Hoy cumple 110 años Zapala, la ciudad neuquina que vio nacer al lateral izquierdo de la Selección Argentina y el Sevilla. El cacique que siempre va para adelante. Perfil incluido en nuestro libro “Ilusión Eterna: Historias de amor, locura y mundial”. Escribe Juan Stanisci.
En mapuche Zapala significa “pantano muerto”. En la inmensa estepa patagónica solo rompe la monotonía del viento, las piedras y la tierra, un cerro. Cuentan los habitantes de Zapala que la pequeña montaña no es producto de la naturaleza, sino del recuerdo.
Hubo un lonko –cacique o jefe de la tribu en mapuche– llamado Michacheo que vivió y murió en esas tierras. En su memoria, los antiguos habitantes dejaban piedras donde había sido enterrado. El montículo empezó a crecer y, después de un tiempo, para continuar el homenaje, había que caminar sobre las piedras acumuladas anteriormente hasta llegar a la cima. Así se formó el cerro que tiene el nombre del lonko que lo hizo florecer, un gigante rocoso y antiguo como el pehuén. Y, como un fruto, brotó otra historia sobre Michacheo. Un mandato que puede ser augurio o maldición. Aquellas personas que lo suben siempre retornarán a Zapala.
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Marcos “El Huevo” Acuña nació en la tierra del Michacheo el 28 de octubre de 1991. Zapala hoy no es un pantano sino una ciudad de cuarenta y cinco mil habitantes, a menos de doscientos kilómetros de Neuquén y ubicada en el centro de la provincia.
Empezó a patear pelotas en las calles polvorientas de las 70 viviendas, un barrio alejado del centro de la ciudad formado por casitas iguales. Su primer acercamiento al amor fue con la camiseta de Don Bosco. El equipo donde lo hizo debutar en primera a los 17 años un vecino del barrio, Néstor Castro, todo un prócer del club.
Empezó a llevar a Zapala como bandera a todos lados siendo adolescente. Todavía Caballito, Avellaneda, Lisboa, Sevilla o Doha no eran ni utopías. Fue en un torneo provincial en San Martín de Los Andes. La cadena montañosa fue el primer gigante en caer rendido ante sus gambetas. Cuentan que un árbitro paró un partido y lo amonestó sin motivo. “¿Por qué le sacaste amarilla?”, preguntó el técnico. “No lo amonesté, solo paré el partido para anotar su nombre. Este chico es un monstruo”, respondió el árbitro.

No existen teorías que expliquen la escasa presencia de futbolistas patagónicos en la primera división argentina. Son pocos los que llegan, en comparación con otras regiones del país. Puede aventurarse una hipótesis, aunque podría funcionar en dos sentidos: como generador de esa ausencia sureña en el fútbol o como una ventaja. Los potreros en Zapala, como en gran parte de la Patagonia, no están cubiertos de pasto. Caerse, doblarse un tobillo o barrer buscando robar una pelota, tienen un solo resultado: la sangre. El mismo argumento puede dar una mirada inversa: quien domina la pelota en esas tierras, puede hacerlo en cualquier cancha del mundo.
Dicen que la distancia es el olvido. A la hora de buscar futbolistas, se recurre a otras provincias. Para los sureños todo resulta más complejo. Atravesar la inmensidad de la estepa, con el viento hamacando el micro como un animal herido de furia, mientras los camiones pasan zumbando durante más de medio día para ir a buscar una ilusión es un acto cercano a la locura. Sara del Prado juntaba plata como podía para seguir echando leños al fuego del destino de su hijo, Marcos Acuña. El viento enloquece, pero también enseña. Hay algo en su persistencia y su tenacidad que es un camino a imitar. Si las cosas no se mueven, es solo cuestión de seguir soplando.
Con la ayuda de los vecinos, Marcos viajaba a la gran ciudad para encontrar el cause de sus gambetas. Los primeros clubes fueron Boca y San Lorenzo. No quedó. Otra vez el largo viaje y el viento zumbando como el canto al regreso de Odiseo. La vida era aquello que pasaba entre sus retornos y el tiempo que Sara tardaba en juntar la plata para que viajara otra vez. Hasta cuando quedaba, la cosa terminaba en rechazo. En Quilmes le dijeron que sí, pero también le dijeron que no había lugar en la pensión. No tenía dónde quedarse.

El rumor del Michacheo sonaba de fondo llevándolo al eterno retorno a Zapala. El augurio convertido en maldición. Las pruebas fallidas continuaron. River y Argentinos Juniors le cerraron sus puertas.
Cuando fue a probarse a Tigre, durmió en una plaza. “No gastes más plata, mami. Ya está ya”, le dijo a Sara cuando regresó. No eran solo los viajes. Era un pibe de dieciséis años sintiendo el rechazo en cada fibra de su cuerpo. “No, hijo, tenés que seguir. Alguna vez vas a quedar”, la tenacidad del viento oculta en la voz de su madre.
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El salón está lleno. Todos se reúnen para decir adiós. Las fiestas de despedida son esos dolores dulces. Una manera de celebrar el tiempo compartido y de pelearle a la tristeza de a muchos. Gustavo Rouret, el técnico de Don Bosco, sube al escenario y se hace cargo del micrófono. “Yo creo que si hacemos una encuesta de todos los pibes que están acá y decimos cuál es el que tiene futuro jugando al fútbol, lo dije el otro día en el cable, creo que los que están, los grandes, Claudio, Luisito, Hugo y todos lo que hemos estado en el fútbol, todos pensamos lo mismo”, dice Rouret. Y también: “Y yo creo que va a triunfar y le vamos a dar una mano para que triunfe en el fútbol”. Y hace silencio. Y vuelve a decir, esta vez, un diminutivo: “Huevito”.
Marcos, remera negra, pelo con gel, camina al escenario. “Olé, olé, olé, olé / huevo, huevo”. La despedida es de Gustavo Rouret, pero antes de irse deja estipulado un mandato: ayudar al Huevo. Con la fuerza de todos y todas, sacarlo del pantano.
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Nadie sabe cómo se rompe una maldición. Pero, si existiera un manual, probablemente diría que la mejor manera de intentarlo es hacerlo de manera colectiva. El Huevo hizo otro viaje. Su destino, esta vez, era Caballito, en la gran ciudad. Un amigo de Daniel Mellado, el ayudante de campo de Gustavo Rouret en Don Bosco, le consiguió una prueba en Ferro. Además, lo hospedó durante los días que estuvo en Buenos Aires. La escena se repitió. Les gustaba cómo jugaba, pero no tenían lugar en la pensión. Marcos Acuña llamó a Gustavo Rouret para contarle que había quedado, pero que nuevamente no tenían espacio para que viviera.
La salida fue colectiva. Rouret llamó a dos amigos: Claudio Joselovsky y Daniel Mellado. Se pusieron de acuerdo en que, si ellos tenían la certeza sobre el futuro del Huevo, debían hacer algo para torcer el destino. “De la pensión nos hacemos cargo nosotros”, le dijo Rouret a Sara del Prado. El Michacheo lo había soltado para que pudiera llevar el nombre de Zapala a otras tierras.

Para un pibe de 17 años, la ciudad de Buenos Aires puede ser un monstruo que busca devorarlo. Viajaba en tren todos los días para ir a entrenar. En uno de esos viajes, le robaron. Una vez. Dos veces. Tres veces. Le apuntaron con un arma. Decidió volver.
Llamó a su madre para comunicarle la decisión. El viento empezó a soplar explicando que lo que no se dobla termina por quebrarse. Es solo cuestión de tiempo. Había que seguir. Rouret lo llamó y lo convenció de quedarse en Buenos Aires.
“Yo necesito verte por televisión”, le dijo Sara por teléfono una madrugada. Del otro lado de la línea, Marcos le decía que no iba a firmar su primer contrato. Le habían dicho que en otros clubes podía ganar más. “Yo te mandé a cumplir tu sueño, no a ganar plata”, retrucó la madre. Lo convenció. El Huevo firmó su primer contrato y empezó a jugar en primera. Rápidamente se destacó. Dejó el lateral izquierdo para empezar a usar la diez. Una tarde en Florencio Varela, Diego Cocca, técnico de Defensa y Justicia, vio la fuerza de ese viento zapalino romper toda su defensa. Cuando el técnico pasó a Racing, pidió al pibe patagónico que la rompía en Ferro.
Marcos Acuña se mudó a Avellaneda. No le costó mucho ganarse el puesto. Una tarde en La Bombonera no fue el viento, sino la lluvia la que le dio un pequeño giro a su destino. Un diluvio suspendió el partido cuando faltaba media hora y Boca ganaba uno a cero. El resto se jugó en dos tiempos. El Huevo la rompió para que Racing diera vuelta el partido y se encaminara a su primer título en 13 años.

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El teléfono suena en la casa de Zapala. Sara atiende. Es su hijo. Algo le pasa. La voz se le quiebra entre la incredulidad y la alegría. Cuando escucha la noticia, Sara se queda en silencio. No puede responder. “¿Qué te pasa, mamá? ¿Estás llorando?”, pregunta Marcos preocupado. Sara intenta acomodar el aire entre las cuerdas vocales que solo hacen silencio. La voz le sale como una brisa. Intenta decirle que no puede hablar. La llegada del Huevo Acuña a la Selección Argentina, en octubre de 2016, le robó todas las palabras.
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Marcos Acuña fue el primer jugador nacido en Zapala en jugar en la Selección Argentina. También, el primer neuquino. Debutó contra Colombia en una victoria por 3 a 0. Entró faltando cinco minutos. El cambió que lo metió en cancha se repetiría, seis años después, en la lejana Doha: sale Di María, entra Huevo Acuña. En la Selección se caracterizó por siempre ir al frente, con esa forma de gambetear suya, donde, a fuerza de potencia, como inspirado por el viento, se lleva todo por delante.
A mediados de 2017 llevaba tres años en Racing cuando Acuña decidió romper ese silencio de piedras que lleva como un designio de su tierra a todas partes. Fue para pedirle a los dirigentes de Racing que lo vendieran. Tenía 26 años y quería irse a jugar a Europa. Lo buscó el Sporting Lisboa. Viajó a tierras lusas. Dejó de jugar como mediocampista izquierdo para pasar al lateral. Incluso, en algunos partidos, lo hizo de stopper en una línea de 3.

Sampaoli lo volvió a citar para las eliminatorias en 2017. Hasta que llegó la consumación del sueño. En mayo de 2018, Marcos se convirtió en el primer jugador neuquino en ser citado para jugar un mundial. Y un mes más tarde, en el partido contra Croacia, en el primero en disputar un partido por esa Copa. A pesar de la derrota fue uno de los pocos que estuvo a la altura. Con la llegada de Scaloni siguió siendo una de las fijas en la selección. Aquella leyenda del Michacheo y el eterno retorno parecía haber mutado en llevar a Zapala a todo el mundo.
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Hubo un rumor que estalló cuando el silbatazo de Esteban Ostojich rebotó contra los cuatro costados del Estadio Maracaná casi vacío. En el instante en que el mundo, acostumbrado a la injusticia, se volvía un lugar menos canalla, alguien se arrodilló junto a Lionel Messi. Corrección: alguien se derrumbó junto a Lionel Messi. El primer futbolista neuquino en jugar en la selección también fue el primero en abrazar a Messi en su nueva etapa: campeón con la selección mayor. En los festejos mostró otra de sus características: la bondad. Mientras todos sus compañeros posaban con camisetas que decían campeón, Acuña llevaba puesta una remera con una mariposa y la palabra “Luz”. Era el nombre de la hija recientemente fallecida de Fabián De Ciria, un fotógrafo que había conocido en sus años en Racing.
Avancemos un año y medio. El lateral sale llovido y cae en los pies de Alexis Mac Allister. Por primera vez en el partido tiene espacio y tiempo para pensar. No hay ningún holandés presionando. Abre para Acuña que ya está adelantado, en tres cuartos de cancha. Al Huevo sí lo marcan. Da un giro aguantando la pelota y arranca.
Arranca para llevarse todo puesto. Arranca como si fuera otro viaje de quince horas en micro. Arranca como corriendo entre las piedras del potrero. Arranca y dice gracias a todos los que me trajeron hasta acá. Entra al área. Engancha y lo tocan. Penal. Messi lo transforma en gol.

Después vendrá Croacia y él se quedará en el banco por una lesión. Contra Francia repetirá el cambio de su debut, reemplazando a Di María. Pero faltaba un guiño. En aquel juego, en la concentración de la Copa América 2021, donde los jugadores debían adivinar qué carta iba a salir, a Lionel Messi le tocó el 5 de copas. Cuando la inmortalidad se materializó, muchos corrieron hacia el área donde la historia acababa de escribirse. Leandro Paredes, al ver que Messi se arrodillaba, decidió dar la vuelta.
Pezzella, en cambio, siguió su carrera. Lautaro Martínez también. Acuña hizo lo mismo que Paredes, aunque un momento más tarde. Alguien tomó una foto de ese instante donde se dibuja el cinco de copas.
Cuarenta y ocho horas después, el barco de Ulises en la Odisea se transformará en un micro que deambula entre una marea humana por las autopistas de Buenos Aires bajo un sol tremendo. Entre la euforia, el vino, la cerveza y el champagne, se develan algunas características ocultas de los protagonistas. El que más sorprende es Scaloni. El líder de la selección canta, salta y se cuelga de las barandas. Se sienta al final del micro de cara a la gente y sigue cantando y alentando. Hay una bandera argentina que lo sostiene para que no caiga. Quien agarra ese trapo, sonriendo y con lentes de sol, es Acuña, aquel que, de aguantar, sostener y nunca perder la sonrisa, sabe y mucho.
Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci
Este texto forma parte de «Ilusión Eterna. Historias de amor, locura y mundial», nuestro último libro. Conseguilo acá.
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