Hoy cumple 77 años Francisco «Pancho» Sá. El correntino es el jugador que más veces ganó la Copa Libertadores de América. De Boca a Independiente y de ahí a Cosquín, donde ganó su primer trofeo como músico. Escribe Juan Stanisci.

Francisco tenía los ojos llenos de atardeceres. Cuando levantaba la vista, al otro lado del Riacho de Goya, un brazo que se desprende del Río Paraná, por sobre la Isla de las Damas, encontraba epifanías en el sol cayendo sobre el horizonte. El cielo jugaba inventando colores. Francisco veía primero como un amarillo casi oro se dibujaba sobre el azul. Y unos minutos más tarde, como ese amarillo pasaba a naranja y después a rojo. El cielo con sus colores le hablaba a él. Le contaba su futuro.

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Pedro Francisco Manuel Sá, el futbolista más ganador de la historia de la Copa Libertadores, nació en Paraje El Paraíso, en el departamento formoseño de Las Lomitas. Ocho días antes de su nacimiento, a cientos de kilómetros, los trabajadores y las trabajadoras habían llenado Plaza de Mayo pidiendo la libertad de Juan Domingo Perón. Cuando tenía un año y medio su familia se mudó a Goya, Corrientes, porque su hermana tenía que estudiar.

Ya de chico era defensor. Cuando estaba en sexto grado de la primaria pasaba los recreos jugando contra los chicos que estaban en quinto. Siempre le tocaba marcar a un niño que  jugaba de delantero. Una tarde, en uno de esos recreos le propuso ir a jugar a Central Goya. El pequeño Francisco le dijo que no conocía a nadie. El chico de quinto grado le dijo que él jugaba ahí y que podía hacerlo entrar. Sá aceptó y fue a jugar a Central Goya.

En Central Goya pasó rápidamente a entrenar con la primera. Estuvo en la cuarta y en la quinta división y a los quince años debutó en el primer equipo. Cuando terminó la secundaria ya estaba fijo en la primera. Central Goya disputó un cuadrangular con otros equipos correntinos: Mandiyú, Matienzo y Huracán Corrientes. Le echaron el ojo de Huracán. Se decidió a estudiar derecho en la Universidad de Corrientes. Su talento como defensor lo ayudó a no tener que buscar trabajo y dedicarse al estudio y al fútbol.

Un amigo de él llamado “Coquito” Rojas le propuso fichar para Sportivo Corrientes. Tenía todo arreglado, le darían una pensión y viáticos. Pero el presidente de Huracán Corrientes, que lo había visto en el cuadrangular, se lo quiso llevar. Fue a Goya a hablar, primero con él y después con Central Goya. Sportivo Corrientes se lo iba a llevar a préstamo, en cambio Huracán ofrecía comprarle el pase.

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En el living de la casa de Goya había una radio enorme. Cuando no estaba jugando al fútbol descalzo ni mirando los atardeceres que le mostraban los colores de su futuro, Pancho Sá se sentaba frente a la radio a escuchar a Independiente. Así aprendió que antes de cada partido los jugadores salían en fila y levantaban los brazos saludando a su hinchada. El capitán, Rubén Marino Hacha Brava Navarro, rompía la fila de jugadores y saludaba en nombre de todo el equipo. En su habitación había un póster pegado en la pared con la imagen de Hacha Brava Navarro. Era el espejo en el que el pequeño Francisco Sá se miraba.

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En Corrientes se enamoró de la ciudad. La costanera que acompaña el curso del Río Paraná, llena de Jacarandás y Lapachos que florecen en septiembre, era el lugar por el que caminaba cuando no estaba jugando al fútbol, estudiando o cantando. En Corrientes, además de ser defensor titular de Huracán Corrientes y de estudiar derecho, Pancho Sá había fundado Los Cambá*, un conjunto folklórico vocal. Mientras Huracán Corrientes disputaba campeonatos regionales y se ganaba la posibilidad de jugar contra equipos de otras provincias, Los Cambá aprovechaban los ratos libres de Pancho Sá para salir de gira. Viajaban a otras ciudades y aparecían en televisión. Daban recitales en peñas y festivales. Fueron seleccionados por la provincia para representar a Corrientes en el mítico festival de Cosquín.

El Festival Nacional de Folklore De Cosquín es el más importante dentro la música folklórica argentina. Desde 1961, en la última semana de enero y durante las famosas Nueve Lunas de Cosquín, los principales grupos de danza, cantantes, intérpretes y conjuntos folklóricos se presentan en el festival. Pero los recitales no terminan solo en el escenario Atahualpa Yupanqui, en la Plaza Próspero Molina. La ciudad entera se transforma en una gran peña. En los alrededores de la plaza, en bares y peñas folklóricas, los músicos se acercan a tocar hasta el amanecer.

Los Cambá llegaron a Cosquín a representar a Corrientes en la categoría de Grupo Vocal, esa donde brillaban grupos como Los Chalchaleros o Los Fronterizos. Vestidos con ponchos, bombachas y un pañuelo atado al cuello, Pancho Sá, Pedro Cuevas y Antonio Pittorino cantaron en una de las Lunas de Cosquín. Antes que la Copa Libertadores, a los diecinueve años, Pancho Sá levantó una estatuilla como premio a mejor Grupo Vocal.

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  José María Silvero llevaba dos años retirado. Una rotura de ligamentos lo obligó a colgar los botines después de diez años en Estudiantes de La Plata y cinco en Boca. Volvió a su Corrientes natal y empezó a trabajar en Huracán. A Pancho Sá lo entrenaba en doble turno: a la mañana y a la tarde. Cuando volvía de las giras los entrenamientos eran más duros para que recuperara ritmo. Una tarde lo citó a Sá en un bar:

– Te veo bien. – Arrancó Silvero ante el joven Sá – Quiero decirte que tenés condiciones para irte a Buenos Aires y jugar en el fútbol profesional.

El corazón de Pancho Sá se puso como un lapacho en primavera. Explotaba. Sá estaba a punto de aprender que toda elección trae alguna pérdida. Básicamente que todo no se puede. Y que hay caminos que no deberían cruzarse.

– Pero el fútbol y el canto, uno a la noche y otro de día, no se complementan – siguió Silvero.

Sá lo escuchaba con todo el cuerpo. No era cualquiera el que le estaba diciendo que podía dedicarse al fútbol, era una leyenda como José María Silvero.

– Entonces, deberías elegir – Acá Silvero habrá hecho una pausa que para Sá debe haber durado siglos – Y mi consejo es que te decidas por el fútbol.

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En 1968 Francisco Pedro Manuel Sá representó a Corrientes por segunda vez. La primera había terminado con la consagración de Los Cambá en Cosquín. Ahora tocaba hacerlo adentro de una cancha de Fútbol con Huracán Corrientes. El año anterior se había jugado por primera vez el denominado Campeonato Nacional, que incluía equipos indirectamente afiliados a AFA. Un intento por federalizar el fútbol argentino.

Para clasificar al Nacional todos los campeones de las ligas provinciales jugaron un torneo llamado Regional. Huracán Corrientes fue el equipo que representó a la provincia. Luego de eliminar a 1º de Mayo de Formosa y a Sarmiento de Resistencia, enfrentaron a Belgrano de Córdoba. El ganador de la llave conseguiría la clasificación al Nacional. El Pirata ganó dos a cero el primer partido y uno a cero el segundo. Huracán se despedía de la chance de clasificar al Nacional y Pancho Sá empezaba a decir adiós a su provincia.

*

En el vestuario visitante del viejo Gigante de Alberdi todavía seguía la bronca por la derrota. Algunos se bañaban. Otros simplemente estaban sentados en los bancos de madera mirando la nada. Alguien entró y preguntó por uno de los marcadores centrales. Le señalaron donde está Pancho Sá.

El hombre se acercó. Estiró la mano y le dijo:

– Mi nombre es José Ramos. Busco jugadores para River Plate y quisiera tomarle sus datos.

A pesar de ser hincha de Independiente, la idea de pasar a un club grande de Buenos Aires lo sedujo. Sá le dio sus datos al hombre que, dos décadas antes, había brillado en su misma posición en La Máquina.

*

Otra vez al banco. Tras casi dos años entrenando en River Plate, Sá no lograba hacerse un lugar. Dos partidos en la misma cantidad de temporadas. El único jugador en quedar fuera de la lista para la Copa Libertadores. Para colmo extrañaba. Extrañaba la luna correntina sobre el Río Paraná. Extrañaba los Lapachos florecidos. Extrañaba las guitarras sonando a lo lejos en la costa. Extrañaba a los pescadores vendiendo dorados recién sacados del agua.

Pancho Sá llevaba a Corrientes en su guitarra. Y cuando le agarraba eso de andar extrañando el pago, apretaba las cuerdas con una mano mientras con la otra punteaba. Las notas y los acordes iban llenando la habitación donde estuviera de las imágenes que había guardado de Corrientes. Así como un acorde traía otro, la voz se iba ensamblando. Le brotaba no desde la garganta sino desde más adentro. Desde un lugar anterior a la anatomía. Como si los pescadores, los lapachos, las guitarras, la luna y el Río Paraná cantaran con él.

“Cuando pienso en mi Corrientes
Lamento no estar allí
Y en las tardes por los campos
Quemarme en su cuarajhí*”.

El rasguido trae la brisa y el canto la noche templada y húmeda. Ya no hay concentración ni partidos sin jugar.

“Pero lo que más siento
No hallarme en mi taragüí*
Es por sus noches divinas
Bañadas por el yasí*”.

Pancho Sá vuelve a escuchar esas guitarras sonando lejos y el grito de los pescadores vendiendo dorados. Siente la piel quemándose bajó su cuarahjí. Mientras toque la canción Corrientes irá a donde él esté.

*

Pancho Sá entra al predio de Independiente. Mientras camina ve que alguien se acerca a saludarlo. No le hace falta tenerlo cerca para saber quién es. Se le aflojan las piernas, algo que no le pasaba ni al entrar a la cancha ni a subir a un escenario. El hombre que va a saludarlo estira la mano. La palma de Sá está húmeda.

– ¿Usted es Pancho Sá? – Le dice Ruben Marino Hacha Brava Navarro.

– Sí – Contesta Sá, casi inentendible, como si estuviera atragantado.

– Lo reconocí por la forma de caminar –  Remata Navarro.

Luego de dos años casi sin jugar en River, Pancho Sá había pasado a Independiente a prueba. Pipo Ferreyro, un compañero en el equipo de Núñez, que también había quedado libre, lo recomendó a la dirigencia. Lo llamaron y le propusieron hacer una prueba en unos amistosos de verano.

Estaba esperando a cumplir su sueño y el de su familia, jugar en Independiente y, al mismo tiempo, estaba por nacer su primer hijo. De Corrientes recibió una carta de su papá diciendo que una de las alegrías más grandes su vida sería verlo, por lo menos una vez, con la camiseta del Rojo.

Una noche, antes de viajar a Mar del Plata para un amistoso, nació su hijo. Lo conoció y luego se fue con el plantel rumbo a la costa. Cuando el técnico Vladislao Cap se enteró del nacimiento le dijo que “los hijos vienen con un pan abajo del brazo”. Pancho Sá pasaría la prueba. Jugaría más de doscientos partidos con la camiseta de Independiente.

En su primer año en el club era el primer cambio ante cualquier lesión en la defensa. Pancho Sá era un jugador adelantado a su época. Podía jugar de marcador de punta por derecha (hoy llamado lateral), de primer zaguero, de segundo zaguero o de marcador de punta por izquierda. En todas las posiciones lo hacía bien. Así, siendo la rueda de auxilio, consiguió su primer campeonato: el Metropolitano de 1971. Y la chance de jugar la Copa Libertadores por primera vez.

*

El 16 de febrero de 1972 en el Gigante de Arroyito, el estadio de Rosario Central, Pancho Sá jugó su primer partido por la Copa Libertadores. Por aquel entonces clasificaban diecinueve equipos en total más el campeón de la edición anterior. Por lo general, quienes accedían a disputar la Copa, habían sido campeones o subcampeones en sus respectivos países. Los equipos se repartían en cinco grupos de cuatro clubes cada uno (a veces uno quedaba con  tres). El ganador de cada zona pasaba a una segunda ronda donde ingresaba el campeón anterior y se repartían en dos grupos. Nuevamente quien más puntos consiguiera pasaría a la final.

En la edición de 1972 Independiente enfrentó en el Grupo 1 a: Rosario Central, Atlético Nacional de Medellín e Independiente de Santa Fe. Clasificaron a la siguiente ronda invictos, dos puntos por encima de Rosario Central. El grupo de semifinal quedó formado por Independiente, San Pablo de Brasil y Barcelona de Guayaquil. Del otro lado quedaron Universitario de Perú, Peñarol y Nacional. Clasificaron a la final Independiente y Universitario.

El primera final se jugó en Perú. Universitario tenía algunos jugadores que habían disputado el Mundial de México 1970, eliminando a la Selección Argentina en la eliminatoria. El partido en Lima entre Independiente y Universitario terminó sin goles. En la vuelta el Rojo ganó 2 a 1. Sería la única Copa que ganarían de local de las cuatro conseguidas de forma consecutiva.

En 1973 Independiente ingresó en la segunda fase. Le tocó compartir grupo con Millonarios y San Lorenzo. Una vez más clasificaron a la final donde debían enfrentar al Colo-Colo de Carlos Caszelly. Empataron en Avellaneda 1 a 1 y 0 a 0 en Santiago de Chile. La modalidad de aquellas copas dictaba que, en caso de empate o si los dos ganaban uno de los partidos, se debía definir en un tercer encuentro en un país neutral.

El 6 de junio de 1973 Independiente y Colo-Colo se enfrentaron en el Estadio Centenario de Montevideo. Cuenta la leyenda que el equipo chileno ingresó al campo de juego acompañado por el arriero que, seis meses antes, había encontrado a los rugbiers uruguayos accidentados en la Cordillera de Los Andes. Así se ganaron al público local. El partido volvió a quedar empatado, esta vez uno a uno. Fueron al tiempo suplementario. Humberto Maschio, el técnico de Independiente, mandó a la cancha a un joven Ricardo Enrique Bochini. El Bocha sería fundamental en la jugada del gol de Giachello para ganar la segunda copa.

A la sólida defensa de Independiente conformada por Santoro, Commisso, López, Sá y Pavoni; al mediocampo de Semenewicz, Raimondo y Galvan; y a los goles de Balbuena y Maglioni; se sumaron la juventud y el talento de Daniel Bertoni y Ricardo Bochini.

En la edición de 1974, el ingreso a la segunda fase los enfrentó con Huracán y Peñarol. Del otro lado clasificó Sao Paulo. En Brasil ganó el equipo local. Lo mismo hizo Independiente en Avellaneda. El desempate se jugó en Asunción del Paraguay donde Independiente volvió a gritar campeón con gol del Chivo Pavoni.

La última Copa Libertadores ganada por Independiente en este ciclo fue en 1975. Tras ingresar en la segunda fase debieron enfrentarse a Rosario Central, donde jugaba Mario Alberto Kempes, y Cruzeiro. En el otro grupo clasificó Unión Española. Nuevamente debieron ir a un tercer partido para decidir el campeón. En el Estadio Defensores del Chaco con goles de Ricardo Ruiz Moreno y Daniel Bertoni, Independiente se consagró tetracampeón de América (la sexta en total). Por un problema con los vuelos, volvieron en micro hasta Buenos Aires. Junto al plantel viajaba el relator José María Muñoz que en cada parada anunciaba el periplo del equipo. Así, en cada ciudad y en cada pueblo, eran recibidos con festejos.

En cuatro participaciones en Copa Libertadores, Pancho Sá había sido campeón la misma cantidad de veces. La carta en la que su padre le pedía verlo con la camiseta de Independiente al menos una vez, se cumplió en más de doscientas ocasiones. Pero en el final de 1975 la dirigencia del Rojo decidió dejarlo libre. Creían que, a los veintinueve años, ya no tenía nada más para dar.

*

En la casa de El Chivo Pavoni, uno de sus ex compañeros en Independiente, estaban comiendo un asado para despedir a Pancho Sá. Luego de quedar libre en el Rojo tenía todo arreglado para irse a jugar a Independiente Medellín de Colombia. Entonces sonó el teléfono. “A la noche lo va a llamar Lorenzo”, le dijeron al otro lado de la línea. Juan Carlos Lorenzo acababa de asumir la dirección técnica de Boca. El xeneize, cuando no, estaba obsesionado por ganar la Copa Libertadores.

Eran las nueve de la noche y Pancho Sá había vuelto a su casa. Una vez más sonó el teléfono.

– ¡Hola Sá! –la voz, con una tonada impregnada de acento italiano, era la de Juan Carlos Lorenzo.

– ¿Cómo está, Lorenzo? – contestó Sá.

– Escucheme, vaya mañana a hablar con el presidente. Digalé que va de parte mía, él ya sabe.

Al día siguiente, un lunes, Pancho Sá siguió la orden de Lorenzo. Fue hasta la concesionaria que tenía Alberto J. Armando. El presidente de Boca lo recibió en su despacho. Sá y su familia querían quedarse en Argentina, pero el sueldo que le ofrecía Boca era mucho menor al de Independiente de Medellín.

– Usted piénselo – le dijo Armando antes de despedirse – Venga hoy a las cinco de la tarde y me contesta.

*

Juan Carlos Lorenzo había llegado a Boca con el objetivo de darle al club su primera Copa Libertadores. Pero para eso, primero había que clasificar. De cada país solo ingresaban dos equipos. 1976 fue el año del golpe de estado genocida y el único entre 1971 y 1979 en que Francisco Pancho Sá no llegó a la final de la Copa.

Para entrar a la Libertadores Boca debía ganar el Campeonato Metropolitano o el Campeonato Nacional. Fue campeón en ambos. Con el agregado de que el Nacional lo ganó venciendo en la final a River, en la que fue la primera final entre ambos en el profesionalismo.

El grupo 1 de la Copa Libertadores fue una buena prueba para saber a qué podía aspirar el equipo: River, Peñarol y Defensor Sporting, campeón uruguayo el año anterior. Boca clasificó primero, invicto y sin haber recibido goles. En la segunda ronda se encontró con Deportivo Cali y Libertad de Paraguay. Mantuvo el invicto y clasificó a la final. Del otro lado llegaba el equipo campeón en la edición anterior: Cruzeiro.

Así como en Independiente había formado una defensa histórica, en Boca también: Gatti; Pernía, Sá, Mouzo, Tarantini. En el partido de ida, en La Bombonera, Boca ganó con un gol de Carlos Veglio. Pero, por primera vez en su carrera, Pancho Sá se desgarró. No pudo jugar el partido de vuelta donde Cruzeiro ganó uno a cero. Tampoco el tercer encuentro en Montevideo donde, luego de empatar cero a cero durante ciento veinte minutos, Boca fue campeón gracias al penal que Gatti le atajó a Vanderlei.

Vestido de jean y zapatillas, Francisco Pedro Manuel Sá entró al Estadio Centenario y no pudo hacer pie. Estaba todo embarrado. Sus compañeros tuvieron que llevarlo en andas para que pudiera dar la vuelta olímpica. La quinta en seis ediciones de la Copa Libertadores.

En 1977 Boca ingresó directamente en la segunda fase de la Copa. Volvió a compartir grupo con River, y se les sumó Atlético Mineiro. Una vez más clasificaron invictos y ganándole el último partido al clásico rival. En la final, esta vez, llegaba Deportivo Cali. El equipo colombiano era dirigido por Carlos Salvador Bilardo.

El Estadio Olímpico Pascual Guerrero de Cali, tenía sesenta mil personas en sus tribunas. Sesenta mil personas que querían ver un equipo colombiano campeón de la Copa Libertadores por primera vez en su historia. Sesenta mil personas que se quedarían con las ganas. Pese a las llegadas de Deportivo Calí, el resultado se mantuvo en cero para ambos. Tenían que definir en La Bombonera.

El 28 de noviembre de 1978, cinco días después del partido en Colombia, sesenta y cinco mil personas llenaron La Bombonera. Las cosas no pudieron salir mejor. A los quince minutos Boca ganaba uno a cero con gol de Perotti. Deportivo Cali debía empatar para forzar un tercer partido. Pero el segundo tiempo fue todo xeneize. A los sesenta y un minutos Mastrángelo puso el dos a cero. A los setenta y tres Salinas hizo el tercero. Cuando el partido terminaba Perotti hizo el cuarto.

El sol comenzaba a acercarse al horizonte. 1979 sería la última Copa Libertadores jugada por el hombre que más veces la levantó y que más finales jugó. Como si se tratara de una obra de teatro, en la segunda fase (Boca clasificó directo por ser campeón), se enfrentaron a Independiente. El equipo del que era hincha y donde había hecho historia en la Libertadores. Boca volvió a clasificar a la final. Lo esperaba Olimpia de Paraguay dirigido por un experto en Copa Libertadores: Luis Cubilla.

Pancho Sá se perdió la primera final: lo habían expulsado en el último partido de la segunda fase. En Paraguay, sin su presencia, como si se tratara de un designio, Boca perdió 2 a 0. En la vuelta no hubo caso. Con solo ganar el partido Boca hubiera forzado un encuentro desempate. Pero el marcador terminó cero a cero. Fue la última participación de Pedro Manuel Sá en la Copa Libertadores.

Entre el año de su creación como Copa de Campeones de América en 1960, y la última vez que Pancho Sá la jugó, ya como Copa Libertadores en 1979, se jugaron veinte ediciones. En diecisiete ocasiones hubo un finalista argentino. Doce copas fueron levantadas por un club de nuestro país. En seis de ellas participó Francisco Pedro Manuel Sá. Solo le hizo falta disputar siete ediciones. En todas, su equipo llegó a la final.

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En el Riacho de Goya, frente a la Isla de las Damas, las garzas van y vienen. La brisa del atardecer va meciendo las flores de los lapachos. Tan imponente es la flor de esos árboles, que el atardecer parece empeñado en querer imitar su color. El pequeño Francisco se toma unos segundos antes de volver al bar de su padre. Mira, mientras muere otro día, como el sol va cambiando las tonalidades del cielo a su gusto. De fondo un telón cada vez más azul. El amarillo que pasa a naranja. Después a rojo. Francisco, el que tenía los ojos llenos de atardeceres se aleja rápido. Está por jugar Independiente.

*Cambá: Negro o mestizo.
*Cuarajhí: Sol.
*Taragüí: Corrientes.
*Yasí: Luna.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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