Albania sale a jugar los partidos de la Eurocopa como quien quiere liberarse de las sombras. Italia, su primer rival, fue el que ayudó a los albaneses en su independencia a cambio de convertirlos en un protectorado. Croacia, el segundo, los herederos del vecino yugoslavo con el que compartieron frontera durante décadas. Solo les faltó Grecia en el grupo B para terminar de ajustar cuentas en las canchas alemanas.

En una Eurocopa con pocas sorpresas, Albania es el Guasón. No el Joker sociópata con una historia trágica, el Guasón vestido de violeta con una sorpresa siempre a mano. Juegan con Italia y hacen el gol más rápido de la historia de la Euro. Con Croacia casi retiran a Luka Modric y la mejor generación de su historia. A esta altura no suena tan descabellado un batacazo contra España.

El tono de Croacia siempre es épico. En la victoria, en el empate y en la derrota. Como si haberse criado en plena guerra contra los que hasta hace poco eran, no digo hermanos, por lo menos vecinos, hubiera marcado para siempre la forma de hacer las cosas. Dicho así parece una obviedad. Ver a esta generación croata, con dos jugadores nacidos en la antigua Yugoslavia, es ver las secuelas de la guerra. Me refiero a la templanza, la paciencia de saber que vendrán tiempos mejores y la audacia para siempre buscar la salida al laberinto. Con más prepotencia que estética, a los tumbos, te lleva puesto. Dinamarca, Rusia, Inglaterra, Japón, Brasil y España lo saben.  

Lo que parecía otra epopeya croata, se encontró con la risa de Albania. La sorpresa de un destino tan cruel como tanguero. Primero hay que saber sufrir. Hacerse un gol en contra en la primera pelota que se toca, para terminar empatando el partido en el minuto noventa y cuatro. Klaus Gjasula, autor de los dos goles, necesitó solo veinticinco minutos en cancha para mostrar qué tan cruel puede ser la vida.   

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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