Boca estuvo a la altura y jugó un partidazo contra Benfica, que llegó al empate gracias a Los Viejitos Piola Di María y Otamendi. El Mundial de Clubes conoció a la hinchada de Boca que copó Miami y al jugador que mejor los representa: Miguel Merentiel. Escriben Juan Stanisci y Bautista Prusso.
FÚTBOL ARGENTINO PURO Y DURO
San Miguel de los milagros. Boca, que venía de un semestre chocando una calesita tras otra, se plantó contra Benfica. Fútbol argentino puro y duro. Cada pelota dividida era un choque contra los futbolistas del equipo portugués. Así, Renato Sanches, uno de los mejores de ellos, se fue del partido en el primer tiempo. Boca le tiró el potrero a Benfica y logró lo impensado: ir dos a cero arriba antes de los treinta del primer tiempo.
Si Boca no ganó el partido fue porque del otro lado también hubo fútbol argentino en estado puro. Di María fue el único que atacó con claridad y Otamendi siempre empujó para adelante. De un centro de Angelito, llegó el penal de Palacios a Ota. Cuando el partido parecía ya cerrado, un tremendo golazo de cabeza del General Otamendi cerró la remontada del Benfica.
En el medio un equipo que supo replegarse y atacar en bloque. Merentiel es el mejor delantero del equipo. Velasco pareció acomodarse con esta nueva pretemporada. Bienvenido Alan al fútbol argentino. Belmonte entró para sacar al equipo y discutir cada pelota. Battaglia, por fin de mediocampista, demostró porque en su momento fue tenido en cuenta por Scaloni. Ayrton Costa, salvo por el gol de Otamendi, en modo Aníbal Matellán en el 2000.
Al final Boca terminó chocando contra sus propios fantasmas. Un equipo que confunde la personalidad con estar siempre expuesto a una expulsión. Figal, que había tenido un buen partido después de más de seis meses sin jugar, fue quien esta vez dejó al equipo con diez en un partido clave.
Antes del partido el empate no era un mal resultado. Por el trámite del partido queda gusto a poco. Aunque también está la sensación de que algo se puede hacer en el próximo partido. En el horizonte asoma Bayern Munich, el cuco del grupo. El fútbol argentino, esta vez personificado por Boca, da muestras de que siempre se puede soñar con un milagro.
Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci
*
MI HÉROE ES LA GRAN BESTIA POP
Un jinete y un caballo corren por el llano. Van al rescate de la tradición rioplatense y la cosmogonía espiritual de un pueblo-nación. Contar la historia merece arrancar -cómo casi siempre- por el principio. Su protagonista: el gaucho. En esa deriva, aparece lo errante, el troche y moche del andar, la bestia ambulante que va en diagonal hacia lo inalterable del destino. Y después de la llegada, hay que empezar de nuevo porque no le queda otra opción. Es ir hacia adelante como motor, como fin que se agota ahí mismo.
No hay cálculo a vencer ni especulación posible. Es ir porque hay camino. Y solo porque hay camino se puede ir. Y la dirección es la de la llanura infinita. Un monomito de Campbell que se narra a partir de fracasos que se pueden rastrear en los José Hernández, en los lazarillos o en los Reventados. Ahí están los restos pampeanos de González para reflotar cuando queman las papas de nuestro melodrama nacional.
Y cuando urge emanciparse -espiritualmente- en el fútbol criollo o en Boca Juniors, no puedo dejar de pensar en mi obsesión de los últimos cuatro años: la Bestia Merentiel.

Es 5 de diciembre de 2021. En el Monumental se respira un empate con sabor a poco. Corre el minuto 26 del segundo tiempo y Pizzini se inventa una contra letal: suelta un pase filtrado para el zurdazo del 9 que sella el 2-1 contra el arco de la Sivori: “¡Soy una bestia!”, le grita a la cámara.
Miguel Angel Merentiel salió de Paysandú, una ciudad uruguaya de setenta mil habitantes que no figura en los mapas de nadie y que parió un Rocky criollo que hizo a las piñas su vida deportiva. Pasó por el ascenso español, por la B uruguaya, clubes que podrían ser un pueblo de la provincia de Entre ríos. Fue y vino. Aprendió y golpeó siempre arriba, miró a los ojos. Un David charrúa con boleadora versus el goliat de los representantes del fútbol: el dinero, los contratos. No levantó ni sospecha. Llegó a Boca pateando una piedrita en la vereda para hacerse lugar, silbando su suerte. Seré un Baldonedo,un Martino, un Boyé, canta Sosa. Dicen los muchachos del oeste argentino que tengo más tiro que el gran Cachavacha Forlán.
En dos años conquistó y se guardó -en su bolsillo de laburante- al corazón del hincha a fuerza de goles y de un desborde emocional que se hermana bastante con lo que pasa en la tribuna. Uno de los “nuestros” patea la pelota y corre por el resto: en los pasillos de Brandsen 805 ya lo sienten propio.
Merentiel juega como si se fuese a morir. Cuando acelera parece que se está escapando, que está de paso por la cancha, que lo están por borrar del mapa. Parece que el fútbol no le pertenece. No solo por su motricidad, sus movimientos no traducen fineza ni compostura en absoluto. Su regate no encaja en ningún lado: parece siempre estar por caerse, los brazos le giran como aspas descontroladas. Pero no se cae. Su virtud está allí donde no miran los profesionales de las analytics, del algoritmo. Mira de frente al profesionalismo y lo desafía.
Es una bestia de Florencio Varela, de Mendoza o de La Boca. El hombro y la espalda de un tipo tosco de provincia, un electricista que agarra changas hace años, y que pesca en Mar Chiquita con los amigos. Un provocador involuntario de esa elegancia que tienen los delanteros europeos y el buen gusto estético de la Premier League. Trash para un fútbol sin alma. Sin querer y sin planificar tanto, ¿el último punk? Dinámica de lo impensado. La cabeza tiene un tempo nuevo. Crea un ritmo parecido al de los dos mil, con olor a bondiola y sabor a Quilmes. Suena Viejas Locas mientras pasan sus goles. Okupas, pizza, birra y faso.
Nuestro Eric Cantona con poncho tiene en su cara la picardía y la convicción de que está por pasar algo en cualquier momento. La expectativa todavía sigue valiendo caro en todos lados, más cuando la imaginación no abunda. Los que gambetean de frente siempre son pocos, la monotonía le gana al uno a uno, al encare. Todavía hay jugadores que combaten a la inteligencia artificial con el arma más noble que contamos: lo impredecible.
Encarar es como invitar a duelo. Merentiel es un duelista de un western de Clint Eastwood. Nuestro Harry el Sucio del tercer mundo. Se eleva el precio él solo y la autoestima le cuelga como un collar, intacto. Una vidriera que exhibe seguridad y locura al mismo tiempo. No sobra nada como para regalar. Hay un escudo por el que mostrar los dientes. Pasó de moda el pícaro, como todo ¿viste vos?, diría Solari.
Los dos mil: un póster en el cuarto de un adolescente. Aimar, Schelotto, el Cuqui Silvera, Pipi Romagnoli, Licha López. Nos fuimos quedando sin héroes. Merentiel festeja la vuelta a la vida. Es que gritar gol es gritar vida, supervivencia del más apto. Selección natural de indios, criollos, latinos e hispanos. Sigo estando acá, nunca me fui, nos dice a los que nos criamos en los noventa y crecimos con Futbol de Primera. Casi parece normal. Pistolas, gritos, goles y rock and roll.
Bautista Prusso
Twitter: @prussismo
Si llegaste hasta acá sos un lastimero de ley. Lástima a nadie, maestro necesita tu ayuda para seguir existiendo, suscribite acá:
