El debut de Messi en la Selección mayor, aquella tarde en Hungría, a partir de los personajes secundarios de la primera expulsión en la carrera de La Pulga. Adelanto de nuestro nuevo libro «Messi, sentimentalmente nuestro» que sigue en preventa todo octubre. Escribe Juan Stanisci.

Cuando yo me vaya de aquí
Me iré como cantando, acercándome
Cortaré una lágrima con una gillette


Fito Paez – Un rosarino en Budapest

Hay certezas climáticas que son imposibles de comprobar pero resultan irrefutables. Ejemplo: en Budapest siempre está nublado. No importa si es verano, invierno, otoño o primavera, Budapest tiene varias capaz de nubes que esconden el sol y le dan a la ciudad un tono gris cemento. Esta Budapest imaginaria, un poco todas las ciudades lo son, suena a nostalgia piazzolesca, porque uno siempre piensa en lo que conoce y acá, al sur del sur, la nostalgia suena a bandoneón. El 17 de agosto de 2005, un joven  argentino de 18 años entró al vestuario del estadio Ferenc Puskas, en Budapest, Hungría, empapado en llanto. Estaba perdido en ese vestuario de esa ciudad gris. Acababa de debutar en la selección argentina y de ser expulsado a los 90 segundos de estar en cancha.

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Cuarenta y cinco días antes, a 1361 kilómetros de Budapest, el mismo joven de 18 años estaba jugando el Mundial sub-20 en Países Bajos. Llegó al torneo como una de las figuras, pero Pancho Ferraro, el técnico argentino, no pensaba lo mismo. En el debut contra Estados Unidos lo dejó en el banco, dicen que por un acto de indisciplina durante el sudamericano jugado en Colombia seis meses antes. Gracias a esta decisión, Gustavo Oberman le podrá contar a quien quiera oírlo que Messi fue suplente suyo en un mundial.

Desde la tribuna, Julio Humberto Grondona miraba el partido. Había viajado desde Frankfurt junto a Nelly, su esposa, y Lorenzo, su chofer de la FIFA. Cuando terminó el partido, ganó uno a cero Estados Unidos, Grondona bajó a hablar con el técnico.

-Che Ferraro, a vos te voy a dar una patada en el culo que vas a volar a Buenos Aires ¿Qué mierda haces? ¿Cómo no lo pones a Messi de entrada?

-Vea Grondona, si usted viene aquí a formarme el equipo desde ya le digo que renuncio -le respondió Ferraro.

-No hace falta que me lo digás, estás echado -le gritó Grondona revoleando el celular.

Grondona nunca había echado a un técnico de la selección. Ferraro no fue el primero. Continuó en el cargo, a partir del siguiente partido Messi fue titular y Argentina levantó su quinto Mundial sub 20.

Puskas, el esquivo

Ferenc Pùskas fue el mejor jugador de la historia de Hungría. Un delantero total, a lo Romario, Kempes o el Kun Aguero. Habilidoso, inteligente y con mucho gol. Según la página oficial del Real Madrid, es la mejor pierna izquierda que ha pasado por el Bernabéu. Ahí ganó 3 Copas de Europa, 1 intercontinental, 5 ligas y 1 Copa de España. Hizo 242 goles en 262 partidos. Con su selección jugó 85 partidos y fue subcampeón del Mundial de Suiza 54, perdiendo la final contra Alemania. El estadio de Budapest y el premio al gol más lindo del año que entrega la FIFA, llevan su nombre.

El ex delantero húngaro está presente en la carrera de Lionel Messi. No solo porque ambos perdieron una final del mundo contra Alemania en un año terminado en 4. Está presente por una ausencia. De todas las distinciones que decoran alguna de las repisas en alguna de las casas de Lionel, el Puskàs es el que falta. En 2019, cuando Messi era candidato al premio por séptima vez, la revista Marca sacó una nota titulada “Messi, el Di Caprio del premio Puskas”. Leonardo obtuvo su primer Oscar en 2016, tras 22 años de carrera. Lionel volvió a quedar en el podio.

Ese 17 de agosto, 155 años después del paso a la inmortalidad de José Francisco de San Martín y Matorras, Messi y Puskàs aparecieron por primera vez juntos en una oración. Lionel pisaba por primera vez Budapest con la posibilidad de debutar en la selección mayor que dirigía José Pekerman. El equipo titular argentino estaba integrado por la mayoría de los que disputarían el mundial de Alemania un año después: Leo Franco; Lionel Scaloni, Roberto Fabián Ayala, Gabriel Heinze, Juan Pablo Sorín; Lucho González, Lucas Bernardi, Maxi Rodríguez; Andrés D’Alessandro; Lisandro López y Hernán Crespo. Las crónicas argentinas tienen un error llamativo: tanto ESPN como Infobae no incluyen entre los titulares del equipo húngaro a Vilmos Vànczak y ponen Norbert Toth.

Vilmos Vànczak, el olvidado

El partido fue un típico amistoso aburrido de fecha FIFA, de cuando los europeos jugaban contra los sudamericanos. Para el segundo tiempo, Argentina ganaba dos a uno con goles leprosos: uno de Maxi Rodríguez y otro de Gabriel Heinze. Al final los rosarinos en Budapest eran varios. Pekerman decidió alterar la calma y llamar la historia. A los 63 minutos y 16 segundos, Lisandro López deja la cancha e ingresa otro rosarino: Lionel Messi.

El encargado de marcarlo era Vilmos Vànczak, ese que según los portales no fue titular. “Todos estaban esperando que Messi entre a la cancha. Se venía especulando con que haría su debut internacional, y así todo, era muy pronto en su carrera, él ya había aparecido mucho en las noticias”, recordó años más tarde en la revista FourFourTwo Hungary. Vànczak es parte de la última generación de húngaros nacidos antes de la caída de la Unión Soviética. Al momento del debut Messi, tenía 23 años y jugaba en el Ujpest FC, el equipo de la policía durante los primeros años del comunismo en Hungría. Había debutado en la selección un año antes. En el 2006 jugaría a préstamo en Sint-Truident de la liga belga, hasta pasar en club donde se convertiría en ídolo y capitán: el FC Sion, ahí ganó tres Copas de la Liga Suiza.

Messi entró a la cancha con el número 18 en la espalda y se paró sobre la derecha. Vànczak se pegó a él. Se acercó a jugar con sus compañeros con el húngaro acechando como una sombra mala. Messi fue hacia el centro. Recibió y se perfiló para encarar pero descargó para un compañero. Vànczak le estaba encima como si la vida en la tierra dependiera de eso, como un cascarudo encandilado rebotando contra un farol. A los 63 minutos y 50 segundos, Messi giró y enfocó el arco. Vànczak lo agarró de la camiseta. Messi estiró el brazo hacia atrás dos veces, como queriendo soltarse o sacarse un bicho de encima. El húngaro cayó fulminado, acusando un golpe. Markus Merk, el árbitro, cobró falta. Con Vánczak tirado en el piso, el árbitro se llevó la mano al bolsillo y empezó a buscar a Messi con la mirada. Los jugadores argentinos rodearon al árbitro. Lionel Scaloni levanta la mano como diciendo “pará flaco, pensá un segundo”. Tras un minuto de discusión, el árbitro amonestó a Vànczak y expulsó a Lionel Messi.

“Tan pronto como entró como sustituto lo seguí: lo agarré de la camiseta, pero fue expulsado por agredirme. No fue una agresión peligrosa o fuerte y la verdad no fue en un lugar difícil, solo me tocó la garganta, así que no creo que deban haberle mostrado la tarjeta roja. Sentí un poco de pena por él, porque creo que nunca soñó con esta clase de debut internacional”, dijo Vànczak también en FourFourTwo Hungary.

Markus Ment, el verdugo

Markus Ment fue el primer alemán en sacar lágrimas de los ojos de Messi, aunque no fue el único presente esa tarde en Budapest. El técnico de Hungría era Lothar Matthaus, campeón del mundo con Alemania en Italia 90 ganándole la final a la selección argentina de Maradona y Bilardo. Markus Ment, odontólogo de profesión, durante décadas viajó a la India para arreglar bocas en los barrios más pobres. En 1992 dirigió su primer gran torneo: Los Juegos Olímpicos de Barcelona. En 2004 fue elegido mejor árbitro del mundo. Al año siguiente, a pesar del error en la expulsión de Messi, repitió la distinción. Quince años más tarde, resulta llamativo que quién expulsó mal al mejor jugador del mundo en su debut en la selección, haya sido premiado de esa manera el mismo año. ¿Exceso de rencor? Memoriosos, diría Mirtha Legrand.

“Hoy es amarilla. Hoy cualquier codazo sin intención es amarilla. Pero ahí ni lo toco”, recordó Messi en una entrevista con Pablo González. José Mourinho estuvo de acuerdo con él: “una amarilla hubiera sido controversial. Está claro que usó la mano para sacar al jugador que lo estaba agarrando. Es una pena por este chico”, dijo a los pocos días del partido.

Messi y Ment se volverían a cruzar, aunque no directamente, en las semifinales de la Champions League del 2006. Barcelona recibía al Milan por el partido de vuelta, la ida había sido para los catalanes por uno a cero. Messi estaba lesionado, así que no jugó ese partido. El que sí estuvo en cancha fue Ment, que anuló mal un gol de Shevchenko que hubiera empatado la serie.

Messi todavía no se había enfrentado con Alemania en mundiales ni con el Bayern Munich en Champions. Ment fue una especie de aviso, de presagio, de su relación –y por decantación de la nuestra– con los alemanes. Esa expulsión fue la semilla de su cara de culo apoyado contra un banco de suplentes en Berlin, de los cuatro goles en Ciudad del Cabo, de la tijera imposible de Mario Götze en Río de Janeiro y hasta de los ocho goles que el Bayern Munich le hizo al Barcelona en 2020.

Dos segundos

“El debut señoras y señores de Lionel Messi en Argentina. Como Diego Maradona, contra Hungría”, anunció Alejandro Fabbri. Messi, al igual que Diego en Japón 1979, había sido figura en el Mundial sub 20 con dos goles en la final. Las coincidencias hacían de las suyas para que las comparaciones con Diego quedaran ahí, al alcance de la mano. “(Maradona) lo hizo en 1977 en la cancha de Boca. Un partido que el equipo de Menotti ganó cinco a uno, en el verano”, continuó Alejandro Fabbri. “Tres goles de Bertoni”, agregó Walter Nelson. Mientras el uruguayo pronunciaba esas palabras, Messi tocaba su primera pelota. “Y te voy a dar otro dato. Maradona debutó ese día con la camiseta 19, Messi con la 18. Un numerito más faltaba”, completó Walter Nelson. Lionel ya había tocado su segunda pelota.

“Lucho González. Viene para Scaloni. Bernardi. Primera pelota que toca el pibe Messi. Acá va. Ya lo agarraron de la camiseta. Ya empezaron”. Walter Nelson solo pudo relatar dos segundos con Messi en cancha.

***

Iban 65 minutos y 55 segundos cuando Messi volvió a cruzar la línea de cal, esta vez camino a los vestuarios. Caminaba mirando el piso, como evitando los ojos ajenos. Pasó por al lado del técnico pero Pekerman no le dijo nada. Entró al vestuario al vestuario vacío. “Tenía 18 años y pensaba: entré y me echaron. No vuelvo nunca más. No me van a llamar más”. Sentado en un banco con las piernas estiradas, en medias, con los botines revoleados por algún lugar, habrá escuchado el traquetear de los tapones de sus compañeros. Con el partido terminado, los jugadores argentinos iban llegando al vestuario. Uno a uno se acercaron a consolar al pibe.

Alguno le dijo que a él también lo habían echado en el debut y que ahí estaba, que no había dejado de jugar en la selección. Intentaban hacerlo reír pero no había caso. Hugo Tocalli y José Néstor Pékerman le dijeron que iba a ser llamado en la siguiente convocatoria. Nada ni nadie puede frenarle el llanto. Messi, antes que su talento, mostraba la seriedad con la que se tomaría a la selección y las calenturas que sería capaz de agarrarse cuando las cosas no le van bien. En la siguiente fecha FIFA Argentina enfrentó a Inglaterra en Suiza. Messi no pudo jugar, le habían dado una fecha por la expulsión.

Esa tarde en Budapest hubo un presagio más. El compañero que primero lo abrazó e intentó consolarlo fue Lionel Scaloni.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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