Argentinos Juniors juega como si despreciara el materialismo. Una poética de lo cotidiano, del toque para ir a buscar, de la presión para recuperar la pelota y seguir jugando, del tomala vos dámela a mí. Llegar al área es una coreografía. A la pelota no se le pega, se la toca como quien acaricia una flor para que se abra. El Bicho, a contramano de la época en la que todo tiene un para qué, en la que todo es contenido, en la que todo tiene que servir para algo, parece disfrutar de lo que viene antes del gol. Juega como si los goles fueran una cuestión de fe, solo hay que tocar y seguir tocando, el gol llegará solo.

Si tomamos cada intervención de Hernán López Muñoz contra River y los pegamos prolijamente en un solo video —idealmente deberíamos tener cinco o seis cámaras ubicadas en lugares estratégicos del estadio—, ese video podría estar nominado al Oscar a mejor cortometraje, a un Grammy o ser el espectáculo del entretiempo del Superbowl. Podría no, debería.



Hernán, como se autodenomina en la camiseta con el número 23, el mismo de Jordan y Lebron, es una reserva moral e histórica del fútbol argentino. Es la estética para amortiguar con el botín negro una pelota que vuela rabiosa y anárquica por el cielo de La Paternal, como quién le hace un mimo a un perro callejero se te viene al humo. Es la viveza para puntear una pelota perdida y ganar un lateral. Es la mentira de mostrar una cosa con una parte del cuerpo pero luego hacer otra y dejar un rival despatarrado. Hernán, sobrino nieto de Diego Armando, nacido y criado en el barrio de Villa del Parque, hincha del Bicho, no es historia sino continuidad de un legado. En tiempos en los que los barrios son obras en construcción y expulsión permanente, López Muñoz es la resistencia de la identidad.


Las tribunas del Diego Armando Maradona dicen que López Muñoz no juega solo. El grito de “Uruguayo, Uruguayo” baja como un tifón de la calle Boyacá con cada cruce de Leandro Lozano. Los aplausos acompañan los quites de quien maneja los hilos narrativos del equipo: Fattori sube la tensión, los descansos o la velocidad según lo que necesite el partido. A su lado Alan Lescano ejecuta, organiza y guarda la pelota como el tesoro de los inocentes. Son la versión para centenialls de Mercier y Ortigoza.


Más de uno dirá que mucho biri biri pero faltan títulos. Títulos en argentina sobran, lo que faltan son equipos que te den ganas de verlos. El tiempo ordena, en el recuerdo solo prevalecen aquellos que buscan eso que, como escribió Armonía Sommers, hace memorable a las cosas.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci



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