Le cuesta sonreír frente al alambrado. Sigue agitado. Corrió, gesticuló, lloró, se quejó, festejó: a Gustavo Costas le tocó estar en el banco solamente porque uno tiene que hacerlo. Podría ser uno de los miles que está en la platea, en la popular o frente al televisor. Vaya paradoja: muchos se sentaron a verlo perder. A Costas lo odian porque es amor. Amor de Racing.

Es difícil analizar un planteo futbolístico preciso. El equipo de Avellaneda muestra circuitos e individualidades interesantes: una defensa más audaz que sólida, un Marcos R. (acá no vale decir Rojo) con una personalidad que lo lleva a tirar el equipo para adelante y a ser expulsado sin jugar; un Sosa con movilidad; un Nardoni que pide selección; un Martirena y un Rojas que tiran centros de acá a Montevideo; un Balboa que va a todas; un Pardo que aparece por el segundo palo; un Adrián Martinez que no solo hace, sino que inspira el gol. Celeste y blanco, brilla. Maravilla.

Las examinaciones racionales suenan a poco. El planteo fue el corazón, el hambre que huele comida fresca sin bandeja. Cada bochazo es la posibilidad de que el segundo que viene sea más feliz. Y así fue. Se discutirá el penal chiquitito, dudoso, anulado si pasaban una repetición más. Pero no puede haber objeciones de fondo a un equipo que gana así. Se candidatea encima.

No hay un Racing de cualquiera. Hay uno de José. Uno de Mostaza. Uno de Cocca o el Chacho, quizás. No hay uno del Chocho Llop, no hay uno de don Ángel. Estar después del “de” es el Honoris Causa popular, ambientado en cada sonrisa de un pibe que es feliz mientras la pelota rueda, en cada viejo que recuerda sus mejores épocas y sus grandes momentos.

Es un símbolo Costas. Hace de dejar la vida un estilo propio. Innegociable. Hace que cada hincha piense, con razón, que tiene el mundo entero por ganar. Como si fuera el padre de todos. Como si fuera el apellido de un pueblo entero.

Santiago Núñez
Twitter: @SantiNunez

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