Pelota en órbita

Entre el humor y la tristeza, Pato Ramón nos lleva al recuerdo de la Copa América 2015 en Chile y al dolor de los asesinatos en el mismo estadio 42 años antes.

Aquella fría noche del sábado 4 de julio, estuve presente. Sentado en la tribuna, detrás de uno de los arcos en el Estadio Nacional de Chile para ver la final de la Copa América 2015.

El partido fue más disputado que jugado. Más trabajado que disfrutado, por parte de los jugadores.

Aquel partido fue muy alentado pero mal observado. Muy gozado pero nada amigable, por parte de los espectadores.

Estaba ahí, con mucho frío y muchas esperanzas. Esperanzas y emociones que me podrían traicionar si Argentina convertía un gol, ya que estaba rodeado de vecinos trasandinos enfundados, todos, como un ejército, en su roja casaca. Como aquel ejército que alguna vez ocupó, torturo y fusiló, en esos mismos grises escalones, que me tenían ahora a mí sentado, también encapuchado como aquellos, pero esta vez, a la espera de algún gol.

El empate en cero nos envió a los penales. Comencé a tener miedo ante un eventual triunfo de mi selección. Chile empezaba a sentirse campeón luego que el Pipita Higuaín desaprovechara su oportunidad desde los doce pasos, y antes que Alexis Sánchez convirtiera el definitorio.

No solo erró el penal, sino que casi saca la pelota del estadio, de no ser por el gran salto que pegue para atrapar aquel balón, y en un mismo acto, ponérmela bajo mi buzo negro.

Nadie se dio cuenta que me guarde la Cachaña Ordem, tal su nombre. Todos festejaban el ya casi campeonato continental por primera vez en su historia. Aquel estadio albergaba gente muy contenta, como si estuvieran en un teatro de comedias.

El partido finalizo, cerré los ojos y me quede sentado mientras daban la vuelta olímpica los que tenían la roja puesta. Me quede sentado, con la pelota del penal fallido escondida bajo mí buzo negro mientras se vaciaba el estadio.

La cancha se desinflo de gente, y yo seguía sentado esperando que apagaran la luz.

También la luz se apagó y yo inicié mí retirada, derrotado y triste, sin mirar para atrás, con la pelota bajo mi buzo negro, a oscuras, para que nadie me viera. Me retiraba con el mismo miedo de aquellos que lo ocuparon en 1973.

Mi pelota estuvo por mucho tiempo en una repisa, hasta que un verano de vacaciones la lleve a la playa, con tanta suerte que aquella tarde coincidimos en la misma arena caliente con el errático delantero central.

Le acerque la pelota para que me la autografiara, y luego de contarle la anécdota, le pego una patada tan fuerte, como alto fue el brinco de aquella pelota, parecido al otro viaje en la fría noche chilena.

El goleador napolitano había encajado la pelota en la más alta de las palmeras. Me dio la espalda, y me dejó tan solo como aquella noche en aquel aterrador estadio carcelero

La pelota sigue ahí arriba. Cada año regreso a verla. Sigue ahí arriba, bien alta, entre los cocos y los ecos del festejo de aquel campeonato del 2015. Como también se siguen escuchando los llantos del pueblo chileno. Aquellos llantos de 1973.

Miguel Hiram Ramón

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