Ayer se cumplieron 27 años de la muerte de Agostino Di Bartolomei. En la mañana del 30 de mayo de 1994, el ex capitán y símbolo de la Roma, decidió terminar con su vida, en la terraza de su casa. Vida y obra de una leyenda romana. Escribe Federico Raggio.

“Por el hecho de ser introvertido, de no ser un ‘personaje’ es difícil que yo me comunique con la gente, que me haga apreciar o desestimar… Y la única cosa que paga en la vida, para mí, es el trabajo, (hecho) ‘con sangre’, con dolor. Luego, al final, eso siempre se nota. Uno debe siempre, un poco, (tratar de) resistir, contar con uno mismo… Probablemente, tengan más felicidad aquellos que pueden reírse un poco de todo, que tienden a aceptar las cosas. Quizás, a los otros, se les hace más difícil aceptarlas, tomárselas de otra manera. Y cuando ves y decís lo que es la realidad, te da fastidio porque terminás siendo incomprendido”.

Agostino Di Bartolomei, charla con Roberto Bettega durante las transmisiones del Mundial ’90 en la tv italiana.

Quizá esa fue una de las pocas veces que Agostino Di Bartolomei, acostumbrado a dar respuestas cortas, se animó a hablar un poco más. Para él, que había ocupado el lugar de máximo ídolo de la Roma, sólo bastaban un par de palabras para hacerse entender.

Fue el hijo predilecto de la curva giallorossa, inclusive más que otros íconos como Bruno Conti y Giuseppe Giannini, también surgidos de las inferiores del club. Di Bartolomei es la bandera de la Roma hasta la aparición del otro Capitano, Francesco Totti. Formó parte del ciclo deportivo más exitoso de la institución, en el que se obtuvieron un Scudetto (1982/83) y tres Coppa Italia (1979/80, 1980/81 y 1983/84).

Il Capitano nació en Roma 8 de abril de 1955, en una Italia de posguerra donde los pibes soñaban con “llegar a primera” en las calles polvorientas o en el cortile, ese patio interior que existe en buena parte de los complejos de viviendas en Italia. A mediados de los ’60, un adolescente Di Bartolomei fantasea con vestir la camiseta de la Roma. Una época donde los colores locales tiran más porque todavía estaban lejos los tiempos en que el negocio había desmenuzado ese afecto, que hoy fue reemplazado por remeras del PSG o del Manchester City.

Además de patear y correr en los cortili, los chicos italianos concurren al oratorio (la capilla del barrio). Allí reciben clases de catequesis y juegan en canchitas de cinco o de siete. De alguna manera es el equivalente a nuestros potreros. Di Bartolomei da sus primeros pasos más o menos serios en el Oratorio San Filippo Neri, ubicado en La Garbatella, un barrio popular del sur de Roma. El equipamiento: pantalones cortos negros y un par de scarpette di gomma dura (“zapatillas de goma dura”), muy corrientes en aquella época.

Luego pasa al OMI, un equipo juvenil amateur. Jugará hasta los 13 con chicos de categorías más grandes. Y cuando sea tanteado por cazatalentos del Milan, evitará transferirse lejos de su familia. Se queda en la città eterna para tener la posibilidad de probarse en las divisiones inferiores de la Roma, a las que se incorporará poco después con 14 años.

Allí empieza a mostrar algunas de las cualidades que lo pintaban: técnica depurada, inteligencia táctica y liderazgo. Es un chico callado, metódico. “Yo habría continuado estudiando una carrera científica, como biología o medicina. El fútbol me lo impidió”, repetía. No personifica –si es que se puede generalizar- al típico habitante de Roma: canchero, gritón, simpático. Ago o DiBa, como lo llamarán los tifosi, es reservado, carismático a su manera: “Hablo poco porque es mejor que hablar mucho. Y porque siempre está el riesgo de que eso que tenés para decir no le interese a ninguno”.

Debuta en la Roma en 1973 con 18 años. Participa en algunos partidos y es cedido por dos temporadas al Vicenza, que actuaba en la Serie B. Para la stagione 1976/77 vuelve a vestir la camiseta giallorossa. Ago, con la “8” en la espalda y Bruno Conti con la “7” (ambos con solo 22 años) le dan el salto calidad al equipo. En esa temporada la Roma vence, con goles de ambos, a la Juventus –formada por la mayoría de los titulares de la Nazionale italiana- por 3 a 1 en el Estadio Olímpico.

Un poco antes del comienzo del Mundial ‘78, Amnistía Internacional formulaba un llamamiento a los futbolistas italianos para que condenasen “el problema de los prisioneros políticos y las personas desaparecidas en Argentina”. Di Bartolomei, que jugaba en la Sub 21 azzurra, fue el primero en firmar la adhesión: “Me gustaría indicar el camino para quien tiene miedo o que todavía titubea en adherir a la iniciativa”. Y fue prácticamente el único, a excepción del padre del catenaccio moderno, Nereo Rocco (ex DT del Milan), y del milanista Aldo Maldera.

Di Bartolomei se compromete también con el equipo. Era el regista, el organizador del juego. Bajaba hasta mitad de cancha para empezar a distribuir la pelota desde campo propio. Y por vocación ofensiva, llegaba hasta la posición de trequartista (“mediapunta”) para servir pases de gol. Desde el ’76 hasta 1978 marcará 18 goles en 55 partidos. Su especialidad: disparos fuertísimos desde media distancia.

En 1979 pasa a usar la número “10”. Además, volvía a la dirección técnica del primer equipo el sueco Nils Liedhlom, que retornaba del Milan. Él armaría un once titular que girase alrededor de Di Bartolomei y Conti. Al año siguiente la Roma se reforzaría gracias a la reapertura de las fronteras para futbolistas extranjeros, luego de catorce años de “proteccionismo” en el Calcio.

Son años ricos de emociones para los hinchas de la Roma y DiBa les confiesa: “Soy un muchacho simple que vive de cosas simples. No me tienen que agradecer, yo les agradezco a ustedes”. El conjunto de Liedholm comienza a jugarle de igual a igual a los clubes del norte opulento. Y disputa dos muy buenas campañas, quedándose a las puertas del scudetto en la temporada 1980/81. Sin embargo, se logran las dos Coppa Italia en juego. Es sólo cuestión de tiempo.

En 1982, Liedholm le pide algo tal vez difícil de aceptar para alguien acostumbrado a una posición distinta: que se desempeñe como líbero; para salir jugando desde abajo y llegar hasta la mitad del campo cuando las circunstancias del partido lo permitan, un poco como lo hizo el alemán Lothar Matthäus en sus últimos años de trayectoria.

En sus épocas doradas como futbolista del Milan, durante los ’60, el sueco ejerció de centrocampista y de líbero. Ahora formaría un mediocampo con el brasileño Paulo Falcao, el austríaco Herbert Prohaska, más Ancelotti y Conti un poco más adelantado. Arriba, Francesco Graziani y Roberto Pruzzo. Una formación muy ambiciosa. Ago, el capitán, jugará abajo con Pietro Wierchowod, otro de los campeones del mundo en España 1982. En el arco seguirá Franco Tancredi.

Di Bartolomei no es muy rápido, pero lo suple con la lectura del juego. Se equivoca en su debut frente a la Sampdoria y le permite a Roberto Mancini marcar el gol del triunfo. A pesar de las críticas, su calidad se impone y se cumple lo concebido por Liedholm. Será una de las piezas claves durante el resto del campeonato con sus pelotazos para habilitar a Conti a espaldas de los laterales contrarios, con sus apariciones por sorpresa en la medialuna del área rival y la personalidad para seguir poniéndose el equipo al hombro.

“Se necesita tanta abnegación, tanta humildad para salir campeón”, le explicaba al cronista de la RAI Giampiero Galeazzi luego de un Roma 5 Napoli 2. Casi tres meses después, el 8 de mayo de 1983, en la anteúltima fecha contra el Genoa, Di Bartolomei envía el centro que termina con el cabezazo a la red de Pruzzo. El empate final en el Luigi Ferraris ocasiona una situación particular: los genoveses festejan porque se salvan de la Serie B, y Ago con sus compañeros porque la Associazione Sportiva Roma volvía a ser campione d’Italia después de 41 años. Sonríe como pocas veces se lo vio. Al domingo siguiente, darían la vuelta olímpica en Roma frente a su gente y el Presidente de la República Italiana, Sandro Pertini. Fue una de las fiestas más lindas que alguna vez se vivieron en el Stadio Olimpico.

Tres meses después comienza la temporada 1983/84. El club se había reforzado con Toninho Cerezo pero se habían ido Prohaska y Wierchowod. De todas formas, Liedholm tenía un equipazo que no podía fallar en lo que se venía: la Copa de Campeones de Europa, cuya final se disputaría el año próximo en el Estadio Olímpico de Roma. Una oportunidad de oro. Era la primera participación en la historia para el conjunto capitalino. Y el debut no podía ser mejor: 3 a 0 frente al IFK Göteborg de Suecia. Al mismo tiempo, el conjunto capitaneado por Di Bartolomei debía atender otros frentes: la Serie A y la Copa Italia.

La Roma avanza firme hasta la semifinal, donde pierde 2 a 0 en la ida contra el Dundee United, campeón de Escocia. En el encuentro de vuelta, engrandecida por el ambiente en el Olímpico, Conti y Di Bartolomei encabezan una remontada dramática. Luego de que Pruzzo emparejase la serie en dos tantos, el arquero escocés derribará al goleador antes de que marque el de la clasificación.

Era un penal que quemaba. El Capitano tomará la responsabilidad como siempre. Firmará el 3 a 0. Apenas dos pasos y un tiro suave. Con frialdad. Mientras tanto, en el campeonato italiano se da un mano a mano con la Juventus de Platini hasta la penúltima fecha. El 7 de mayo los turineses se hacen con el scudetto. Pero la cabeza de Ago y la Roma estaban en otro lado.

La tarde-noche del 30 de mayo de 1984 Di Bartolomei es el primer capitán de la Loba en una final de Copa de Campeones. Intercambia banderines con su colega del Liverpool, Graeme Souness. Es la final más importante de la historia del club del que es hincha. El marco del Estadio Olímpico es impresionante. Sabe que no puede fallar. Las calles de toda la ciudad eran una fiesta.

El once inicial está casi completo salvo por la ausencia de Ancelotti por lesión. Se da un partido trabado, con un equipo acostumbrado a jugar finales, que deja que el esfuerzo lo haga el rival. Apenas habían pasado 13 minutos cuando un centro pasado desde la derecha inicia una serie de deslices que parecen obra del nerviosismo. Cuando Tancredi está por descolgarlo es cargado desde atrás por Ian Rush. Con el VAR hubiese sido falta en ataque. El central Bonetti intenta con torpeza despejarla, pero termina dándole un pelotazo en la cabeza al arquero, que la devuelve al medio. El rebote es aprovechado por Neal con el arco totalmente a su disposición.

Falcao no parece Falcao. DiBa juega casi parado delante de la defensa, como un “5”. Se da un partido trabado. Cuando falten dos minutos para que terminen los primeros 45, Conti envía un centro al primer palo que Pruzzo cabecea hacia atrás, con el parietal derecho. Golazo del centrodelantero. La volada inútil de Grobbelaar lo hace más espectacular. Es volver a creer.

El segundo tiempo comienza con la Roma intentando llevarse por delante a los ingleses. Conti y Cerezo son los autores de cada ofensiva que choca contra el arquero sudafricano. Al promediar la segunda etapa el encuentro entra en un atolladero soporífero. El capitán juega más retrasado que de costumbre y sus pases largos no sirven contra los reyes del pelotazo. El griterío y ruido iniciales se van derritiendo de a poco. Comienzan las dudas. Cerezo intenta tapar los huecos en el mediocampo. El goleador Pruzzo, el punto cardinal de cada ataque, sale reemplazado.

En el tiempo suplementario es Conti contra toda la defensa británica. Cerezo no da más y sale reemplazado. Penales. Era la primera vez que se definía el título más importante a nivel de clubes en Europa desde los doce pasos. Empiezan los británicos. Nicol le pega muy abajo y pasa por arriba del travesaño. Locura de los tifosi. Es el turno del Capitano que asume con naturalidad la responsabilidad. Se ubica de la misma manera: carrera muy corta, apenas dos pasos. Esta vez es un tiro seco al medio, que da en la parte alta de la red. Con personalidad. 1 a 0.

Luego fallará Bruno Conti. Y las spaghetti legs de Grobbelaar que distraen a Ciccio Graziani. En el último, el defensor Kennedy acierta y le da el título a los ingleses. Una derrota durísima de digerir. En el vestuario, Di Bartolomei –acostumbrado a dar el primer paso- le recriminará a Falcao por no querer formar parte de la lista de pateadores.

Otro sueco tomará el lugar de Liedholm: Sven Goran Eriksson. Agostino pasa a formar parte de la lista de prescindibles. Su último acto es la final de Copa Italia contra el Verona. “Te quitaron la Roma, pero no a tu tribuna”, se leía en un cártel esa noche del 26 de junio en el Olímpico. Luego de 314 partidos y 69 goles, el ídolo levantó su último trofeo. Fueron quince años, donde había traspasado la imagen de fenómeno deportivo a héroe popular. No entendió nunca el porqué de su partida. Liedholm, que volvía a Milán, se lo lleva con él.

Di Bartolomei inicia la temporada 1984/85 con un Milan que había ascendido un año atrás y que todavía estaba groggy del golpe que había significado el descenso a la Serie B luego del escándalo de las apuestas deportivas ilegales de 1980. En esos años de transición para la institución lombarda el romano se convierte en un componente esencial de los rossoneri. Se iniciará la reconstrucción que finalizará en el ciclo ganador de Arrigo Sacchi.

Un día le convierte un gol a su ex equipo. Lo grita con rabia. No supo decir en palabras lo que le había dolido su partida. Pero la curva giallorossa no le perdona el gesto. Él era el símbolo. Y cuando se vuelven a encontrar en la segunda rueda en el Olímpico, los ultras lo reciben con frialdad. En cambio, los dirigentes romanistas le dan a Liedholm un ramo de flores. Vence de nuevo el Milan. Di Bartolomei le entra muy fuerte a su amigo Conti. Y al final del partido discute ardorosamente con Ciccio Graziani. Era la segunda vez que había reaccionado con rencor.

En 1986 Silvio Berlusconi se convierte en presidente del Milan, destituyendo a Liedholm, el aliado y defensor de Di Bartolomei. Asume un novel Fabio Capello como entrenador interino. El Cavaliere imagina un Milan ambicioso como él.

“El fútbol moderno se juega sin pelota y la creatividad sólo es ‘apreciada’ en los últimos veinte metros de campo. Hoy ninguno puede quedarse tranquilo en su posición: debe moverse, crear espacios. Esto es lo que sabe hacer el nuevo Milan con Donadoni, Massaro y Galderisi. Volverá a los primeros planos del fútbol mundial. Lamentablemente ya no estaré porque tendré 32 años a fin de temporada. Luego de tantos sacrificios al inicio de mi carrera, sueño con retirarme vencedor del fútbol, para dejar una impronta por mucho tiempo”, premonizó Di Bartolomei a un cronista del diario La Stampa a fines de 1986 luego de una victoria frente al Brescia.

El Milan se rearma para la stagione 1987/88. Di Bartolomei pasa de ser jugador fundamental de los rossoneri a ser transferido al Cesena. Arrigo Sacchi, el nuevo director técnico, requiere de jugadores más polifuncionales. El conjunto lombardo se refuerza con dos cracks holandeses: Ruud Gullit y Marco Van Basten. Llega también Ancelotti, ex compañero de Ago. En definitiva, el romano disputará su última temporada en la máxima categoría del fútbol italiano.

Luego de la campaña en el Cesena, Di Bartolomei se muda con su familia hacia el lugar donde había nacido su esposa: San Marco Castellabate. Es un pequeño pueblo costero que forma parte del Municipio de Castellabate, en provincia de Salerno, y que se desarrolla a partir de los muros del antiguo Castello dell’Abate (“Castillo del Abad”, del cual proviene el nombre de la localidad). Además, le queda muy cerca la capital homónima de la provincia. Allí jugará en el Salernitana, serán sus últimos dos años de carrera.

Qui non si muore”, se puede leer en un cartel fechado el 11 y 12 de noviembre de 1811, ubicado a los pies del castillo medieval. Las palabras fueron proferidas al llegar a Castellabate por Joaquín Murat, uno de los mariscales más temerarios y famosos del ejército napoleónico, cuando era rey de Napolés. El francés había pronunciado esa frase al apreciar el aire puro de esa perla del Tirreno.

“Aquí no se muere”. La vista al mar es espléndida. Hay senderos que lo bordean, flanqueados por olivares, limoneros, romeros e higueras. Y en medio de esa naturaleza se reconocen viejas iglesias, unos pocos palacios antiguos, algunos restos grecorromanos y vestigios de la época medieval entremezclados con unas pocas casas bajas. Y terrazas o galerías que dan a él. Como las de la villa donde vivía Di Bartolomei. Es su refugio.

Luego de una campaña histórica para el club del sur italiano, que ascenderá a la Serie B, colgará los botines definitivamente. El 3 de junio de 1990, día de su retiro, pronuncia invariablemente unas pocas palabras. “Él dirá que está calmo y tranquilo como siempre. Apostaría un millón de liras”, anticipa –simpático- desde el campo de juego del Salernitana el cronista de la televisión regional que cubre su último acto como giocatore. La hinchada espera la vuelta olímpica de despedida.

Buongiorno Di Bartolomei ¿Por dar la vuelta de honor?

–No, ninguna vuelta de honor, estoy buscando a una persona que conozco.

–¿A quién?

–Ahí está, mi hijo, el “chiquito” –responde con una sonrisa tímida, mirando hacia un costado.

–¿Y hoy está verdaderamente emocionado?

Mientras encoge los hombros y mira hacia un costado, responde con una de sus frases de cassette y abraza a su hijo Luca que pasa entre tantos hinchas que lo quieren abrazar: “Lo importante es mantenerse lúcido hasta el minuto 90. Después vemos… Soy uno que domina bastante las emociones”.

Pocos días después se sumará a un equipo de comentaristas durante las transmisiones de Italia ‘90 por la RAI, donde lo presentan como el más grande jugador que nunca jugó en la selección italiana. Al final del mundial retoma un proyecto que estaba a medio hacer: abrir una escuela de fútbol para niños. Y espera siempre un llamado, que nunca llega. Tal vez podría entrenar a las nuevas camadas de la Roma. Así pasan los días para el ex capitán romanista, que no es de esos tipos que suelen rogar por algo.

La escuela, donde concurren unos 200 chicos, lo mantiene ocupado. Por un lado, intenta conseguir un crédito para invertir en nuevas instalaciones. Pero se lo niegan. Por otro lado, el pasivo de la agencia de seguros que había abierto suma algunos millones de liras, pero nada que pudiese poner en peligro su patrimonio. Su carácter orgulloso y taciturno no ayuda mucho.

La mañana del 30 de mayo de 1994, exactamente diez años después de la derrota en la final de Europa, Di Bartolomei, como tantas otras veces, se quedó mirando el mar. Al salir a la terraza, sin hacer ruido para no despertar a su esposa, resolvió decididamente como aquella noche que le tocó ejecutar el primer penal: con un colpo seco. Esta vez apuntó a un costado del tórax.

“Ago, un colpo al cuore”. De esa manera graficó la tapa de la Gazzetta dello Sport el suicidio. “Colpo”, que en italiano significa tanto “golpe” como “tiro”. Tenía 39 años. Se fue en silencio, como cuando jugaba. En su billetera encontraron una estampilla de un patrono romano, una foto de su familia y otra de la curva sud. Un disparo de revolver calibre 38 directo al corazón. Simbolismo puro. “Derrotado por la nostalgia”, tituló La Stampa. “Estaba deprimido, le faltaba el fútbol”; “No aceptaba que el mundo del calcio le diese la espalda”; fueron otros de los titulares.

Liedholm declaró para la Gazzetta: “El estupor deriva del hecho que Agostino siempre fue una persona equilibrada. Él nunca hablaba de sus problemas; en todo caso hablaba sólo después, cuando los había afrontado y resuelto”. Mientras tanto, Ancelotti estaba convencido de una cosa: “Ago era demasiado inteligente para tirarse abajo por algo así”.

Más allá de los lugares comunes que tocaron los títulos de la prensa, sería difícil saber qué circunstancias, finamente tramadas, lo llevaron a un desenlace de ese tipo. Es probable que la fecha maldita del aniversario de esa final, del golpe más duro en su carrera, lo haya predispuesto ese día a tomar una decisión que ya tenía en mente, pero que parecía lejana en alguien como él. Pero no fue lo único. Sólo había dejado una carta a su esposa, donde al final explicaba: “Me siento encerrado en un agujero (…) Te adoro, y adoro a nuestros espléndidos hijos, pero no veo la salida del túnel”.

Días después, el sueco deja trascender una carta donde hace un ejercicio de autocrítica. Este extracto del texto aparece en el diario Il Giornale: “Le había prometido que iría a verlo. Quizá suena banal, pero lo digo igualmente: cómo quisiera ver esa escuela en compañía suya; de ese hombre amable que siendo muy joven razonaba como un adulto pleno de experiencia”.

“Vemos”, “estamos en contacto”, “se puede hacer”. Mientras tanto, Domenico Morace, director del famoso Guerin Sportivo, que había charlado por teléfono una semana antes del hecho, lo resumió así: “Quería que le dé una mano porque quería reentrar al mundo del fútbol y no lo lograba. Esto lo hacía sufrir. No me parecía particularmente en dificultades, pero había entendido que sentía nostalgia y amargura por un mundo que le daba la espalda. Y este es un ambiente cruel si no sos agresivo. Él era todo lo contrario: pacato, razonable, tímido. Yo no sé si él tenía la capacidad para ser manager o DT, sólo sé que se olvidaron de lo que él había dado”.

Di Bartolomei observa desde la tribuna a los dos últimos referentes de la Roma: Totti y De Rossi

Dos años antes de esa final con el Liverpool, el popular cantautor romano Francesco De Gregori había escrito la historia hecha canción de los que se ilusionan con “llegar a primera”. Y aunque en la traslación siempre se pierde algo –en especial, la licencia poética del autor- un fanático giallorosso como De Gregori, de manera premonitoria, podría haber dedicado “La leva calcistica della classe ‘68” (que podríamos traducir como “El reclutamiento futbolístico de la clase ‘68”) al coraje, al altruismo y a la fantasía que demostraba su ídolo Ago, quien no tenía miedo de patear un penal. Pero sí de ser olvidado.

“Nino camina que parece un hombre

con las zapatillas de goma dura

doce años y el corazón lleno de miedo

Pero Nino no tengás miedo de errar un penal,

no es a partir de estos detalles que uno juzga a un jugador

A un jugador lo ves por el coraje, el altruismo y la fantasía

y quién sabe cuántos viste y cuántos vas a ver

Jugadores tristes que nunca ganaron

y colgaron sus botines en alguna pared…”

y ahora se ríen en un bar…”

“La leva calcistica della clase ‘68”, Francesco De Gregori

Federico Raggio

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