El primer baile de Fred Astaire

De Fred Astaire, el actor que más horas bailó ante una pantalla cinematográfica, se llegó a decir que era “el Michael Jordan del baile” por su forma única de mover los pies y porque casi todas las estrellas de su época bailaron con él en casi todas las posiciones. Mientras llega a su fin “El Último Baile” del hombre que llevó al básquetbol a todas las pantallas, cabe hacer un nuevo flashback hacia el primero. Escribe Sebastián Chittadini.

En agosto de 1983, mientras un avión de American Airlines sobrevolaba el cielo de Caracas con el equipo de básquetbol de los Estados Unidos a bordo y la capital venezolana se preparaba para recibir los IX Juegos Panamericanos, nadie sospechaba que a bordo iba el que sería considerado luego como el mejor basquetbolista de todos los tiempos. Aquella resultó la primera y bastante olvidada incursión de Michael Jordan en un gran evento con la camiseta de los Estados Unidos, el primer evento internacional de un Fred Astaire del básquet que se volvió ícono y marcó el ritmo de la NBA con su juego y con su imagen. Todos lo recordamos con el número 9 en su camiseta en los Juegos Olímpicos de Los Angeles 1984 y Barcelona 1992, pero aquel Jordan panamericano llevaba el 5 (que al fin y al cabo es la suma del 2 y el 3 tan famosos de su Camiseta en la NBA).

El torneo de básquetbol de los Juegos Panamericanos de 1983 se jugó entre el 15 y el 27 de agosto en el Estadio Poliedro de Caracas. Pese al valor histórico que adquirió luego por ser el bautismo internacional de Michael Jordan, no hay demasiada información, ni siquiera en sitios importantes como NBA.com. El equipo de USA Basketball tenía un gran plantel universitario, con jugadores que luego hicieron carrera en la NBA. Además de Jordan, estaban Mark Price, Wayman Tisdale, Chris Mullin, Michael Cage, Ed Pinckney y Sam Perkins. También integraba el plantel Leon Wood, que llegaría a la NBA como jugador (6 temporadas) y luego lo haría como árbitro (23 y contando). El entrenador era Jack Hartman, coach de la universidad de Kansas State.

En ese momento, Jordan era un Junior (jugador de tercer año) de la universidad de North Carolina que en ese mismo año sería elegido Jugador del Año de la NCAA. Aquel imberbe de 20 años tenía pelo, todavía no fumaba Cohíba ni tomaba Bourbon, calzaba Converse y no se imaginaba firmando con Nike, una marca definida por él como “de calzado para el atletismo” (algo que se puede ver en The Last Dance). Sin embargo, ya impresionaba hasta a sus compañeros de selección por sus cualidades físicas, sus manos, su plasticidad y una ética de trabajo que acompañaba a una apariencia de perfección que llamaba la atención incluso de jugadores que se destacaban a su mismo nivel en la poderosa competición universitaria estadounidense. Todavía no era “Air” Jordan ni ejercía un liderazgo despiadado y discutible sobre sus compañeros, pero seguramente había en su mente alguna idea de lo que quería para el futuro. Por aquellos días caraqueños, fue el máximo anotador del torneo con 17.3 puntos de promedio (44.8% en tiros de campo y 85.7% en tiros libres), a los que agregó 2.5 rebotes por partido.

Cuando los jugadores norteamericanos llegaron a la Villa Panamericana, a 48 kilómetros del estadio donde se desarrolló el torneo, vieron que no tenía ventanas ni puertas y hacía mucho frío. No entendían nada. Mientras todos se preguntaban qué pasaba y qué iban a hacer, Jordan rompió el silencio y dio el paso adelante poniéndose a sí mismo como líder: “Esta es la Villa para los atletas, estamos bien. No hay nada que podamos hacer ahora, estamos acá para ganar nuestra Medalla. Vamos a lo nuestro”. Y todos escucharon, como siguió siendo una constante en el resto de su carrera. Pese a las bajas del tirador Chris Mullin (después de fracturarse un pie en un partido de exhibición en San Juan, Puerto Rico) y del pívot Michael Cage (que tuvo que regresar a su país tras dos partidos por la enfermedad de un familiar), el equipo adolescente de USA dominó la competencia y se llevó el Oro con ocho victorias en igual número de partidos.

En cada partido, Jordan daba señales de que se convertiría en un jugador sin igual y despertaba admiración con sus saltos interminables, dinámica, manejo de ambas manos, dribbling y amagues. Aquella versión salvaje era la de un prodigio de 1,98 que se deslizaba en la cancha de una forma no muy frecuente para la época, tal vez con la falta de precisión en los lanzamientos a media y larga distancia como único punto débil. En la primera ronda, Estados Unidos debutó derrotando a México (74-63) después de ir perdiendo 20-4, siguió con un ajustado triunfo ante Brasil (72-69) con una volcada de Jordan sobre la bocina final y cerró con una victoria frente a la selección local, Venezuela (78-65). Con el avance del torneo, MJ ya tenía al público en el bolsillo con su magia. La gente en la calle y deportistas de otras disciplinas corrían la voz de que había que ir a ver al flaquito que llevaba de la mano a Estados Unidos a ganar la medalla dorada. Incluso jugadores de otras selecciones iban antes al estadio o se quedaban después si jugaba o entrenaba el equipo norteamericano, solo para verlo a él. Ya impactaba por su soberbia capacidad de intensidad y concentración.

En la ronda final, llegaron las victorias ante Canadá (111-97), México (81-68), Argentina (88-68), Brasil (87-79) y Puerto Rico (101-85), partido en el que el número 5 anotó 14 de sus 16 puntos en el segundo tiempo. También se destacó con 18 puntos frente a México y 24 contra Argentina (partido en el que fue mayormente defendido por Luis Oroño, el suegro de Emanuel Ginóbili). Con el Oro en el bolsillo, el récord de USA Basketball quedaba en 28 victorias consecutivas en Juegos Panamericanos y ese sería el último título en dicha competencia, ya que desde ahí llevan 4 bronces, 3 platas y 2 ediciones sin medalla. Tras maravillar en Caracas, Jordan volvió a North Carolina a terminar su tercera temporada universitaria y al año siguiente se fue a Chicago a empezar su ruta hacia la leyenda. Ya bailarían varios a su ritmo, llámense Ewing, Stockton, Malone, Barkley, Kemp, Miller; por nombrar a algunos.

Alguna vez Gene Kelly, la única estrella de Hollywood que se le compara a Fred Astaire en el mundo del baile, declaró: “El mío es un estilo plebeyo, pero el de Astaire es de aristócrata”, el coreógrafo Balanchine lo calificó como “el mejor bailarín del mundo” y el bailarín Mikhail Baryshnikov elogió la “perfección” que nadie podía superar del actor norteamericano. Todas definiciones aplicables a quien se terminó transformando en el Dios del básquetbol. Pero a diferencia de Astaire, de quien un productor escribió en su primer casting que bailaba apenas “un poco”, de Jordan ya se sabía que bailaba bastante bien desde la primera vez que pisó la pista.

Sebastián Chittadini

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