Nos decían que la diferencia entre los europeos y los sudamericanos era más o menos del tamaño del Atlántico. Que después de la fase de grupos iba a ser una Champions con sede única. Bueno, hasta ahora eso no sucedió. Los europeos pueden decir que les robaron las vacaciones y nosotros que estábamos en plena pretemporada. La cosa es que los sudamericanos están invictos y en los cruces directos los europeos la pasaron bastante mal.

El primer mundial de clubes con 32 selecciones es un acierto. Le pese a quien le pese. Si no te gusta quizás este no sea tu deporte. ¿Negocio? Sí. ¿Sobre explotación del futbolista? También. ¿Sobreestimulación del hincha? Seguramente. Fútbol show del siglo XXI. Espectáculo bien jugado. Los yanquis quisieron meterle cheddar y bacon al producto pero el fútbol siempre prevalece. No hay anuncio de jugadores a lo NBA o cámara en el pecho del referí que pueda más que una patada en la cabeza o una puteada en un idioma distinto al tuyo.

El Mundial de Clubes, hasta ahora, cumple la norma básica de una buena competencia futbolera: que los últimos puedan ser los primeros. Eso que lloran en Twitter cuando el campeón es Platense pero festejan cuando es Crystal Palace. Las goleadas de Juventus y Bayern Munich fueron excepciones, aunque también es cierto que el mayor batacazo fue sacarle un empate a Real Madrid. Pero el nivel está más cerca de lo terrenal sudamericano que de la estratósfera menemista de los millones de Florentino.

Si consideramos que la fase de grupos es el verdadero mundial, disfrutemos. Todavía queda mecha. Ya llegará el momento en que el tiempo lo devore y lo haga recuerdo. Mientras tanto valoremos la imagen de Alexander Barbosa marcando a Dembelé, que florezcan mil Ayrton Costa contra Harry Kane y que Enzo Pérez se putee un poco con Sergio Ramos. No pedimos mucho más.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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