El ritual del café amargo

Ariel Scher*

Fue en los días de niebla de junio de 1978 cuando ese ritual se instaló en el Bar de los Sábados. Hay que entender esos días, esa niebla, ese junio y ese 1978, en los que los asistentes regulares del bar sintieron dolor en cada punto de la ruta que va entre las cejas y las sienes porque los atravesó la contradicción más brutal y más moral de sus historias. Por un lado, estaba el Mundial, la cumbre de las cumbres de lo que para todos ellos era y es una razón de vivir: el fútbol. Por el otro, estaba la dictadura militar en la Argentina, la suma de las sumas de lo contrario de vivir: el horror. ¿Cómo hacer ingresar en un mismo tiempo y en un mismo cuerpo las dos cosas? ¿Cómo no dejarse ir detrás de la tentación festiva de la pelota? ¿Cómo no pensar en cada segundo que, adelante, y atrás, y en todas las diagonales hacia las que apuntaba el bar, latía un espanto, un espanto del que, en medida mayor o menor, cada uno de ellos sabía? ¿Cómo lograrlo en ese mismísimo bar, recinto semanal de reflexiones largas sobre las canchas de la existencia? Nunca tuvieron respuestas enteras los integrantes del Bar de los Sábados porque, para qué engañarse, la vida no es una sucesión de respuestas enteras. Sólo pudieron —y no fue poco— incorporar ese ritual: tomar café amargo.

La idea la trajo el Ancho, quien no tenía un pasado como concurrente al Bar de los Sábados, pero en esa época iba, volvía a ir y no faltaba jamás porque era amigo del Alto, un miembro consecuente del bar. Y en los días de niebla de junio de 1978, el Alto no estaba cada sábado en el bar porque demasiadas señales lo habían empujado a mudarse en avión rumbo a otra parte. “Café amargo”, propuso una vez el Ancho, que ejercía una suplencia militante en lugar de su amigo, y no lo explicó. No hacía falta. El café era el fútbol, era la charla, era la identidad, eran ellos. Y lo amargo era esa edad argentina.

Durante todos los días y todas las nieblas de ese junio tragaron café amargo para rendir homenajes a las atajadas del Pato Fillol y del sueco Hellstrom, a las gambetas del escocés Gemill, a la calidad del francés Platini, a la elegancia del peruano Cubillas, al descubrimiento de un italiano llamado Cabrini, a la jerarquía del brasileño Dirceu, a la idea de juego de Holanda y a la presencia exuberante de varios argentinos y, en especial, de Mario Kempes, el mejor de los mejores. En cada trago, además, cabían más homenajes. Para el Alto, por ejemplo, que los andaría añorando; y para los que faltaban y seguirían faltando; y para el arribo de otro tiempo porque, probablemente, alguna vez viniera otro tiempo.

Y vino, de verdad, otro tiempo. Y otro más. Y otro más. En el Bar de los Sábados regresó la oportunidad de desplegar la pasión sin contradicciones. Pudo volver el Alto, un noble hombre, y no ausentarse nunca más. El Ancho abandonó la responsabilidad de habitué, aunque es amigo y regresa cada tanto. Ya no está el Mundial 78. Ni esos días ni ese junio ni esa niebla. Quien quiere pide dos mil tazas con café dulce. Pero en un momento cualquiera, en medio de cada sábado, hay un instante que hasta hoy no precisa argumentos y aparece el café amargo. Ocurre que, por fortuna, hay rituales que no cesan. Y hay memorias que tampoco.

Este cuento pertenece al libro “Todo mientras Diego (y otros cuentos mundiales)” editado por Grupo Editorial Sur en el año 2018.

*Escritor, periodista y docente, además de gran pensador de la pelota (y todo lo que hay al rededor de ella). Escribió en Clarín, La Razón, Sur, agencia interdiarios, Noticias, entre otros. Tambien en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y en el Centro de Investigaciones Sociales sobre el Estado y la Administración (CISEA). Publicó los libros “Fútbol pasión de multitudes y de elites” (con Héctor Palomino), “La patria deportista”, “Wing izquierdo, el enamorado”, “La pasión según Valdano” (con Jorge Valdano), “Fútbol en el Bar de los Sábados”, “Deporte Nacional” (con Guillermo Blanco y Jorge Busico), “Contar el juego. Literatura y deporte en la argentina y Deportivo Saer”. Su último libro es “Todo mientras Diego (y otros mundiales)”. Es uno de los editores de “Pelota de papel”.

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