El Cazador, capítulo 21: El silencio

“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“Los que quieran tener una carrera en el fútbol sepan que van a ser más de estos momentos que de los buenos, eh. Esto es caer, levantarse y seguir. Caer, levantarse y seguir. Dejar la vida en la cancha, levantar la frente y seguir.”

Fito Vargas, DT de 5° División, posterior a una eliminación en Cuartos de Final (2003)

Valentín durmió hasta la noche. Apareció en la cocina arrastrando los pies, tomó un vaso de agua y se metió en el baño. Ahí se quedó en silencio, durante más de una hora, hasta que lo obligué a salir con la mentira de que quería entrar a mear. Cuando salí, lo encontré nuevamente en la cama, con la luz apagada.

Ofendido, después de un día que me había triturado los nervios, apagué el teléfono y me acosté en el sofá del living.

El sábado a la mañana me despertó el timbre. Era Juan. Repetimos el lugar y la infusión de la mañana anterior: un par de cafés en la cocina.

-Nos quedamos escabiando toda la noche. Se acostó casi a las seis de la mañana, no lo levantás ni metiéndole una murga en la pieza.

-¿Habló?

-Está más tranqui, Juan. Pero mejor que duerma. ¿Hay noticias, che? ¿Qué pasó con Lozano y el Bebi?

Resopló, juntó unas miguitas de pan que había sobre la mesa, cabeceó un par de veces, levantó los hombros, miró el fondo de su taza.

-Lo velan a cajón cerrado. Arrancó hace una hora, y ya mañana a las diez lo llevan al cementerio. Fueron dos armas distintas. Una 22 y una 9 milímetros. Y lo cagaron a palos. No sé, como si lo hubieran torturado.

-Pobre chabón…

-Sí, pobre. No entiendo nada… Román no entiende nada tampoco.

-Nadie entiende nada.

-Nadie. Es una cosa que no se puede explicar. Dos muertes así, así, Manuel… Y ayer me junté, pero ¿viste? Qué nos iba a decir el Bebi. Está como todos. El Chelo lo mismo. Perdidos. Ayer lo vi a Román. Roto… Casi que ni podía hablar de lo roto que estaba,y encima que medio hubo un par de chispazos.

-¿Cómo chispazos?

-Y… Como que nos sacó cagando, pero nada grave, no es que nos agarramos. Le dijimos si tenía idea qué es lo que podía estar pasando, si veía la chance de que estuviera relacionado con el club, y ni bola. Le dijimos que veníamos de velar a Dardo hace un par de semanas, y ahora esto. Pero nada. Y ahí quedó, estuvimos el primer ratito y nos vinimos, no daba la onda para quedarnos.

-¿Y el Bebi, Chelo? ¿Había alguien más o fue de tres como dijiste?

-Los tres. Los tres solos, ahí en el despacho del Bebi. Lo grabé.

-¿Eh? ¿Cómo que lo grabaste, boludo?

-Es que si no iba a tener que repetir todo, y además no soy mago, me iba a olvidar de mil cosas y por ahí alguno capta algo que yo no. Dejé grabando un audio, puse el teléfono con la billetera arriba de la mesa y después se lo mandé a Lea.

-¿Lo tenés ahí?

-Sí. Lo traje para que lo escuches vos, que Valentín no se meta porque ya debe estar asqueado de todo esto otra vez.

-Qué te parece. Ponelo, a ver.

“-¿Alguien va a querer algo para tomar?

-Para mí un feca cargadito, Bebi.

-Sí, lo mismo.

-Tres cafés, querida. Bueno… Los escucho, muchachos.

-Arrancá vos, Juancito.

-¿Seguro? Dale. Mire, Bebi, nosotros necesitamos saber qué está pasando.

-¿Con qué?

-Con el club. Seis balazos en un mes. Dos compañeros muertos. No es normal, Bebi. Y lo sabe usted, lo sé yo y lo sabe el Chelo.

-¿Qué estás queriendo insinuar?

-No está queriendo insinuar nada, Bebi. Escuchalo con respeto, los pibes vienen golpeados y en esta tienen razón. Yo también estaría alarmado.

-¿Vos alarmado? A ver, esperen. Gracias, nena, gracias. ¿El mío no lo escupiste, no?

-No.

-Ji ji.

-Dele, Bebi, por favor no me joda que ando con la mecha muy corta. 

-No fumés, Chelito, que queda el olor y es feo. ¿Así que andás con la mecha corta, pibe? Guardá que si explota te podés quemar y hay que llamar a los bomberos.

-Dejame hablar a mí. Bebi: el pibe tiene razón, esto no es normal, lo que pasó no es normal… Dos pendejos divinos amasijados en treinta días. Es mucha casualidad. Y ellos están nerviosos y

-Ah, están nerviosos, claro. Con la mecha corta.

-¿Sabés? Yo también me estoy empezando a poner nervioso, Bebi. Y yo no tengo que estar nervioso, estoy ante la chance de mi vida y no me lo permito lo de estar nervioso por cosas que no son de mi prioridad.

-¿Pero de qué estamos hablando, Chelito? ¿A qué vinieron? A mí me hablan claro si quieren que nos empecemos a entender.

-Bebi, esto es clarísimo. Dos años sin elecciones, apenas nos habilitan y nos aparecen dos muertos. ¿El primero fue un robo? No sé, mire… A esta altura no lo sé. Ya el segundo…Acá el Chelo se estuvo moviendo, nos está ayudando, al parecer lo levantaron a la salida del trabajo y le metieron cuatro tiros. No te suben a un auto si te quieren robar, o eso por lo menos me parece a mí.

-Ahora sí estamos hablando claro. Ustedes están diciendo que…

-Nosotros no estamos diciendo nada, Bebi, no te pasés de vivo que somos pocos y nos conocemos. Acá Juancito y los muchachos que lo acompañan están preocupados y quieren descartar, despejar el asunto. Ni en Boca hay dos muertos por unas elecciones. Pero si en una de esas entró gente que vaya uno a saber qué… ¿Qué hacemos ahí? ¿De dónde carajo salió este pendejo que anda con el Thiago? ¿Quién es el boludo ese? ¿Vos estás seguro que es trigo limpio, que no anda en nad

-Daaaaale, Chelo, daaalee… Si estamos hablando de una caja chiquitita así. ¿Qué carajo tiene que ver el nieto mío en este despiole? Andá a saber además qué pudo haber pasado. Andá a saber… Al diarierito está demostrado que lo boletearon en un robo. Y este otro, y… Qué sé yo, muchachos. Qué sé yo… Dios sabrá si estaba metido en algo.

-No ensuciés a los muertos, Bebi. Acá hay un amigo del pibe presente. 

-Pero yo no ensucio a nadie, hermano. Digo que qué carajo sé yo lo que habrá pasado. No sé. ¿Qué vinieron, a preguntarme si sé de alguien, de este pibe Sánchez Morando que es un bocho, un muchacho que es un señorito inglés? No tengo idea, pero creo que están mal rumbeados.

-Bueno, entonces no hablemos más. Juancito pidió que nos juntemos los tres para sacarse todas las dudas de los muchachos. No me parece mal. No sabés nada, yo tampoco, est

-Pero me gustaría preguntarte a vos, Chelito, pará, pará un poquito… Si acá la gente pesada es la tuya, Trigo Limpio, no la mía. ¿A quién voy a mandar yo, al pibe de Gianetti que es trolo? ¿Al viejo Bordón, que encima que le culeo a la señora vos querés que lo mande a hacer una porquería por izquierda? Ese Aníbal que sacaste, o el otro, que ojo, que andan diciendo que es bravo, bravo, eh… El Gauna ese, que seguro lo sacaste de Olmos, y ahora me preguntás por un muchacho de Lamarque que es de una familia bacana bacana… ¿A mí me venís a empiojar la cancha con los que tenés atrás? Dejémonos de hinchar las pelotas.

-Nadie viene a empiojar nada.

-¿Vos le preguntaste a ellos si no estarán en alguna cosa rara? Porque mirá que a esos muchachos no los domás así nomás, a mí el Zurdo Daniel ya me vino dos tres veces con la oferta para que te acostemos por atrás.

-¿Hablaste con ellos, Chelo? Porque el Bebi tiene razón.

-¿Pero qué voy a hablar qué, pichón? Si estamos abocados ciento por ciento a las PASO. No tenemos tiempo, nene, no hay uno que tenga un minuto libre para dedicarle al club. Esa es la pura verdad. Y lo digo de frente mar, eh, los tengo de sol a sol metido en otros quilombos, si ya saben cómo es.

-Yo entiendo a los dos. Le entiendo el punto, Bebi, y no es la primera elección que competimos. Pero quería ver si usted por ahí sabía de algo, porque esto no es normal.

-¿Y entonces, pibe? Decime un episodio que hayan tenido conmigo en veinte años. Uno te pido. Y decime cuántos tuvieron acá, con los del quía.

-Naaadie, nadie te está diciendo eso, Bebi. Además, le decía a Juancito que tampoco tenemos a La Doce, eso lo sabemos los tres y lo sabe todo el club. ¿Qué nos piden los vagos, Bebi? Unas casacas, el vino

-Cada vez piden más.

-Un par de bolsas para que se peleen como perros sarnosos… Eso son. No son La Doce, ni La Guardia Imperial, ni los qué sé yo. En el Furgón lo que tenemos son un par de perros sarnosos que les tirás un papel y se pelean entre familiares, ojo que yo los vi agarrarse entre hermanos por un raquetazo, eh. Pero acá no hay negocio que justifique dos chicos muertos. ¿O lo hay? Porque yo no lo veo, no sé ustedes.

-Nada, Chelito, si manejamos chauchas y palitos.

-Yo tampoco veo nada raro, Chelo. La verdad es esa.

-Por eso mismo. Hay cosas raras, es mucha la casualidad, porque si vamos a la verdad es mucha, pero cuando me doy vuelta y los veo a los muchachos digo ¿Pero quién de estos boludos va a hacer algo así? ¿Quién? Si los que están en el frente están sacando cien, ciento cincuenta lucas limpias con todo este quilombo de mi candidatura, y si llegan a sacar los pies del plato, viene el Viejo Bustos de atrás y se los emperna en fila.

-¿Y entonces no fue nadie?

-Alguien fue, quedate tranquilo, Juancito, que alguien fue. Son dos fiscalías distintas, son dos distritos, son dos taquerías distintas. Si encuentran a este, por ahí en una de esas ven que había una relación con lo del Dardito.

-O por ahí no.

-Y el Viejo Bustos, en Lourdes… No sabés qué fuerte que pisa, otra que Godzilla… Viene él y abajo, dos escalones abajo, vienen los Tello, y más atrás todo el zoológico.

-¿Entonces vos decís que el Viejo los caza al vuelo, Chelito querido?

-Sí, Bebi. Mirá que con el Vie

-Bueno, mejor así, mejor. Ahora, permitime que te lo diga… ¿No podrías haber sacado esta misma conclusión sin venir a tocarme los huevos acá? Digo, si el Viejo los va a encontrar ¿o no los va a encontrar? ¿Para qué venir a verme?

-Me di cuenta hablándolo.

-No, yo nada más decía. Pero ya está, ya está, pasamos un lindo rato, lindo show el que se mandaron… Y además como no nos vimos en el parate los andaba extrañando un poquito. ¿Se fueron de vacaciones?

-Chau, Bebi.

-Chau, nene, chau. Chau, Chelito. Saludá, Chelito, saludá. Vayan y hablen con el Viejo, chau. Chau, chau, sí, cerrame la puerta, chau, nene, chau.

-Juancito. Espalda con espalda en este quilombo, confiemos en el Viejo que pisa fuerte de verdad. Y ojo con este turro que es un peligro. No digo que tenga algo que ver, no creo, pero ustedes, ojo al piojo.

-Está bien…Nosotros igual no confiamos en nadie, Chelo. Solo en nosotros.

-Ah, solo en ustedes… Está bien, como quieran, yo no me voy a hacer el otro, si me mandé mis macanas como cualquiera.

-Y…

-Otra cosa, che. ¿Lo estás viendo a tu primo, a Rodríguez grande?

-Sí.

-No, porque me llegó que la otra vez se les perdió el abuelo y entró al club… Nada, ¿viste cómo son los muchachos, que desayunan medialunas con vino? El Zé Pequeño ese se anduvo pasando de vivo pero ya lo puse en caja, si no lo educa el padre lo voy a educar yo, así que decile que dijo el Chelo que le manda disculpas, que el Andén es su segunda casa y puede entrar las veces que quiera.

-Le digo.

-Decile, sí. Decile que se dé una vuelta cuando quiera, no puede ser que no venga a ver los partidos con todo lo que hizo por el club.

-Y no.

-Bueno. Te tengo que dejar, pichón. Avisame por texto del velorio así paso.”

Escuché la conversación dos veces. Primero con el teléfono de Juan y luego con el mío, mientras el otro hablaba con la mujer. Matías Paz había dado un solo nombre: Thiago Solís, el nieto del Bebi. Y a este no se lo escuchaba muy nervioso por la visita de Juan. Tampoco pareció inquietarse cuando Lozano mencionó el peso del Viejo Bustos en el distrito donde había aparecido el cuerpo. ¿Y Lozano? Un enigma. Resbaladizo, grasoso, mentiroso profesional. Peroncho con olor a bolas.

-¿Y, Manuel? ¿Ya lo escuchaste otra vez?

-Sí, sí, lo escuché todo. Picante el Bebi.

-Más vale.

-Che, ¿y qué cara puso cuando el Chelo dijo lo del Viejo Bustos?

-La cara de siempre, boludo, qué cara va a poner. Cara de que tiene la vaca atada.

-¿Y con lo de Tute Sánchez?

-Lo mismo. Se sorprendió, sacó esa sonrisita de viejo sorete.

-Qué viejo bufarreta. Así que se coge a la señora de Don Bordón…

-Un asco, el viejo. Un asco de tipo.

-Pero parece que no tuvo nada que ver.

-Pará que

-No, boludo. Ya sé. No te va a decir “Fui yo”. Pero nada… Sorprendido, como todos.

-Y sí. Che, ¿por qué no levantamos a Valentín? Así lo veo un toque, dos segundos.

-No, dejalo que una vez que se duerme… ¿Te enteraste del choque, no? Me hizo concha la camioneta, el pajuerano.

-Sí, me contaron todo. Me contaron que se agarró a las piñas, que la bardeóbardeó, bien completita.

-Completa, él si la hace, la hace fantástica ¿o no lo conocés? Ahora se va a hablar un año del quilombo que armó. 

-Y sí, no sé. Yo creo que vamos a hablar de esto también…

-No, obvio. Eso obvio. ¿De qué vamos a hablar con semejante balurdo?

  Se puso de pie.

-¿Vas a ir al velorio? Yo te cubro.

-No, no. Además, todo bien con Matías, pero yo mucho no lo tragaba. ¿A qué voy a ir? Ustedes tampoco es que estaban a los besos, venía bastante

-Pero esto es otra cosa.

-Ya sé.

-Es una boludez lo de antes al lado de esto… Acá le metieron cuatro tiros, loco. Cuatro tiros.

-No, increíble…

-Me voy a ir yendo yo. Y te digo otra vez, porque ya te hiciste el boludo… Apenas se despierte, me avisás y vengo.

-Te aviso.

Pasaron el velorio y el entierro sin novedades. El lunes 4, a un mes del asesinato de Dardo, nos encontramos en una marcha de velas en el centro de Almafuerte. Estuvimos todos menos Valentín: la familia de Dardo, los pibes y un puñado de vecinos y vecinas del barrio. Nadie dijo mucho, pero en la entrada de la municipalidad volaron un par de insultos para Mateo Casares y para Silva, el Secretario de Seguridad.

Luego vinieron varios días más que fueron eternos, pero del crimen de Matías Paz no había nada: ni testigos, ni sospechosos, ni un posible móvil. El auto negro que nos había seguido y nosotros, al parecer, no existíamos para el Estado argentino. Fabricio lo resumió con un mensaje en el grupo: “Siga, siga, Lamolina”.

Los pibes de la Agrupación habían cargoseado para verlo a Valentín, y más aún luego de que las aguas comenzaron a calmarse, porque mientras más pasaban las horas menos clara parecía la conexión entre ambos crímenes, pero al cuarto o quinto llamado que no contesté se ofendieron con ambos y dejaron de insistir. Yo le supliqué para que los atendiera, para que nos juntáramos con el objetivo de no levantar ningún tipo de sospechas, ni entre propios ni entre ajenos, pero ni siquiera recibía respuesta. Me miraba de manera indiferente y luego volvía la mirada al techo, al piso, a un punto cualquiera del living.

Esa semana, apenas comió un par de bocados de lo que encontraba en la heladera. Tomaba agua, se duchaba hasta cinco veces por día y luego volvía a la cama. No miró la tele, nunca cargó el teléfono, no salió al jardín trasero y mucho menos a la vereda. A veces lo escuchaba andar de noche mientras yo dormía, pero era como escuchar a un fantasma.

Dos o tres veces escuché su llanto, pero no me acerqué a consolarlo.

El sábado 9 de febrero, nueve días después de nuestra salida a Bouchard, el Ferrocarril jugó el partido que se había postergado contra Atlas debido al diluvio.

-Ganó el Furgón, che. Cuatro a uno –le dije, antes de irme al bar, pero ni se inmutó. Hablara de lo que hablara, para él era lo mismo. Parecía un muerto en vida.

Al otro día, ya muy preocupado y a punto de llamarlo a Juan para confesarle lo que habíamos hecho, y que él se hiciera cargo de lo que parecía ser el comienzo de una enfermedad, me desperté al mediodía y lo encontré leyendo en el sofá, con el mate a un lado y el cenicero cargado al otro.

-Hola, Valentín.

-Hola, Manu.

  Cuando lo escuché casi me caigo de la silla para atrás.

-¿Qué estás leyendo?

Levantó el libro y me mostró la tapa. Era Cien años de soledad. 

-Ah, pero ya lo leíste ¿O no?

-Tres veces.

-Bien ahí –respondí con tanta cautela como alegría–. Che, yo me voy a hacer unos señores fideos con tuco. Y compro una Coca. ¿Te va?

  Asintió con algo que me pareció una mueca.

-¿O querés que vayamos con un vinito? –lo tanteé.

-No, Coca, Coca. O Sprite. Che, ¿y podrás traer a Mal Llevado?

-Dale. Compro una Sprite y te lo busco al sarnoso. Y después nos pedimos medio kilito de helado, que juega el Rojo. ¿Lo vemos, no?

  Le cambió la cara y levantó la mirada del libro.

-No tengo muchas ganas de hablar, Manu. Por favor.

-No hay drama, chabón. Lee, lee tranquilo que sabés cómo cierro las nalgas. Hacé de cuenta que no estoy.

-No es de forro, te lo juro. Es que no tengo ganas de hablar, no sé qué decir.

-No me expliqués nada a mí. Soy tu hermano, jugamos de memoria… ¿O no jugamos de memoria? Respondeme eso y no te jodo más.

-Jugamos de memoria.

-Obvio que sí. Vos tranquilo, lee tranquilo que el Santo no está, se esfumó… Hacé de cuenta que estás con Melquíades.

  Esta vez sí sonrió. Con toda la cara sonrió, con un mínimo brillo en los ojos cansados, vacíos, amarillentos.

-Dale, boludo. Ahí va… Somos Melquíades y el Buendía más paspado de toda la estirpe.

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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