A 35 años de la final Intercontinental entre River y Steaua Bucarest, entrevistamos a Norberto Alonso. El Beto, uno de los máximos ídolos riverplatenses, repasa desde su infancia en Polvorines, pasa por el mundial 78, hasta su retiro como campeón en Japón. Escribe Federico Raggio.

Después de varias semanas de espera, de la nada, una llamada a las 18:10 avisa que va a estar media hora más tarde en el punto de partida: la confitería del Monumental. De Caballito hasta Núñez, en hora pico, insumen unos 50 minutos de expedición al menos. Nuestro viajero responde que podrá arribar a las 19 horas. Hay que tratar de llegar.

A las 19:12 se traspasa la entrada de Figueroa Alcorta. Son unos 200 metros hasta la confitería “La Máquina”. Lo podemos reconocer. De chomba color naranja y jeans negros, charla por teléfono mientras espera en una mesa. Todavía algunos lo miran de reojo para corroborar. Alguien estira el cuello e intenta mirar con detalle, como tratando de confirmar si es él. Sí, es él.

Para los que tienen más de cuarenta y tantos, los recuerdos todavía están ahí, vivos. Época de equipos que salen de memoria. De botines Puma, Adidas y Topper de color negro. De pantalones cortos y camisetas casi sin publicidades. Durante los ’70 y ’80 era uno de los que mejor personificaba al “10” junto al Diego y Bochini: Norberto Osvaldo Alonso. El “Beto”.

–¿Qué se le puede decir a un treintañero o más joven sobre cómo jugaba el “Beto” Alonso?

–Y… hoy tienen que buscar los videos. Es difícil encontrar jugadores así porque no hay más potrero.

–Además, el fútbol es cada vez más táctico y atlético…

–Sí, y no hay jugadores completos, que cabecean, que le pegan con las dos piernas, que ejecutan bien tiros libres, penales, que tienen pase-gol, gambeta…

También se podría agregar que era guapo, elegante e inteligente porque Norberto Alonso se cansó de meter golazos de volea o de cabeza, pero sobre todo de tiro libre. Como lo explico alguna vez otro ícono riverplatense, Amadeo Carrizo: “Los ejecutaba con una técnica asombrosa. Pero al margen de su capacidad goleadora, también fue un líder. Su actitud para jugar los clásicos, para enfrentar a Boca, es algo que siempre se le reconoció. Y para armar juego fue un número ‘10’ de excepción. Veloz, hábil, con panorama. Por eso digo que bien pudo sobresalir en todas las épocas. No son muchos los futbolistas de quienes se pueda decir eso”.

En los potreros de Los Polvorines adquirió la picardía y la imaginación que se sumaron al talento innato. Esquivando pozos y piernas aprendió a llevar la pelota bien cerca de la zurda. Hoy –en la era del fútbol de los millones provenientes del lavado de activos y de los paraísos fiscales- valdría una fortuna. Y antes de dejar su sello como volante ofensivo por la izquierda en los ’70 y los ’80, el “Beto” jugó de “11”en las inferiores. Un wing izquierdo “mentiroso” porque arrancaba de más atrás.

“Yo no me sentía ni más ni menos que Maradona y los otros grandes”, pronuncia. Tal vez al “Beto”, como dijo alguna vez Néstor Gorosito, le faltó el cambio de ritmo que tenía Diego. Además, “Pipo” lo eligió entre los tres mejores futbolistas con los que jugó en su carrera. También lo reconoció el año pasado el crack del Brasil de Telé Santana, Falcão, quien lo coloca entre los más destacados jugadoresargentinos que vio: “Hablan de Maradona y de Messi… y yo pienso que los dos son jugadores fantásticos. Enfrenté a Maradona, pero no a Messi… Y yo aprovecho para destacar a un tercer jugador argentino, que fue el ‘Beto’ Alonso. Era ‘10’ también, y para mí era un futbolista extraordinario”.

–¿De qué futbolista, imitándolo, aprendiste más?

–¿Viste cuando jugabas en el barrio? Yo decía que era Ermindo Onega. Además, trataba de imitar a los pibes que la pisaban y que jugaban bien. Siempre me gustaron los jugadores de buen pie. Y con River… me siento tan identificado. Caí en la mejor institución del mundo para mí. Y con los mejores referentes del buen juego.

–Y mientras dabas tus primeros pasos en River ¿continuabas yendo a jugar con tus amigos?

–Sí, una costumbre era: veníamos del colegio, comíamos un “pucherito” que hacía mi vieja y a la calle. (Estaba) siete-ocho horas jugando en el potrero. Antes era todo campo. En la esquina de mi casa había un tambo. No vivía mucha gente, después se fue poblando poco a poco. Las últimas veces que pasé por Los Polvorines, no reconocía nada. “Me sacaron”(sic) la canchita de la esquina, en Godoy Cruz y Patricias Mendocinas. Además, había otras canchas por el Barrio Textil.Si teníamos la pelota éramos felices.

Yo quiero vivir como las aves

Que no pueden atraparse

Ni alcanzarse…

Domingo al mediodía de un verano cualquiera a mediados de los ‘60. Aroma a milanesas recién hechas en la cocina. Mientras suena de fondo un tema en la “Spika”, el pibe tararea la primera estrofa. A lo lejos, el eco de un coche motor Ganz todavía a unos dos kilómetros de Los Polvorines. Suena la bocina: advierte a los pocos vehículos que intenten cruzar la calle Rivadavia que en menos de un minuto y medio estará arribando a la estación. A la cuadra de Godoy Cruz llega en un sulky abarrotado de tarros Don Raúl, el lechero. Arde el sol. En la sombra unos pibes juegan a las figuritas, otros a las bolitas.

Después de almorzar las milanesas de mamá Ana, el pibe, que se hizo “zurdo” por la tozudez de su viejo, se va a la canchita de “los pinitos” que queda en la esquina. Los hermanos mayores van a la “de once”, que está en Godoy Cruz y Renacimiento, y que en un futuro lejano será el predio de una institución educativa privada, cuando los potreros polvorientos comiencen a desaparecer.

Cuando llega a la cancha comienza a hacer un “cabeza a cabeza” con su amigo Néstor antes del partido. La ´Pulpo’ rojiblanca, impregnada de barro seco, va de una testa a la otra: uno – dos – tres – cuatro – cinco – seis toques… y no toca el piso. De caucho, era muy difícil de dominar. Había que ser crack.

Yo quiero volar

Por el mundo y recorrer

Libre y sin pensar

Que tendré que volver otra vez…

Y si hay mucho viento, a remontar barriletes: “Usábamos las cañas para armarlo. Las pegabas y las dejabas secar. Era todo un trabajo artesanal. Y si no tenías papel glasé, le poníamos papel de diario. Le poníamos trapos en la cola, para equilibrar. Y lo hacíamos volar igual. Un pibe lo tenía y yo –de repente- corría y le íbamos aflojando el ovillo hasta que levantaba. Y cuando levantaba hasta allá –señala con los dedos como demarcando el horizonte- le dábamos. Y cuando nos aburríamos, le poníamos una Gillette en la cola (del barrilete). Y como éramos muy hábiles, nos acercábamos al barrilete del pibe de al lado y en los ‘tiros’ –que eran tres-, tratábamos de que hiciera una ‘comba’ con el viento. Y cuando se acercaba, le cortábamos el hilo del medio y a la mierda. No sabés adónde iba”.

“Y después, a una chica del barrio que –por ejemplo- nos gustaba, le mandábamos ‘cartitas’. En el hilo le poníamos ‘te amo’. Éramos terribles, la verdad. Pero teníamos una habilidad para esto” –risas-. Mientras habla de aquellas travesuras en Los Polvorines se acerca alguien.

–Te vi cuando recibiste un premio allá por el 2000… 2002, estabas todo trajeado. Sabés que no me puedo acordar bien…

Silencio de dos segundos. Emocionado, el hincha continuó su relato sobre el evento, con pocas precisiones y fechas confusas. El “Beto” gambetea con la elegancia que lo caracterizaba dentro del campo de juego: “Sí… sabés que no me acuerdo…Igualmente, se conmemoraron los 35 años (de la obtención de la Copa Libertadores) y salimos a la cancha con los muchachos (fue contra Patronato hace unas semanas). Son como mimos al alma”. El pedido de la foto y un “te quiero ‘Beto’”del fanático, más un abrazo, le dejan paso a la entrevista nuevamente, que nos lleva directo a sus primeros pasos con la banda roja, cuando con nueve años se bajaba en la antigua estación “Balneario” del Belgrano Norte (ex Scalabrini Ortiz). Enseguida, cruzaba el puente peatonal sobre la Av. Lugones y estaba en River. A veces descendía en “Aristóbulo del Valle” y se tomaba el 130 hasta Núñez.

Norberto Alonso jugó en la sexta división hasta que el legendario Didí, que era el director técnico de la Primera, vio que rendía mejor de “10” y lo promocionó. El brasileño lo bautizaría como el “Pelé blanco”. Debutó el 8 de agosto de 1971, con 18 años, en un partido que el Millonario perdió 2 a 1 con Atlanta en Villa Crespo.

De aquel lento e inexorable camino que duró dieciocho años para que River volviera a dar una vuelta olímpica, al “Beto” le tocaron vivir cuatro. En el medio tuvo desempeños rutilantes, como en aquella victoria por 3 a 1 en La Bombonera, con un River conformado por juveniles a causa de una huelga emprendida por los futbolistas profesionales de todos los clubes. Sin embargo, aquella noche del 27 de noviembre de 1971, Boca se presentó con su formación titular. Fue una gran actuación de los pibes del brasileño Didí, en particular del “Beto”y J.J. López, con quien comenzaba a formar una sociedad futbolística que los hinchas de River disfrutarían durante más de una década. “Fue el jugador con el que mejor me entendí dentro de una cancha”, reconoce. Sin embargo, añade: “A mí me duele que se puso la camiseta de Boca. A mí esas cosas no me van. Vos podés ir a otro club, pero te vas a Boca…”.

Mostaza Merlo, El Beto y JJ López

Ese pibe que metía sombreros y caños, que daba pases de taco casi sin esfuerzo, que la pisaba y levantaba la cabeza para asistir al “Pinino” Más o a Pedro González con pases milimétricos, también hacía golazos inolvidables, como aquel que nunca pudo hacer Pelé frente a Uruguay, en las semifinales del Mundial de México 1970, cuando engañó sin tocar la pelota al golero Ladislao Marzukiewicz. Aquel 3 de diciembre de 1972 en un clásico disputado con Independiente en el Monumental –que venía de conquistar la primera de las cuatro Copa Libertadores seguidas que obtendría en los ’70- el “10”, aprovechando que la defensa del Rojo jugó al offside, quedó sólo frente a Miguel Ángel Santoro luego de un pase de Dominichi. Amagó a interceptar la pelota y la dejó pasar. El arquero, que había salido hasta la puerta del área grande, quedó pagando, y el “Beto” fue a buscarla por detrás. Sólo tuvo que empujarla. Además de ese tanto, convertiría otro más en ese partido del Nacional ’72 que terminó 7 a 2 a favor del local.

Apenas había cumplido 20 años y sería convocado a la selección nacional para una serie de amistosos. Sería figura en la victoria por 3 a 2, jugada en el Olympiastadion de Berlín frente a la Alemania Occidental, que conquistaría al año siguiente el Mundial ’74. Le clavó un tiro libre impresionante al ángulo a Sepp Maier, quizás el mejor arquero alemán de la historia.

“Me recuerdo también un 4 a 3 acá contra Independiente, en la semifinal del Metropolitano 1979”, relata Alonso, que esa tarde anotó el segundo, luego de gambetear en una baldosa a Trossero, evitar el patadón de Insaurralde, y punteándola, casi cayéndose, frente a la salida de Pogany. Un partido vibrante de ida y vuelta, con golazos electrizantes, que le dio una idea a Labruna para la revancha en Avellaneda, según revela el “10” millonario: “Me acuerdo que Ángel lo mete al ‘Nene’ Commisso, que jugaba de cuarto volante, y le dijo ‘Bochini, no la tiene que tocar’. Y no la tocó, ganamos 2 a 1”.

¿Cómo eran esos clásicos entre dos equipos con propuestas futbolísticas similares?

–Con Independiente siempre salían partidazos, muy abiertos y con goles. El público se iba siempre contento. El “Bocha” era la “aduana”, todas las pelotas pasaban por él. Era muy difícil marcarlo, tenía una velocidad mental impresionante, además metía el pase con la “puntita” del pie, eran esas habilitaciones que pasaban entre doce piernas. No tenía la pegada que podía tener yo o Riquelme. Aparte, vos mirás… pero ¿quién es más estético? El zurdo.

–Por eso tu viejo te “hizo” zurdo…

–Claro, fue una idea de él, porque pensaba que el zurdo era siempre más vistoso. Me ataba la pierna a la silla y yo tenía que darle con la zurda. Mi viejo le decía a mi mamá Ana “¿cuándo sacás la ropa?”.Teníamos un terrenito atrás de la casa. Entonces, él colgaba del tendedero una media y la enganchaba de la soga. Y nos decía a “a cabecear”. Saltaba Carlos, saltaba Hugo, y yo, que era re-competitivo, les quería ganar. Un día mi viejo estaba jugando con mis hermanos –no me lo olvido más-, y jugábamos a gambetearnos. Ellos jugaban bien, pero yo los gambeteaba y medio que los cargaba. Y mi viejo les decía “Ey Carlos, Hugo, ‘paren’, no le peguen en el hueso”.

Hay dos momentos en la charla donde se percibe que Alonso se estremece más: cuando habla de su papá y de su padre futbolístico, “Angelito”. Labruna, uno de los emblemas de la institución, que había formado parte de la extraordinaria “Máquina de River” jugando como insider (la posición que precedió al volante ofensivo por la izquierda y que en la espalda llevaba la “10” también) y que había contribuido en 1957 en la obtención del último campeonato para el club, llegó en 1975 con la promesa de cortar la racha de los dieciocho años, tras varios subcampeonatos y momentos de buen fútbol. River se había olvidado de ganar pese a contar con planteles donde brillaban cracks de la talla de Amadeo Carrizo, José Ramos Delgado, Ermindo Onega, Oscar “Pinino” Más y Luis Artime.

Aquel River, que mezclaba juventud y experiencia, era un equipo diseñado para hablar el lenguaje técnico que pregonaba Labruna, a partir de la seguridad del “Pato” Fillol bajo los tres palos; la firmeza del “Mariscal” Roberto Perfumo en defensa (con un recambio del calibre de Daniel Passarella); un mediocampo admirable conformado por Juan José López, Miguel Ángel Raimondo (que alternaba con Reinaldo Merlo) y Alonso; y una delantera desequilibrante con Pedro González, Carlos “El Puma” Morete y Más, a los que se sumaría Leopoldo Luque para el Nacional ‘75.

Finalmente, el 14 de agosto de 1975 River Plate volvía a gritar campeón luego de tantas frustraciones, de la mano de Alonso dentro del campo y de “Ángel” del otro lado de la línea de cal. “Yo creía en mis condiciones, pero con ese título comienzo a crecer más”, rememora Alonso, que tenía bien en claro que para convertirse en ídolo debía pasar por un crescendo de alegrías y dificultades. Pocos meses después de la consagración en el Metropolitano, en diciembre del mismo año, llegaría el bicampeonato con la obtención del Nacional. El conjunto de Labruna se clasificaría para la edición 1976 de la Copa Libertadores. Después de una estupenda campaña, donde en la ronda semifinal vapulearía a Independiente y Peñarol, perdería la final contra el Cruzeiro de Nelinho, Zé Carlos y Jairzinho (campeón mundial en México ’70), luego de tres encuentros muy violentos

“Era bravo. Ibas a Uruguay o a Brasil… y te cagaban a patadas y los árbitros miraban para el costado. Te podían decir de todo y vos tenías que ir al frente. Con los contrarios yo no tenía ningún problema porque nadie, ninguno mató a otro en una cancha… es todo ‘de boquilla’ (sic). Y yo vengo de Los Polvorines, escuchame… ¿qué carajo me pueden decir?”, suelta Alonso, lacónicamente. Después de esa final, fue transferido al Olympique de Marsella.

–¿Por qué en Francia no pudiste rendir de la mejor manera?

–Mirá: me lesioné (arrastraba un problema en el menisco), e incluso me enfermé, tuve infecciones porque no estaba habituado al agua potable que tomaban allá para tomar y cocinar (con un contenido calcáreo más concentrado). El médico me explicó que no estaba habituado mi organismo.

–Si las cosas hubiesen sido diferentes, tal vez no te volvías antes y hubieses estado más años afuera…

–Claro, pero yo agradezco porque volví a mi casa. Yo quería estar en River, para mí esa era la decisión correcta. Cuando te digo que este es el mejor club del mundo para estar es porque lo siento. No es algo que se pueda explicar sólo con las palabras.

–¿Hacías una diferencia económica en aquella época?

–No, no. No es como ahora. Si hasta cuando ganamos en el ’78 nos dieron un (Fiat) 133 a cada uno. Es abismal la diferencia con hoy en día, nada que ver.

–¿Cómo era el público allá?

–El francés es muy frío, nada que ver con acá. No te dan el calor que te da el hincha argentino.

–Se decía que los hinchas del Olympique eran los más apasionados de Francia, al menos en estas últimas décadas…

–Sí, pero (entonces) ¿cómo serán los otros? Escuchame… son muy fríos, no te dan bola. Aparte, el “habla”.

–Se te complicaba con el francés…

–La verdad que no cazaba una –risas-.

Aunque dejó algunas pinceladas de buen fútbol, la experiencia no fue buena. “Y te digo una cosa: me tocó una época donde cambiaron tres presidentes, que no es normal. Tres presidentes y cinco técnicos. Los cinco querían que yo me quede. Me vine porque yo me quise rajar. Dejé la ropa, dejé todo. Había mandado a mi familia para acá. Y al final me rajé. Estuve solo en la clínica, y luego en el departamento. Y dije ‘me voy a la mierda (de) acá, dejate de joder’”. Además, se venía el Mundial ’78 y Alonso sabía que Menotti no llamaba a futbolistas que se desempeñaban el exterior –con la excepción de Mario Kempes-.

En su ausencia River perdería en diciembre del ’76 la final del Nacional contra el eterno rival, y que hasta el 2018 había sido la única definición entre los dos clubes más populares del país. En julio de 1977 el ídolo volvía a Núñez. Otra temporada sobresaliente en el equipo de Labruna lo proyectó para la selección nacional.

Cuestión de gustos futbolísticos o no, César Luis Menotti tenía otros planes. Además, la tenía difícil porque el entrenador tenía conductores de sobra. Por un lado, había citado a Ricardo Bochini, pero el crack del Rojo no se presentó. Por el otro, había talento de sobra para el mismo puesto: Carlos Babington, Daniel Willington y Mario Zanabria, entre tantos. Sin embargo, el rosarino consideraba que Daniel Valencia y Ricardo Villa eran los adecuados para llevar la “10” en la espalda. Asimismo, estaba Omar Larrosa que también se desempeñaba como volante ofensivo (y a quien había dirigido en el Huracán campeón del Metropolitano del ‘73). Un período irrepetible aquel entre los años ’70 y ’80.

Sin embargo, al fin llegó la citación: “Yo me acuerdo que estábamos concentrados con River en el Hindú Club antes de un partido contra All Boys. Y me dicen: ‘Te llama Menotti por teléfono’. Atiendo y me dice: ‘Nene, tenés que venir a concentrar con la selección’. Me fui a buscar la ropa a mi casa y de allí a la ‘Quinta Salvatori’, en José C. Paz, que es donde concentraba el seleccionado”.

–¿En qué momento futbolístico estabas para el ‘78?

–Yo estaba pasando un momento bárbaro. (Menotti) me tuvo que llamar porque yo venía siendo goleador de River. Cuatro goles a Chacarita, dos a All Boys. Era un momento brillante. A César no le gustaba que le impusieran un jugador desde “arriba”. Creo que todo eso jugó en contra y me perjudicó para que no fuese titular.

–Pero Menotti prefería a Valencia…

–Para él, el titular era Daniel (Valencia), pero para la gente… yo sabía perfectamente que no era así. Era una época en donde sobraban los números “10”, también estaba Villa. Lo que yo no entendí es por qué quedó afuera Diego (Maradona). Tenía 17 años y la rompía. Para mí era inentendible. Se decía que era chico, que iba a jugar otros mundiales… ¿qué tiene que ver? Si estaba pasando un buen momento. Con Diego en las prácticas hacíamos de todo. Él jugaba de “9”. Con los suplentes jugábamos en la delantera con (Daniel) Bertoni, Diego y (Oscar) Ortiz o Larrosa. Y yo de volante por la izquierda, Galván de “5”. Le pegábamos un baile a los titulares… y se enojaba (Menotti). Y suspendía la práctica.Tirábamos paredes y nos cagábamos de risa.

Cuando dice “de arriba”, habla de uno de los hombres fuertes de la Dictadura. Alonso cree que la intromisión del Contraalmirante Carlos Lacoste, le jugó en contra con Menotti, quien no se sometía a la opinión de funcionarios del gobierno militar o de dirigentes del fútbol. Pero Alonso llegó no sólo por clamor popular al seleccionado, si no por sus actuaciones previas.

El “Beto”jugó todo el segundo tiempo en el último amistoso previo al inicio de la Copa del Mundo, el 3 de mayo frente a Uruguay. Reemplazó a Valencia y en el último minuto de juego marcó el 3 a 0 final. Entrando en diagonal por la derecha, recibió un pase fuera del área grande. Como le quedó atrás la pelota, se la llevó de izquierda con el taco y definió de derecha al primer palo frente al achique del arquero charrúa. Golazo, de los que en el siglo XXI ya no se ven. Su apellido fue coreado en La Bombonera, un hecho infrecuente. Antes habían anotado Leopoldo Jacinto Luque y Osvaldo Ardiles.

Lo que estaba claro es que tanto Valencia como René Orlando Houseman eran la debilidad del “Flaco” Menotti. Al “Loco” lo tuvo en aquel inolvidable Huracán del ’73. Y al jujeño lo descubrió cuando buscaba talentos en el interior del país para la selección juvenil. Lo llevaría al “Torneo Esperanzas de Toulon” de 1975, ganado por la albiceleste, y que incluía a unos jóvenes Daniel Passarella, Alberto Tarantini, Américo Gallego y Jorge Valdano.

En el debut mundialista, la tarde-noche del viernes 8 de junio, los húngaros se pusieron de ventaja a los quince minutos del primer tiempo. Alonso (con una inédita camiseta con el dorsal “1”) entró por Valencia a la mitad del segundo tiempo. Se paró de “10” pero enseguida comenzó a aparecer por derecha y por el medio; le cambió la cara al equipo.Un poco más activo que Valencia, los húngaros comenzaron a cortar con faltas sus intentos para asociarse con Bertoni, quien había reemplazado a Houseman de wing derecho, en tanto que Luque siguió como “9” y Kempes de puntero izquierdo.

A los treinta y siete, pelotazo al área de Américo Gallego, la amortigua con el pecho Kempes, pared con Alonso que la devuelve con un taco exquisito, para que el “Matador” habilite con la punta del pie a Bertoni, que sólo tuvo que empujarla para el 2 a 1. Recibió cinco faltas en muy pocos minutos. En la última le dieron un “cortito” que le provocó un hilo de sangre por la nariz. Pidió siempre la “Tango” y no se escondió hasta el silbato final.

“El empate no servía porque después se venían Francia e Italia, que eran rivales complicados. Y el primer partido es fundamental. Sino ganás, cagaste… Ya después, con los dos puntos, es otra cosa. Te sacás esa presión. En el segundo, contra Francia, me desgarro porque entré sin hacer precalentamiento y no puedo jugar contra Italia. Me quería poner contra los tanos (Menotti). ‘César –le digo- no me puso cuando estaba bien ¿me quiere poner ahora que estoy desgarrado?’”. Contra Francia participó muy pocos minutos y su última actuación fue en el 0 a 0 contra Brasil, uno de los partidos más ásperos de la copa. Alonso disputó apenas unos cuarenta y cinco minutos en toda la copa.

–¿Qué jugadores rivales te impresionaron más?

–Hungría tenía un número 9 (Andras Torocsik) que jugaba muy bien. Era picante-picante. Después, en Francia estaba (Marius) Trésor, que fue compañero mío en el Marsella. Italia tenía a (Roberto) Bettega, era un equipazo también, que nos podía complicar. Nos tocó una primera ronda jodida.

–Ya en la segunda ronda, después del choque con Brasil ¿estuviste entre los convocados en los siguientes partidos?

–No, contra Perú ya no fui convocado. Íbamos a entrar a la charla técnica… siempre entrábamos los veintidós. Éramos veintitrés en realidad, con “Lito” (Víctor) Bottaniz (N. de la R.: quien había quedado fuera de la lista final, pero que continuó acompañando al plantel durante el torneo). Y cuando íbamos a entrar, estaba el Profesor (Ricardo) Pizzarotti –quien era el preparador físico- y nos dice: “Por orden del técnico, entran dieciséis”. Y yo le dije “¿y yo qué soy, de Italia?”. Y me di media vuelta y me fui a la mierda. Y yo me había preparado las cosas ya para irme de la concentración. Y vino Pizzarotti y me dice “‘Beto’, hágalo por los muchachos. No es bueno que se vaya”.

–Vos sos de “hacer la cruz”, sos bravo…

–¿Y qué querés que haga? Quería jugar más tiempo. Y como te dije, al no hacer el precalentamiento contra los franceses y entrar… Otro agarra, se hace el boludo, empieza a estirar… y yo quería entrar ¿viste?

En la final contra Holanda, Alonso aparece en el banco, sentado entre Daniel Killer y Rubén Paganini: “Estaba con un buzo, pero no iba a entrar. A tal punto que terminó el partido y (como) yo tenía a mi familia acá en (avenida) Cabildo, les dije que me esperen. Y me fui, como un loco, caminando. Y la gente me miraba y no entendía nada: ‘¿cómo éste está acá?’”.

Más adelante vendrán otros títulos con River en el ámbito local (Metropolitano 1979 y 1980, y Nacional 1979 y 1981) con duelos espectaculares contra el Boca de Maradona, como aquel del Nacional 1981 cuando le ganaron 3 a 2 en La Bombonera, con una gran actuación del “Beto”. O como en el superclásico del Metropolitano de ese mismo año, donde el “10”, aguantando de espaldas, la pisa frente a un confundido Carlos Córdoba como si estuviera jugando en un potrero de Los Polvorines. El “ole” que baja desde las tribunas. Una jugada, un fotograma que condensa todo su talento.

Luego, parecería que Lacoste metió mano, cuando la institución presidida por Rafael Aragón Cabrera contrató a Alfredo Di Stefano en reemplazo de quien para Alonso era mucho más que su padre futbolístico: Ángel Labruna. Con la “Saeta Rubia”, el “Beto” tuvo algunos encontronazos que le valieron la salida del club. Dos días antes de la Final del Nacional 1981 contra el Ferro de Carlos Timoteo Griguol, en Caballito, el DT prescindió del ídolo. En medio de los festejos por el título, los hinchas gritaban “Alonso” a pesar de su ausencia. Después, jugaría en Vélez Sarsfield hasta 1983 y hasta le anotaría un tanto a su ex club: “Fue el gol más triste de mi vida”, dijo una vez. De todas formas, el símbolo riverplatense recibió la ovación desde las tribunas.

–¿Qué pasó con Di Stefano?

–Él no me puso en un partido… Me pedía que jugase infiltrado. Le jugué infiltrado y de repente, en un momento, me sacó para poner a otro ¿y qué querés que no pelee? ¿que no discuta? Yo soy temperamental.

–Con Labruna era diferente…

–Teníamos una relación especial, yo era parte de la familia. Te cuento una: Angelito pasaba justo por la habitación; venía de una reunión acá abajo. Yo lo miraba y ya sabía que a mí no me podía mentir. Y yo me levanto –compartía la habitación con Pedro González y con el ‘Nene’ Commisso- para ir a lavarme los dientes. Y lo veo y le digo: “Ángel, lo veo preocupado”. “No, nene”. Y le digo “Ángel ¿tiene que jugar (Juan Ramón) Carrasco, no?”. Y ahí el hombre se desahoga. Venía de abajo, los dirigentes lo habían apretado. Y le dije “no se haga problema”. Me salió el orgullo.

Después de la desastrosa campaña de 1983 para la institución, en diciembre del mismo año Hugo Santilli llegaría a la presidencia de River. Con él, meses después arribaría un nuevo entrenador: el “Bambino” Héctor Rodolfo Veira, quien reemplazaría el uruguayo Luis Cubilla, que guió al equipo hasta la instancia definitoria del Nacional 1984 donde perdería contra Ferro. También, retornaría el ídolo millonario, que disfrutaría de una última y gloriosa etapa. Además, se incorporarían Nery Pumpido, Jorge Borrelli, y Roque Alfaro, entre otros. Y se retiraría “Mostaza” Merlo, uno de los amigos que le dejó el fútbol al “Beto”.

Era un plantel renovado que además sumaba a Enzo Francescoli, al “Vasco” Julio Olarticoechea y al “Negro” Héctor Enrique. De las inferiores subirían Gorosito, Jorge Gordillo, Alejandro Montenegro y el “Chino” Carlos Tapia, que en 1985 formaría parte de una transferencia inédita: junto al “Vasco” pasarían a la vereda de enfrente, mientras que los xeneizes Ricardo Gareca y Oscar Alfredo Ruggeri, que exigían el pase en su poder por una deuda del club de La Ribera, vestirían la banda roja. Ambos clubes pasaban por una delicada situación institucional y económica.

“Yo quiero jugar. Para mí, jugar era divertirse. Imaginate… yo era realista. Si yo no andaba bien, le dejaba a (Claudio) Morresi el lugar. Con Claudio, el River del Bambino era un equipo muy rápido y con dinámica. Conmigo el juego era más ‘cerebral’. Yo estaba medio lesionado, con un problema en el gemelo por varios meses. Le dije al Bambino ‘poné a Morresi que yo soy de River y quiero que le vaya bien’. Estaba en el banco. Sentía un dolor cuando corría y trataba de apoyarme y descargar el esfuerzo en la otra pierna, por lo cual me jodía la otra gamba. Me recuperé a comienzos de 1986 y después agarré la titularidad”, relata Alonso sobre aquellos días donde se estaba gestando un ciclo inolvidable.

En 1985 se jugaría en Argentina el último Nacional con un sistema de clasificación incomprensible y caótico. River caería contra Vélez, quien después perdería la final contra Argentinos Juniors. Pronto, los de La Paternal y River, se volverían a encontrar cara a cara. Pero antes comenzaría el Campeonato de Primera División 1985/86 con el sistema de todos contra todos, a dos vueltas, ese que tanto extrañamos por estos pagos.

Los muchachos del “Bambino” arrancarían arrasando a sus rivales con un fútbol vistoso que respetaba las “3 G”: ganar, gustar y golear. 3 a 1 a San Lorenzo; 5 a 1 a Newell’s; 4 a 1 a Vélez; 6 a 0 a Temperley; 3 a 0 a Unión; 5 a 1 a Estudiantes; 4 a 0 a Racing de Córdoba; y 5 a 4 a Argentinos en un espectáculo inolvidable. Además de ese partido con el Bicho, hay un momento clave.

En febrero de 1986, cuando los torneos de verano eran atractivos, River disputó la Copa de Oro de Mar del Plata junto a Boca y el seleccionado polaco que, aunque ya no tenía a la base del plantel que había finalizado tercero en España ‘82, todavía incluía a algunos de aquellos integrantes. Polonia venía de vencer por 1 a 0 a Boca y el 8 de ese mes enfrentaba al equipo de Veira en el Estadio José María Minella.

El “Beto” abrió el marcador en el primer tiempo con un zurdazo desde fuera del área que ni le dio tiempo de reaccionar al arquero polaco. Incluso, el director de cámaras de la transmisión televisiva apenas llegó a “ponchar” el remate furibundo del “10”. Pero las verdaderas emociones llegarían en la segunda parte cuando, luego de la remontada polaca, el Millonario perdía 4 a 2 faltando siete minutos para el final. Los organizadores ya habían preparado todo para que los centroeuropeos levantaran la copa.

El “Bambino” Veira efectuó dos cambios ofensivos, con las incursiones al césped de Ramón Centurión y del uruguayo Jorge Villazán. A los treinta y ocho llega el descuento por parte de Enzo Francescoli luego de una brillante jugada asociada con Alonso. Y a los cuarenta y dos empata Centurión de cabeza, tras un córner ejecutado por Villazán. La orden desde el banco era: “Sigan yendo para adelante”.

En el último minuto, el “Beto” envía un centro pasado al segundo palo que Ruggeri devuelve al medio de cabeza. En una acción llena de plasticidad y de inventiva, que quedará inmortalizada en una tapa de “El Gráfico”, Enzo la paró de pecho y se inclinó de espaldas en un único y fluido movimiento, para componer una chilena espectacular: 5 a 4. Quizá nunca vibraron tanto los hinchas-turistas de “La Feliz” como aquella noche.

“No te podés imaginar. Desde el campo veías que las tribunas desbordaban de locura. Te digo, ahí uno se daba cuenta que estábamos para grandes cosas”, agrega. Más tarde vendría el 1 a 0 contra Boca con otro golazo de Gorosito. Un mes después River se consagraría campeón del torneo de Primera División. Ese 9 de marzo, con seis fechas de anticipación (récord en el fútbol argentino), vencía de local a Vélez por 3 a 0. En aquel partido, que marcaría el adiós de Enzo Francescoli (sería transferido al Racing Matra de París), Alonso volvería a ser parte del once inicial de Veira. Tres fechas después, el plantel pensaba estrenar el título dando la vuelta olímpica en la casa de su máximo rival.

El 6 de abril es el “Día D”. La formación millonaria, encabezada por el capitán Américo Rubén Gallego, sale disparada directamente hacia los palcos de La Bombonera y comienza a dar la vuelta, que se logrará completar, pero recorriendo un trayecto de poco más de media cancha. Desde las populares visitantes baja un estruendoso “dale campeón”. Como se preveían millares de papelitos blancos –como en el triunfo riverplatense en el Monumental por la primera rueda- la AFA le pidió a Adidas una “Tango” naranja, de las que se utilizaban en Europa para los partidos con nieve. Estaban dados todos los condimentos para que sea un match inolvidable, de esos que quedarían en la historia de los superclásicos.

A los treinta, luego de un tiro libre ejecutado por Alfaro desde la derecha, por el segundo palo Alonso se elevó más que todos para estampar mediante un cabezazo al otro palo la apertura del marcador. En el segundo tiempo sería expulsado Montenegro. River tuvo que aguantar los embates boquenses y Pumpido tendría una actuación consagratoria que quizá lo reportó a la titularidad en México ’86. A falta de cinco minutos para el final, el ídolo millonario sellaría el 2 a 0 con un tiro libre, que se desvió en la barrera y que descolocó al “Loco” Hugo Orlando Gatti. “Contra Boca me fue siempre bien y yo siempre quería ganarles en su cancha. Y se me dio de meter esos dos goles que siempre van a quedar en la memoria del hincha”, pronuncia el “Beto”.

Alonso convertiría goles en los dos últimos juegos del campeonato, mientras que el DT comenzaba a esquematizar el nuevo River –más directo y contundente- que iría por el torneo más anhelado: la Copa Libertadores. Llegaría además el uruguayo Nelson Gutiérrez. “Después que se fue Enzo (Francescoli) vino Centurión de ‘9’ y Alzamendi. Morresi era como el ‘Pitón’ (Osvaldo) Ardiles aunque también podía jugar como ‘9’ más retrasado. Pero conmigo, los otros muchachos tenían el pase-gol justo, a tal punto que fui uno de los goleadores de la Copa Libertadores 1986”.

River arrasaría en la primera ronda a Boca, Peñarol y Wanderer’s, con cinco victorias en seis presentaciones y varios goles de Alonso, que se paraba detrás de los dos atacantes, casi de “lanzador”. Era una alineación menos vistosa pero más compacta defensivamente y contundente adelante. La segunda fase se desarrollaría luego de la cita mexicana. El equipo del “Bambino” golearía en sus dos actuaciones frente al Barcelona de Guayaquil, mientras que empataría y perdería su invicto como local contra los campeones de la edición anterior: Argentinos Juniors.

– Ese fue el último once inicial de un club argentino con cinco campeones del mundo en cancha. Estaban vos, Gallego, Pumpido, Ruggeri y Enrique.

–Si ese equipo se forma hoy… ¿cuál es el mejor equipo para vos hoy en día? –sin dar tiempo a la réplica, se auto-responde -. Este que tiene a (Robert) Lewandowski… el Bayern (Munich). Con ese River, les dábamos dos goles de ventaja.

– ¿Y cómo fue esa serie frente a Argentinos?

–Fueron bravos esos tres partidos. Fue el único equipo que nos complicaba. Por la propuesta futbolística de ellos, que tenían paciencia para elaborar juego y encontrar los espacios, salían partidos muy abiertos y ese River también sabía salir muy rápido de contra. Y ellos también tenían muchachos que venían de salir campeones en México como el “Bichi” (Claudio) Borghi y el “Checho” (Sergio) Batista.

Ambos conjuntos, igualados en puntos, pero con diferencia de gol a favor del Millonario, jugarían un desempate final en Vélez a estadio lleno la noche del 4 de octubre. Es el mismo día que se publica “Oktubre”, época donde las FM pasaban canciones que luego se convertirían en clásicos del rock argentino, como “Cosas mías”, que ya comenzaba a corearse en las canchas.

River se había reforzado con la contratación de Juan Gilberto Funes. Habrá sido uno de los últimos encuentros por Copa Libertadores entre clubes de nuestro país con tantos campeones mundiales de ambos lados, ya que además se encontraba Jorge Mario Olguín, que se había consagrado en el ‘78: ocho en total.

El 0 a 0, luego de 120 minutos infartantes, con ocasiones claras para uno y otro, clasificaría a River por tercera vez a la definición de la Libertadores. Enfrente estaría el América de Cali, que el año anterior había disputado la final contra los de La Paternal. Tres batallas extenuantes a lo largo de trescientos minutos con un desenlace fatal desde los doce pasos para los “Diablos Rojos” colombianos, en el desempate jugado en el Defensores del Chaco (en Asunción).

El América contaba con grandes nombres del fútbol sudamericano como los argentinos Julio César Falcioni, Carlos Ischia y Ricardo Gareca; los paraguayos Juan Manuel Battaglia y Roberto Cabañas; y los colombianos Willington Ortiz y Anthony De Ávila. El 22 de octubre se jugaría el primer choque en Cali y River saldría a la cancha con los once que salían de memoria: Pumpido; Gordillo, Gutiérrez, Ruggeri, Montenegro; Enrique, Gallego, Alfaro, Alonso; Alzamendi, Funes.

– En el encuentro de ida en Cali, en el video, cuando están mostrando las formaciones…

–… sí, ya sé que me vas a preguntar: que estoy puteando a alguien.

–¿Quién era?

–Estaba puteando a uno que supuestamente era un alcanza-pelotas, que en realidad era uno de la barra de ellos. Y lo estaba queriendo intimidar al “Negro” Enrique. Y yo empiezo “la c… de tu madre, te voy a arrancar la cabeza, dejalo al pibe tranquilo”. Era jodido ir a Cali. Además, ellos tenían un equipazo. Pero en esa Copa nos iba muy bien de visitantes y nos traíamos los dos puntos. El primero lo hace el “Búfalo” Funes y el segundo lo hago yo (con un zurdazo en la puerta del área grande).

Más allá del resultado favorable (2-1), los muchachos del “Bambino” debían ratificar lo hecho en Colombia en un Monumental que albergaría a más de ochenta mil espectadores. Quien tenga más de cuarenta años, y recuerde ese 29 de octubre, sabe que aquel miércoles Buenos Aires amaneció con un sol radiante que no hacía presagiar la lluvia que arribaría a las primeras horas de la noche.

Sale River. Millones de papelitos y cientos de rollos –esos de las máquinas registradoras- comienzan a teñir de blanco el verde. Ideal para la pelota naranja. El Monumental –repleto- para vivir una jornada inolvidable. Veira afronta la final con los mismos once. El América, obligado a ganar, sale a presionar bien arriba en un partido que se jugaría con vehemencia, intensidad, nervios y poco fútbol, más un campo de juego en malas condiciones.

La primera clara para River: cabezazo del “Beto” que casi se cuela en el ángulo izquierdo de Falcioni. Luego, el partido comienza a trabarse más y abunda la pierna fuerte, tanto que a los pocos minutos de iniciada la segunda parte el hábil Willington Ortiz le mete una plancha de roja directa a Montenegro, no advertida por José Roberto Ramiz Wright. El árbitro brasileño exhortó al lateral izquierdo a levantarse con un gesto inequívoco con su palma derecha. A raíz del tumulto, Gareca–nervioso como en la ida- le tira un manotazo a Montenegro, quien lo había maltratado en la primera etapa.

Ramiz Wright consuma su serie de errores con “la” que suelen hacer los árbitros para sacarse de encima el problema: expulsa al centro delantero del América y al lateral izquierdo local. Ortiz, que había quedado bien lejos de la escena, se salvó y continuó lastimando con su gambeta. Ruggeri salvará un tiro de Battaglia en la línea y al “Beto” lo castigarán varias veces más. En un contragolpe habilita a Funes que, luego de pasar a pura potencia al zaguero Víctor Espinosa, astillará el palo izquierdo de Falcioni con un derechazo que volverá a enardecer a las tribunas.

¡Vamos, vamos, Millonario

vamos, vamos, a ganar…!

“En choques de ese nivel se hace difícil jugar porque se mete mucho, y sobre todo en una final. Se hizo trabado. No ayudaba el césped tampoco. Estaban dados los condimentos para que salga un partido como el que salió. Pero teníamos jugadores de experiencia para esos momentos difíciles que siempre se transitan cuando el rival, que está obligado a ganar, te empieza a atacar con todo”, evoca Alonso cuando el conjunto colombiano se le venía encima a River.

A los veintidós, luego de una excelente recuperación en la mitad de la cancha, Enrique avanzó como “8” y le metió un pase a Funes para que la aguante. El puntano giró,llevándose a la rastra a media defensa colombiana, y clavó un zurdazo, bien abajo y cruzado que hizo más espectacular la salida desesperada de Falcioni. Explotó todo el estadio. Un gol propio de una noche eterna.

Los últimos veinte minutos el América, ya sin tanta claridad y totalmente desesperado, le copó el campo a River y estuvo a punto de empatar –a través de la habilidad de Anthony De Ávila- así como de recibir el segundo tanto. Y mientras los caminos se les cerraban cada vez más, desde los cuatro costados comenzó a bajar el “Dale campeón”. Después de noventa minutos extenuantes, seis amonestados y dos expulsados –y luego de haber jugado trece partidos en la copa-, tener paciencia y aguardar la prórroga del brasilero, sea un minuto más o uno menos, no era nada a la espera de veintiséis años por obtener la primera Libertadores. Quedará la postal del ídolo llevado en andas mientras alza la copa y un abrazo con el “Tolo” Gallego. Mira la foto y comenta: “Son momentos que te quedan para siempre. Además, era el título que nos faltaba a los hinchas. Pero también queríamos la Intercontinental”.

El vuelo de la extinta aerolínea brasileña Varig, arribó a Tokio en la mañana del 7 de diciembre de 1986. A la salida de la manga se podía ver al plantel de River, vestido de buzo y pantalón deportivos con vivos rojos y grises. La transmisión japonesa también muestra la llegada del Steaua de Bucarest, dos días después. Los rumanos, trajeados con sobretodos color marrón oscuro y sacos prolijos, habían doblegado en la final de la Copa de Campeones de Europa al Barcelona en el Sánchez Pizjuán de Sevilla, en una definición dramática desde los doce pasos. Los más sonrientes son el “Bambino” Veira y el entrenador rumano. En ambas comitivas hay muchas caras de sueño, producto de la diferencia horaria.

El Steaua(“Estrella” en rumano) estará muy cerca de volver a Japón tres años más tarde, pero será demolido en la definición de la máxima competición del viejo continente por el legendario Milan de Arrigo Sacchi. También arribará a las semifinales de la Copa de Campeones del ‘88. Sólo otro club de Europa del Este –que, cómo no podía ser de otra manera, se llamaba igual- igualará la gesta de los rumanos de disputar la Intercontinental: el Estrella Roja de Belgrado en 1991. Eran otros tiempos.

–¿Cómo estabas físicamente para la final en Tokio?

–Venía con una molestia en el abductor. Pero ni loco me la perdía, son esos partidos que tal vez los jugás una sola vez en tu vida.

–¿Qué sabían del Steaua de Bucarest?

–No teníamos mucha información de ellos; sabíamos que le habían ganado al Barcelona por penales en España. Igual también le ganábamos a ese Barcelona. Armar un equipo así… vos dijiste antes, cinco campeones del mundo, con tipos que venían de jugar Copa Libertadores, caso Alzamendi, caso Funes… ¿cómo carajo hacés para armar hoy en día un equipo así? Es imposible. Nos juntamos para ser campeones. Esa era la verdad: ganar la Copa Libertadores y la del mundo.

El jueves 11, en un campo de entrenamiento con pastos casi amarillos, Funes remata a quemarropa y le festeja el gol a Pumpido mientras Montenegro sonríe. El Beto cabecea un centro y el guardameta campeón del mundo responde muy bien abajo, reteniendo el cabezazo. “Daaale Nery”, gritan sus compañeros luego de una volada espectacular al ángulo y resuenan los aplausos. El arquero se alza rapidísimo y sonríe. Enseguida, el Beto lo engaña con una definición exquisita.

Luego un pelotón de fusilamiento: patea Funes, enseguida lo hacen el “Negro” Héctor Enrique y el “Tano” Gutiérrez, después Montenegro. “Bueeena Nery”, se escucha ante cada atajada. Otro derechazo abajo inatajable de Funes y el mendocino que grita “gol”. Así era el clima. El sábado ambos planteles realizan el reconocimiento del campo de juego en el Estadio Nacional de Tokio, que será registrado por la TV nipona.

Ese domingo 14 de diciembre serían las doce de la noche del sábado en Argentina y hacía mucho calor. Cielo plomizo y neblina sobre un colmado Estadio Nacional de Tokio. Los sesenta y dos mil espectadores parecen más. Se volvían a oír esas “bocinas” ensordecedoras, las mismas que sonaron cuando Independiente definió la Intercontinental ante el Liverpool –dos años antes- y en la final de apenas doce meses antes, entre Argentinos Juniors y la Juventus.

Comienza a disputarse la 25° edición de la Copa Intercontinental, la que define al mejor equipo del mundo a nivel de clubes, y en la primera pelota que toca Alonso, a los treinta segundos de juego, la resuelve con un pase de taco y le dan abajo. El partido será bastante áspero y lejos del nivel que exhibieron los Bichitos de La Paternal y la Vecchia Signora. Apenas dos minutos después, en un contraataque del conjunto centroeuropeo, Enrique baja desde atrás al otro “10”, Balint, integrante de la selección rumana que disputó el Mundial ’90. Será amonestado. Le dan al “Búfalo” Funes también. Seis minutos después, varias patadas de ambos equipos terminan con Barbulescu pecheándose con Américo Gallego.

Los rumanos intentan tratar mejor el balón. A los 8 minutos, ambos capitanes se cruzan. Iovan la pierde y recupera Gallego exponiéndose a la patada del rumano. Recibe Funes que intenta habilitar a Antonio Alzamendi. Un rechazo deficiente que es interceptado apenas afuera del área grande por la zurda del “Beto”. La plancha del “11”, Weissenbacher, va directo hacia la rodilla. Hoy en día –con VAR o sin VAR- sería roja directa. Tumulto. Llegan Alzamendi, Funes, Ruggeri y Gutiérrez. Luego de la discusión, se arma la barrera del Steaua con ocho jugadores. El flanco izquierdo rumano queda desguarnecido. Alonso prefiere amagar y abrir hacia la derecha a Enrique que llega por sorpresa y define al primer palo. Salvada oportuna del “1”.

A los veintisiete, en tres cuartos de cancha lo bajan desde atrás a Funes. Un rumano despeja la pelota a campo millonario. Alonso pega el grito para que vuelva rápido. El “Tapón” Jorge Gordillo la patea hacia la zona del foul. Alzamendi se prepara y sabe dónde tiene que picar. El “Beto” la agarra y –apenas la baja-habilita al uruguayo con un pase preciso al vacío, que pasa entre varios rumanos que todavía estaban asumiendo posiciones defensivas. Una jugada muy parecida a la que realizó en aquel Torneo de Toulon de 1972, contra Brasil, que permite el empate del seleccionado argentino.

El puntero charrúa remata. Su disparo da en el poste izquierdo y luego rebota en las piernas del arquero Stangaciu, elevándose para que sólo tenga que empujarla de cabeza y abrir el marcador. Una jugada tan rápida, con la marca de la genialidad de Alonso, que no le dio tiempo a los europeos para acomodarse.

En el segundo tiempo Lacatus, el mismo que jugó contra la Argentina en la copa del mundo de 1990, intenta desbordar por la izquierda. También se tira por la derecha, pero choca contra una defensa inexpugnable. Funes sigue batallando contra Bumbescu y Belodedici –otro de los mundialistas- para que Alzamendi tenga más posibilidades de explotar su velocidad.

De fondo, continúan el sonido de las bocinas sin detenerse un solo instante. Alonso sigue de lanzador, aprovechando el pique de Alzamendi o tratando de buscar la cabeza de Funes. Inteligentemente, cada vez que recibe la pelota, aguanta para recibir la falta. Y adelantar al equipo. A la mitad de la segunda etapa, los equipos comienzan a estirarse más y aparecen los espacios. El balón sale muy desprolijo desde el fondo de River y el rival lo recupera rápido. El conjunto rumano, que tiene a algunos de los futbolistas de la mejor generación de su historia, intenta seguir jugando por abajo y busca el toque de primera cuando está cerca del área riverplatense. Pero ya no tiene tanta paciencia y aparecen los nervios.

En los últimos 15 minutos, el líbero Belodedici se para en el círculo central y ahí se quedará para empujar a su equipo. Ruggeri se salva de la amarilla luego de cruzar a Weissenbacher sobre el lateral. A los treinta y tres, Alfaro recupera en mitad de cancha y encara por el medio aprovechando que los rumanos están casi todos en campo contrario. Mete el pase en profundidad buscando la carrera de Alzamendi y va a buscar la devolución. El uruguayo va hasta al fondo y mete el centro atrás para el “11”. El remate del volante izquierdo da milagrosamente en las piernas del arquero rumano.

Pumpido retiene un zurdazo de Lacatus –el atacante más peligroso- y gana unos segundos de paz. Los últimos minutos son dramáticos. Los laterales ya no suben más. Piturca, el centro delantero, se queda entre Gutiérrez y Ruggeri, mientras Gallego se ubica apenas delante de ellos y se multiplica para cubrir espacios. Enrique se acerca a Gordillo para tapar el flanco derecho. Cada pelota recuperada va hacia Alonso que la proyectará hacia Alzamendi y Funes, ya extenuados. River no puede mantener la pelota y sale Alfaro. Entra Daniel Sperandío para aguantar la arremetida rumana.

El “Beto” se la lleva por la izquierda e inventa un córner, de esos que sirven para ganar tiempo. Mientras Alzamendi camina para ir a ejecutarlo, sólo sube Sperandío. Lo acompañan en el área Funes y el ídolo, que está transitando sus últimos instantes con la número“10” en la espalda, luego de 420 partidos y 160 goles. El balón es despejado y rápidamente los campeones de Europa vuelven a meter a River en su área. Otro centro. Otro rechazo bien lejos. Poco después, lo bajan a Lacatus.  Sólo quedan dos atormentados rumanos en la puerta del área grande, todo el Steaua está adentro pero ya no tiene fuerzas.

Despeje y tiempo cumplido.El banco millonario está de pie. Un último pelotazo al área y Montenegro la aleja frenéticamente con una chilena, sin tanta clase como la de Francescoli. Los jugadores del Steaua corren con un entusiasmo violento pero ya no hay tiempo. Llega el pitazo final del uruguayo José Luis Martínez Bazán. Es imposible saber qué siente cada jugador en ese momento, pero muchos van hacia la porción de césped donde aquel crack de 33 años, que se forjó en canchas polvorientas, concluyó su actuación. Se lo puede ver al “Beto” sonriendo, abrazado por Rubén Darío Gómez, Funes y un joven Sergio Goycochea. Llega Morresi y salta arriba de todos. Minutos más tarde, el “Tolo” levanta la Intercontinental y el “Búfalo” la Toyota Cup. Una final ganada con oficio que cerró un ciclo inolvidable.

Fue el último año –y tal vez no se repita más mientras continúe el esquema actual- que el fútbol argentino estuvo en lo más alto del mundo a nivel de selecciones y de clubes. 1986 es un año incomparable. Tiempos donde todavía no se le cruzaba a nadie por la cabeza la sanción de la llamada “Ley Bosman” en Europa, que definitivamente desangró y cambió para siempre al fútbol local y al sudamericano, que hasta hace unas décadas todavía podía competir cara a cara contra las potencias del continente europeo en la Copa Intercontinental.

“La historia ya no me debía más nada. Yo estaba convencido de que el equipo iba a ganar… El campeonato del mundo, los únicos que lo tenemos somos los muchachos del ’86. Y en ese momento sentí que había logrado todo lo que podía alcanzar un futbolista, que debía cerrar una etapa”, concluye mientras se acerca una señora y pide la foto de rigor. Otra dosis jornalera de cariño. El ídolo accede como durante toda la entrevista. Pasan unos instantes y mira fijamente mientras escucha la última pregunta.

De un momento al otro, a través de él, se puede ver lo que hay en el fondo: bastantes sillas vacías y los últimos nenes que minutos antes terminaron de practicar algunas de las disciplinas deportivas que se realizan en el club. Acompañados por sus madres, ni por instinto advierten que a pocos metros está sentado un tipo de sesenta y ocho años que cuando se ponía los botines hacía milagros con los pies. El “Beto”, el que para muchos es el máximo símbolo de la banda roja, el que le entregaba al hincha aquello que un mundo distraído no ledaba.

–¿Te sentarías a tomar un café con Menotti para limar asperezas?

–Si el café lo paga él, no tengo ningún problema en sentarme.

Federico Raggio

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