Hace 40 años el Granate volvía a la B después de tres temporadas en la tercera categoría del fútbol argentino y comenzaba el camino de la reconstrucción. Un repaso por el torneo del equipo dirigido por el viejo Guerra que contaba con un futuro campeón del mundo: Héctor Enrique. Escribe Marcelo Calvente.

El Grana volvió a jugar en la B el 7 de febrero de 1982 en Arias y Guidi recibiendo a Tigre, a quien venció por 1 a 0. Durante las primeras fechas de aquel torneo, sin sobrarle nada, quedó bien en claro que el equipo dirigido por el Viejo Guerra estaba para dar pelea. Ese año la divisional recibió al primer equipo grande que perdió la categoría de privilegio: San Lorenzo de Almagro, que había sido claramente perjudicado por el gobierno militar, que incluso le había quitado su histórico estadio, el Gasómetro de avenida La Plata. El 3 de abril, por la 9ª fecha del campeonato de ascenso, Lanús visitó a San Lorenzo en cancha de River ante más de 40.000 personas. En la víspera, tropas argentinas habían desembarcado en las Islas Malvinas.

El partido fue precedido por la entonación del Himno Nacional, el público de ambos clubes cantó consignas contra los ingleses y luego el Ciclón y el Granate se enfrentaron por el torneo de la B. Cuando los dirigentes de Lanús llegaron al estadio fueron notificados que a primera hora había acudido un Oficial de Justicia, quien en nombre de la Caja de Previsión se disponía a embargar la parte que le correspondía a Lanús. Antes le había solicitado al jefe del operativo que le blindaran la boletería, exigiéndole además que redoblara la custodia policial del recinto.

Díaz Pérez, como integrante de la comitiva presidida por el Dr. Carlos González, no tuvo que pensar mucho para comprender que se trataba de aquel mismo funcionario obstinado que algunos meses antes se había quedado con la sangre en el ojo, convencido de la complicidad de los dirigentes Granates en un asalto a la boletería sufrido durante la tarde del Lanús–Chaca de 1981. Ésta vez había tomado todos los recaudos para que no le volviera a suceder y finalmente logró su cometido. Por fortuna, aquellos cheques que Lanús había girado ya se habían pagado, y el club conservaba las mismas cuentas corrientes que habían estado en riesgo más de siete meses antes. Aquel inolvidable 12 de septiembre del 81, el día que Lanús empezó a celebrar el ascenso a la B después de la debacle.

Pero ni bien se consiguió ascender a la B, la vieja discusión futbolera de todos los tiempos volvió a comenzar en el seno de la conducción del club. “Armemos un gran equipo”, decían unos. “Traigamos buenos refuerzos y volvamos a Primera”, opinaban otros. Cuando los dirigentes intentaron extender el contrato con el DT que lo había ascendido a la B para que continúe al frente del plantel, se encontraron que Juan Manuel Guerra no quería saber nada con seguir en el club y prefería volver a Platense, donde era un prócer. Le decían el Viejo Guerra, pero en 1982 tenía apenas 55 años. Se trataba de un hombre bueno, un especialista en conseguir ascensos, aunque algo falto de carácter, que los futbolistas apreciaban y respetaban.

Lanús no tenía ni quería tener un plan B, y el dirigente Horacio Magnaghi fue hasta la casa para tratar de convencerlo. Guerra lo recibió junto a su esposa. Cuando estaban charlando vio que en el humilde hogar había un viejo televisor blanco y negro, y advertido acerca de quien llevaba las riendas del matrimonio, Magnaghi le prometió a la señora del entrenador un TV color de 29’ de los que se rifaban, toda una novedad para la época, que estaban en depósito en el club listos para la entrega. La esposa aceptó encantada la oferta, y le aseguró que su marido firmaría para Lanús. Cuando Guerra ensayó una protesta, la mujer demostró su carácter sin dejar dudas: “Si no firmas con Lanús, acá no entras más, buscate donde dormir”.

Al día siguiente, el majestuoso televisor llegó a la casa de Guerra, quien siguió siendo el entrenador Granate. Al que no le gustó nada fue al dirigente de Lanús Jorge Garrido, que tal como había advertido que procedería si le tocaban un solo premio de la rifa, se apartó muy enojado de la iniciativa que él había motorizado y no volvió a pisar el club por un largo tiempo.

Además de Lanús y San Lorenzo, también Gimnasia y Esgrima La Plata, Chacarita, Atlanta, Almirante Brown, Banfield y Temperley tenían equipos poderosos. El Grana realizó una muy discreta campaña, de la que se destacan la igualdad sin goles ante el Ciclón en cancha de River Plate, y la revancha, en una recordada jornada lluviosa del 28 de agosto, cuando venció al líder por 1 a 0 en Arias y Guidi, con un zapatazo inmortal de Ramón Enrique desde afuera del área ante más de 25.000 estoicos espectadores. Ese tipo de partidos traían el recuerdo de los buenos tiempos, los choques con los grandes adversarios de la división de privilegio, distancias naturales que debido a las penurias pasadas por Lanús en sus tres años en la “C” se habían ampliado notoriamente.

Lejos de la lucha por el ascenso, el Grana se aseguró la permanencia con una campaña de 12 victorias, 17 igualdades y 13 derrotas, con 42 goles a favor y 43 en contra, con un equipo base conformado por Perassi; Egidio Acuña, Juan José Sánchez, Beltrán y Sicher; Ramón Enrique, Lodico y Milano, Crespín, Héctor Enrique y Attadía, más Jorge Peremateu, Héctor Romero, Stracquadani, Marcelo Fuentes, Altamirano, el Plumero Gómez y Daniel Camilo Pérez alternando.

Durante ese primer año de Lanús en la B, el equipo granate sufrió muchas bajas por lesión de valores importantes como Nigretti, que casi no jugó, y Crespín, que jugó menos de medio torneo. Las incorporaciones no rindieron, a excepción de Héctor Milano que se entendió muy bien con los hermanos Enrique y se transformó en el armador de Lanús cuando José Luis Lodico no pudo estar por una infrecuente dolencia que iba a condicionar su carrera.

Lo del capitán granate fue una infección mal curada en uno de sus oídos que se complicó por una mala praxis en la que le rompieron el yunque y el martillo, dos pequeños huesos del tímpano. A Pino la fortuna nunca lo asistió. No pudo recuperarse, iba perdiendo paulatinamente la estabilidad, no podía cabecear y no había forma de superar los síntomas que lo afectaban. A los treinta años, luciendo la misma figura y forma física que mantiene aún hasta hoy, Lodico se empezaba a preparar para el retiro.

No era lo que había imaginado, muchas asignaturas le quedaban por rendir, pero lo que más le dolía era la certeza de que no iba a poder cumplir su sueño de los últimos años: volver a llevar a primera a Lanús como en el inolvidable torneo de 1976, su hora de gloria. Al finalizar 1982, con tristeza y sin haber ganado buen dinero, se tuvo que retirar del fútbol y se dedicó a su otra pasión, la pintura, pero ahora como única manera de mantener a su familia.

Sin esas figuras, el rendimiento del equipo no fue el esperado y con mucho sufrimiento pudo mantener la categoría. La pelea más dura seguía siendo acomodar la economía, ya que el club no le pudo pagar al plantel el premio prometido por el ascenso logrado un año antes. A fines de 1982, Lanús vendió a Héctor Enrique a River por un dinero que resultó fundamental para afrontar las deudas difíciles que todavía seguían impagas.

Marcelo Calvente
marcelocalvente@gmail.com

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