Un grupo de jóvenes se reúne para explorar lo desconocido. Son algo así como quince en la casa, cientos en la manzana, miles en el barrio, millones en la ciudad y el país. Tienen alrededor de 21 o 22 años. Un poco más. Un poco menos. Esperan que el futuro sea sonrisa, que sea amor. Tienen, casi literalmente, un mundo entero por ganar.
Se emocionan. Tararean el himno como si no pudieran cantarlo. Sienten en lo más profundo el manto celeste y blanco, hoy azul. Buscan detalles inexistentes y cábalas de incomprobable eficiencia para un viaje que los dejara quietos hasta llegar al cielo o al infierno.
Se agarran la cabeza por un mano a mano que se fue para siempre al lado del palo. Se abrazan y gritan un gol como si no fueran a ver nunca más otro en su vida. Se dejan de abrazar cuando ven una bandera de colores levantada. Caminan sentados. Vuelan sin moverse. Se inquietan ante cada desborde, gambeta o centro. Cabecean en ataque. Despejan en defensa. Ven como una pelota cruza el arco germano y se va, mansita. Piden un penal. Van al alargue. Observan con particular desazón una pelota que se va por arriba y al costado. “Era por abajo”, pensarán toda la vida.Todo hasta que un cabo queda suelto. Una hoja de la historia de gloria que buscaban se corta y se va con el viento. Por primera y única vez, escuchan el silencio.
Más de uno, durante casi todas las semanas de los próximos ocho años, se acordará de esa tarde. Ninguno pedirá una copa para dar amor: eran más messistas que el día anterior y menos que el siguiente.
¿Se puede seguir así? ¿Cómo se hace para vivir habiendo perdido la final de la Copa del Mundo? ¿Habrá revancha? ¿Volverán? ¿Volveremos? ¿Seremos subcampeones, “no campeones” o lo que sea menos campeones, para siempre?
Años después todo cambió.
Pero ese 13 de julio, la única certeza era que un grupo de jugadores y un pueblo entero supo lo que era ir en búsqueda de la felicidad. El Maracaná los vio dejar la vida, o luchar hasta morir. Y por eso, cuando a Alejandro Sabella le preguntaron, apenas terminado el partido, qué opinaba de los suyos, dijo, sin titubear:
-Son un orgullo
Santiago Núñez
Twitter: @SantiNunez
Lástima a nadie, maestro necesita tu ayuda para seguir existiendo:
