La segunda ronda del US Open nos trajo la despedida de Gael Monfils. Entre canchas semi vacías, ruidos que rompen con la atmósfera del tenis e influencers que van a generar contenido sin mirar el juego, Monfils vino a mostrar que «Si lo de afuera empeora, todavía podemos mirar adentro». Escribe Fabián Spina.

—Cual es el propósito de su visita —preguntó el agente de migraciones estadounidense.

—Vengo a jugar —respondió sonriendo el francés Gael Monfils.

El oficial de la autoridad migratoria se tomó un instante donde dudó. Reír y jugar son cuestiones que siempre de alguna manera incomodan a las autoridades, sobre todo si el tipo que tiene parado enfrente es negro y de casi dos metros. El pasaporte estaba en regla, quizá el agente lo intuyó jugador de básquetbol, pero no hizo más preguntas, le devolvió el pasaporte y la puerta se abrió para que ingrese.

Gael Monfils tenía 39 años la semana pasada, pero el 01 de septiembre cumplió 40 —mientras le ganaba su partido de primera ronda al paraguayo Adolfo Vallejos—. Vino a USA a festejar su cumpleaños disputando su último US Open, después de 21 años de carrera. Y cuando en migraciones respondió que venía a jugar, estaba siendo absolutamente sincero: Monfils no vino a Nueva York a ganar el torneo, vino a jugarlo. Con todo el respeto y la admiración que me generan los tipos consagrados que aman lo que hacen y siguen disfrutando de jugar. Y además eligen hacerlo.

El escenario central del torneo se llama Arthur Ashe Stadium, es enorme, el estadio de tenis más grande del mundo. Pero a veces, cierto aire de desidia hace que parezca frío, a pesar del verano y la humedad. Varios jugadores se han quejado por el persistente ruido que hay en los ambientes de las canchas. Y donde más se sufre esta cuestión es en el gigante Arthur Ashe. 

Se flexibilizaron las normativas respecto al movimiento del púbico en las tribunas, ya no es necesario que terminen los games para caminar por escaleras y pasillos. La gente se mueve libremente durante los puntos, comiendo y charlando. Cuestiones que terminan siendo molestas para los jugadores, en un deporte que requiere máxima concentración y aguda observación de una pelotita que viene a velocidad supersónica.

Ya vimos en el mundial de fútbol que el público estadounidense necesita estímulos constantes y muy explícitos para mantenerse atento —luces, pantallas gigantes con brillo demoledor, música al palo—. Imaginen lo dificultoso de captar su atención y que permanezcan callados durante partidos que duran cuatro horas.

El Arthur Ashe es un templo del tenis mundial, pero sinceramente en la primera semana de torneo la falta de atmósfera es notoria. Las entradas están agotadas, pero los precios astronómicos y la tradicional “reventa legal” terminan dando gradas semivacías en la mayoría de los partidos. Solo en la presentación de Novak Djokovic y en algunos momentos de Carlos Alcaraz hubo entusiasmo y público prendido. Recién en la noche de viernes el estadio lució lleno, con la participación de los locales —las legendarias hermanas Williams jugando dobles y el niño desafiante Ben Shelton—. Las noches cerradas por Alexander Zverev mostraron murmullo constante e influencers generando contenido para redes, a los gritos y sin nexo con lo que sucedía en la cancha. Obviamente algo de esto está conectado con el carisma y el atractivo de cada jugador, pero cierto es que, por ahora se cumple el secreto a voces: en torneos grandes lo mejor de la primera semana sucede en los escenarios más pequeños, con jugadores de alto ranking jugando en canchas laterales.

Y hablando de otros estadios, vamos al Louis Armtrong. Tremendo nombre para un estadio de tenis y apropiado para que la despedida del negro Monfils sea justamente allí. Estaba equivocado el agente de migraciones si creyó que era un jugador de básquet, pero no tanto. Hay algo en el contenido del tenis de Monfils que tiene “show-time” estilo NBA. Un jugador que no ha ganado grandes cosas pero que durante sus largos años de carrera ha hecho que el público quiera verlo. Atrevido. Estético. Descontracturado. Talentoso. Una leyenda de golpes inesperados y sonrisa grande, que encima vino a NY con ganas de divertirse.

Desde que Gael entró al Armtrong a disputar su cruce de segunda ronda recibió el aplauso y el cariño de los espectadores, a pesar de enfrentar a un jugador local —Learner Tien (20 años, Nro. 15 del ranking ATP)—.  En este caso sí, estadio a reventar y público encendido, coreando el nombre “Mon-fils”. Como André Agassi hace veinte años también en el US Open, había sospechas de última noche.

Cuando el partido se le empezó a escapar, porque las piernas no respondían, se despachó con amplio repertorio, se daba gustos en el mientras tanto, y la gente también. En plena atmósfera de celebración, voló Monfils para pegar una volea de revés cerca de la red. Un felino negro, de callejón, salido de la pandilla de Don Gato. A las 21:00 o´clock del jueves, metió un cambio de dirección en la paralela, que sorprendió e hizo gritar a todos bien fuerte. Un par de puntos después, empezó a gritar él mismo antes de impactar la pelota y se quedó gritando el winner casi con sonido de gol. Más estallido. Poco antes del cierre del partido, con el envión de correr una pelota perdida, caminó haciendo equilibrio por el borde superior de un cartel de publicidad, con los espectadores riendo, el arbitro y el rival también. Un rato después levantó sus manos para decir adiós.

Las jornadas de tenis en un Grand Slam siguen teniendo magia por el contenido humano. Si lo de afuera empeora, todavía podemos mirar adentro. También hay mucho talento en los que siguen. Nos frotamos las manos, se viene la segunda semana.

Fabián Spina
Instagram: @fabspina

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