No sabemos todas las cosas que pasaron por la cabeza de Messi en el momento que rompió en llanto en el banco de suplentes, sí sabemos cómo los años se nos vinieron encima de golpe con esa imagen. Una teoría que da título a la nota. Escribe Miguel Freidenberg.

Hay jugadores de primeros tiempos. Jugadores de segundos tiempos. Jugadores de todos los tiempos. Tengo una teoría. La verdad, no puedo creer que haya llegado hasta acá si llevo jugando 20 años al Football Manager, 7 al Winning Eleven, 7 al Pro Evolution Soccer y otros 7 al FIFA. 1 de EA FC. Repetí en la secundaria, dejé 2 carreras en la UBA y descarté mi sueño de ser director técnico luego de haberme encontrado con ese deseo durante la pandemia. Viví exactamente 7 Mundiales y gané uno -sí, lo gané- justo cuando estaba por recibirme de periodista deportivo. La vida. Tiene esas cosas. Y yo tengo una teoría.

Llegué a ella de casualidad. Mi mamá creía que todo eso no iba a servir para nada, y luego de estos años afirmo que tenía razón. Pero rápidamente, casi de manera inexplicable, se me vino una suerte de inspiración reveladora. No sé por qué estaba pensando en eso cuando Messi se torció el tobillo en un partido, que además de ser otra final de Copa América, significaba el retiro de Di María. “Qué loco es el tiempo”, pensé primero. No sé si la idea era que jugaran juntos los 90 minutos, si el cambio de Messi dilató la salida de Di María, si el tiempo suplementario frustró que Ángel pudiera aguantar su totalidad. Si todo salió como estaba planeado.

Nada de lo que hice en estas casi tres décadas aportó a esta teoría. Pero cuando Messi pide el cambio al minuto 65, todo se aceleró de golpe. Calculé al tiro mis 27 multiplicados por las semanas del año, considerando que se juega un partido por semana sostenidamente (lo cual es un error tan burdo que le da la razón a mi madre) y le resté los 7 años en los que Messi todavía no había debutado: 1060. Me quedé tieso. En qué momento. Cómo pasa todo tan rápido. Los docentes que me desaprobaron en la secundaria lo harían de nuevo porque el año tiene 52 semanas y no 53, nobleza obliga entoces, fueron 1040 los partidos que vi de Leo. Nunca fui bueno en matemática aunque tiene muchísimo de literatura. Las personas viven 100 años y los árboles centenares, y apenas unos minutos de diferencia te desploman de un mazazo.

Al instante giré la cabeza y noté cómo les pegaba la lesión, o sea, el tiempo, a mis amigos. Algunos tenían caras largas de preocupación y otros cortas porque sus caras terminaban antes; o se perdían en el bajar de la mirada o abruptamente se escondían detrás de la mano, que no debería estar ahí en ese momento, pero protegía a la vista de lo que no debería suceder ahí en ese momento. Instinto de supervivencia. A quienes tenían las caras largas les multipliqué velozmente las patas de gallo, las arrugas en el pliegue de los ojos, por los cigarrillos de los ceniceros. A quienes tenían caras cortas les dividí los centímetros de papada por el largo de sus uñas. Y pensé en qué cara habrá puesto Luchito, que cada vez viene menos a ver los partidos y no entiendo bien por qué.

Uno de mis mejores amigos es papá. Ya hay niños aprendiendo a decir “Maradona” en pasado. Mi hermano va a ser papá y su hija aprenderá a decir “Messi y Di María” en pasado. Me di cuenta de todo eso 25 minutos antes de lo que debería haber sido porque así es el tiempo de caprichoso. De sopetón crecí 27 años en pocos segundos y ya estaba entrando Nico Gonzalez cuando terminaba de formular los últimos detalles de mi postulado: el tiempo es un hijo de remil puta. O simplemente un rival imposible de vencer.

En su debut, Messi participó solamente 3 segundos y pasaron 51 en total hasta que el árbitro sacó la tarjeta roja por el codazo que metió tras recibir la pelota de una jugada en la cual había participado Scaloni. En ese equipo estaba el Ratón Ayala. Tardé tanto, tanto, tanto en darme cuenta. En la final de la Copa América tuvo que anticiparse su salida, entre lágrimas, como si su carrera hubiera durado solamente esos 3 segundos de aquel codazo, es que a veces se siente así, como si el resto del camino hubieran sido los otros 48 segundos de eterna espera hasta postergar lo impostergable: una copa del mundo, una tarjeta roja, un esguince de tobillo. Tengo una teoría: al tiempo no le gusta el fútbol.

Miguel Freidenberg
Twitter: @miguefrei

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