Los que fueron y volvieron para contarla, los que tenían entrada y no fueron, los que vieron hundido su sueño de ser futbolistas después de la tragedia, un medallista olímpico sobreviviente y la comunión entre rock y fútbol. Todo esto y más en la segunda parte de la nota de Lástima a Nadie, Maestro a 16 años de la Tragedia de Cromañón. Escribe Lucas Jiménez.

 Futbolistas sobrevivientes

Damián De Luca y Hernán Luzzi eran compañeros en la primera de Lamadrid cuando fueron a ver a Callejeros al boliche República de Cromañón la noche del 30 de diciembre de 2004. La tragedia les sirvió para disfrutar más su presente de futbolistas del ascenso. “Valoro mucho más estar jugando. Hay casi 200 personas que no tienen la oportunidad de estar. Aprendí a valorar lo que me da el fútbol. Las satisfacciones, los amigos y la gente. Ya no me importa si es mucho o poco mi sueldo”, contó Luzzi en una nota con el diario Clarín en julio del 2005.”Soy mucho más responsable. Soy un jugador de fútbol, lo que siempre quise ser, desde chiquitito, y ahora que lo logré me doy cuenta que no puedo hacer boludeces. Si quiero seguir en esto tengo que cuidar mi cuerpo que es mi herramienta de trabajo”, agregó De Luca.

El jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires Aníbal Ibarra no apareció en el momento de la tragedia. Por otra parte el secretario de Justicia y Seguridad de la Ciudad, Juan Carlos López, y la subsecretaría de Control Comunal, Fabiana Fizbin, renunciaron a sus cargos. Después de Cromañón de repente el gobierno porteño fue más estricto con las habilitaciones de los lugares adonde acudía la gente como esparcimiento. Los estadios de fútbol del ascenso no fueron la excepción. “Desde que pasó esto la cancha no la podemos usar. Está suspendida y además está en reparaciones. Si tienen que cumplir con todas las reparaciones no se abre más. Yo sé que los dirigentes de Lamadrid hicieron lo imposible para habilitar nuestra cancha. Si hay que cumplir todo habría que cerrar todas las canchas del Ascenso”, explicó De Luca.

Así surgió un proyecto de ley para que los clubes de la C y D no cumplan con los nuevos requisitos de edificación. “Hay cosas que se pidieron que son exageradas y que por ahí Lamadrid no puede cumplir. Por eso me parece bien que las canchas se pongan en condiciones pero que sea coherente lo que se pide. Es muy probable que casi todas las canchas donde jugué no estuvieran en condiciones”, opinó Luzzi.

Otro futbolista del ascenso que estuvo esa noche en el boliche del barrio de Once fue Abel Orona de Luján. “Esa noche perdí a mi mejor amigo Nacho (Ignacio Cordero) y al hermanito de él (Ricardo Cordero). Fuimos cuatro y volvimos dos. Estuve quince días internado. Siete en terapia intensiva y ocho en sala común.” Perdió 8 kilos tras su internación en el Sanatorio Victorio Franchín, del gremio de la construcción. Tenía 22 años, a los 18 había estado a préstamo en Vélez una temporada, era volante ofensivo con buen trato de pelota y tenía una carrera por delante. Aunque ya nada volvió a ser igual adentro de la cancha.

“El fútbol es la mejor terapia. Pero después de Cromañón no logré recuperar mi nivel futbolístico y la cabeza tiene mucho que ver con eso. Quiero progresar en el fútbol y ansío jugar en la B Metropolitana, muchas veces tuve propuestas pero opté quedarme en Luján. Ahora me gustaría jugar en esa categoría”, contó en TyC Sports en 2009. No pudo cumplir ese sueño se retiró en 2013 en Ituzaingó al poco tiempo de ascender a la C. Pero le queda el recuerdo de haber podido jugando para Luján dedicarle un gol a su amigo Nacho. Fue técnico de su querido Lujan y hoy sigue ligado al fútbol ya que es el entrenador de El Frontón de San Andrés de Giles que disputa la Liga Mercedina.

Del sueño del futbolista al compromiso social del profe

Cristian Pereyra  en diciembre del 2004 tenía 18 años y había terminado el secundario. Ya tenía la idea de anotarse en el profesorado de Educación Física pero más soñaba con ser futbolista. La tragedia de Cromañón lo dejó con una afección pulmonar que le impidió hacer actividad física por casi dos años. “Me costó mucho rehacer mi vida. Tenía el sueño de ser futbolista, más allá de saber que por ahí no hubiese triunfado en un club de Primera División, hubiese podido jugar tranquilamente en la C o en la D. Tengo la gracia de Dios y de la Virgen de Luján, que le agradezco siempre, de estar metido en el deporte, pero no es lo mismo estar en el banco que poder estar ahí adentro. A mi Cromañón me robó eso”, contó en una nota en Infobae.

“En el 2007, mientras trabajaba como ayudante de yesero, me anoté de nuevo en la facultad para poder ser profe de educación física. Me costó volver a concentrarme en los estudios, pero finalmente en el 2010 me recibí. Ese mismo año, el padre Daniel de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, donde yo pertenezco al grupo de Acción Católica, me propuso poner una escuela de fútbol. Frente a la iglesia había un terreno que estaba en desuso y me lo dio. A mí me encantó la idea y le dije que sí sin pensarlo. Emprolijamos la tierra y le pusimos dos arcos y luces. Es un potrero, como los de antes, como los que ya no existen”, precisó Pereyra en el diario Clarín.

Cristian hoy trabaja como preparador físico en el futsal de Banfield y antes estuvo en San Telmo y Tristán Suarez. La escuelita de fútbol que puso en su barrio Villa Centenario de Lomas de Zamora sigue andando. Se llama Atlético Progreso, en honor al club de Rosario de la Frontera, Salta, en el que jugaron su abuelo y su papá. Hace dos semanas finalizó la campaña de Botines Solidarios que arrancó en febrero y se vio parada por la pandemia. Todo lo juntado ya llegó a las manos de los pibes del barrio.

Además este año transformaron la escuela de fútbol en un merendero que organiza ollas populares. “Con el comienzo de la pandemia tuvimos que cerrar las instalaciones y decidimos asistir a las familias de esos chicos de la escuelita”, contó Cristian Pereyra, en el diario La Unión de Lomas de Zamora. No es la primera vez que brinda asistencia, la escuelita de fútbol nació con él saliendo a andar en bici para reclutar alumnos a los que después de cada entrenamiento les compraba fiambre y gaseosas. A veces eran 10. A veces eran 30.

La Juventud que lucha

Gabriel Taraburelli tenía 23 años en diciembre del 2004 y era el mejor taekwondista argentino del momento. Cuatro años antes había terminado cuarto en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, en 2002 había ganado la medalla de bronce en los Panamericanos de Quito y en 2003 había ganado la medalla de bronce en el Mundial de Corea. Estuvo aquella noche fatídica en el boliche del barrio de Once. “Juro que no sé como salí. No sabías que hacer, para donde ir. Pensé que me moría”, contó en una entrevista con el diario Olé.

El 15 de febrero del 2005, a un mes y medio de sobrevivir a la tragedia de Cromañón anunció su retiro como deportista. “Debo pensar en mi hijo y ya no tengo las mismas ganas que antes. Dicen que la mejor edad para este deporte son los 25 ó 26 años. Pero tras nueve años de continuo entrenamiento, me cansé. Es una decisión mía, porque después de lo que gané, para volver a competir tengo que superarme y lograr medallas olímpicas, y eso es mucho sacrificio”, justificó su decisión Taraburelli que en 2012 sería el técnico del equipo argentino de taekwondo, campeón olímpico en los JJ.OO de Londres con Sebastián Crismanich.

A mediados de febrero del 2005 Cromañón volvió a ocupar espacio en los medios que empezaban a dejarlo de lado porque un chico de Hurlingham sobreviviente del incendio se tiró del balcón del primer piso de su casa después de sufrir una pesadilla relacionada a la noche del 30 de diciembre. Quedó con vida pero tuvo que ser internado con lesiones en las piernas. A 16 años de esa maldita noche del 30 de diciembre de 2004 que se cobró 194 víctimas y dejó sus secuelas, 18 sobrevivientes se han suicidado. La atención médica del Gobierno de la Ciudad fue insuficiente para estas muertes evitables. Hace 2 años se espera que Horacio Rodríguez Larreta reglamente la Ley 6.103, prórroga de la Ley 4.768, aprobada en 2013, que supone la Reparación Integral a sobrevivientes y familiares de víctimas fatales.

Nicolás Pappolla, sobreviviente e integrante de la Coordinadora de Memoria y Justicia por Cromañón afirmó en La Garganta Poderosa: “A esta ley la pensamos desde un marco normativo que abrace y contenga; teniendo a la salud y la educación como puntos claves. El gobierno porteño tenía que ejecutar diferentes políticas de abordaje, pero nunca hubo un compromiso de hacerlo”. Por su parte la presidenta de la Coordinadora Celeste Oyola agregó que “La Ley 4.786 representa un homenaje a los pibes que no están, a los que quedamos y a la memoria activa. Cuando empezamos a pelear por la primera ley, ya 16 pibes se habían suicidado. Esta problemática existía previamente y todavía continúa”.

El 4 de diciembre en la ex ESMA la diputada nacional Paula Penacca y el secretario de Derechos Humanos de la Nación Horacio Pietragalla firmaron el proyecto que entrará al Congreso de la Nación Argentina para que a partir de este 2020 el 30 de diciembre sea “El Día Nacional de la Juventud Comprometida” en homenaje a las víctimas de Cromañón.

La teoría de la futbolización

Hay algunos futbolistas de Primera División que tenían la entrada para el recital de Callejeros del 30 de diciembre en Cromañón pero por distintas razones no fueron. El primero es Leandro Grimi que ya seguía a la banda hace un tiempo. Ya había debutado en la Primera de Huracán y tenía 19 años. “Yo no fui justo esa noche porque como estuve todo el año en Buenos Aires y había ido poco a San Lorenzo (la ciudad de Santa Fe donde nació). Esa noche estaba que me quedo o no me quedo. Había ido a ver Callejeros a Cromañón varias veces”, dijo en Infobae. Además en el programa “Esto es Racing” contó que en la casa todavía tiene la entrada de ese recital después de decir que “estuvieron muchos de mis amigos ahí adentro, por suerte no falleció ninguno”.

Mauro Zárate tenía 17 años en diciembre del 2004 y también ya había debutado en Primera con la camiseta de Vélez. “Tenía entradas para el VIP de Cromañón. Pero mi hermano el Chino se iba afuera ese día, y por eso no fuimos ni él, ni mi sobrino y ni yo”, contó en el Líbero Versus el hoy delantero de Boca, después de elegir a Callejeros como su grupo favorito.

El ping pong de preguntas y respuestas del programa de TyC Sports en ese momento lo realizaba el periodista Agustín Belachur que luego pasaría a ESPN y le dejaría la posta a su compañero Matías Pelliccioni que en 2004 se recibió de periodista deportivo. Para festejar el logro fue a cerrar el año yendo a ver a Callejeros a Cromañón. El año pasado en un nuevo aniversario de la tragedia puso en su cuenta de Twitter: “15 años del infierno peor. 15 años de volver a vivir. 15 años después, acá estamos pero muchos no y son más de 194. No nos la cuenten. Cromañón nunca más. Justicia y memoria para siempre”.

Tanto el periodista como la banda Ojos Locos que teloneó a Callejeros esa noche son del mismo barrio de la Capital Federal: Villa Real. En la década del 90 surgió un movimiento que era titulado de forma despectiva como “Rock barrial” y a este le achacaban haber traído el ritual futbolero a los recitales. A principios del 2000 esta nueva era de bandas y público ya era cada vez más amplia y masiva.

“Cuando hablan de la futbolización del rock, lo que pasó fue que en los 90, con las políticas que se llevaron a cabo en el país y la marginalización de los jóvenes, lo que se futbolizó fue la sociedad. El fútbol se convirtió en un lugar de pertenencia que encontraron los jóvenes y eso se relaciona con las expresiones musicales que había en el país. Después pasó con la cumbia villera y hoy está pasando con el trap. El llamado “rock barrial” lo que hizo siempre fue pintar su aldea desde la denuncia con la mirada que teníamos los que estábamos ahí. Habría que pensar por qué cultural y socialmente el público buscaba ese protagonismo en un show de rock”, analizó el cantante de Ojos Locos Martín Martines en La Nación.

En febrero del 2005 el periodista Fernando D´addario escribió una nota en el suplemento Radar de Página 12 que va más para atrás en el análisis y cuenta que “antes el fútbol era mal visto dentro del rock. Cuando vino Queen en el 81, Freddy Mercury se puso la camiseta de la Selección Argentina. La revista Pelo lo entrevistó y le dijo: ‘Pero cómo, acá el rock y el fútbol no tienen nada que ver’. Y Mercury les decía que para él sí tenía que ver. Acá la cultura rock estaba totalmente divorciada del fútbol, de la misma manera que estaba divorciada de la política. Por eso, cuando se habla mal de la comunión rock-fútbol, es parte de un prejuicio rockero argentino. Yo no creo en eso de que el arte tiene que ser un compartimiento separado de cualquier otra manifestación.”

Pero la culpa de la futbolización seguía machacando fuerte en los medios aunque en las marchas se cantaba “ni la bengala, ni el rocanrol, a nuestros pibes los mató la corrupción”. Entonces salió a dar su opinión al respecto el Indio Solari en La Garganta Poderosa: ” Lo que paso en Cromañón fue como ese juego en el que te van sacando sillas. O como cuando se van pasando una granada, hasta que a uno le explota en la mano. Tiempo atrás, yo tocaba en esos lugares y sabía que era peligroso, que podía pasar cualquier cosa, pero era el circuito que había, a tal punto que cuando sucedió la tragedia clausuraron la noche, porque estaban todos con el culo en el aire. Entonces por supuesto, Cromañón me pudo haber pasado a mi”.

Lucas Jiménez

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