El distinto

Ariel Feller nos lleva al Ascenso profundo. A las canchas confundidas con casas bajas; a pelotas picando en terrenos carentes de pasto; a un personaje tan oculto como inolvidable. Un futbolista pintado de payaso o de murguista pelea por los sueldos de los compañeros, no tranza con nadie y llegado el caso agarra unos billetes que se le caen al árbitro. Con ustedes: Darío Dubois.

Los que añoramos los potreros con sus piques traicioneros del balón sobre la única mata de pasto o sobre los muchos cascotes sembrados sobre el terreno, con la pelota bien chanchita en los incontables charcos, con el orgullo y el honor barrial manchados  en las derrotas y salvados en cada victoria nos atrae el fútbol que anda escondido para la mayoría.  Un cotejo del ascenso nos representa más que cualquier partido de Champions que nos puedan tirar por la cabeza.  Y en ese submundo del fobal argento encontramos espejos donde nos vemos reflejados, tipos que se pelan el lomo en la diaria.

Nosotros, los de afuera, andamos esquivando los estadios de  verde césped  y dólares negros. Ellos, los de adentro, andan en cada bochazo, en cada corrida, en cada tirón de camiseta y en cada grito devolviéndonos a aquellos baldíos que se trasformaban en canchas improvisadas.

A este fútbol que lejos está de poder brindar los dinerales que reparte el de primera  llegó un día a buscar la moneda un flaco de andar seguro y pausado llamado Darío Dubois. Su nombre quedaría marcado en la historia del fútbol sabatino. Porque si bien llegó, como casi todos, con la ilusión a cuestas de poder trepar alguna categoría y mejorar su pésima situación económica, en su gastado bolso además de los botines para el debut había lugar para su mirada particular sobre todo lo que rodea al juego en sí. De esa manera se diferenció del resto.

El puñado de historias que se repiten hasta el cansancio en las charlas de esquina o en las mesas de los bares parecen salidas del ingenio y de la pluma de un Fontanarrosa o un Soriano. Sin embargo más allá de lo delirantes que puedan sonar son tan reales que ayudan a interpretar el pensamiento de su protagonista.

Jugaba sólo para mantenerse en forma y para sumar algún billete a lo que ganaba trabajando de sonidista en distintas locales nocturnos y salas de grabación. Este sentirse ajeno en el mundo del fútbol sumado a lo que le dictaban los valores que aprendió en el áspero barrio de Villegas lo transformaron en uno de los tipos más auténticos que haya deambulado por las canchas de la D y también en uno de los jugadores que mejor supo interpretar la cultura del ascenso.

Entendió como pocos lo que significaba defender las camisetas de esos clubes tan ligados al barrio y su gente. Se brindó al máximo adentro de la cancha y también lo dió todo fuera de ella ganando así el respeto y cariño de sus pares. Se ponía al frente de los reclamos,  aconsejaba y no dudaba, por ejemplo, en llevarse a comer pastas a los pibes del plantel para que estén bien alimentados antes de los partidos. Todo corría por su cuenta como comentaron algunos ex compañeros del loco en Victoriano Arenas, el último club donde se desempeñó.

Esquivó las malas yuntas en las calles donde se crió y  lo siguió haciendo en las instituciones donde  le tocó actuar.  Criticó a directivos y enfrentó a los que le cagaban la plata al jugador. Como aquella vez que antes de salir a jugar un partido para Lugano y cansado de sentirse boludeado por la empresa que sponsoreaba a la institución porque no les ponía la guita por los partidos ganados aprovechó el barro de la cancha para simular persignarse y así tapar la propaganda de la camiseta ante la perplejidad de sus compañeros que sabían bien que a Dubois no le cabía para nada la religión. Al tiempo y ante otro incumplimiento amenazó con que no saldrían a jugar el encuentro y la empresa tuvo que mandar un remís con los billetes para repartir. Ligó sanciones por esto y chupó banco luego de alguna protesta ( gran oportunidad para dejar en claro su postura) Se calzó las gafas oscuras antes de sentarse en él. Las lentes son para el sol y para la gente que me da asco cantaba Luca. Darío lo reafirmaba.

Los árbitros también ligaron lo suyo. Vale aclarar que el loco fue un típico zaguero del ascenso.  Pierna fuerte y juego al límite pero no era mala leche y siempre fue respetuoso de sus colegas. Será por eso que se calentó tanto en aquel partido en que su Midland (más allá de no gustarle el fútbol se declaraba hincha de este club) visitó a Excursionistas en el Bajo Belgrano cuando Juan Carlos Moreno le muestra dos amarillas por dos faltas y lo expulsa de manera rápida. Tan rápida como la reacción de Darío que al ver que al árbitro se le caen unos billetes del bolsillo al momento de sacarle la roja los toma y empieza a correr. Jugadores, integrantes del cuerpo técnico, directivos y terna arbitral emprenden una carrera para detenerlo. Ya cercado y con la guita en la mano le grita a Moreno “este es el premio que vos me sacás por echarme, hijo de puta”. Terminó devolviendo la guita para que no le den “veinte fechas” según comentó luego un Dubois en estado puro.

Su gran pasión fue la música (hasta formó una banda tributo a Vox Dei junto a jugadores del ascenso y amigos) y no tardó en unirla a la pelota. Inspirado en el Black Metal que le volaba la cabeza por aquellos días salió a disputar un clásico frente a Argentino de Merlo con la cara pintada al estilo de esos músicos que admiraba. Salió a guerrear como él mismo dijo y consiguió asustar a algún rival. También consiguió que algunos lo deliraran a dos manos. Pudo continuar con esta práctica por varios partidos hasta que los amargos de la AFA amenazaron con sancionar al jugador y al club Midland.

Tiempo después, en uno de los pocos reportajes que le hicieron, se definió como un payaso que se pinta la cara pero que se mata por la camiseta. Agregaríamos a sus palabras que se acercó más al mundo del carnaval que al del circo ya que los murguistas son esos tipos comunes que cada tanto se pintan la cara para cantarle las cuarenta a los poderosos.

Una madruga cuando salía de laburar como sonidista en un boliche un par de tipos le dispararon en un hecho aún hoy sin aclarar. Estúpidamente pensaron que Darío necesitaba un final trágico para convertirse en una leyenda popular. Falleció el 17 de marzo de 2008 luego de pelear durante dos semanas por su vida.

Nosotros, un tanto para demostrarles lo contario a esos giles y otro tanto porque somos caprichosos como ese balón que pica en el potrero para donde se le da la gana,  preferimos que el fin de esta historia sea su última rebeldía. Que sea lo que sucedió en Valentín Alsina cuando Dubois al sentirse estafado y forreado por la dirigencia de Victoriano Arenas que nunca se hizo cargo del tratamiento de la lesión que lo alejó de las canchas  tomó el papel del pase y salió corriendo con dificultad hacia la calle mientras la secretaria del club y algunos directivos trataban inútilmente de detenerlo. Por eso decimos que se fué como llegó.  Sin  la menor intención de transar con la mugre del fútbol.

Ariel Feller

Publicado originalmente en Quiebre.

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