Se sabe que los dolores duelen menos cuando se pueden compartir. Como si cada uno agarrara un pedacito, un porcentaje, una acción, de la totalidad de ese dolor y lo hiciera propio. En el fútbol, además, cuando lo que desgarra se hace colectivo se transforma, muta en canción, en bombo, bengala y grito mezclado con llanto. Hace más de dos mil años, viendo teatro, Aristóteles lo llamó catarsis. Si el teatro griego es parecido a nuestro fútbol es difícil afirmarlo, lo que sí podemos decir es que es lo mismo. Purgarse, limpiarse, sacarlo todo afuera como cantaba Piero.

El domingo 24 de mayo amaneció nublado, en ese tono gris que solo alcanzan los días de otoño. El cielo uniforme, como si fuera una sola nube, los árboles pelados y la música de las toses junto con los estornudos. Salud. La noche anterior, una noticia filtrada, un rumor verdadero, dejó a más de un hincha de Racing sin dormir: Milito había echado a Costas. Entonces, con la velocidad de tiktok viralizado, se armó un banderazo para despedir al hombre que fue mascota, capitán, garante y técnico campeón.



Costas y Milito manejan la idolatría de forma opuesta: uno es todo desborde y amalgamarse con su gente; el otro mira desde la distancia confiando en la fuerza del recuerdo. Ayer, mientras los y las hinchas esperaban la aparición del entrenador despedido, esas fuerzas chocaron. Algo se rompió. La gente cantó contra Milito, el goleador calle. Puteó. Tuvo que llegar la barra para tratar de torcer o reencausar esos cantos. No lo lograron.

Lo importante, en el fondo, no es si Costas debía seguir o no. Es cómo se trata a un ídolo. Es complejo cortar un ciclo con alguien muy querido, hay que moverse como un trapecista sin red, cuidando cada movimiento porque de eso depende la salud del club. Milito y Saja hicieron todo lo opuesto.



– Hace veinte años que no vengo a la cancha, pero anoche no pude dormir – me dice un tipo de unos sesenta años. 

Como él hay muchos. Dos chicos de menos de treinta pasan tapándose la cara, él tiene los ojos como si le hubiera vaciado todas las reservas de gas lacrimógeno en el iris. Costas finalmente sale y se acerca a su gente lo más que puede, los separa una reja y los custodia la seguridad privada. Antes de ir a buscar la despedida, el tipo de sesenta años remata:

– A mí que me importa si ahora viene Guardiola, nosotros queremos a Costitas.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

Fotos: Camila Fariña



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