y bueno, qué sé yo… Hubieras traído otra idea.

-¿Traído a dónde? Si vos no estabas. Pasame un mate, dale, y no empecés con las boludeces que me acostumbré a no escucharte.   

-Bueno, decírsela a los pibes. Y ahora estoy –me planté, alcanzándole el mate.  

-¿Ah, estás? Entonces tenemos que ir vos y yo, boludo. Con la agrupación. Y ver si sumamos alguno más.

-No, yo no. No sirvo para político, me aburro rápido. Nosotros estamos para acompañar desde atrás, sumar, y meterle ganas a lo nuestro si llegamos a ganar.

-¿De verdad vas a meterte en las inferiores? ¿Te ves ahí? Tomá, está muy fuerte todavía.

-Me re veo. Con Cucho dirigiendo la Primera, y ayudándome, me cago de risa. Agarro las tres categorías chicas y desde ahí arranco. Pero primero hay que ganar.

-Primero hay que ganar y después hay que ver que Lozano cumpla con lo que vaya a prometer. No entiendo por qué lo ves tan generoso de repente.

-Ya te lo dije, boludo –le remarqué, cebándome el tercer mate al hilo–. El chabón usó al club de trampolín, vino para eso y le acaba de salir bien. O sea, estuvo casi quince años remándola de abajo, y ahora que se le da, el Furgón pasó a un segundo plano. ¿El gordo es ladri? Es re ladri.

-Ultra ladri.

-Bueno, tiene quinientos negocios más jugosos antes que este –argumenté, poniéndome de pie para estirar las piernas–. Habilitaciones, boliches, merca, juego, impuestos, parquímetros, cabarets, terrenos, obra pública. Ya fue el Furgón, ¿qué? ¿Nos va a sacar el medio palo de la AFA? No lo va a hacer.

-Ah, ¿así que Lozano se va a perder una silla en la AFA y medio millón por mes porque ya tiene mucho? No seas pelotudo.

  La música nos tomó por sorpresa. Primero sonó un viento desértico. Y después se escuchó, clarita y potente, la voz que estaba de moda. 

-Soy La Cobra que se cobra todo lo que hiciste, bebé… Pensabas que era gratis lastimar, y andar pisando todos mis pedazos, bebé, mi alma está cansada de llorar… Si no me queda ya ni sangre, bebé, me hiciste cada gota derramar, cuando quisiste devorarme, pero yo sigo acá…

  El Santo estaba estupefacto. Yo me reí.

-¿Qué le agarró a este boludo de Marito?

-Se enamoró de la Barón el pajín.

-Viene el karma, corre… A ver si ahora te animás…     

  Nos dimos vuelta como si hubiéramos escuchado los pasos de la parca. Sentí que se me cerraba la garganta.

-Teniente Dan. Tanto tiempo, querido –saludó el Viejo Bustos, sin detenerse, acariciándole la cabeza al Santo. Se sentó a un paso mío y me señaló un lugar junto a él. Estaba de jeans, zapatos y chomba color salmón.

-Hola, Oscar. Hacela corta que estoy con un amigo –habló el Santo.  

-Lo veo a tu amigo, lo veo. Precisamente venía a eso. Sentate, Cazador. ¿Están tomando amargo? –preguntó, señalando el mate.  

-Amargo, sí.

-¿Y a este? ¿Le comieron la lengua los ratones, Teniente?

-No, Viejo –le hablé, ubicándome junto a él–. Estaba esperando que me saludes.

-¡Soy La Cobra que se cobra todo lo que hiciste, bebé!   

-Ah, ¿estabas esperando eso?, muy bien. Buenas tardes –me saludó, ofreciéndome la mano derecha–, ¿cómo dice que le va?

-Todo bien. ¿Vos?

-¿Yo? Si te cuento nos vamos mañana. El gordo Lozano habilitó el montacargas en el naso otra vez, y está dale que va, agrandado como zapato de mogólico.

-Me imagino.

-Y sí, vos ya lo conocés, ¿para qué me hacés hablar? Cebame un matecito, hacé el favor.

  Miré furtivamente al Santo. Le pasé el mate al Viejo y me prendí un cigarro. 

-¿Vamos a lo nuestro, muchachos? Les vengo a contar una historia… Convidame uno, Cazador, que me olvidé los fasos en el coche.

-Sí –le ofrecí el atado y el encendedor.

  El Viejo prendió el cigarro y lanzó el humo por la nariz.

-Ya no siento nada, voy como anestesiada…    

-Voy a tratar de ser breve así los dejo tranquilos. ¿Ustedes sabían que yo hacía boxeo en el club, que estuve desde los trece o catorce años como hasta los dieciocho?, hasta que entré a hacer la colimba acá en la Aeronáutica, en Palomar.

-No.

-Sí –respondí–. Yo algo sabía.

-Pero yo sigo acá… Y soy La Cobra que se cobra, bebé, kilómetros que me hiciste arrastrar…

-Estás en todo vos. Tomá, muy rico –me contestó, cordial y ameno, devolviéndome el mate–. Bueno, sí, hacía boxeo en la sede, categoría supergallo. Pasaron cincuenta años y sigo a tres kilos del peso, miren si estaré hecho un péndex o no. En esa época conocí a Amancio, un tipazo, también a la mujer, una gallega que era de fierro, y al Bebi. Desde pibe, les estoy hablando, los dos somos clase cincuenta y dos. Yo seguí ligado al club, más de una vez tuve que acudir a algún muchacho para un trabajito, y a lo que voy es que desde que lo conocí que tuve ganas de cagarlo a trompadas. Pero jamás lo hice. ¿Por qué, a ver? ¿Por qué, Teniente?, a ver si sos tan pillo como creo. 

-Por el padre.

-Un, dos, tres: La Cobra.

-Exactamente. Por respeto al viejo Amancio. Y además porque nunca se me dio por pegarle a los giles, y este es un pobre gil, un otario de aquellos. Y yo a los otarios los ignoro o les culeo a la jermu, no me ando con vueltas. Vos –me habló–, tenés que estar orgulloso de que te haya mandado al hospital. No cualquiera va al hospital mandado por el Viejo Bustos, no cualquiera, ojo.

  Pensé muy bien la respuesta: no quería perder más dientes.

-Bueno, te agradezco.

-No, te agradezco, no. Era lo que habíamos acordado. Vos me lo distraés al gordo en el año de su vida, y yo actúo en consecuencia. Pero ya está, ya quedó atrás y te disculpo.

-Ya está eso, Viejo –apaciguó el Santo, retándome con la mirada por la suave ironía–. Seguí con el tocuén que quiero saber si el lobo se va a garchar a la caperucita.

  Por primera vez desde que lo conocía, el Viejo carcajeó con ganas.

-Este rengo es gracioso, el hijo de puta. Sí, ya se la culeó, pero vengo para que cortemos con eso. Lo mismo que ustedes, desde que entré a boxear a la sede que me lo vengo aguantando al Bebi, ¿viste que tu hermano fue una tarde y lo embocó al tarado del nieto? Lo mismo me pasaba a mí, bien colocado ese esquiafo, lo mismo… Me miró de arriba toda la vida, el Bebi. Toda la vida un sobrador, cancherito, jugándola de taura con la gilada. Y ahora estamos para sacarlo del club después de una vida corriendo de atrás. Y lo tenemos que aprovechar.

-¿El lobo es el Bebi Solís?

-Sí, y tu hermana es caperucita, Teniente. Por eso vengo a levantarles el indulto.

-¿Qué indulto?

-¿Cómo qué indulto? ¿No sabías que ustedes dos no se podían acercar al Chelo?

-Sí, lo sabíamos.

-Bueno, ¿y entonces qué hablás? Venía a aclarar los tantos para que sepan que de mi parte no quedaron rencores, al contrario. Al contrario, se ganaron mi respeto y ahora tenemos que estar espalda con espalda, cada uno en lo suyo, para que no se rompa el acuerdo. Estamos como el Frente de Todos, digamos –trazó la analogía, y me palmeó con complicidad–. ¿Este sigue siendo macrista o se despertó, che?

-Sigo siendo republicano –respondió el Santo por mí. 

-¡Ja! Republicano. Entonces háganme ese favor, Cazador, porque estamos a un mes de presentar la lista y el tiempo corre. No me embarullen a los pendejos con romper, tranquilos que yo a los inadaptados de siempre ya los tengo apalabrados, y olvidensé porque el gordo está en otra cosa y les va a quedar el estofado servidito en bandeja. ¿Ya saben quién va a ir?

-¿De qué? –le pregunté.

-No sé, ¿qué estuvieron hablando entre los de ustedes y el Chelo para ver quién va a manejar la batuta en la sede?

-Se están encargando Juan y el otro, el pibe Cóceres.  

-Bueno –murmuró–, ya lo verán ellos. Igual al Cóceres ese le estoy haciendo marca personal, porque te coge un avestruz al trote. Pero si no hacemos cagadas, me puedo a morir en paz porque pudimos sacarlo al Bebi de mierda. Chau, muchachos, ahora seguro que en unos días nos vemos –se despidió, tan de repente como apareció.

-Chau.

-Que te garúe finito –lo despidió el Santo. 

  El Viejo se frenó en el umbral de la puerta que daba al salón del bar.  

-Era un chiste, Viejo –se atajó el Santo, por las dudas–. Como no la dijiste vos…

-No, porque la guardo para los enemigos. Y ahora mal que mal estamos todos en el mismo barco.   

-Che, Viejo, pará. Antes de irte: ¿cómo sabías que estábamos acá?

-Me extraña, Teniente, te hacía más inteligente. Al final voy a creer que el mongui del bar sos vos y no el otro. 

  Nos miramos, de nuevo solos, y hablamos al mismo tiempo.

-Marito.

-Marito… El tololo ese, sí. Andá a buscarlo así lo cago a trompadas.

  El Viejo Bustos lo había encerrado en el baño unos días después de su primera visita, cuando yo estaba en Entre Ríos, y con el revólver metido hasta la garganta le había dicho que le mandara un mensaje cada vez que yo estuviera reunido con el Santo.

-¿Y vos qué hiciste, Marito? No llorés que no pasa nada, todos hubiéramos hecho lo mismo.

-Me cagué encima.

-¿Te cagaste encima?

-Sí, y me metió la pistola ahí atrás, y sacó mierda.

  Me dio tanto asco que no pude escuchar más. Me paré para ir a tirar unos zapallazos al aro.  

-¿Y ahí?

-Se limpió la pistola con mi remera.

-Qué viejo hijo de puta. Valentín: ¿lo escuchaste? ¡¿Estás escuchando?! Le pasó el fierro embadurnado de mierda por la pilcha.  

-Sí, lo estoy escuchando. Dejalo tranquilo, pobre chabón.

-Sí, no pasa nada, Marito. Ya está, ya pasó, amigo –lo consoló, acariciándole la mejilla empapada al gigante–. Disculpanos, fue un mal momento para todos. ¿Te pudiste limpiar bien después?

  Marito cabeceó avergonzado, corriéndose las lágrimas con el puño del buzo.

-Te ganaste un bono, loco. Ahora con este boludo vamos a juntar unos pesos y te vamos a pagar un bono por el mal trago que te hizo pasar ese viejo pija muerta. Vos igual no le tenés que decir a nadie lo que pasó.

-No –se apuró a contestar, aterrado con el Viejo.

-¿El tema de la Jimena Barón te lo hizo poner él, no? –le pregunté. 

-Sí, Cazador –respondió Marito.

  Cuando nos volvimos a quedar solos, habló el Santo.

-Esto fue antes de lo de Paz. Por ahí nos siguió él.

-Por ahí, no.

-Y el día del cuetazo, que estábamos jugando al básquet… Caés vos, Marito le avisa, el Viejo aparece a los cinco minutos.

-Sí. De eso ya no hay dudas.

-Ahora entiendo, claro.

-¿Y por qué aparece? –me pregunté en voz alta– ¿Por qué nos apura? Si en teoría, nosotros…

-Está clarísimo, Valentín. Nos apuró porque fue él. Nos vio zarparnos con Paz y vino a marcar la cancha para que no hagamos cualquiera con el gordo Lozano.

-Pero no nos mandó al frente.

-No. No… Y hasta nos terminó haciendo un favor, te diría.

-¿Por qué?

-Y qué sé yo, boludo. Qué mierda sé yo. ¿Y ahora?, que viene a hacerse el amigo, a decirnos que estamos todos en el mismo bondi. ¿Vos te subís al mismo bondi que este viejo bufarreta?

-Ya estamos subidos, es medio tarde la pregunta. Y hasta acá, mal no nos fue. ¿O no?

-Y no. ¿Pero fue él o no? ¿Qué decís?

-Yo no digo más nada, Manu. Vamos a ganarle al Bebi y chau. Después vemos.

-Sí, vos dale con el después vemos, que al final tengo más dudas que la defensa de Boca.

-Hablando de Boca, me voy a la mierda –aproveché, parándome–. Este Viejo me da un cagazo, boludo…

-¿Pero estás bien? ¿De eso?

-¿De qué?

-Nada, del ojo. Del cagazo… De los mambos.

-Ah, joya, joya. Me puso nervioso, pero apenas. Todo bien.

-¿Seguro?

-Seguro, boludo.

  El River – Boca de ida lo vimos esa misma noche con Totó en casa, comiendo una pizza. La quinta temporada de los Peaky me la fumé en una noche, dos días después del estreno, porque estuve todo el fin de semana trabajando de mozo en un salón de eventos. El estreno de la película de Jesse Pinkman, el viernes 11, lo pude ver ese mismo día porque en la semana había hecho un par de fletes con mi tío Isma que me salvaron de ir a mulear y de arruinarme los pies catorce horas por mil cuatrocientos pesos. El primer debate entre Alberto, Vagoneta y los demás, lo vi con Totó y Fabricio. La revancha de la Copa, que se jugó en La Bombonera, la vi en el bar con el Santo –del Rojo–, Marito –de Racing–, y un puñado de bosteros con el alma en pena, que ya no sabían qué cábala inventar para dar vuelta la historia. El segundo debate no lo vi por trabajo, ya que un amigo del Mosca me había conseguido una changa para que lo ayudara a colocar unas antenas de telefonía móvil, o alguna poronga de ese estilo, en un par de pueblos que quedaban antes de llegar a la costa. El día de las elecciones fui a votar temprano con Totó a la escuela 1, en el centro de Almafuerte, volvimos a casa a hacer unos choris, recibimos a Fabri, Juan, el Mosca y Brizuelita, los otros peronistas de la banda, que se pusieron a escabiar adelante de los pobres (Totó estaba mal de la panza y yo tenía el alcohol prohibido hasta nuevo aviso de Mercedes), nos comimos el tremendo baldazo de agua fría que significó el 40 por ciento de votos sacados por el macrismo, y ahí cada uno reaccionó a su manera: Fabri y el Mosca festejaron igual, Brizuelita se fue corriendo a lo de la novia porque ya habían pasado las seis de la tarde, Juan se fue a su casa caliente como una mecha, y yo me fui a la cama a ver la tele aliviado y contento, pero a las puteadas. Miraba los números que había sacado Vidal y me sentía aliviado. Miraba la cara de Majul y me ponía contento. Pero miraba la cantidad de gente que había votado a Macri y arrancaba a las puteadas.

-La concha de tu madre, Santopietro cabeza de pija.

  Al otro día, me levanté temprano, compré Página 12, Clarín y Perfil, una docena de churros, me armé el mate y me senté con Totó, que me esperaba en el patio.

-Ah, mierda, que andás ganando bien…

  Miré los diarios, levanté las cejas, saqué un churro de la bolsa y contesté:

-Me quedaron ciento setenta pesos en total. Pero mañana tengo para hacer una onda con Angelito.

-¿El muchacho albañil?

  Ni le contesté. Agarré el Página 12 y empecé a disfrutar de la buena vida.

-Che, boludo. ¿El albañil? Si es el albañil, preguntale cuándo mierda me va a venir a arreglar las cagadas que me hizo en el techo. Negro sorete, me cobró cualquier plata y lo dejó peor que antes.

-Bueno, viejo, ponete a leer y dejá de romperme la chota.

-No, qué chota, infeliz… Donde me lo cruce al negro, lo cago a trompadas. Avisale. Dijo mi abuelo que te va a cagar a trompadas por andar estafando jubilados. 

  Escuché la reja de la entrada. Levanté la mirada por encima del diario y me encontré con un Fabricio impresentable, pasado de rosca, con una baranda a escabio que volteaba.

-Uh, miralo a este, flaco.

  Se derrumbó en uno de las sillas, me manoteó un cigarro y arrancó a contar. Venía de “Saturno”, el boliche más grande de Almafuerte, que había sido alquilado por el peronismo local para festejar el triunfo de Lozano, flamante intendente del municipio.

-Todos, loco. Estaba la banda del Zurdo, estaba el puto de Docabo, estaban todos. El gordo Lozano se pagó hasta las pizzas para rescatarnos al final, parecía un casamiento.

-¿Cómo estaba el gordo?

-Re zarpado el Chelo, te mandó saludos. Después hablamos con el Equi, esta semana nos juntamos ahí y chamuyamos.

-Tomá un pañuelo, hombre, limpiate la nariz.

-Gracias, viejo. Vino a tocar la Sonora, todo re cheto.  

-Che, boludo: ¿cuándo nos juntamos?

-Esta semana. Estaba re zarpado el gordo. Re zarpado, guacho. Después tiró un re discurso, nah, pero ni lo escuché.

-¿El Mosca? ¿Fuiste con él?

-Eh, re zarpado ese puto también. Después repartieron papel picado, tiraron humo, pum, pum, todo, altas minas, todo. Se re puso el gordo, alta joda. ¡Al-ta jo-da! Vos sos re puto, ¿cómo no viniste? Boludo, eh, boludo: ¡¿cómo no viniste?! Se fue Macri, puto. Se fue, se fueron. Pedazo de putos, boludo. 

-Dale, gordo, rescatate y andá a dormir.

-Eh, loco, ¿pero volvimos o no volvimos? ¡¿Volvimos o no volvimos, puto?! Guardame los diarios que después los leo. 

-Sí, volvimos.   

-Eh, ¿qué hace el Clarín acá, loco?

-Soltá, gordo, la concha de tu hermana. 

-Devolveme el diario, guacho hijo de puta.

-Uh, disculpá, viejito, disculpame, yo te quiero mucho. Dame un cigarro más que me voy, Fantasmín. Y guardame, después leo. Este guardame así me limpio el orto.

-Sí, dale. Andá a dormir y dejá eso ahí que ya lo arrugaste todo, cachivache.

-Eh, no me insultes, loco. Estoy feliz porque volvimos. Feliz. ¡Feleeez, guacho, feleeeez!

-Bueno, chabón, ya fue.

-¡Parapararapam parapapam! ¡Me morirééééé! ¡¡Cuando te mire besando a otra, me moriréééééé! 

-Uh, llevateló a este que los vecinos van a llamar a la policía, flaco…

  No hizo falta. Se metió en la casa solo, bamboleándose con dos churros en una mano, un cigarro en la otra, y la zanja del orto a cielo abierto. 

-Que no te busque, que no te llame, que otra persona tiene la llave… para entrar en tu vida…

-Lo llegan a ver los del FMI y se largan a llorar, flaco –hipotetizó Totó–. Por ahí hasta nos perdonan la deuda de lástima.

-No los veo perdonándonos, eh –contesté, arrimándole el mate.   

-Que festeje hoy este pobre infeliz… –se lamentó, moviendo la cabeza–. Mañana ya hay que empezar a laburar para devolver la tarasca del Dujovne este, y del Peña, y de la puta madre que lo parió a este país de boludos.

-OIvidate, viejo.

-Pasame el de Fontevecchia, mejor, que soy capaz de comérmelo de la calentura al Clarín de mierda este.               

-No te amargués, viejito. Agarrá el mate, que se te va a enfriar.

-Sí, tenés razón –dijo, tomando el primer amargo de la mañana–. Pero siempre lo mismo, flaco, te desfloran el ojete y después la que sufre es la gente, manga de cagadores que son… A ver qué dicen los boludos estos, alcanzame los anteojos que los dejé por ahí, flaco.

-Los tenés en la mano.

-Ah. Decí que te tengo a vos, al final sos menos turro de lo que pensaba.

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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