A los goles olímpicos hay que sacarles foto, escribirles textos, dedicarlos. Tienen algo de magia y algo de ciencia (cada vez más convencido de que es la misma cosa o que una vino a reemplazar a la otra. Nada puede reemplazar al gol olímpico). Es un cálculo imposible entre milímetros y milisegundos, cuyo factor más importante no es la rosca, no es el pie hábil, no es la posición del arquero: es la fe. Sin fe nadie hace un gol olímpico. Hacer un gol así frente a todo un estadio debe ser como inventar de nuevo Let it be. Un gol olímpico siempre es único y propio, y eso que uno puede imaginar pocas variaciones posibles y la mayoría se ven bastante iguales.
Debe haber fanáticos de los goles olímpicos que pasan horas en YouTube reproduciendo los videos del Chino Recoba, investigadores de los goles olímpicos que buscan entre papeles manchados de café y migas de pan el primero de toda la historia, lingüistas de los goles olímpicos que establecen que esto es un gol olímpico y esto otro es una chilena. Y que se rehúsan a incluir “no-look pass” como expresión válida, puesto que este recurso no sirve para nada, y no interviene activamente en ninguna parte del juego.
En cambio, cada gol olímpico se discute y se vuelve a discutir hasta comprender si ha sido error del arquero o virtud del lanzador, y sus dogmáticos usarán los adverbios “siempre” y “nunca” para tratar de aplacar los argumentos de los demás. Idéntico a lo que pasa en las discusiones de cuestiones importantes.
Noruega tiene auroras boreales, España tiene un sol espectacular, Argentina tiene muchísimos paisajes envidiables. Este gol perfecto no viene de uno de ellos, sino de algún baldío con césped irregular y arcos improvisados donde surgió un Guillermo Barros Schelotto que prohíbe tirar centros de mierda y un Nicolás Barros Schelotto que lo intenta igual y te la clava al segundo palo. No sé qué relación hay entre el Olimpo y los goles olímpicos. Si no la hubiera, agradezco que la hayan inventado.
Miguel Freidenberg
Twitter: @miguefrei
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